miércoles, 24 de junio de 2015

EL ÚLTIMO VIAJE DE CARLOS GARDEL


          Se cumplen hoy ochenta años del accidente aéreo que acabaría con la vida de Carlos Gardel, y con la de otras dieciséis personas en el aeropuerto colombiano de Medellín. El cantante había hecho una escala reglamentaria en el aeropuerto Las Arenas de la ciudad colombiana en mitad de su gira latinoamericana de 1935, en el momento del despegue, el avión trimotor Ford de la empresa Saco desvió su recorrido y chocó con otro avión similar de la empresa alemana Scadta, que esperaba su turno para despegar. Inmediatamente los dos aparatos se convirtieron en una bola de fuego, el Rey del Tango murió carbonizado dentro de la estructura metálica de la pequeña aeronave.

            El cuerpo del Morocho fue enterrado en el cementerio de San Pedro de Medellín, a pesar de los intentos de la familia por llevarlo a suelo argentino. Su albacea Armando Delfino lo intentó por activa y por pasiva pero no consiguió nada, chocando una y otra vez con la burocracia. Pero cuando parecía imposible que el cuerpo de Carlos Gardel descansara en el país donde creció y se hizo famoso mundialmente, la situación política argentina dio un vuelvo dramático, algo que beneficiaría la empresa del albacea.

            Prácticamente un mes después del fallecimiento de Gardel, al gobierno argentino le estalló un enorme escándalo en mitad de las narices. El gobierno del país acababa de firmar el controvertido tratado Roca-Runciman-que permitía el comercio de carnes argentinas con EE. UU y Reino Unido-, un acuerdo cuestionado y criticado por la oposición política. El revuelo suscitado en el país fue de alto grado, tanto fue así que el 23 de julio de 1935, y en mitad de la cámara del Senado alguien disparo tres veces sobre Lisandro de La Torre, el líder de la oposición, y una de las voces más discordantes con el tratado. El sicario falló, y las tres balas se hicieron hueco en el cuerpo de Enzo Bondadehere- compañero de partido del opositor-, dejándolo listo de papeles en el acto. El escándalo en las calles fue mayúsculo, amenazaba con costarle el gobierno al partido que estaba detrás de la firma del contrato, y seguramente del tiroteo en la cámara senatorial. Inmediatamente el presidente Agustín P. Justo y el director del diario Crítica decidieron trazar un plan, crear una cortina de humo que tapara el escándalo del convenio y el asesinato. Fue entonces cuando el gobierno-apoyado por la prensa-, decidió ayudar a repatriar el cuerpo del malogrado tanguero. Así se lo hicieron saber a la familia y a todo el pueblo, que lo acogió con gran júbilo, dejando ya un poco de lado las protestas por las mafiosas formas de hacer política que tenían sus representantes. Eso sí, el presidente y el periodista urdieron un plan que no se haría público; el cual consistía en extender lo máximo posible el viaje del cuerpo desde Medellín a Buenos Aires, y de paso ir dando buena cuenta del traslado, mediante grandilocuentes artículos de prensa-como ven la corrupción y la desfachatez de los gobernantes y de la prensa paniaguada no es un invento moderno-. Consiguiendo así que la cortina de humo fuera lo más espesa y opaca posible, distrayendo lo máximo la atención de los habitantes de un país que veían como un triunfo común la vuelta de su estrella a casa.

            Mientras se consiguieron los permisos y se arreglaban los papeles la prensa solo hablaba de Gardel, la noticia del tratado y del asesinato había quedado en un segundo plano. Finalmente el 18 de diciembre de 1935 el cuerpo de El jilguero de las Pampas fue exhumado del cementerio colombiano, y preparado para partir con dirección al puerto de Buenaventura en el primer tren de la mañana. El doble féretro metálico donde descansaba el Morocho, fue colocado en el interior de un tercero realizado en zinc, asegurando así las medidas higiénicas en su traslado. Finalmente los tres descansaron en un cuarto de madera. Aún nadie-o casi- lo sabía, pero el viaje iba a ser largo, muy largo.

            Cuando el ferrocarril que cargaba el cuerpo del cantante y todas su pertenecías llegó a la ciudad de La Pintada, no pudo avanzar más, se habían terminado las vías. Los restos y objetos de Gardel fueron subidos entonces a dos berlinas, que continuarían camino hasta la localidad aún colombiana de Valparaíso. Aquí comenzaría la verdadera odisea del cuerpo del cantante de tango. La carreteras se había terminado, la berlina no podía seguir adelante, y el cuerpo se acopló a unas mulas de carga que cruzarían la montañosa geografía de Colombia.

            Así siguió su camino, acompañado de un grupo de personas y periodistas, que relataban todas las vicisitudes y etapas del viaje, lo que hacía mantener a los habitantes argentinos en la intriga de lo que pasará mañana, sin saber a ciencia cierta cuando llegaría por fin su ídolo a la ciudad que tanto lo esperaba, y que gracias a la manipulación de la prensa tanto lo necesitaba. El 20 de diciembre la prensa local anunció que el cuerpo ya estaba en Caramanta, donde la población había decido darle un homenaje y velar su cuerpo durante la noche. Esto era algo muy habitual en el camino, la mayoría de los pueblos y ciudades por las que pasaba el Zorzal Criollo querían rendirle el último homenaje, y montar una capilla ardiente donde los pobladores de la zona le pudieran dar el último adiós. Incluso algunas poblaciones como Supía o Marmato, pidieron a los encargados del traslado que se salieran de la ruta establecida para llegarse a su pueblo, y así unirse a las exequias por Gardel. Por supuesto estas peticiones fueron atendidas, y el cuerpo calcinado del cantante siguió la ruta demandada, dilatando la llegada a Buenos Aires, y con ello aumentando el número de artículos periodísticos sobre el periplo, enganchando más a los ciudadanos a la historia y volviendo más persistente la cortina de humo sobre el tema político.

            Finalmente tras muchas vueltas el cuerpo llegó a Pereira, donde retomó el viaje en ferrocarril hasta el puerto de Buenaventura, allí tomaría el vapor Santa Mónica hasta Nueva York donde llegaría el 29 de diciembre de 1935, previo escala en Panamá. En Nueva York el féretro pasaría diez días, los necesarios para que toda la ciudad que lo vio triunfar y resplandecer en vida se despidiera de él. El 7 de enero ya de 1936, sería embarcado de nuevo en el vapor Panamerica, que haría escala en Río de Janeiro y Montevideo-aquí descendieron el cuerpo de nuevo para homenajearlo-llegando por fin el 5 de febrero a Buenos Aires, donde los esperaban-según las crónicas periodísticas-, más de cuarenta mil personas. Éstas asistieron en silencio al largo proceso del desembarco- ayudado por una grúa- de la caja con los restos mortales de Carlos Gardel.

            Inmediatamente el multitudinario cortejo fúnebre partió camino del Luna Park-al que The New York Times describía como el estadio cubierto más grande de Sudamérica-, y donde sobre el viejo ring del estadio de Corrientes lo esperaba el mayor velorio del camino. Allí pasaría la noche,  al día siguiente su cuerpo sería trasladado al cementerio de Chacarita, donde sería enterrado en el Panteón de los Artistas. Durante todo el recorrido, la multitud que lo acompañaba no dejó de entonar las canciones que habían hecho famoso al Morocho del barrio de Abasto.

            Pero aun así no pudo descasar en paz, pues en diciembre de 1936 fue exhumado por segunda vez-casi un año después de la primera-, las autoridades habían decidido asignar a los restos de Carlos Gardel una doble parcela en ese mismo camposanto, donde pudiera recibir todos los homenajes que sus seguidores tuvieran a bien ofrecerle. Finalmente el 7 de noviembre de 1937 se inauguraría la nueva tumba del cantante más importante de Argentina, donde reposa bajo una enorme escultura que lo represente a tamaño real, sonriente y  socarrón. Por supuesto del cuestionado tratado comercial de la carne argentina, y del asesinato del opositor en el interior del senado bonaerense no se volvió a hablar.

miércoles, 17 de junio de 2015

LA NIÑA DE LA RECOLETA


           Los sábados que sale el sol en Buenos Aires me gusta darme un paseo por La Recoleta, suelo ir desde mi casa hasta allí caminando, es agradable ver cómo van cambiando los barrios, los negocios y la fisonomía de la ciudad según avanzo por los diferentes barrios y avenidas.

            Al llegar al centro neurálgico del barrio; plaza Francia, me muevo entre los tenderetes de su feria artesanal de fin de semana, asomándome después al centro cultural, esperando encontrar una nueva exposición en su interior. Otros días decido pasearme por el cementerio, donde los turistas cámara en mano buscan las tumbas de las celebridades de la historia argentina, teniendo la pequeña sepultura de Evita Duarte de Perón como punto preferido para sus retratos mañaneros. Después de esto, casi siempre busco el paseo peatonal ocupado por las terrazas de restaurantes y cafés que se diseminan al otro lado del parque, detrás del antiguo y enorme gomero. Me siento en el exterior de uno de ellos, y mientras me tomo una cerveza a la sombra de los arboles rodeados por mesas y sillas leo algo, o simplemente observo.

            Ese sábado elegí la solana del café Victoria, un lugar clásico de la zona-lleva ahí desde 1865-, y es menos bullicioso y turístico que el cercano de La Biela. Tras pedir mi consumición a un solicito camarero abrí el libro que llevaba en el bolsillo de mi chaqueta; una interesante obra escrita por Désiré Lacroix, ex agregado a la comisión de la correspondencia de Napoleón Bonaparte, y que narra la historia del Corso desde su punto de vista. No había pasado de la primera página cuando un exabrupto me hizo levantar la cabeza del texto. Un tipo de unos cincuenta años, con dimensiones paquidérmicas, sudoroso bajo un traje de buen paño cortado a medida, pedía de malos modos- y con un tono demasiado elevado para el lugar-, una cerveza fría al mismo camarero impecable que acaba de servirme mi consumición. El tipo parecía irritado, no sé si por la espera-mínima-, o por la existencia del resto de la humanidad. Cerré el libro y lo apoyé sobre la mesa, sin duda ese era un día de los de observar.

            No me equivocaba, durante aproximadamente diez minutos el tipo no dejó de incordiar al pobre camarero, haciéndolo ir y venir sin descanso. Tampoco parecían gustarle sus vecinos de mesa, pues no dejaba de lanzarles miradas asesinas por encima del periódico mientras rezongaba por lo bajo. En esas estábamos cuando hizo entrada en la terraza una niña de unos diez años-tal vez menos-, una muchacha que portaba en la mano izquierda una bolsa de plástico negro de las que dan en los supermercados para portar la compra, mientras que con la derecha iba repartiendo algo por las mesas. Es triste, pero en Buenos Aires es muy normal ver a niños mendigando en el metro, vendiendo productos por los cafés, o haciendo malabares a cambio de una limosna en los semáforos.

            La chica depositó el paquetito en la mesa del tipo grosero de traje caro, y cuando iba a continuar con su labor parece que el individuo se percató de su presencia, apartando de forma brusca el periódico agarró del brazo a la niña, tirando fuertemente de su ligero cuerpo hacía él, mientras de forma furibunda y voz en grito instaba a la niña a llevarse eso de su mesa y dejar de molestar, sus manos de dedos rollizos se clavaban en el enclenque brazo moreno de la muchacha. Ella lo miraba desencajada, asustada y temerosa, como esperando una agresión más fuerte por parte de aquel ogro vestido de marca. Temblorosa recogió el paquetito que segundos antes había acomodado en la mesa, cuando se separó del lugar las lágrimas casi desbordaban sus ojos oscuros. Al acercarse a mi mesa –y tras preocuparme por cómo se encontraba-, vi que lo que ofrecía era una pequeña bolsa con un paquete de pañuelos desechables y un bote de alcohol en gel, de esos que se hicieron tan comunes y famosos después de la gripe A-y que seguramente harían ricos a varios cuñados de algún político-.

 Después del mal trago vivido por la pequeña, me interesé por su producto de una forma que posiblemente no hubiera hecho en otra ocasión. Vendía la mercancía por diez pesos-poco más de noventa céntimos de euro-, le di un billete de veinte y antes de marcharse me sonrió dándome las gracias. La joven siguió con su ceremonial con el resto de las mesas, y tras terminar rodeó la terraza para no tener que volver a pasar junto al energúmeno que la había maltratado justo antes.

            Tras casi una hora allí sentado pagué mi cuenta, guardé el paquete con los pañuelos y el gel en el bolsillo de mi gabardina y me dirigí hacía a la salida. Pero antes rodeé un poco las mesas para pasar junto a la del tipo en cuestión, al cual después de un nuevo exabrupto el camarero había cambiado su vaso vacío por otro nuevo, rebosante de cerveza. Según me acercaba a su mesa comencé a sentirme cansado, un poco torpe quizá, una sensación que se fue acrecentando según disminuían los metros que me separaban del hombre arrogante y mal encarado. La torpeza me desbordó justo al pasar ante él, y casi tropezándome-o intentándolo-,  le pegué una patada con todas mis ganas a una de las patas de su mesa, lo que hizo que inmediatamente el vaso rebosante de cerveza se volcara, vertiendo todo el líquido sobre los pantalones y la chaqueta-un completo vamos-, de marca que vestían al iracundo sudoroso. Me puse serio-todo lo que pude-, y tras disculparme  con un seco; lo lamento mucho caballero, me dirigí hacia la salida bajo la atenta mirada del camarero. Al girar la esquina vi mi rostro reflejado sobre la última vidriera del café, en él se dibujaba una media sonrisa ladeada, peligrosa-dirían los que no me conocen-. Casi podía ver la saliva goteándome por el colmillo; chop, chop

jueves, 4 de junio de 2015

LA NOCHE DE LOS LÁPICES


             El gobierno de Isabelita Perón no era correcto, tampoco fácil, el peso de la memoria del general y de su primera mujer, Evita, eran una sombra demasiado alargada. Una losa imposible de soportar por los hombros de una presidente débil, en ocasiones torpe y sin carisma-seguro que esto les suena-. Por otro lado los problemas sociales se le habían ido de las manos al gobierno, los de la patronal se había convertido prácticamente en unos negreros, exprimían a los obreros hasta la última gota. Las formas de trabajo, y sus condiciones eran infrahumanas, en la mayoría de las fábricas se producían accidentes laborales casi a diario, cada semana un obrero quedaba herido de forma grave, raro era el mes en el que no había varias muertes de obreros. Los dueños se lavaban las manos, el gobierno no se enteraba de por donde le entraba el aire y los sindicatos, que en años cincuenta habían sido la voz y los brazos de los trabajadores, se habían convertido en meros observadores. Tipos que a veces ladraban, pero que en cuanto que el patrón levantaba la mano se achantaban, como un perro que ya ha sufrido demasiadas palizas por parte  de un dueño despótico y sinvergüenza. Los trabajadores comenzaban a llevar a cabo paros, protestas y actos subversivos. En un primer momento intentaron conseguir las mejoras mediante la política, pero la política sirvió de poco ante las amenazas y las palizas recibidas por parte de los esbirros de los dueños de las fábricas. Entonces comenzaron a llevar a cabo actos violentos contra empresarios, miembros de la patronal y del gobierno, una especie de ojo por ojo. Así nacieron los que para unos serían defensores de los derechos del pueblo humilde y obrero, mientras que para otros serían simples terroristas. Así nacieron los Montoneros.

            Pero no solo el ambiente obrero y de las fábricas comenzaba a alterarse, otro de los pilares fundamentales de la sociedad comenzaban a sentirse perseguidos y vigilados; los estudiantes también comenzaron a organizarse. Después que el Cordobazo de 1969-protesta ciudadana de enormes dimensiones en la ciudad de Córdoba-, hiciera caer la dictadura de Juan Carlos Ongania -el dictador militar que disolvió los partidos políticos y desmontó la universidad de Argentina en la Noche de los Bastones Largos, asegurando que eran centros de subversión y comunismo- las miradas de los gobernantes se posaron sobre los obreros y los estudiantes. Ese día de mayo de 1969, se realizaba en la ciudad una protesta más de los trabajadores de la industria cordobesa-la más importante del país-, a ellos se sumaron en apoyo los estudiantes universitarios. Cuando las fuerzas del orden asesinaron a un joven la protesta se convirtió en revuelta. Esa noche el presidente Ongania envió al ejército a controlar la situación, algo que hicieron en cuestión de horas, pero los mismos militares rechazaron llevar la persecución y represión más allá. Ese no de las fuerzas del orden a la actuación represiva contra los ciudadanos acabó con el gobierno de Ongania, y dejó herida de muerte la dictadura. En 1973 volvería Perón y un año después tras la muerte, asumiría el puesto Isabelita.

            El 24 de marzo de 1976 se produjo otro golpe de estado, irrumpiendo de pronto en el gobierno de Isabelita Perón, sorprendiendo a paso cambiado a los grupos organizados de trabajadores y a los estudiantes universitarios. Como ya saben, el gobierno militar pronto llevó a cabo una política radical de detenciones sobre todos aquellos culpables, o sospechosos de ir contra el gobierno, o de haber llevado a cabo alguna actuación subversiva en los años anteriores. La caza de brujas no pararía tan fácilmente. Por supuesto los Montoneros, los grupos de lucha armada, los trabajadores que protestaban pidiendo mejoras en sus derechos laborales, los militantes de cualquier fuerza política o movimiento que no fuera a favor de los milicos se convirtieron en  enemigos fundamentales del nuevo gobierno militar.

            Por supuesto también lo eran los estudiantes. El gobierno encabezado en el primer momento por Jorge Videla, tenía asumido que Argentina contaba con una generación perdida: la juventud. Pues ésta se había dejado corromper, y manejar por ideologías que la había convertido en rebelde y contestataria. Por supuesto los militares no trataron a todos por igual, sería una locura dejar al país sin jóvenes, pero los jóvenes universitarios y obreros, eran para ellos irrecuperables. Las purgas dentro de las universidades fueron terribles, profesores, catedráticos, bedeles y sobre todo estudiantes fueron detenidos, torturados y asesinados o desaparecidos.

            Cuando terminaron el vacío de las universidades, los militares pusieron la vista sobre la siguiente generación, los posibles futuros subversivos. La represión y la violencia caen entonces sobre los estudiantes de secundaria. En este momento nos vamos a la ciudad de La Plata el 16 de septiembre de 1976. El Batallón 601 del Servicio de Inteligencia del Ejército Argentino, ayudado por la policía de la provincia de Buenos Aires, bajo el mando del general Ramón Camps, secuestraría a diez jóvenes de 16 a 18 años.

            Por aquel entonces la ciudad de La Plata ya era la ciudad universitaria por excelencia de Argentina, por ello fue uno de los lugares que más sufrió los asesinatos y desaparición de estudiantes durante la última dictadura. Estos estudiantes contaban con un boleto de trasporte, un boleto que les permitía moverse prácticamente gratis, y que con la llegada del gobierno de facto desapareció. Muchos estudiantes habían secundado las protestas que desde la calle, y los centros educativos pedían que se volviera a implantar ese beneficio. Estas movilizaciones le sirvieron de perfecta escusa al gobierno militar para comenzar la purga entre los estudiantes de secundaria, a los que no podía acusar de bolcheviques o subversivos por las buenas, como habían hecho con los universitarios y obreros militantes.

Esa noche se llevaron solo a diez de ellos, pero pasaría a la historia como el ejemplo de la violenta locura de los militares, a los chicos se les conocería como los desaparecidos en la Noche de los Lápices, pues los desparecidos prácticamente eran niños, que seguían usando lápices de colores en sus tareas. Los diez jóvenes fueron sacados de sus casas al anochecer, y llevados a los cuarteles o centros clandestinos de detención. Los más cercanos se encontraban El Bosque de La Plata, hoy esos terrenos han sido arrebatados al ejército, y donados para realizar en sus tierras el nuevo campus universitario de Humanidades y Psicología. Cada vez que entro en él no puedo evitar estremecerme.

             Al grupo de jóvenes estudiantes se les vio por última vez en la esquina de la avenida número 1, al lado de una pequeña gasolinera que a día de hoy sigue abierta y dando servicio a la ciudad. En ese punto la avenida se intersecciona con otra amplia calle, conocida como paseo de los Plátanos. Esa avenida sale de la ciudad y se interna en El Bosque de La Plata. De los chicos que se llevaron esa noche cuatro sobrevivieron a las torturas, y pudieron contar su drama durante los juicios a las juntas militares, pero esa es otra historia.