miércoles, 20 de mayo de 2015

SOBRE ESPIAS Y TINTAS DE COLORES


          Permítanme que les sitúe. Estamos en plena Guerra Fría, cuando ya se había levantado el muro de Berlín, ese telón de la vergüenza que separó Europa en dos durante veintiocho años. Una cicatriz de hormigón y hierro que dividió la capital alemana en dos fracciones. Dejando en mitad del territorio de la República Democrática Alemana (RDA), una isla occidental, la parte oeste de Berlín. Un pedazo de territorio rodeado completamente de tierra enemiga, un pequeño espacio que solo tenía contacto con el exterior mediante los aviones que diariamente llegaban a su aeropuerto, pertrechados con todo lo necesario para una vida confortable. Un pedazo de ciudad que hacía además las veces de capital de la República Federal Alemana (RFA).

            Durante estos años muchos fueron los que intentaron cruzar el muro que separaba el país, pocos fueron los que lo consiguieron. Muchos se convirtieron en victimas mortales al intentarlo, y más aún en sospechosos de no tragar con el régimen de la zona oriental, ni con la forma de pensar de sus líderes políticos. Cualquiera era susceptible de ser un traidor, un tipo o una tipa que a la mínima intentará escaparse y cruzar el muro para refugiarse en la Alemania Occidental. En muchos casos, estas deserciones no se llevaban a cabo por temas políticos, ideológicos o por problemas de espionaje, al menos no solamente por eso. Un gran número de los que se arriesgaban a cruzar de forma furtiva, con nocturnidad y alevosía el telón de acero y de la vergüenza, que tantas vidas se llevó por delante, lo hacían por temas familiares. No era extraño que a lo largo del perímetro del muro aparecieran familias separadas, núcleos familiares que de la noche a la mañana habían sido rotas por uno de los problemas políticos más graves del siglo pasado. Se daba el caso que en ciertas construcciones de la ciudad de Berlín, la puerta principal del edificio quedaba en una Alemania y las ventanas daban hacía la otra. Familias y amigos que vivían en el mismo edifico, de un día para otro, en unas horas, habían quedado separados en dos países diferentes. Países vecinos, pero que se encontraban tan separados como si estuvieran en los puntos más alejados del planeta.

            En ambos países todo era diferente, las ideas, las políticas, los trabajos, la comida, la economía, las libertades y por supuesto las seguridades del estado. En la Alemania Oriental la vigilancia estaba en manos de la Stasi, el que en su día sería el servicio de inteligencia y vigilancia más poderos del mundo. Lo oían todo, lo veían todo, y lo que no veían u oían por cuenta propia -lo mínimo-, se encargaban de que alguien se lo contara. Y el que fuera interrogado cantaba sin pensarlo dos veces, por su bien.

            Hay una historia muy curiosa sobre el poder de este grupo perteneciente al Ministerio de la Seguridad del Estado y su control sobre toda la población de su territorio. Llamaremos a nuestro protagonista Klaus Fölmer, un intelectual de la Alemania Oriental que estaba en el punto de mira de la Stasi por sus tonteos con la enemiga mortal, que era en esos años la vecina y capitalista Alemania Occidental. Sus reuniones nocturnas con confidentes y su relación sentimental con una alemana de marcado carácter federal, y cuya familia al completo se encontraba al otro lado del muro. Un día nuestro protagonista tuvo un desliz, un resbalón que pudo costarle caro, aunque por suerte consiguió erguirse a tiempo. Le pillaron contrabandeando información, pero estuvo listo y no pudieron demostrar que él era el cabecilla, pero sí consiguieron pruebas para acusarle de contrabando. Al final, lo que pudo acabar en tragedia acabo en castigo. Severo, pero castigo.

            Klaus Fölmer fue obligado a pasar unos años deportado en Siberia. No era algo extraño, pues la Stasi era una formación prácticamente hermana de la KGB rusa, y como buenos hermanos se hacían favores, sobre todo si estos servían para el buen funcionamiento del bloque soviético. Su castigo en la estepa Siberiana consistía en prestar trabajos a una fábrica rusa instalada allí, intentando con esto que a la vuelta a Berlín, se le quitan las ganas de seguir reuniéndose con compañías peligrosas o insidiosas. Y por supuesto, que no olvidara que a partir de ese momento unos ojos de la Stasi lo seguiría allá donde estuviera.

            Entre el abatimiento lógico tras conocer la pena impuesta, el intelectual alemán se comenzó a despedir de sus amigos. La despedida se suponía de forma temporal, pero cuando en mitad del camino se meten asuntos de estado y de espionaje, en un momento tan crítico de nuestra reciente historia como fue la Guerra Fría, las despedidas nunca se sabían si serían temporales o definitivas. En su última noche juntos, entre cervezas y recuerdos compartidos los amigos cayeron en la cuenta que desde ese mismo momento, toda la correspondencia de Klaus Föller iba a ser revisada concienzudamente, y censurada sin contemplaciones en cuanto apareciera una mala palabra sobre su destino de deportación. Fue entonces cuando decidieron llegar a un acuerdo.

A Klaus se le ocurrió un sistema para intentar saltarse la censura de la Stasi, éste consistiría en un juego de tintas. Todas las cartas que reciban sus amigos y que tuvieran partes escritas con tinta azul, significaría que era real lo que narraba. Cuando una parte de la carta estuviera redactada con tinta roja, querría decir que todo lo allí escrito era mentira. Quedaron en ello, y brindaron por la ocurrencia. Al día siguiente Föller partía hacía su retiro forzoso.

Pasaron las semanas, y después de mucho esperar los amigos del intelectual deportado reciben la primera carta de Klaus. Al abrirla se dieron cuenta de que estaba escrita totalmente en tinta azul. La carta contaba lo siguiente: En Siberia la vida es maravillosa, la fábrica en la que estoy destinado es magnífica, cuenta con todos los adelantos tecnológicos. El trabajo se hace muy llevadero porque los compañeros están muy felices y los jefes son personas muy buenas y honradas con nosotros, casi nos tratan como si fuéramos sus hijos. Descansamos bastante, y en esos momentos de esparcimiento en la ciudad disfrutamos de los bonitos cafés y de las enormes cervecerías, y sobre todo de los cines. En éstos vemos muchas películas de gran calidad, la mayoría occidentales, muchas de ellas americanas. Lo único malo que tiene Siberia es que es imposible encontrar tinta roja.

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