miércoles, 17 de junio de 2015

LA NIÑA DE LA RECOLETA


           Los sábados que sale el sol en Buenos Aires me gusta darme un paseo por La Recoleta, suelo ir desde mi casa hasta allí caminando, es agradable ver cómo van cambiando los barrios, los negocios y la fisonomía de la ciudad según avanzo por los diferentes barrios y avenidas.

            Al llegar al centro neurálgico del barrio; plaza Francia, me muevo entre los tenderetes de su feria artesanal de fin de semana, asomándome después al centro cultural, esperando encontrar una nueva exposición en su interior. Otros días decido pasearme por el cementerio, donde los turistas cámara en mano buscan las tumbas de las celebridades de la historia argentina, teniendo la pequeña sepultura de Evita Duarte de Perón como punto preferido para sus retratos mañaneros. Después de esto, casi siempre busco el paseo peatonal ocupado por las terrazas de restaurantes y cafés que se diseminan al otro lado del parque, detrás del antiguo y enorme gomero. Me siento en el exterior de uno de ellos, y mientras me tomo una cerveza a la sombra de los arboles rodeados por mesas y sillas leo algo, o simplemente observo.

            Ese sábado elegí la solana del café Victoria, un lugar clásico de la zona-lleva ahí desde 1865-, y es menos bullicioso y turístico que el cercano de La Biela. Tras pedir mi consumición a un solicito camarero abrí el libro que llevaba en el bolsillo de mi chaqueta; una interesante obra escrita por Désiré Lacroix, ex agregado a la comisión de la correspondencia de Napoleón Bonaparte, y que narra la historia del Corso desde su punto de vista. No había pasado de la primera página cuando un exabrupto me hizo levantar la cabeza del texto. Un tipo de unos cincuenta años, con dimensiones paquidérmicas, sudoroso bajo un traje de buen paño cortado a medida, pedía de malos modos- y con un tono demasiado elevado para el lugar-, una cerveza fría al mismo camarero impecable que acaba de servirme mi consumición. El tipo parecía irritado, no sé si por la espera-mínima-, o por la existencia del resto de la humanidad. Cerré el libro y lo apoyé sobre la mesa, sin duda ese era un día de los de observar.

            No me equivocaba, durante aproximadamente diez minutos el tipo no dejó de incordiar al pobre camarero, haciéndolo ir y venir sin descanso. Tampoco parecían gustarle sus vecinos de mesa, pues no dejaba de lanzarles miradas asesinas por encima del periódico mientras rezongaba por lo bajo. En esas estábamos cuando hizo entrada en la terraza una niña de unos diez años-tal vez menos-, una muchacha que portaba en la mano izquierda una bolsa de plástico negro de las que dan en los supermercados para portar la compra, mientras que con la derecha iba repartiendo algo por las mesas. Es triste, pero en Buenos Aires es muy normal ver a niños mendigando en el metro, vendiendo productos por los cafés, o haciendo malabares a cambio de una limosna en los semáforos.

            La chica depositó el paquetito en la mesa del tipo grosero de traje caro, y cuando iba a continuar con su labor parece que el individuo se percató de su presencia, apartando de forma brusca el periódico agarró del brazo a la niña, tirando fuertemente de su ligero cuerpo hacía él, mientras de forma furibunda y voz en grito instaba a la niña a llevarse eso de su mesa y dejar de molestar, sus manos de dedos rollizos se clavaban en el enclenque brazo moreno de la muchacha. Ella lo miraba desencajada, asustada y temerosa, como esperando una agresión más fuerte por parte de aquel ogro vestido de marca. Temblorosa recogió el paquetito que segundos antes había acomodado en la mesa, cuando se separó del lugar las lágrimas casi desbordaban sus ojos oscuros. Al acercarse a mi mesa –y tras preocuparme por cómo se encontraba-, vi que lo que ofrecía era una pequeña bolsa con un paquete de pañuelos desechables y un bote de alcohol en gel, de esos que se hicieron tan comunes y famosos después de la gripe A-y que seguramente harían ricos a varios cuñados de algún político-.

 Después del mal trago vivido por la pequeña, me interesé por su producto de una forma que posiblemente no hubiera hecho en otra ocasión. Vendía la mercancía por diez pesos-poco más de noventa céntimos de euro-, le di un billete de veinte y antes de marcharse me sonrió dándome las gracias. La joven siguió con su ceremonial con el resto de las mesas, y tras terminar rodeó la terraza para no tener que volver a pasar junto al energúmeno que la había maltratado justo antes.

            Tras casi una hora allí sentado pagué mi cuenta, guardé el paquete con los pañuelos y el gel en el bolsillo de mi gabardina y me dirigí hacía a la salida. Pero antes rodeé un poco las mesas para pasar junto a la del tipo en cuestión, al cual después de un nuevo exabrupto el camarero había cambiado su vaso vacío por otro nuevo, rebosante de cerveza. Según me acercaba a su mesa comencé a sentirme cansado, un poco torpe quizá, una sensación que se fue acrecentando según disminuían los metros que me separaban del hombre arrogante y mal encarado. La torpeza me desbordó justo al pasar ante él, y casi tropezándome-o intentándolo-,  le pegué una patada con todas mis ganas a una de las patas de su mesa, lo que hizo que inmediatamente el vaso rebosante de cerveza se volcara, vertiendo todo el líquido sobre los pantalones y la chaqueta-un completo vamos-, de marca que vestían al iracundo sudoroso. Me puse serio-todo lo que pude-, y tras disculparme  con un seco; lo lamento mucho caballero, me dirigí hacia la salida bajo la atenta mirada del camarero. Al girar la esquina vi mi rostro reflejado sobre la última vidriera del café, en él se dibujaba una media sonrisa ladeada, peligrosa-dirían los que no me conocen-. Casi podía ver la saliva goteándome por el colmillo; chop, chop

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