miércoles, 1 de abril de 2015

LA RECONQUISTA DE VIGO (I)


Hablábamos la semana pasada de la metedura de pata hasta el corvejón, del capitán Pierre Nicolás Rolland y del primer oficial del l´Atlas, un navío de línea con bandera gabacha, que se metió solo en la boca del lobo. Es decir en la Ría de Vigo, pensando que la ciudad ya estaba a las órdenes de Napoleón, pero no. Y además de comerse un marrón como el sombrero de un picador, se quedaron sin barco y sin el Águila napoleónica, regalo del propio Bonaparte. Lo que suponía no solo un resbalón de la armada vecina en toda regla, sino un deshonor que te rilas.

            Días antes de la llegada del navío francés, el marqués de Valladares junto al ayuntamiento de la ciudad, había proclamado públicamente el apoyo al rey Fernando el séptimo. Aconsejando además al regidor municipal que pidiera voluntarios para enrolarse en sus filas. Finalmente serían ciento cuarenta y dos jóvenes los que por necesidad, o por patriotismo,  darían el paso adelante. Fueron incluidos dentro del regimiento de León y enviados inmediatamente a La Bañeza. Allí se encontraba bajo el  mando del brigadier marqués de Valladares, el grueso de ejército de Galicia. A la vez se pidió-ya saben cómo iba la época; las peticiones eran educadas, tranquilas e iban con un arcabuz por delante- a  comerciantes y habitantes, que colaboraran económicamente para pagar las soldadas habituales, más dos reales diarios de sobresueldo para estos chicos. Se recaudaron 402.441 reales en total, que como suele ocurrir en estos casos, no llegaron a sus destinatarios, sino que se fueron quedando enganchados en las faltriqueras de curas, regidores y oficiales.

            Al mismo tiempo las autoridades de la ciudad, pidieron a la población que se formara un cuerpo de voluntarios, con la idea de defender la ciudad en el caso que a los enfantdelapatrie, les dieran por asomar sus ilustradas y sangrientas narices por la ciudad. Esta milicia se denominó Milicia Honrada, siendo parte de este grupo popular, junto a marineros y chisperos los que abordaron el navío francés l´Atlas a los pocos días de su formación.

            En esas estaban los vigueses, mientras las tropas del pequeño Corso avanzaban por el país, y los ingleses buscaban su parte del pastel, pescando en río revuelto como siempre.  A mediados de julio de 1808,  llegaban al puerto de La Coruña las tropas de Sir John Moore, que saldrían en busca de las huestes francesas a campo abierto, volviendo en los primeros días de enero del año 1809 a Galicia. Cinco mil hijos de la Gran Bretaña alcanzaron Vigo huyendo de las tropas del mariscal Soult, en condiciones lastimosas, y con el rabo entre las piernas.

 Al poco de eso, más de tres mil soldados ingleses desgajados del ejército de Sir John Moore, pertenecientes a la división de Robert  Craufurd- un oficial escocés que ya se llevó las suyas y las de su primo el de Gales en la segunda invasión del Río de la Plata en 1807-, se volvieron a casa dejando doce piezas de artillería en la ciudad. Armas que los vigueses subieron a los baluartes y a las baterías de A Laxe, y a los castillos de San Sebastián y de O Castro, que ya contaban con seis cañones de bronce de calibre medio, treinta y siete cañones de hierro y tres morteros de bronce. Manejados por la compañía de artilleros de la plaza, con cinco oficiales y ciento treinta artilleros.

            No estaba el aceite para buñuelos en la villa. Mientras la ciudad se organizaba para la defensa, esperando la llegada del olor a sangre y pólvora, los políticos y regidores locales, hacían lo mismo que todos los regidores y políticos del país cuando se trataba de las tropas napoleónicas. A la sazón, succionarles el ciruelo a los franceses, a la vez que repetían si sire, lo que usted quiera sire, póngame a los pies del putón de su señora sire... Y claro, al vecino bronca, chispero y al marinero de navaja fácil de siete puntos…clac,clac,clac…y puñalada en la ingle, esa tibieza contra el perro enemigo le sentaba como un arponazo en el occipucio. Asique se fueron a por los mandamases, montando una pajarraca de siete pares de cojones a lo largo y ancho de las calles Oliva, Imperial y Palma. Destituyendo y casi pasando por la calandria a los miembros del concejo ciudadano, al alcalde Alonso Cayro y al comandante de la plaza, el coronel Francisco La Rocque. El cual, no solo parecía no ver venir el peligro con ese apellido, sino que además daba muestra de claro afrancesamiento. Por suerte para ellos, al sangre no llegó a la Ría, y la turba de cimarrones se conformó con encerrarlos en el castillo de O castro, con todos sus miembros en orden, y sin calzarle a ninguno un palmo de hierro entre pecho y espalda. Nombrando eso sí, inmediatamente un nuevo consejo más afín a la revuelta y al miserable rey Fernando VII. Poniendo como alcalde a Francisco Vázquez Varela y  de gobernador militar de la plaza, al capitán de navío retirado D. Juan de Villavicencio y Puga.

            Les sirvió de poco, pues seis días después los húsares de Nicolay se presentaron en la ciudad gallega, cruzando campantes la puerta de Gamboa. Dejando el paso franco, para que al día siguiente hicieran lo mismo 1.200 soldados de infantería, en este caso por la puerta del Sol. El 4 de febrero de 1809 se concluyó la invasión, cuando los 450 dragones gabachos bajo el mando del general Franceschi, entraran en la ciudad. Fue entonces, cuando el gobernador militar Villavicencio entregó la ciudad para evitar una matanza. Lo sustituiría el barón Girardin.

            Como supondrán, y antes de verse atravesados por las bayonetas francesas, o fusilados al amanecer, por muy bonito que quedara el cuadro de Goya con las islas Cíes al fondo, los soldados, oficiales y la Milicia Honrada, que no estúpida pusieron pies en polvorosa, y se refugiaron fuera de la ciudad. Pero no por mucho tiempo. [Continuará]

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