miércoles, 29 de abril de 2015

SOBRE ANALGÉSICOS Y JACOBINOS


Desde que somos pequeños se empeñan en convencernos que la música amansa a las fieras, o las bestias. Nos engañan como a chinos, o como a gentes simpáticas del Sudeste asiático que dirían los políticamente correctos, esos que se la agarran con papel de fumar mientras nos hacen comulgar con ruedas de molino. Los que disfrazan el lenguaje para colocarnos crisis como desaceleraciones, rescates por apoyos financieros, recortes por reformas o abaratamientos salariales por flexibilidad laboral. Brotes verdes y despidos en diferido aparte. Cuando en realidad lo único que amansa a las bestias es la sangre, la otra mejilla y el dinero público en las cuentas oscuras trasalpinas. Pero sin duda alguna para  lo que no nos instruyen desde niños, y lo tenemos que ir aprendiendo poco a poco en la vida, es que la única opción que tenemos para frenar a las bestias es mediante la educación y la cultura. Cuanto más educación y más cultura menos miedo tendremos a las alimañas, menos nos dejaremos manipular por ellas. Sintiendo romper con más de dos mil años de moral cristiana, pero creo fielmente que cuando la bestia, el verdugo nos atiza un guantazo en una mejilla, la única forma de aplacarle no es ofreciéndole la otra, sino arrancándole la cabeza.

            Comprenderán mis malos pensamientos y mi desidia en la esperanza de que esto algún día se arregle. Más si cabe cuando leo las últimas noticias en los periódicos, y veo cómo va avanzando la película general de nuestra sociedad; los casos de corrupción generalizada, el rapto de nuestros derechos básicos, los recortes homicidas de sanidad, la asfixia vil en educación y el asesinato premeditado de la dependencia. La desaparición de dinero público, de esperanza y de cultura. Pareciéndome grave que nos roben el dinero, me resulta mucho más cruel que nos hurten la cultura. Pues con el dinero arruinamos una generación, pero con la falta de la cultura arruinamos e hipotecamos las generaciones venideras, y con ellas nuestro fututo a medio y largo plazo. Cada vez que me enfrento a estos pensamientos, no puedo evitar que me salte la vena jacobina más radical, el abate Marchena más furibundo que todos llevamos dentro. Y como él, pensar en ocasiones que la única forma de salvar a la humanidad es pasar por la guillotina a la mitad de esa humanidad. Y ni con esas. Porque una parte de la mitad restante, se enfrentaría a la otra parte por su forma de dejar caer la cuchilla. Y está mitad viéndose atacada, se defenderá arremetiendo a la otra parte, acusándoles agriamente de usar un cesto de mimbre en vez de uno de cuero-como Dios manda-, para recoger las cabezas de los finados. Y volveríamos a lo mismo, al guerracivilista que llevamos marcado a fuego en nuestro ADN. Algo tan español que duele.

            Por eso cuando me encuentro escenas como la de ayer mientras paseaba por el centro de Buenos Aires, siento que no todo está perdido, que todavía se puede evitar que Caronte queme sus naves. A pesar que falte mucho para ganarles la partida a los malvados, a las bestias que nos quieren analfabetos y manipulables. De lo que tenemos mucha culpa nosotros mismos, pues no se puede ser romano y aplaudir las gracias a los bárbaros. Es decir, no puedes atiborrarte de grasas saturadas, alcohol y tabaco y sorprenderte porque un infarto te deje listo de papeles, o permitir a tus hijos que se auto eduquen atiborrándose diariamente de tele basura y esperar que salgan eruditos. Pues después de ver lo fácil que es ganarse la vida paseando sus cuerpos, y trapos sucios por los platós y el papel cuché, no van a querer meterse en una universidad para ser un  parado con título superior ni por asomo.

            Como les decía, con actos como el que vi ayer, sospecho que aunque despacio vamos rascando un poquito más de tierra de ese túnel que nos llevará a la superficie. Me explico, como casi cada día cruzaba el parque Vicente López -en el barrio de la Recoleta-, para dirigirme a mi trabajo. Era  primera hora de la tarde del sábado, el día a pesar de encontrarnos en el otoño austral era agradable, además no había ni rastro de las cenizas del volcán chileno que habían cubierto el cielo porteño el día anterior. Allí en mitad del jardín, junto a un parque infantil que cada tarde explota de felicidad, y de sonrisas infantiles cuando llega el fin de la jornada escolar, un grupo de niños se sentaban sobre pequeñas sillas y mesas de plástico y colores vivos. Junto a ellos se situaban caballetes infantiles, donde los niños dibujaban y pintaban libremente. Los padres revoloteaban alrededor de los jóvenes pintores, comentándoles pormenores y precisando lo bonito de su dibujo. Mientras  los monitores explicaban cómo podrían crear colores mezclando unos u otros pigmentos, enseñándoles técnicas, y dándoles nociones básicas de la historia de la pintura. Los niños disfrutaban y reían mientras aprendían, y se empapaban del gusto por algo tan necesario para sus vidas –aunque ellos no lo saben aún-, como es la cultura.

            Me quedé allí un rato observándolos, pensando en todo esto. Después de unos minutos giré sobre mis talones y seguí con mi camino. Al salir por la puerta del jardín urbano que da a la avenida del general Las Heras, observé a una pareja de abuelos sentados en un banco, conversaban animadamente entre ellos mientras compartían sonrisas y mate. A su lado, repantingado e inmiscuido en lo que parecía una lectura entretenida, un niño de unos doce años con una sonrisa en la cara, lo supuse su nieto. El chico de pelo oscuro y vestido con una camiseta de Boca Juniors, disfrutaba como un cerdo en un lodazal de una novela juvenil.

            Ambas escenas sirvieron de analgésico para mi moral decaída, para mi mirada pesimista de la sociedad que nos ha tocado vivir. Y mientras avanzaba por el lado derecho de la avenida, sorteando vallas de obras que nunca terminan y entradas de garajes en dirección a la Biblioteca Nacional, pensé por primera vez después de mucho tiempo, que tal vez y solo tal vez, en un futuro lejano seamos capaces de librarnos del yugo de la ignorancia gustosa. Tal vez algún día podamos pensar como griegos, luchar como troyanos y morir como romanos. 

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