miércoles, 27 de mayo de 2015

SOBRE TRADICIONES, CULTURA Y TONTOS CON MEGÁFONO


Suelo ponerme de muy mala leche cuando algún integrista de barra de bar-esos feroces lobos ladradores, que a la hora de defender sus intereses en la calle son tiernos corderitos de mimosin-, salta desde el púlpito de la estupidez que otorga esa costumbre tan española como es cantar por las mañanas, con que esto o aquello hay que respetarlo y defenderlo porque es cultura y tradición. Lo dice gritando como si la verdad absoluta viniera dentro de un megáfono, y después de sentar cátedra entre los parroquianos, se rasca el culo y sigue esparramando el aceite del pincho de tortilla sobre el Marca.

            Se empeñan estos lansquenetes del hablar vacuo y del grito por bandera, en igualar la tradición y la cultura, como si ambas fueran sinónimas o pertenecientes a la misma acepción del término. Sería muy sencillo llevar un diccionario encima y mostrar las dos definiciones, para que vieran hasta qué punto llega su equivocación. Pero como comprenderán no salgo de casa con el María Moliner en el bolsillo, más que nada por el peso. Además un tipo que cree que lo sabe todo, y lo que no se lo pregunta a su cuñado -que lee el interviú todas las semanas-, poco o nada le importa lo que ponga o diga un mamotreto en papel, por mucho que lo haya editado la Real Academia de la Lengua Española o el Sursum corda.

            Antes solía interpelarles, aclarando que tradición y cultura no es lo mismo, como no lo es lo mismo un cordero que un besugo. Y ellos me miraban extrañados, como si de pronto hubiera comenzado a hablar la máquina de tabaco. Que la tradición no es más que los ritos que se trasmiten de generación en generación por costumbre, y que la cultura es un conjunto de conocimientos, los cuales nos permiten desarrollar un juicio crítico y pensar por nosotros mismos. Que la tradición puede ser buena o mala, pero que la cultura siempre es buena. Que los pueblos caníbales de la selva africana se comían al expedicionario blanco por tradición, pero que el ser humano llegó a la Ilustración y a la Enciclopedia por la acumulación de cultura. Pero nada como si les cantara por peteneras.

Con el paso del tiempo, cuando se dan estos casos suelo mirar el percal y seguir a lo mío, dándole al café o la caña de cerveza, evocando con media sonrisa mientras la saliva me gotea por el colmillo, aquella historia de un gobernador británico que acaba de llegar a la India cuando aún ésta era colonia de la Pérfida Albión. El tipo se quedó escandalizado, cuando vio que los nativos quemaban vivas a las mujeres de los fallecidos, en la misma pira que los cremaban a ellos, porque la tradición de la zona así lo requería. Y él tan serio, tan elegante, tan inglés, ordenó colocar al lado de las piras funerarias hindús un cadalso de madera, para ahorcar en él a todo aquel que se atreviera a volver a quemar viva a una mujer. Así los dos pueblos conservarían sus tradiciones, dijo mientras le guiñaba un ojo desafiante al tradicionalista del turbante.

            Hace poco recordé al devorador de pinchos de tortilla a tiempo parcial, y gurú con megáfono de barra de bar a tiempo completo, cuando leía la historia de Hirut Assefa. Hirut era una niña etíope que un día al salir del colegio, cuando solo tenía catorce años, fue secuestrada y posteriormente violada por un hombre adulto de su comunidad. Esto que a todas luces es una barbaridad terrible, un ataque cruel y sinrazón llevado a cabo por un bastardo, fue considero normal por los jueces cuando el secuestrador y violador dijo que lo había hecho para casarse con ella. Esta actuación es una costumbre, una tradición en la región del país etíope donde ocurrió, lo denominan telefa, y es una actuación tan normal contra las niñas de corta edad que todos lo celebran, todos menos la niña por supuesto. La bárbara y vomitiva tradición salió a la luz y se hizo mundialmente conocida, porque Hirut Assefa asesinó a uno de sus secuestradores, familiar de su violador y futuro marido.

            La defensa de la niña sobre los hombres que románticamente la había llevado por la fuerza a una cabaña, donde otros tipos, amigos del secuestrador la sujetaban, y le tapaban la boca para que un perfecto hijo de la grandísima puta la violara hasta dejarla inconsciente, amparándose en la tradición, fue considerado intolerante  por los jueces. La niña fue condenada a muerte por matar a uno de los asaltantes mientras se defendía. Se la acusó de asesinato, pues la tradición del país no aceptaba la defensa propia cuando se trataba de una mujer.

            Por suerte el escandalo mundial de la noticia, hizo que la abogada Meaza Ashenafi se ocupara del caso, y consiguiera no solo salvar la vida de la niña, sino montar una asociación que aún hoy presta servicio social a las mujeres que sufren la telefa. Pues a pesar de que el secuestro con violación, está castigado desde 2004 con un mínimo de quince años de cárcel, las zonas rurales de Etiopia –donde apenas hay comisarias, y las que hay pasan del tema-, prefieren seguir haciendo caso a la tradición y no a las leyes.

miércoles, 20 de mayo de 2015

SOBRE ESPIAS Y TINTAS DE COLORES


          Permítanme que les sitúe. Estamos en plena Guerra Fría, cuando ya se había levantado el muro de Berlín, ese telón de la vergüenza que separó Europa en dos durante veintiocho años. Una cicatriz de hormigón y hierro que dividió la capital alemana en dos fracciones. Dejando en mitad del territorio de la República Democrática Alemana (RDA), una isla occidental, la parte oeste de Berlín. Un pedazo de territorio rodeado completamente de tierra enemiga, un pequeño espacio que solo tenía contacto con el exterior mediante los aviones que diariamente llegaban a su aeropuerto, pertrechados con todo lo necesario para una vida confortable. Un pedazo de ciudad que hacía además las veces de capital de la República Federal Alemana (RFA).

            Durante estos años muchos fueron los que intentaron cruzar el muro que separaba el país, pocos fueron los que lo consiguieron. Muchos se convirtieron en victimas mortales al intentarlo, y más aún en sospechosos de no tragar con el régimen de la zona oriental, ni con la forma de pensar de sus líderes políticos. Cualquiera era susceptible de ser un traidor, un tipo o una tipa que a la mínima intentará escaparse y cruzar el muro para refugiarse en la Alemania Occidental. En muchos casos, estas deserciones no se llevaban a cabo por temas políticos, ideológicos o por problemas de espionaje, al menos no solamente por eso. Un gran número de los que se arriesgaban a cruzar de forma furtiva, con nocturnidad y alevosía el telón de acero y de la vergüenza, que tantas vidas se llevó por delante, lo hacían por temas familiares. No era extraño que a lo largo del perímetro del muro aparecieran familias separadas, núcleos familiares que de la noche a la mañana habían sido rotas por uno de los problemas políticos más graves del siglo pasado. Se daba el caso que en ciertas construcciones de la ciudad de Berlín, la puerta principal del edificio quedaba en una Alemania y las ventanas daban hacía la otra. Familias y amigos que vivían en el mismo edifico, de un día para otro, en unas horas, habían quedado separados en dos países diferentes. Países vecinos, pero que se encontraban tan separados como si estuvieran en los puntos más alejados del planeta.

            En ambos países todo era diferente, las ideas, las políticas, los trabajos, la comida, la economía, las libertades y por supuesto las seguridades del estado. En la Alemania Oriental la vigilancia estaba en manos de la Stasi, el que en su día sería el servicio de inteligencia y vigilancia más poderos del mundo. Lo oían todo, lo veían todo, y lo que no veían u oían por cuenta propia -lo mínimo-, se encargaban de que alguien se lo contara. Y el que fuera interrogado cantaba sin pensarlo dos veces, por su bien.

            Hay una historia muy curiosa sobre el poder de este grupo perteneciente al Ministerio de la Seguridad del Estado y su control sobre toda la población de su territorio. Llamaremos a nuestro protagonista Klaus Fölmer, un intelectual de la Alemania Oriental que estaba en el punto de mira de la Stasi por sus tonteos con la enemiga mortal, que era en esos años la vecina y capitalista Alemania Occidental. Sus reuniones nocturnas con confidentes y su relación sentimental con una alemana de marcado carácter federal, y cuya familia al completo se encontraba al otro lado del muro. Un día nuestro protagonista tuvo un desliz, un resbalón que pudo costarle caro, aunque por suerte consiguió erguirse a tiempo. Le pillaron contrabandeando información, pero estuvo listo y no pudieron demostrar que él era el cabecilla, pero sí consiguieron pruebas para acusarle de contrabando. Al final, lo que pudo acabar en tragedia acabo en castigo. Severo, pero castigo.

            Klaus Fölmer fue obligado a pasar unos años deportado en Siberia. No era algo extraño, pues la Stasi era una formación prácticamente hermana de la KGB rusa, y como buenos hermanos se hacían favores, sobre todo si estos servían para el buen funcionamiento del bloque soviético. Su castigo en la estepa Siberiana consistía en prestar trabajos a una fábrica rusa instalada allí, intentando con esto que a la vuelta a Berlín, se le quitan las ganas de seguir reuniéndose con compañías peligrosas o insidiosas. Y por supuesto, que no olvidara que a partir de ese momento unos ojos de la Stasi lo seguiría allá donde estuviera.

            Entre el abatimiento lógico tras conocer la pena impuesta, el intelectual alemán se comenzó a despedir de sus amigos. La despedida se suponía de forma temporal, pero cuando en mitad del camino se meten asuntos de estado y de espionaje, en un momento tan crítico de nuestra reciente historia como fue la Guerra Fría, las despedidas nunca se sabían si serían temporales o definitivas. En su última noche juntos, entre cervezas y recuerdos compartidos los amigos cayeron en la cuenta que desde ese mismo momento, toda la correspondencia de Klaus Föller iba a ser revisada concienzudamente, y censurada sin contemplaciones en cuanto apareciera una mala palabra sobre su destino de deportación. Fue entonces cuando decidieron llegar a un acuerdo.

A Klaus se le ocurrió un sistema para intentar saltarse la censura de la Stasi, éste consistiría en un juego de tintas. Todas las cartas que reciban sus amigos y que tuvieran partes escritas con tinta azul, significaría que era real lo que narraba. Cuando una parte de la carta estuviera redactada con tinta roja, querría decir que todo lo allí escrito era mentira. Quedaron en ello, y brindaron por la ocurrencia. Al día siguiente Föller partía hacía su retiro forzoso.

Pasaron las semanas, y después de mucho esperar los amigos del intelectual deportado reciben la primera carta de Klaus. Al abrirla se dieron cuenta de que estaba escrita totalmente en tinta azul. La carta contaba lo siguiente: En Siberia la vida es maravillosa, la fábrica en la que estoy destinado es magnífica, cuenta con todos los adelantos tecnológicos. El trabajo se hace muy llevadero porque los compañeros están muy felices y los jefes son personas muy buenas y honradas con nosotros, casi nos tratan como si fuéramos sus hijos. Descansamos bastante, y en esos momentos de esparcimiento en la ciudad disfrutamos de los bonitos cafés y de las enormes cervecerías, y sobre todo de los cines. En éstos vemos muchas películas de gran calidad, la mayoría occidentales, muchas de ellas americanas. Lo único malo que tiene Siberia es que es imposible encontrar tinta roja.

miércoles, 13 de mayo de 2015

LAS ESCUELAS DE BELGRANO


           Manuel Belgrano fue intelectual, economista, periodista, abogado y sobre todo político y militar. Un tipo inteligente e íntegro, así como uno de los idearios y realizadores de la revolución que el 25 de mayo de 1810, quitó el trono bajo las posaderas holgazanas y absolutistas del virrey Cisneros en Buenos Aires. Convirtiéndose esta algarada, en el punto de partida para la muerte de los antiguos territorios virreinales del Río de la Plata, y el nacimiento de las actuales Argentina, Paraguay, Uruguay y Bolivia.

            Belgrano no solo fue un importante intelectual que estudió en España, pasando entre otros lugares por la universidad de Valladolid o de Salamanca. Un criollo ilustrado en la península, que no tardaría en revolverle las asaduras al despotismo fernandino. También fue un hito y un enemigo temible en el campo de batalla. Siempre se dejó de medias tintas, y cuando vio que la guerra de la independencia caía del lado realista, tras perder los patriotas la transcendental batalla de Huaquí, fue enviado a poner orden. Allí se fue, pidiendo a mitad de camino permiso para crear una escarapela que diferenciara a sus soldados.

Se le concede la petición, y el asunto finaliza en la jura a una bandera azul celeste y blanca al cincuenta por ciento,  cosida por una vecina de Rosario. Ese 27 de febrero de 1812, pasaría a la historia por ser la primera vez que unas tropas jurarían la futura bandera de Argentina. Por supuesto el gobierno central porteño y su director, un tal Rivadavia le agarró los machos al bueno de Manuel, diciéndole que se guardara el trapito y siguiera usando la enseña española. No me toque las pelotas Belgrano, no vaya a ser que nos salga el marrano mal capado, aparezca el maldito Fernando VII de las vacaciones francesas,  y nos afeiten a ras de nuez por andarnos con divisas extrañas.  

            El caso es que a regañadientes, pero Belgrano se la envainó. Poniéndose acto seguido a remendar las tropas, que después de caer en la batalla anterior estaban hechas un guiñapo. El asunto pintaba mal, la mitad de los soldados con los que contaba habían caído muertos o enfermos, solo contaba con seiscientos fusiles para mil hombres, y por si fuera poco, después de hacer cuentas solo quedaban veinticinco balas para cada arma. Vaya chollo me he buscado tuvo que pensar-y con razón-, Belgrano. Más si cabe cuando al llegar a Jujuy, vio que la población estaba a punto de ser pasado a cuchillo por la cercanía de los realistas, mientras los oligarcas rioplatenses ya mantenían contactos con los enemigos para hacer negocios-lo de siempre vamos-. Belgrano se puso serio, y a los negociantes les dejó el asunto claro; o lo quemáis todo y os largáis con el pueblo a poneros a salvo-dijo-, u os fusilo a todos ahora mismo por traición a la patria, y me voy de aquí con el resto de justos de ésta Sodoma americana. Ante tal amenaza todos dijeron; si guana, faltaría más guana y pusieron pies en polvorosa buscando un lugar más cómodo. Esta fase pasaría a la historia como el éxodo Jujeño, y serviría para salvar la vida a toda la población del norte del país, algo que no era poca cosa según pintaba el asunto.

            Al poco de refugiarse en un lugar seguro, en las inmediaciones de Tucumán-a unos doscientos cincuenta quilómetros del punto de partida-, llegó la orden desde Buenos Aires para que Belgrano abandone el grupo y baje a la franja Oriental-actual Uruguay-, para meterle pólvora a Artigas y sus muchachos. Belgrano se niega y se queda en Tucumán, donde el 24 de septiembre de 1812 se enfrentará por primera vez a las tropas realistas. El resultado; le cayó la del pulpo a los defensores del Imperio Español, y su líder el capitán Tristán, como gran héroe que era en vez de dar la cara, salió huyendo. Belgrano, dice que de eso nada, y va detrás de él y de sus chicos. Da finalmente con ellos casi cinco meses después, el 20 de febrero de 1813 en Salta. Y allí sin contemplaciones se los vuelve a pasar por la piedra, infringiendo quinientas bajas mortales al bando del huidizo capitán realista. Lo que a la larga sería un punto clave en el dominio final del territorio.

            Y aquí llego a lo que venía, permítanme un minuto. Por las victorias de Tucumán y Salta, Belgrano recibe como premio cuarenta mil pesos –una barbaridad se mire por donde se mire-. Pero él como buen patriota-de los de verdad, no de los de boquilla que tanto abunda ahora-, dice que no quiere saber nada del dinero, que él defiende su tierra y sus ideas. Pide que ese dinero se utilice para crear cuatro escuelas públicas, éstas se construirían en cuatro diferentes puntos del país, coincidiendo con los territorios más pobres y que más estaban sufriendo las campañas militares. Mientras él y sus tropas, volvían al Alto Perú para seguir con la lucha.

            No se sorprenderán si les digo que el dinero de Belgrano se perdió durante décadas, cayendo en el lugar posiblemente más oscuro y tenebroso del país, y que aún hoy sigue existiendo. La deuda pública de la provincia de Buenos Aires.

            La primera escuela que se creó fue al de Santiago del Estero en el año 1822, casi diez años después de la cesión del dinero, pero el colegio cerró sus puertas para siempre en 1826. La escuela de Tarija fue inaugura por Juan Perón y Evita, ciento treinta y siete años después, y no contentos con eso aún tardaron treinta y siete años más en finalizar las obras y abrirla. La tercera, la de Tucumán se construyó durante el gobierno de Carlos Menen-entre 1989 y 1999-, y pasó a la historia por la extraña desaparición de trescientos mil pesos del fondo para su construcción. Finalmente la escuela de Jujuy se terminó en el año 2004, ciento noventa y un años después de que Belgrano pusiera el dinero para la construcción.

            Como ven, en todos lugares cuecen habas y hay garbanzos negros. Lo de la corrupción, el robo significativo y continuado de fondos públicos para educación y sanidad se viene dando desde lejos. Pero ya no es solo que los gobernantes robaran el dinero de un héroe nacional, dinero que había cedido para algo tan filantrópico como la construcción de escuelas en zonas desfavorecidas. Sino que además de hacer las cosas tarde se hacen mal, pues si contamos los intereses acumulados por los cuatrocientos mil pesos durante estos casi doscientos años, se podrían haber construido centenares de escuelas a lo largo y ancho de todo el país.

miércoles, 6 de mayo de 2015

SOMOS IDIOTAS


            Si, si, usted y yo. Y posiblemente el tipo que toma café a su lado a diario en el bar de la esquina, y el cajero del supermercado en el que compra sus viandas habitualmente, también el quiosquero que le vende el periódico los domingos, o el bibliotecario o bibliotecaria que le pide silencio, mientras decide con un amigo que novela será la próxima que va a leer. Todos somos idiotas, o al menos eso se creen ellos. Ellos evidentemente son los que nos toman por idiotas, aunque en algo tienen razón, sino lo somos al menos lo aparentamos.

            Me refiero al estoicismo con el que asimilamos las toneladas de corrupción política, amiguismo, depotismo, malversación de bienes públicos-que dicho así suenan lejanos, pero dicho en voz del pueblo es su dinero y el mío, el que nos cobran con las facturas mensuales, que más que cobranzas estatales parecen un impuesto revolucionario en toda regla-, gastos de fondos estatales en obras estúpidas y en muchos casos efímeras e innecesarias. La cara más dura del hormigón de los imputados, señalados con el dedo de la sociedad y la justicia. Pero siempre atenuando su culpabilidad en las informaciones en las que aparecen solo como presuntos o supuestos, aunque les hayan pillado con el carrito de helado y con las manos en la masa.  No vaya a ser que después salgan de rositas-siempre salen-, y se enfaden con el medio de turno, o con las empresas que colaboran con él, y que no tuvieron la consideración  de etiquetarlos como angelicales, maltratados e incomprendidos presuntos mangantes.  Cerrándoles el grifo del dinero público y las subvenciones millonarias, cuando éstos vuelvan a presentarse a unas elecciones y a ganarlas-que tiene cojones el asunto-. Un dinero muy necesario con las que llevar a cabo su trabajo sin sentido ni valor –medios pagados por los partidos, consultorías, fundaciones, empresas de cazatalentos…-, que sin esas ayudas no podrían salir a delante, porque a nadie de la esfera privada les interesa lo más mínimo su actividad empresarial, y por tanto no se gastarían un duro en mantenerlas a flote. Mientras los hospitales, las escuelas y las carreteras se caen a pedazos.

            Cada día nos levantamos con un nuevo caso, ponga usted el nombre, el color, el partido y la ideología-esto pueden dejarlo en blanco, porque estos golfosapandadores de cuentas trasalpinas no la tienen- que les dé la gana. Lo mismo me da. Encendemos la radio y ahí está, el nuevo caso de corrupción, malversación, tráfico de influencias del día, que quedará tapado al día siguiente con otro más gordo. Las caras de los tipejos y las tipejas se publican en la prensa y en las redes sociales. Pero les importa un testículo de palmípedo, ellos se pasean orgullosos por las calles, asegurando que  no saben nada de nada, que solo pasaban por allí. Que ellos no han cobrado jamás en negro, y que además no volverán a hacerlo. Que no les consta, que ese día no fueron a trabajar porque tuvieron que ir a renovar el deneí, o la primera estupidez que se les pase por la cabeza en el momento que les interrogue el juez de turno. Riéndose de él, y sobre todo riéndose de nosotros.

            Eso que parece que se nos olvida, que se ríen de nosotros. Nos tratan tanto y tan bien como idiotas que nos hemos convertido en ello. Ya no nos compungimos, ni nos sorprendemos, ni estallamos iracundos echando espuma por la boca cuando salta un nuevo escándalo que nos esquilma más, y nos deja más pobres que el día anterior. Nos hemos vuelto inmunes a la mafia, y la catadura deshonesta de nuestros gobernantes, de tanto como nos han sobrecargado de informaciones sobre corrupción en las más altas esferas del estado y la industria. Nos hemos vuelto idiotas como forma de autodefensa ante las viles artimañas, que han usado nuestros mandamases para enriquecerse a costa de nuestro trabajo y sufrimiento. Nos hemos idiotizado por encima de nuestras posibilidades.

            Pero tranquilos, la idiotización de la sociedad no es algo intrínseco en el sistema molecular hispano, por desgracia es una patología a escala mundial. Hace unos días, mientras tomaba café y leía el periódico local en un pequeño bar del centro de Buenos Aires, asistí a la conversación de un par de jóvenes que comían amistosamente junto a mi mesa. La conversación comenzó en un tono sosegado, pero cada vez fue tomando más volumen-en eso argentinos y españoles somos iguales, no sabemos hablar bajo-, discernían sobre las inminentes elecciones a gobernador de la provincia y alcalde de la capital porteña. Uno de ellos defendía que cualquiera de los candidatos favoritos, sería malo para los intereses de la ciudadanía media, porque todos tenían manchadas más o menos las manos y los bolsillos con dinero público. Todos llevaban años robando dinero de una u otra forma-aseguraba-. El otro callaba y miraba con esa mirada de no estar de acuerdo en absoluto, de tener un candidato predilecto en el pedestal del que no pensaba bajarlo por mucho que le acusaran unos y otros. Era un ladrón pero era su ladrón.

            Siguieron discutiendo y comenzaron a hablar de  presidentes actuales y pasados. De nuevo, uno de ellos defendía que todos se habían enriquecido ilícitamente hasta secar la teta de Argentina en 2001 con el corralito, pero lo que era peor-para él, y según su argumento-, es que todos habían incumplido sus programas electorales, habían hecho prácticamente todo al revés, todo mal. El otro de nuevo negaba con la cabeza, y defendía a uno de los viejos presidentes. Hasta aquí todo correcto, cordial, una discusión amena y entretenida. Hasta que este último, el que defendía  a un presidente de los ochenta dijo una frase lapidaria, una afirmación que me sacó de mi ensimismamiento; a parte de la corrupción y de todo lo que robo del estado lo hizo bien.

            Me quedé de piedra ostionera al constatar que no solo nosotros somos idiotas, sino que los argentinos también lo son. Tuve que morderme la lengua, hasta casi hacerme sangre para que no me saltara la válvula y decir una barbaridad. Salvo corrupto y ladrón todo fue bien dice el tipo, y se queda tan ancho. Hemos caído tan bajo en política, nos han hecho caer tanto a los infiernos de la injusticia y la corrupción, que vemos como normal que un presidente, y su camarilla de correveidiles paniaguados se enriquezcan abiertamente a cuenta de los ciudadanos. Hemos asimilado tanto que la mafia se ha instalado en la cúpula del poder estatal, que ya no contamos la corrupción y el robo como algo malo, sino como algo normal. Y prácticamente lo defendemos. Nos hemos convertido en monigotes del poder que nos roba y se ríe, mientras muchos encima le hacen de palmeros.

            Que los políticos nos roben y se enriquezcan, mientras nos roban los derechos adquiridos por nuestros antepasados a base de fuerza, lucha y en muchos casos con  sangre es culpa nuestra. Ellos tienen mucho pecado que purgar por supuesto, pero sobre todo la falta es nuestra por permitirlo. Por preferir lo fácil y lo mascado, a pensar y discurrir por nosotros mismos. Por no decir basta y salir a la calle a recobrar lo que nos pertenece. Por abrazarnos a un televisor que vomita odio, discordia, cuando no bazofia e incultura. Por aceptar a pies juntillas el nuevo pan y circo, poco pan y pésimo circo por cierto. Y por habernos dejado llevar a este callejón sin salida, o con una salida que cada vez nos queda más lejos y más complicada. Lo dicho, somos idiotas.