miércoles, 15 de abril de 2015

LA RECONQUISTA DE VIGO (y III)


Lo dejamos en que el ejército español se acercaba peligroso a las murallas de la ciudad de Vigo, mientras que las fragatas inglesas, Lively y Venus se apostaban silenciosas y desafiantes en las aguas heladas de la Ría de Vigo.

Al atardecer el día 27 de marzo de 1809, todas las campanas de las iglesias que rodean Vigo comenzaron a sonar a rebato. La batalla se anunciaba. Las fragatas inglesas que hasta ese momento solo habían realizado un bloqueo naval a los franceses, comenzaron a sacudir zambombazos desde sus naves hacía las piezas de artillería del castillo de O Castro y San Sebastián, y la batería de A Laxe. Haciendo iluminarse de color rojizo la zona de O Berbés después de cada relámpago de pólvora. Mientras las Milicias Honradas que se habían quedado en el interior de la ciudad, se apostaban y parapetaban en sus posiciones estratégicas dando la del pulpo con cachelos a los franceses, que ahora comenzaban a darse cuenta con quien estaban jugándose los cuartos. Desconcertados, comenzaron a disparar a la multitud.

            Unas seis mil personas, asentadas en los múltiples campamentos que se levantaban por toda la comarca, comenzaron avanzar mal pertrechados de armas hacía la muralla. A ellos se sumaron las tropas de los guerrilleros, y militares a las órdenes de Pablo Morillo. Allí les esperaba la guarnición de La Grande Armeé, que ya empezaban a apretar los dientes y a rezar a sus santos civiles. En ese momento se junta durante unos minutos la historia y la leyenda, pues se cuenta que un marinero local, al que denominan Carolo, intentó derribar la puerta de Gamboa con un hacha, lo que le costó la vida. Siendo sustituido en el puesto por Bernardo González del Valle-este real al cien por cien-, conocido como Cachamuiña, capitán de infantería del ejército español, a las órdenes del teniente de infantería Pablo Morillo. Que también recibió cuatro tiros en la pierna, y al que a punto estuvieron de picarle el último billete, pero que se sobrepuso y consiguió tirar la puerta abajo. Dejando el paso franco a sus paisanos.

            La noche, pueden imaginársela; bayonetazos  de los franceses clavándose en los cuerpos fornidos de los gallegos, éstos pasando a cuchillo todo lo que se movía y olía a gabacho. Explosiones de pólvora, acompañados de huesos rotos y desgarrados tras el impacto de las balas. Las baterías francesas intentando defenderse como buenamente podían, y las fragatas inglesas zurrándoles la badana a los artilleros de los castillos y la batería. Asaltos a la guarnición con la navaja de dos palmos,  afilada y brillante, en cuya hoja se podía leer: Recuerdo de las Rías Baixas entrando y saliendo de los estómagos franceses. Gritos de ¡Vaespaña…! ¡Muerte al invasor…! ¡Valrey…! y ¡Santiago y cierra España! Y los gabachos acojonados ante tanta mala hostia junta. Pensando y con razón, que de esa no sale vivo ni el maestro armero, y que se les acabó eso de los cruasans y los paseos por Tulleiries en busca de cortejar madmuasels. Reflexionando entre zurriagazo y zurriagazo,  que casi mejor que los abrieran en canal esos tipos con espuma en la boca, e ira y odio en la mirada, y los colgaran en las puertas de las tabernas para escarnio del personal, que quedar herido y encima tener que contarle la hazaña a Napoleón. Que con su tacto y su buen talante para las derrotas, seguro que los mandaba a capar hurones a la estepa rusa.

A este sindiós protagonizado por las hordas de chisperos y manolos, se unía la fuerza y el descontrol de los milicianos locales, y la sangre fría y la capacidad militar de los guerrilleros y los militares. Gritos de Voto a Dios, y tal.... Al amanecer la ciudad mostraba varias columnas de humo gris, y algunos focos de fuego vivo desde la lejanía. En sus calles los rastros de sangre, los cuerpos reventados de los disparos a bocajarro, cosidos a bayonetazos, y abiertos en canal tras el buen hacer de los chisperos y cimarrones, daban cuenta de lo agarrado que había sido el baile esa noche. El olor a pólvora quemada lo intoxicaba todo. Al salir el sol la mañana del 28 de marzo de 1809, éste se ocultaba tras la nube de muerte y destrucción, que buscaba huir del lugar del crimen, perdiéndose sobre la Ría, y en el océano.

            A las diez de la mañana, los oficiales franceses, Chalot y Limousin abandonaban la ciudad por la puerta de A Laxe. Junto a ellos  sus cuarenta y seis jefes y oficiales, y los mil trescientos noventa y cinco soldados. Dejando atrás a los muertos y a los heridos, que se recuperaban en el monasterio de Santa Marta. A los sanos, les esperaban las fragatas inglesas Lively y Venus para apresarlos. Al borde de las naves inglesas eran despedidos por Pablo Morillo.

            Vigo acababa de convertirse en la primera ciudad, que reconquistaba una ciudad a Napoleón Bonaparte en todas sus campañas militares. Pueden imaginarse el cabreo del petit cabrón cuando se enteró del asunto. Juró que volvería a reconquistar la ciudad fuera como fuera, y a someter a esos brutos campesinos y marineros, que se habían atrevido a desafiar al más poderoso ejército europeo. En el próximo capítulo veremos que no fue así, pues desde Vigo se montó la cabeza de puente, para extender la guerra y liberar toda Galicia. Lo cierto es que Bonaparte como estratega y militar era un artista, pero como profeta fallaba más que un periodista deportivo, anunciando fichajes en verano.

            Por cierto, un siglo después, cuando se cumplió el centenario de la Reconquista de la ciudad de Vigo, se inauguró un monumento en honor a los héroes de la Reconquista, realizado por el escultor Julio González Pola. Es curioso, pues por descuido o por error intencionado, el tipo que destaca sobre el pedestal de la escultura, no es como muchos piensan el capitán Bernardo González del Valle “Cachamuiña”. El héroe que tumbo la puerta de Gamboa permitiendo la reconquista. Sino que el que quedó representado en la parte más alta del monumento para la posteridad, fue el por entonces teniente de infantería Pablo Morillo y Morillo. Militar que si bien participó en la batalla, no llevó a cabo una función crucial, o heroica como si realizaría en la batalla de Puentesanpayo o en Vitoria.

            Para más escarnio, no es que solo se confunda al héroe local Cachamuiñas con otro militar, y se honre cada año a éste. Sino que Pablo Morillo, durante el Trienio Liberal, fue enviado a Lugo por el nuevo gobierno a luchar contra el avance de las guerrillas absolutistas. Traicionándoles poco después, cuando se enteró de la inminente llegada a suelo español de las tropas francesas conocidas como los Cien Mil Hijos de San Luís, que venían en ayuda del cobarde rey Fernando el séptimo. Morillo se pasó a las filas galas, atacando y derrotando a la Milicia Nacional de Vigo, destituyendo a las autoridades de la ciudad nombradas por el gobierno liberal, y entregándola después al poder absolutista fernandino. Poder que desde ese momento, sería más férreo y cerrado de lo que nunca había sido.

 

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