miércoles, 22 de abril de 2015

EL LEÓN DE SAMPAIO


            Estábamos en la mañana del día 28 de marzo de 1809, cuando después una valiente y cruenta batalla por parte de las tropas del ejército español, acompañada de la población de Vigo y alrededores, el general Chalot y el resto de sus chicos, abandonaron por primera vez una ciudad conquistada por las Águilas napoleónicas.

            El héroe local “Cachamuiña” se había quedado en su casa, comiendo como Dios manda después de la victoria, y retozando con su señora o con la que fuera, que para eso le habían dado una licencia de la tropa. Mientras Pablo Morillo y Morillo, siguió avanzando con sus tropas detrás de las huestes francesas, que estaban heridas moral y físicamente. A los primeros los cazó en Marín, aprovechando que allí había un destacamento gabacho que no se había enterado de la tostada. Por mar les ayudaron las fragatas de la Pérfida Albión: Lively y Venus. Que de nuevo les metió pólvora y zurriagazos por le culé, desde la ría de Pontevedra a los de  La Grande Armeé. Este ataque rápido y directo,  hizo huir a los franceses de la península del Morrazo, refugiándose en la ciudad de Pontevedra.

            Y allí que se fue Pablo Morillo con sus chicos, que después de las dos rápidas victorias se habían venido arriba, y como no hay dos sin tres, pues a por ellos que se fueron. Llegaron bien pertrechados de munición y fuerza a las inmediaciones de Pontevedra el día 7 de junio de 1809. Al verse con el agua al cuello, o más bien con la navaja de un palmo rebuscando entre las sus asaduras, las tropas gabachas decidieron levantar de nuevo el campamento, intentando esta vez resguardarse en Santiago de Compostela. Esperando allí  la llegada de las tropas de refuerzo desde La Coruña.

            Al enterarse de estas intenciones, Pablo Morillo, se dijo a si mismo que ni hablar del peluquín, o de lo que hablaran en Pontevedra a principios del siglo XIX. Fue entonces cuando encargó a sus hombres que cortaran el avance de la columna de los soldados napoleónicos, evitando por todos los medios que se refugiaran en la ciudad del apóstol. Hicieron sus cálculos, y entre todos dieron con el lugar idóneo para dar el golpe de gracia a lesenfantsdelapatrié. Este lugar sería en las inmediaciones de Ponte Sampaio, sobre el río Verdugo.

            Al teniente español, teniendo en cuenta la que se les venía encima pareció hacerle gracia el nombre del río, y dijo que sí.  Que venga, que vamos a enseñarles a estos chulos y arrogantes, como hacemos aquí eso de al pasar la barca me dijo el barquero. Y después de desmontar dos ojos de los diez que tenía el puente-algo muy normal en la defensa de la época, ya lo habían hecho en el del Zuazo, en la Isla de León los españoles, y a su salida de Zamora las tropas inglesas-, comenzaron a parapetarse en la orilla sur, a la espera de los queridos vecinos del norte. Al mando quedaría el alférez de navío irlandés John O´Dogherty Browne, que a pesar de sobrevivir a la batalla y morir ya retirado, se quedó en la zona. Hoy su cuerpo descansa en el cementerio de Os Eidos de Redondela.

            Cuentan las crónicas que a falta de armas de gran calibre -tan solo contaban con dos cañones que habían llegado desde Marín, y tres de Redondela-, los futuros héroes de Ponte Sampaio, hombres y mujeres que integraron las milicias que apoyaban al ejercito oficial, contaron en sus filas con el bisabuelo del barbudo de Bricomanía, y se lanzaron a la creación de cañones caseros. Los elaboraron con troncos de roble agujereados, a los que denominaron canón de pau, y que fueron capaces de resistir una docena de detonaciones antes de reventar quedando inservibles.

            Cuando llegó el ejército francés, encabezado por el mariscal Michael Ney, a la sazón duque de Elchingen, príncipe de Moscova y comedor de marrones profesional, se encontraron a grupos de campesinos y marineros con mucha mala baba, apoyados por los chicos de Morillo. Entre todos les dieron lo que no estaba escrito, lo que le produjo bastantes bajas al contingente gabacho, entre heridos y muertos. Lo que al día siguiente llevó a Ney, a ordenar a sus chicos atacar por la zona de Ponte Calderas, un par de leguas por encima, y donde aún el puente se encontraba en perfecto estado de revista. Al otro lado, paisanos de O Morrazo, Pontevedra y A Lama, se atrincheraron en una de las entradas del puente, recibiendo tres duras cargas de los mamelucos, la caballería de elite del petit cabrón. Pero ni con esas oye, los vecinos de nuevo apoyados por el ejército de Morillo-al que tras esto apodarían el León de Sampaio-, se defendieron como gato panza arriba, con piedras, cañones caseros y armamento de otras épocas. Imaginen al cimarrón bronca, o al chispero socarrón cargando, y disparando el viejo trabuco del abuelo con parsimonia, mientras cantaba "Vexo Cangas, vexo Vigo…zasca en la cabeza del soldado de infantería…tamén vexo Redondela, vexo a Ponte Sampaio…raca, otro gabacho al cielo…camiño da nosa terra”.

            Y claro el bueno de Michel Ney, con su ducado y su principado pues se la tuvo que envainar, y guardarla en formol para otra ocasión, poniendo pies en polvorosa. Seguido por las tropas de Morillo, y hostigado en los flancos laterales por los guerrilleros, que a esas alturas de la película eran peor que moscas cojoneras. En esas estuvieron hasta que llegaron a Lugo, donde esperaban refuerzos. Pero donde se encontraron algo distinto. Allí les esperaba el mariscal Soult y sus hombres, a los que habían echado de Portugal con viento fresco, tanto o más como el que llevaba Ney y los suyos. Visto lo visto, no les quedó más remedio que cogerse de la manita y dejar Galicia atrás para no volver más.

Mientras se iban abatidos y tristes. El maricasl Ney cabizbajo, pensando lo que les esperaba ahora, escuchó al jefe de los mamelucos tararear, con su fuerte acento normando la cantiga que habían entonado los del puente, mientras acababan de mandarlos a tomar por donde se rompen los calderos: “Vexo Cangas…”. Ney lleno de ira estuvo a punto de mandarlo fusilar, pero se dio cuenta de que la entonaba bien el muy cabrón.

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