miércoles, 15 de julio de 2015

EL SÍNDROME SREBRENICA


A seis quilómetros de la ciudad bosnia de Srebrenica se levanta el inmenso camposanto de Potočari, del cual emergen miles de monolitos realizados en mármol blanco, rematados en forma de obelisco truncado en la punta, sustituyendo ésta por una semiesfera. El lugar marca la tierra donde descansan la mayor parte de las victimas del último gran genocidio conocido-aunque a falta de datos, lo de Siria pinta que nos dejará alguna escena similar, la forma de actuar y de dejar hacer se repiten. Solo falta tiempo para saberlo-. El cementerio mira hacía las viejas instalaciones de las Naciones Unidas, a modo de dedo acusador.

El 15 de julio de 1995, la localizad de Srebrenica, al este de Bosnia y muy cerca de la frontera Serbia pasaría a los anales de la historia gracias a la sinrazón, a los odios religiosos, al exterminio étnico y a la inutilidad de las tropas de las Naciones Unidas. Los Balcanes llevaban años en medio de un polvorín, desde que en 1990 cayera el comunismo de la zona, y la vieja Yugoslavia comenzara a desgajarse en diferentes territorios. El Ejército Popular Yugoslavo, intentó convencer a todos los líderes de los nuevos territorios para declarar el estado de emergencia, y que de esa manera los territorios de la antigua Yugoslavia fueran dirigidos por el ejército. A pesar de que muchos territorios-entre ellos Serbia- lo vieron con buenos ojos, la otra mitad de esos territorios-entre los que se incluye Bosnia- se negaron. En junio de 1991, tras muchas discusiones sobre cómo debía funcionar el enorme territorio, Eslovenia y Croacia se declararon republicas totalmente independientes de Yugoslavia. Comenzaba así el fin definitivo de la República Federativa Socialista de Yugoslavia, pero también comenzaba lo que sería a la larga, el peor enfrentamiento desde la Segunda Guerra Mundial; la Guerra de los Balcanes, y todas y cada una de sus escisiones territoriales.

Al mismo tiempo que las primeras repúblicas se declaraban independientes,  Slobodan Milošević –en ese momento presidente de la República Socialista de Serbia, cargo que abandonaría cuando el territorio se convirtió en la República de Serbia, para pasar a ser nombrado presidente de la República Federal de Yugoslavia-y  Franjo Tudjman-presidente de Croacia desde un año antes-, decidieron mediante el acuerdo de Karađorđevo repartirse Bosnia-que se encontraba en emergente independencia- entre Serbios y Croatas. Sin contar por supuesto, ni con el gobierno ni con la población bosnia.

Pero Bosnia haciendo caso omiso al tratado que los separaba entre croatas y serbios, declaró su independencia como país el 15 de octubre de 1991, la nueva república de Bosnia-Herzegovina fue reconocida por la Comunidad Europea y Estados Unidos unos meses después. Pero esos reconocimientos internacionales no calmaron los ánimos, ni interiores ni exteriores al nuevo país, además los gobiernos serbio y croata que se consideraban dueños del territorio, no dejaron de dinamitar la convivencia hasta que estalló la guerra civil en el interior de Bosnia-Herzegovina. La guerra civil bosnia no fue una guerra civil al uso, sino que se convirtió en una guerra religiosa, que dividió a la población en tres frentes; bosníacos musulmanes, serbobosnios ortodoxos y bosniocroatas católicos. A pesar del intento de paz por parte de las Naciones Unidas, y del envío de Cascos Azules a la zona, la guerra en la frontera con Serbia entre Bosníacos-bosnios musulmanes- y serbios fue una verdadera masacre.

Durante la denominada guerra de Bosnia, los serbios se empeñaron en hacerse con el territorio bosnio como propio, al menos durante el desmembramiento de la antigua Yugoslavia, para así poder agrupar a todos los serbios en el mismo territorio. Para ellos era necesario controlar sobre todo la zona central de Podrinje y la región fronteriza de Srebrenica. Sin esas áreas no habría integridad territorial en su nueva entidad política, conocida por ellos como República Srpska. El problema principal era que ese territorio estaba habitado en su mayoría por bosnios musulmanes, y el gobierno serbio no tenía ninguna intención de anexionar un territorio lleno de bosníacos. Fue por ello por lo que se planteó llevar a cabo una limpieza étnica, un genocidio contra la población musulmana de Bosnia. Los ataques contra la población comenzaron en 1992, lo que obligó a una cantidad ingente de personas a huir, para refugiarse en la ciudad de Srebrenica, que acababa de ser nombrada por las Naciones Unidas como “área segura”, protegida por sus Cascos Azules de cualquier tipo de agresión.

En mayo de 1992, las tropas del ejército Bosnio, lideradas por el comandante y líder musulmán Naser Orić volvieron a retomar parte del territorio perdido, incursionando en pueblos serbios y provocando importantes matanzas entre la población civil, así como la destrucción de varias iglesias cristianas ortodoxas. La contraofensiva estaba asegurada, y más tras quedar al mando de las tropas serbo-bosnias Ratko Mladić, jefe del estado mayor del ejército de la República de Srpska, y que sería el autor material del genocidio que se avecinaba. Las tropas serbo-bosnias seguían avanzando sobre el territorio Bosnio, y los habitantes civiles de la zona seguían huyendo en masa hacía la ciudad de Srebrenica, considera por todos como área segura, bajo el mando de las Naciones Unidas. Esta zona en un primer momento estuvo controlada por soldados franceses y canadienses, pero pronto serían sustituidos por miembros del ejército holandés.

Estas tropas holandesas bajo el mando del teniente coronel Thom Karremars, tenían como orden principal proteger la vida de los musulmanes bosnios que vivían en torno a la ciudad de Srebrenica, donde por esas fechas habitaban más de treinta mil refugiados en condiciones poco humanitarias. El 2 de julio de 1995 el ejército serbo-bosnio decidió atacar la ciudad de Srebrenica, los soldados holandeses no hicieron mucho por evitarlo-asegurando que no tenían tropas suficientes-. Realizaron peticiones urgentes de ayuda a la OTAN, que en primer momento fueron denegadas, y que cuando llegaron lo hicieron demasiado tarde, la ciudad de Srebrenica ya había caído en manos serbias. Los Cascos Azules holandeses huyeron hacía Potočari, donde tenían su acuartelamiento central. A las puertas del complejo de la ONU se agolparon rápidamente los habitantes de la ciudad ocupada pidiendo ayuda, pero sus suplicas fueron desoídas, incluso algunos hombres civiles que se encontraban en el interior de las instalaciones fueron obligados a irse. Era 15 de julio de 1995.

Fue entonces cuando comenzó la masacre, el genocidio. Las tropas serbias encabezadas por Ratko Mladić, separaron a los hombres de entre dieciséis y sesenta años del resto de la población. Las mujeres y niños fueron enviados en camiones a Kladanj, zona bosnia supuestamente segura, y fuera del territorio que tanto ansiaban los serbo-bosnios para crear la Gran Serbia. Los hombres sin embargo fueron enviados a diferentes lugares donde fueron ejecutados, haciendo desaparecer sus cuerpos. Por supuesto, en las caravanas de la muerte que supuestamente se dirigían a territorio Bosnio seguro, se multiplicaron las violaciones sistemáticas de mujeres, e incluso sus asesinatos, junto al de algunos niños y ancianos. Muchas de esas mujeres fueron secuestradas, para ser violadas hasta la muerte en burdeles utilizados únicamente por militares serbo-bosnios. Se calcula que en los nueve días posteriores al 15 de julio de 1995, al menos 8.400 personas de étnica bosníaca-bosnios musulmanes- fueron asesinados de forma premeditada por el ejército serbio, buscando llevar a cabo la limpieza étnica del territorio mediante un genocidio.

Las tropas holandesas de las Naciones Unidas no solo no socorrieron a los perseguidos, sino que no avisaron a sus superiores de la tragedia humanitaria y la persecución étnica que se estaba produciendo en la zona, aplicando una política de silencio. Esta actitud levantó recelos entre las autoridades de las Naciones Unidas, y algunos miembros del Tribunal de los Derechos Humanos, más aún cuando comenzaron a escucharse rumores de algunos supervivientes, como los lanzados por traductores bosnios de los propios militares holandeses, y por otros miembros de los Cascos Azules; los cuales aseguraron que el contingente holandés, no sentía ninguna simpatía por las personas a las que debían defender, e incluso que en la conciencia general del grupo  se creía que los buenos de todo aquello eran los serbios. Lo que pudieron haber sido solo unos comentarios malintencionados pasó a mayores, cuando se hizo pública una foto en la que aparece el responsable de las tropas holandesas, Thom Karremans, brindado con Ratko Mladić-el líder del ejército serbio-, poco después de que los serbo-bosnios tomaran la ciudad de Srebrenica. Tengo la foto delante mientras escribo estas líneas, y la actitud de ambos deja poco margen a las dudas.

Cuando todo había terminado, cuando las guerras de Bosnia y la de los Balcanes se detuvieron, cuando la antigua Yugoslavia dejó de existir y las aguas se calmaron relativamente, comenzaron los juicios. El primero en ser condenado por su responsabilidad civil fue el ejército holandés de las Naciones Unidas, lo que hizo que el gabinete del gobierno holandés, con el presidente del gobierno a la cabeza dimitiera en pleno. Un hecho poco frecuente entre los políticos de la época, por ejemplo el secretario general de OTAN por entonces, un tal Sergio Balancino, y su sucesor inmediato, el español Javier Solana-que asumió el mando a final de 1995-, no solo no dimitieron cuando se supo la actuación de sus muchachos tocados de azul, sino que tuvieron la cara de decir que se enteraron por la prensa. Se lavaron las manos, dejando al pueblo bosnio a su suerte, poniendo sonrisa falsa e hipócrita ante los medios de comunicación, mientras por lo bajo negociaban con los carniceros serbios. Los muy bastardos.

 Por su parte el comandante y líder musulmán bosnio Naser Orić, fue condenado por crímenes de guerra en sus incursiones a territorio Serbio. Slobodan Milošević, que fue uno de los principales culpables de que se montara el tinglado en los Balcanes, fue detenido en Belgrano en el año 2001, y trasladado a La Haya para ser juzgado por crímenes de guerra y genocidio, pero en 2006 apareció muerto en su celda si ser juzgado. Los dos máximos responsables del genocidio bosnio en Srebrenica,  Ratko Mladić, autor de la matanza y Radovan Karadzic, expresidente Serbo-Bosnio e ideólogo del genocidio fueron puestos en busca y captura, pues habían tenido tiempo suficiente para escapar. Karadzic fue detenido en 2008, su juicio como ideólogo comenzó un año después y aún no tiene sentencia. Mladić, fue detenido en 2011, y por supuesto aún no ha sido juzgado. Pero aunque estos tipos sean juzgados y condenados, no representan ni una milésima parte de los culpables. En los Balcanes los hijos de puta se contaban por miles, todos ellos auspiciados por miembros de las Naciones Unidas y bajo la mirada lasciva y esquiva de Europa. Y así seguirían si Bill Clinton, y las tropas norteamericanas no hubieran parado la masacre balcánica, dando un puñetazo sobre la mesa, imponiendo el sentido común y haciendo valer el valor humanitario. Que también tiene guasa que tuvieran que ser precisamente ellos, pero así fue la cosa y hay que reconocérselo.

Veinte años después del sitio, asedio, toma y masacre de Srebrenica, centenares de los cuerpos de los asesinados no han sido recuperados o identificados, el odio entre serbios y bosnios es palpable en cuanto salta una chispa, y la localidad bosnia de Srebrenica es una ciudad fantasma. Los supervivientes tampoco descansa en paz, algunos no han recuperado ningún resto de sus desaparecidos. Sus vidas quedaron mutiladas aquel julio de 1995, cuando sus familiares quedaron reducidos a meros fantasmas que se presentan a cada segundo en sus cabezas. Un síntoma más de lo que se ha venido a calificar como síndrome Srebrenica, y que no tiene cura.