jueves, 4 de junio de 2015

LA NOCHE DE LOS LÁPICES


             El gobierno de Isabelita Perón no era correcto, tampoco fácil, el peso de la memoria del general y de su primera mujer, Evita, eran una sombra demasiado alargada. Una losa imposible de soportar por los hombros de una presidente débil, en ocasiones torpe y sin carisma-seguro que esto les suena-. Por otro lado los problemas sociales se le habían ido de las manos al gobierno, los de la patronal se había convertido prácticamente en unos negreros, exprimían a los obreros hasta la última gota. Las formas de trabajo, y sus condiciones eran infrahumanas, en la mayoría de las fábricas se producían accidentes laborales casi a diario, cada semana un obrero quedaba herido de forma grave, raro era el mes en el que no había varias muertes de obreros. Los dueños se lavaban las manos, el gobierno no se enteraba de por donde le entraba el aire y los sindicatos, que en años cincuenta habían sido la voz y los brazos de los trabajadores, se habían convertido en meros observadores. Tipos que a veces ladraban, pero que en cuanto que el patrón levantaba la mano se achantaban, como un perro que ya ha sufrido demasiadas palizas por parte  de un dueño despótico y sinvergüenza. Los trabajadores comenzaban a llevar a cabo paros, protestas y actos subversivos. En un primer momento intentaron conseguir las mejoras mediante la política, pero la política sirvió de poco ante las amenazas y las palizas recibidas por parte de los esbirros de los dueños de las fábricas. Entonces comenzaron a llevar a cabo actos violentos contra empresarios, miembros de la patronal y del gobierno, una especie de ojo por ojo. Así nacieron los que para unos serían defensores de los derechos del pueblo humilde y obrero, mientras que para otros serían simples terroristas. Así nacieron los Montoneros.

            Pero no solo el ambiente obrero y de las fábricas comenzaba a alterarse, otro de los pilares fundamentales de la sociedad comenzaban a sentirse perseguidos y vigilados; los estudiantes también comenzaron a organizarse. Después que el Cordobazo de 1969-protesta ciudadana de enormes dimensiones en la ciudad de Córdoba-, hiciera caer la dictadura de Juan Carlos Ongania -el dictador militar que disolvió los partidos políticos y desmontó la universidad de Argentina en la Noche de los Bastones Largos, asegurando que eran centros de subversión y comunismo- las miradas de los gobernantes se posaron sobre los obreros y los estudiantes. Ese día de mayo de 1969, se realizaba en la ciudad una protesta más de los trabajadores de la industria cordobesa-la más importante del país-, a ellos se sumaron en apoyo los estudiantes universitarios. Cuando las fuerzas del orden asesinaron a un joven la protesta se convirtió en revuelta. Esa noche el presidente Ongania envió al ejército a controlar la situación, algo que hicieron en cuestión de horas, pero los mismos militares rechazaron llevar la persecución y represión más allá. Ese no de las fuerzas del orden a la actuación represiva contra los ciudadanos acabó con el gobierno de Ongania, y dejó herida de muerte la dictadura. En 1973 volvería Perón y un año después tras la muerte, asumiría el puesto Isabelita.

            El 24 de marzo de 1976 se produjo otro golpe de estado, irrumpiendo de pronto en el gobierno de Isabelita Perón, sorprendiendo a paso cambiado a los grupos organizados de trabajadores y a los estudiantes universitarios. Como ya saben, el gobierno militar pronto llevó a cabo una política radical de detenciones sobre todos aquellos culpables, o sospechosos de ir contra el gobierno, o de haber llevado a cabo alguna actuación subversiva en los años anteriores. La caza de brujas no pararía tan fácilmente. Por supuesto los Montoneros, los grupos de lucha armada, los trabajadores que protestaban pidiendo mejoras en sus derechos laborales, los militantes de cualquier fuerza política o movimiento que no fuera a favor de los milicos se convirtieron en  enemigos fundamentales del nuevo gobierno militar.

            Por supuesto también lo eran los estudiantes. El gobierno encabezado en el primer momento por Jorge Videla, tenía asumido que Argentina contaba con una generación perdida: la juventud. Pues ésta se había dejado corromper, y manejar por ideologías que la había convertido en rebelde y contestataria. Por supuesto los militares no trataron a todos por igual, sería una locura dejar al país sin jóvenes, pero los jóvenes universitarios y obreros, eran para ellos irrecuperables. Las purgas dentro de las universidades fueron terribles, profesores, catedráticos, bedeles y sobre todo estudiantes fueron detenidos, torturados y asesinados o desaparecidos.

            Cuando terminaron el vacío de las universidades, los militares pusieron la vista sobre la siguiente generación, los posibles futuros subversivos. La represión y la violencia caen entonces sobre los estudiantes de secundaria. En este momento nos vamos a la ciudad de La Plata el 16 de septiembre de 1976. El Batallón 601 del Servicio de Inteligencia del Ejército Argentino, ayudado por la policía de la provincia de Buenos Aires, bajo el mando del general Ramón Camps, secuestraría a diez jóvenes de 16 a 18 años.

            Por aquel entonces la ciudad de La Plata ya era la ciudad universitaria por excelencia de Argentina, por ello fue uno de los lugares que más sufrió los asesinatos y desaparición de estudiantes durante la última dictadura. Estos estudiantes contaban con un boleto de trasporte, un boleto que les permitía moverse prácticamente gratis, y que con la llegada del gobierno de facto desapareció. Muchos estudiantes habían secundado las protestas que desde la calle, y los centros educativos pedían que se volviera a implantar ese beneficio. Estas movilizaciones le sirvieron de perfecta escusa al gobierno militar para comenzar la purga entre los estudiantes de secundaria, a los que no podía acusar de bolcheviques o subversivos por las buenas, como habían hecho con los universitarios y obreros militantes.

Esa noche se llevaron solo a diez de ellos, pero pasaría a la historia como el ejemplo de la violenta locura de los militares, a los chicos se les conocería como los desaparecidos en la Noche de los Lápices, pues los desparecidos prácticamente eran niños, que seguían usando lápices de colores en sus tareas. Los diez jóvenes fueron sacados de sus casas al anochecer, y llevados a los cuarteles o centros clandestinos de detención. Los más cercanos se encontraban El Bosque de La Plata, hoy esos terrenos han sido arrebatados al ejército, y donados para realizar en sus tierras el nuevo campus universitario de Humanidades y Psicología. Cada vez que entro en él no puedo evitar estremecerme.

             Al grupo de jóvenes estudiantes se les vio por última vez en la esquina de la avenida número 1, al lado de una pequeña gasolinera que a día de hoy sigue abierta y dando servicio a la ciudad. En ese punto la avenida se intersecciona con otra amplia calle, conocida como paseo de los Plátanos. Esa avenida sale de la ciudad y se interna en El Bosque de La Plata. De los chicos que se llevaron esa noche cuatro sobrevivieron a las torturas, y pudieron contar su drama durante los juicios a las juntas militares, pero esa es otra historia.

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