miércoles, 6 de mayo de 2015

SOMOS IDIOTAS


            Si, si, usted y yo. Y posiblemente el tipo que toma café a su lado a diario en el bar de la esquina, y el cajero del supermercado en el que compra sus viandas habitualmente, también el quiosquero que le vende el periódico los domingos, o el bibliotecario o bibliotecaria que le pide silencio, mientras decide con un amigo que novela será la próxima que va a leer. Todos somos idiotas, o al menos eso se creen ellos. Ellos evidentemente son los que nos toman por idiotas, aunque en algo tienen razón, sino lo somos al menos lo aparentamos.

            Me refiero al estoicismo con el que asimilamos las toneladas de corrupción política, amiguismo, depotismo, malversación de bienes públicos-que dicho así suenan lejanos, pero dicho en voz del pueblo es su dinero y el mío, el que nos cobran con las facturas mensuales, que más que cobranzas estatales parecen un impuesto revolucionario en toda regla-, gastos de fondos estatales en obras estúpidas y en muchos casos efímeras e innecesarias. La cara más dura del hormigón de los imputados, señalados con el dedo de la sociedad y la justicia. Pero siempre atenuando su culpabilidad en las informaciones en las que aparecen solo como presuntos o supuestos, aunque les hayan pillado con el carrito de helado y con las manos en la masa.  No vaya a ser que después salgan de rositas-siempre salen-, y se enfaden con el medio de turno, o con las empresas que colaboran con él, y que no tuvieron la consideración  de etiquetarlos como angelicales, maltratados e incomprendidos presuntos mangantes.  Cerrándoles el grifo del dinero público y las subvenciones millonarias, cuando éstos vuelvan a presentarse a unas elecciones y a ganarlas-que tiene cojones el asunto-. Un dinero muy necesario con las que llevar a cabo su trabajo sin sentido ni valor –medios pagados por los partidos, consultorías, fundaciones, empresas de cazatalentos…-, que sin esas ayudas no podrían salir a delante, porque a nadie de la esfera privada les interesa lo más mínimo su actividad empresarial, y por tanto no se gastarían un duro en mantenerlas a flote. Mientras los hospitales, las escuelas y las carreteras se caen a pedazos.

            Cada día nos levantamos con un nuevo caso, ponga usted el nombre, el color, el partido y la ideología-esto pueden dejarlo en blanco, porque estos golfosapandadores de cuentas trasalpinas no la tienen- que les dé la gana. Lo mismo me da. Encendemos la radio y ahí está, el nuevo caso de corrupción, malversación, tráfico de influencias del día, que quedará tapado al día siguiente con otro más gordo. Las caras de los tipejos y las tipejas se publican en la prensa y en las redes sociales. Pero les importa un testículo de palmípedo, ellos se pasean orgullosos por las calles, asegurando que  no saben nada de nada, que solo pasaban por allí. Que ellos no han cobrado jamás en negro, y que además no volverán a hacerlo. Que no les consta, que ese día no fueron a trabajar porque tuvieron que ir a renovar el deneí, o la primera estupidez que se les pase por la cabeza en el momento que les interrogue el juez de turno. Riéndose de él, y sobre todo riéndose de nosotros.

            Eso que parece que se nos olvida, que se ríen de nosotros. Nos tratan tanto y tan bien como idiotas que nos hemos convertido en ello. Ya no nos compungimos, ni nos sorprendemos, ni estallamos iracundos echando espuma por la boca cuando salta un nuevo escándalo que nos esquilma más, y nos deja más pobres que el día anterior. Nos hemos vuelto inmunes a la mafia, y la catadura deshonesta de nuestros gobernantes, de tanto como nos han sobrecargado de informaciones sobre corrupción en las más altas esferas del estado y la industria. Nos hemos vuelto idiotas como forma de autodefensa ante las viles artimañas, que han usado nuestros mandamases para enriquecerse a costa de nuestro trabajo y sufrimiento. Nos hemos idiotizado por encima de nuestras posibilidades.

            Pero tranquilos, la idiotización de la sociedad no es algo intrínseco en el sistema molecular hispano, por desgracia es una patología a escala mundial. Hace unos días, mientras tomaba café y leía el periódico local en un pequeño bar del centro de Buenos Aires, asistí a la conversación de un par de jóvenes que comían amistosamente junto a mi mesa. La conversación comenzó en un tono sosegado, pero cada vez fue tomando más volumen-en eso argentinos y españoles somos iguales, no sabemos hablar bajo-, discernían sobre las inminentes elecciones a gobernador de la provincia y alcalde de la capital porteña. Uno de ellos defendía que cualquiera de los candidatos favoritos, sería malo para los intereses de la ciudadanía media, porque todos tenían manchadas más o menos las manos y los bolsillos con dinero público. Todos llevaban años robando dinero de una u otra forma-aseguraba-. El otro callaba y miraba con esa mirada de no estar de acuerdo en absoluto, de tener un candidato predilecto en el pedestal del que no pensaba bajarlo por mucho que le acusaran unos y otros. Era un ladrón pero era su ladrón.

            Siguieron discutiendo y comenzaron a hablar de  presidentes actuales y pasados. De nuevo, uno de ellos defendía que todos se habían enriquecido ilícitamente hasta secar la teta de Argentina en 2001 con el corralito, pero lo que era peor-para él, y según su argumento-, es que todos habían incumplido sus programas electorales, habían hecho prácticamente todo al revés, todo mal. El otro de nuevo negaba con la cabeza, y defendía a uno de los viejos presidentes. Hasta aquí todo correcto, cordial, una discusión amena y entretenida. Hasta que este último, el que defendía  a un presidente de los ochenta dijo una frase lapidaria, una afirmación que me sacó de mi ensimismamiento; a parte de la corrupción y de todo lo que robo del estado lo hizo bien.

            Me quedé de piedra ostionera al constatar que no solo nosotros somos idiotas, sino que los argentinos también lo son. Tuve que morderme la lengua, hasta casi hacerme sangre para que no me saltara la válvula y decir una barbaridad. Salvo corrupto y ladrón todo fue bien dice el tipo, y se queda tan ancho. Hemos caído tan bajo en política, nos han hecho caer tanto a los infiernos de la injusticia y la corrupción, que vemos como normal que un presidente, y su camarilla de correveidiles paniaguados se enriquezcan abiertamente a cuenta de los ciudadanos. Hemos asimilado tanto que la mafia se ha instalado en la cúpula del poder estatal, que ya no contamos la corrupción y el robo como algo malo, sino como algo normal. Y prácticamente lo defendemos. Nos hemos convertido en monigotes del poder que nos roba y se ríe, mientras muchos encima le hacen de palmeros.

            Que los políticos nos roben y se enriquezcan, mientras nos roban los derechos adquiridos por nuestros antepasados a base de fuerza, lucha y en muchos casos con  sangre es culpa nuestra. Ellos tienen mucho pecado que purgar por supuesto, pero sobre todo la falta es nuestra por permitirlo. Por preferir lo fácil y lo mascado, a pensar y discurrir por nosotros mismos. Por no decir basta y salir a la calle a recobrar lo que nos pertenece. Por abrazarnos a un televisor que vomita odio, discordia, cuando no bazofia e incultura. Por aceptar a pies juntillas el nuevo pan y circo, poco pan y pésimo circo por cierto. Y por habernos dejado llevar a este callejón sin salida, o con una salida que cada vez nos queda más lejos y más complicada. Lo dicho, somos idiotas.

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