miércoles, 25 de noviembre de 2015

EL ENANO DE TRAFALGAR

               
                Gabacho, cuarentón, marino, científico, medio metro ─o menos─, con mala catadura y peor jaez. Un marinero tan valiente como peligroso, en lo de la honradez no entraremos, pues en el momento y la situación que trascurre el asunto ser honrado era sinónimo de ser idiota, y en Trafalgar no estaba el aceite para freír tortillitas de camarón. Bastante era ya poder vivir lo suficiente para sacarle las tripas a un inglés más antes de que te picaran el billete.

          Veintiuno de octubre de mil ochocientos cinco. Una furibunda tempestad azotaba violentamente el Golfo de Cádiz y a todos los que en él se encontraban, fue entonces cuando Villenueve, el almirante, ordenó a la escuadra franco española abandonar el puerto de Cádiz para enfrentarse a las fuerzas de la Pérfida Albión. El choque sería un poco más al sur, cerca de lo que hoy es un faro perdido en mitad de una zona de veraneo; Cabo Trafalgar.

            La historia es conocida; Villeneuve y Dumanoir demostraron no tener ni idea de dónde, ni cuándo se jugaban los cuartos, y tras meter la pata hasta el corvejón los hijos de la Gran Bretaña nos dieron la del pulpo y la de su primo. Pero la batalla, que fue desigual por muchas razones dejó detalles y personajes curiosos para la posteridad. Y al abajo firmante le apetece hoy ir tras el rastro de uno de estos tipos.

            Ya hemos dicho que era gabacho, de Marennes. Su nombre; Jean Jacques Lucas, capitán del Redoutable, navío de línea de segunda clase. Bandera francesa, dos cubiertas y setenta y cuatro cañones, que antes de la batalla se reconvertirían en setenta y ocho. Una perita en dulce para cualquier marinero experimentado, y el enano lo era. Casi veinticinco años en el mar, casi un cuarto de siglo de mili a cuestas, y vivo.

            Napoleón Bonaparte, le petit cabrón, ya andaba detrás de asarles las asaduras a los ingleses. Lo había intentado un par de veces con diferentes suertes; en Algeciras salió bien parado, pero en Finisterre al Corso le salió el marrano mal capado, y vociferó a los cuatro vientos que como estratega en tierra firme era un filigrana, pero que habiendo agua de por medio fallaba más que una carabina de feria. Ahora de nuevo se veía en el agua y con el mismo inútil que en Finisterre al mando, el almirante Pierre Charles Silvestre de Villeneuve, un tipo con el nombre tan largo como su lista de fracasos profesionales. Pintaban bastos, pero que le vamos a hacer se dijo le petit Corso. El enano Lucas que se olía el percal, conocía las naves inglesas y era consciente de que a base de zurriagazos desde lejos no tenían nada que hacer. Sabía, sin embargo, que la única forma de salir más o menos airosos de la encerrona era en la distancia corta, el cuerpo a cuerpo tras un abordaje. El enano miró a su alrededor, más de seiscientos hombres de los cuales apenas un puñado eran profesionales, viejos marinos, perros de presa. El resto lo formaban una mezcla de pordioseros, borrachos y mendigos que habían sido alistado a la fuerza en las calles de Cádiz. Mal asunto.

            Ya en batalla, la extensa línea de los buques franco españoles se preparaba para cañonear al enemigo mientras se acercaban a ellos. Por su lado, el almirante Horatio Nelson mandó formar en dos columnas para cortar la línea enemiga por el centro, buscando la perpendicular. En la primera columna iría él y su Victory en cabeza, en la otra haría lo mismo Collingwood con la Royal Sovereign. Evidentemente, los ingleses a pesar de comer pólvora y balazos por un tubo por la parte de proa, consiguieron cortar la línea. Su idea era colarse entre el Santísima Trinidad ─la joya de la armada española, con cuatro puentes y ciento treinta y seis cañones─, y el Bucenture ─el buque insignia francés─, pero finalmente se desvió, deslizándose entre el Bucenture y el Redoutable mientras el enano y su tropa observaban cómo se producía la maniobra. Pensando que ya es mala leche, que con todos los barcos que hay les haya tocado a ellos el gordo.

            Aún no había empezado la fiesta especial de pólvora y sangre, cuando el enano Lucas vio por el rabillo del ojo que el almirante Villeneuve estaba más perdido que Fernando VII en una biblioteca, y como Dumanoir y su Formidable huían como las ratas, sin haber soltado ni un mísero cañonazo. ─Filsdeputain─ masculló el enano, mientras ordenaba a sus hombres que le dieran marcha al cañón con cureña y aparejos. Se giró para gritar al otro lado del barco, pidiendo que subieran del antepañol todos los cartuchos cargados de pólvora que hubiera. Los iban a necesitar. Mientras impartía órdenes, el enano, intentaba que la proa de su barco estuviera cerca de la popa del Bucenture, evitando así que el Victory con Nelson se les metiera en medio y les barriera las velas en cuestión de segundos.

            Poco antes de que el inglés metiera su proa entre los dos barcos franceses, los del Redoutable le dispararon un cañonazo que sacudió en el velacho del Victory, lo que le hizo perder el palo de mesana. El inglés se mosqueó bastante ─con razón─, y enseguida  disparó una andanada importante de zurriagazos que dejó al Bucenture listo de papeles, escupiendo humo negro y espeso que cubriría toda la zona de inmediato.

            Ahora estaban en el punto que el enano Lucas quería, cortada finalmente la línea el enano se jugó el todo por el todo, gritando a sus hombres que en cuanto las bordas de las dos naves se tocasen saltasen al interior del Victory. Que no tuvieran piedad. Entretanto los chicos del enano Lucas descargaron toda la fusilería ─doscientas granadas incluidas─ contra los hombres de Nelson, que veía ofuscado y furioso como un grupo de pordioseros y un enano estaban haciendo chacina a sus hombres. La cubierta se cubrió de cadáveres, parecía un desierto rojo, todo olía a sangre fresca, y la pólvora vertida al aire arañaba los ojos de los presentes.

Cuando la nube de pólvora y humo negro se disipó, desfigurándose en el horizonte, uno de los pocos oficiales ingleses que seguían de una pieza a esas horas ─un tal Hardy─, se percató de que Horatio Nelsón, su almirante, el mayor héroe de la historia de la marina inglesa se deshacía como un azucarillo en una taza de té a las cinco de la tarde. Un tirador francés, a cargo del enano Lucas, le había descerrajado un disparo certero que le había destrozado la columna vertebral. Orbuá le dijo el enano, y en esas estaba cuando vio como el Temeraire ─un buque inglés de tres puentes ─ acudía en ayuda del Victory y de su almirante. ─Merde-. El recién llegado nada más plantarse ante el buque del enano, soltó sobré él y sus chicos toda la fuerza mortal de sus cañones; zrasca, zrasca, zrasca… y de pronto varios catacrac… El resultado de la última andanada fueron doscientos marineros muertos y decenas de heridos, entre ellos el enano Lucas, que se defendía como buenamente podía entre la charcutería flotante que era el Redoutable en esos momentos. Reorganizó a los fusileros que le quedaban en pie y lanzó una última carga de pólvora contra el buque inglés.

De poco sirvió la última pataleta, pues el Temeraire volvió a hacer tronar sus cañones una vez más. Todo terminó cuando el palo y la cofa mayor, y los masteleros que por allí se movían, cayeron dentro del buque inglés. Mientras, los marineros avisaban al enano de que una parte del barco estaba ardiendo, y el resto acribillado a cañonazos. Lucas decidió entonces rendirse, cabeceando hacía ambos lados y ciscándose en los hijos de la Gran Bretaña. Le habían dejado el barco hecho unos zorros.

Seiscientos marineros muertos a bordo del Redoutable que se hundió al día siguiente, el enano y los poco más de sus cien hombres que quedaron con vida fueron llevados presos a Inglaterra. A pesar de ser el encargado del grupo que se había cepillado al almirante Nelson, no estuvo mucho tiempo en cautiverio ─en las filas inglesas también existían las rencillas, las envidias y los trepas, y seguro que alguno con ganas de figurar le agradeció que le quitaran de en medio el duro hueso que era Nelson─.


En 1806 estaba Lucas ya de nuevo en Francia, y en mayo de ese mismo año Napoleón decidió que lo iba a recibir en Saint Cloud. Lucas asistió sin saber muy bien a que acogerse. Como todos, conocía los caprichos del Corso, y sabía que tan pronto podía hacerle de su camarilla de palmeros, como mandarlo a censar gatos al este de Prusia. Finalmente, al petit Cabrón pareció hacerle gracia que un hombre más pequeño que él hubiese puesto patas arriba la enseña de la marina inglesa, y además de postre se hubiera cepillado a Nelson. Tras colocarle la Legión de Honor, le dio el mando del navío de línea Regulus y un par de palmaditas en la espalda ─que esta vez sí le pillaba a la altura─. Con el nuevo navío el enano Lucas siguió sacudiéndoles la badana a los británicos, pero eso ya es otra historia. 

miércoles, 11 de noviembre de 2015

SOBRE EUFEMISMOS Y SINVERGÜENZAS

          
          Leo ─diría que estupefacto aunque sería falso, por lo prolijo y repetido de este tipo de noticias─ que el Ministerio de Fomento español y el departamento encabezado por la ministra del ramo, adjudicó a dedo decenas de obras públicas que ya estaban incluidas con anterioridad en otras licitaciones ─es decir, que se pagó dos veces por un mismo servicio─, y que éstas llegaron a tener un sobre coste final de más del cincuenta por ciento de los calculado en un primer momento. Mueca de enfado que se difumina con el primer sorbo de café mañanero.

Como les digo, leía el titular y la noticia con aguante estoico, una ruina más, otra a sumar a la lista, un marca a mayores en la columna del debe de esta panda de golfos apandadores con valija diplomática y coche oficial. Suspiro profundo y mutis por el foro que escribirían en un libreto de teatro. Pero ese día no fue así, esa mañana no aparté de mí el periódico para dedicarme a otras cosas. No. Ese día seguí leyendo, y a continuación abrí una de las publicaciones locales del lugar donde me encontraba. En portada y en las principales páginas del interior, se anunciaba a bombo y platillo como los políticos y periodistas locales aplaudían el despliegue de las alcaldías de Palencia y León en pleno, y del ministerio de fomento en parte. Las fotografías a todo color mostraban como estos se paseaban entre las dos capitales a bordo de lo que se supone es otro logro de la modernidad; una nueva línea del ferrocarril de alta velocidad. O más bien de semi alta velocidad.

            ─Pensé─ Aún no se ha aclarado nada del trágico accidente de uno de estos trenes de semi alta velocidad en A Grandeira, y ya se ha inaugurado con todo boato una nueva línea con las mismas características y, supongo, con los mismos fallos y errores que la de Santiago. Supuse con pesar que en según qué ocasiones no se aprende en pellejo ajeno, que no siempre a la fuerza ahorcan. Al continuar avanzando sobre la noticia observé que a pesar de las ofertas económicas iniciales, a partir de navidad lo que sí parecerán de alta velocidad serán los precios. Precios elevados para tramos semi acondicionados debería haber sido el titular. La historia de siempre, mientras las líneas económicas de regionales o Talgo se van por el sumidero, y con ellas las posibilidad de viajar en tren de una amplia cantidad de españoles ─el servicio es caro, carísimo─, las flotas de autobuses que en un primer momento pensaban que el negocio tocaba a su fin, han de aumentar servicios para que todo el mundo pueda hacer el mismo recorrido en el doble de tiempo, mientras, decenas de nuevos y perfectos trenes viajan casi vacíos.

            Pero no quedó ahí la cosa. Al llegar a política nacional de nuevo aparecen los ferrocarriles como noticia. Una individua contesta a una entrevista satisfaciéndose de que Renfe ha llegado a un convenio con Telefónica ─con quién sino─ para adaptar una red wifi en los trenes de alta velocidad. Red que además se extenderá a algunas estaciones de ferrocarril en Madrid y Barcelona. A punto estuve de levantarme entusiasmado de la mesa y asomarme al balcón gritando ¡Monorraíl! ¡Monorraíl! Pero me contuve y busqué más información en las páginas de Renfe.

Vaya, sorpresa, lo que no contaba la noticia anterior es que ese gran despliegue de wifi gratuito solo se instalará de momento en la estación central de Getafe. Suponiendo que el lugar elegido sea en el andén, el asunto nos deja con la idea de que el magnífico servicio tendrá una utilidad mínima, por no decir estúpida. Sin embargo, lo que sí cuenta la noticia es que el servicio le costará al Estado ─a usted y a mi─ más de cien millones de euros. Cien millones en wifi en una estación de ferrocarril y en varios trenes. Mientras, los billetes son prohibitivos y aún siguen sin presupuestarse las obras para dotar a las instalaciones de señalizaciones y frenos automáticos que eviten accidentes como el de A Grandeira. Siguen sin eliminarse los peligrosos pasos a nivel con barrera del centro de algunas ciudades. Eliminándose ─cuando por fin se hace─ de mala manera, como en el caso de Valladolid y su barrio de La Pilarica, donde se cerró un paso subterráneo para abrir otro más seguro pero que aún no ha comenzado a construirse. Evidentemente, las protestas de vecinos y comerciantes que se veían incomunicados durante años no se hicieron esperar, lo que llevó al ministerio y a Adif a crear una circense e insegura plataforma que sirve para salvar las vías y su incompetencia congénita.

            Claro que a todo esto pienso que ya estamos en campaña electoral, y comienzo a comprender ciertas actitudes y discursos cargados de eufemismo y sinvergonzonería. Como los que los verdaderos culpables del accidente de Santiago recitaban en la inauguración del nuevo tramo de semi alta velocidad. Lo hacían como si los ochenta y un muertos no fueran con ellos, como si las mordidas y las coimas de sus amiguetes empresarios ─ que curiosamente se llevan todas las obras de todos los ministerios─ no tuvieran nada que ver con ciertos puntos negros de la geografía española, como si con culpar al conductor de todo fuera suficiente. Aunque aquí he de reconocer que les salió el gorrino mal capado, lástima. Pues el conductor sobrevivió al desastre y ahora se revuelve, y con razón. También se revuelve la mutua de seguros que no quiere aflojar la guita. El conductor según parece será declarado culpable por un juez ─estos también quieren hacer carrera─ de la Audiencia nacional de A Coruña, uno de esos que revocó la imputación presentada en un primer momento sobre doce dirigentes de Adif y Renfe por el juez de primera instancia de Galicia. Lo que no contarán los periódicos después de la sentencia es que el conductor no tendrá dinero para hacer frente a la multa, que se declarará insolvente, y que entonces será el Estado como responsable civil subsidiario el que tenga que hacerse cargo de los gastos ─es decir, usted y yo─. Y todo esto para cubrir las espaldas y los puestos de sus amiguetes y de los políticos que no hicieron bien su trabajo, ya sea por inutilidad o por egoísmo.


            Para terminar de rizar el rizo recordé un post que unos días atrás, había colocado en una conocida red social un cachorro del clan de los Genoveses del norte. En él, aclaraba con cierto triunfalismo ─no olvidemos la pre campaña electoral, o lo que coño sea que vivimos─ que el gobierno había puesto wifi gratis en los trenes. Es curioso el asunto, ese gobierno es el mismo que tras el accidente de A Grandeira se llenó la boca diciendo que la falta de control de velocidad, de señales visibles, de frenos automáticos, y de vaya usted a saber cuántas cosas más era culpa de Adif y solamente de Adif, que a ellos eso no les incumbía en nada. Cosas de la vida, ese mismo gobierno que antes no quería saber nada del accidente ni de los muertos, ahora se felicita porque regala wifi gratis en los mismos trenes que hasta hace un mes no les incumbían para nada. Adif fue el culpable de todo, ahora no es más que un mal necesario para llenarse los bolsillos y hacer campaña. Supongo. 

jueves, 5 de noviembre de 2015

PREMIOS HADES: BENITO SOTO ABOAL. EL ÚLTIMO PIRATA ESPAÑOL.

          El pasado día uno de este mes se publicó en la revista Hades mi artículo titulado BENITO SOTO ABOAL, EL ÚLTIMO PIRATA ESPAÑOL. Que recibió el accésit en el concurso del año 2015 promovido por la propia revista y Cemabasa para su número 13.






En breve, cuando esté disponible la versión digital la colgaré aquí.

BENITO SOTO ABOAL. EL ÚLTIMO PIRATA ESPAÑOL.

Pontevedrés, el séptimo hijo de catorce hermanos, analfabeto pero espabilado, cruel, sanguinario y arrogante. Fue un pirata en toda regla, sin romanticismos ni medias tintas. Su nombre, Benito Soto Aboal, el único pirata español que llegó a hacerse famoso en los mares bajo la bandera negra. Y además, considerado como el último pirata a gran escala de la historia. Un buen pájaro, hablando en plata.
Ya de jovencito se dedicaba al contrabando en su tierra, pero con dieciocho años la costa gallega se le quedó pequeña, y partió con destino a Cuba. Llegó finalmente a El Caribe en 1823. Con 23 años se embarcó en un navío corsario de bandera brasileña que trabajaba como barco negrero-un bergantín de diecisiete cañones y bautizado como El defensor de Pedro-. A pesar de navegar en los primeros tiempos bajo una patente de corso-ya saben, un papel firmado por el rey de turno, que permite saquear a todo barco con bandera de un país enemigo a cambio de un tanto por ciento para el rey firmante-, con la cual se dedicaba a rascarle las asaduras a los barcos de la República de Buenos Aires, mientras llevaba esclavos negros desde África a Brasil.
Pronto, las ganas de poder florecieron entre el gallego y sus seguidores de a bordo. Fue entonces, cuando el capitán del bergantín y sus hombres decidieron quedarse en puerto, temiendo un motín próximo a bordo encabezado por Soto Aboal. Así era, pues el motín estaba preparado, aunque finalmente no fue necesario llevarlo a cabo. Rápidamente, el pirata español se hizo con la capitanía del bergantín El defensor de Pedro, que de inmediato fue rebautizado como La Burla Negra. No contento con esto, Benito Soto Aboal ordenó primero encarcelar y luego asesinar a su segundo de a bordo, compañero en el motín y a la vez enemigo. Fue así como comenzó a fraguarse la historia primero y más tarde la leyenda del último pirata.
Tras hacerse con el dominio completo del bergantín y de la tripulación, el aún corsario Soto decidió apartar de sí la patente de corso del gobierno brasileño, y comenzar su labor de asalto como un pirata más. Su primera víctima, tenía bandera inglesa, fue una fragata mercante llamada Morning-star, seguida por una fragata norteamericana de nombre Topacio, donde se hizo con un buen botín. Saqueó, acuchilló a todos sus tripulantes, y hundió la fragata al abandonarlo. Demostró a todos sus seguidores su sadismo por vocación y dejó claro que no aceptaba ninguna traición, para ello mandó asesinar a algunos de sus tripulantes que no comulgaban con sus sangrientos abordajes. Siguió con su campaña de saqueo con otro bergantín inglés El Britckbarca, entre Las Azores y Cabo Verde, y cerca de las Canarias pasó a cuchillo la fragata y a toda la tripulación -también inglesa- del Sumbury. Hizo lo mismo con todas las embarcaciones que se fueron cruzando en su camino, hasta llegar a la costa de A Coruña, donde falsificó la documentación del bergantín y vendió a buen precio todo el botín conseguido en sus sangrientos abordajes.
Pero claro, toda historia tiene su aquel, y esta lo encontró en la costa gaditana. Pues el pirata Soto Aboal y su Burla Negra, se dirigían a la costa de Berbería a vivir de las rentas y del temor infundido por su fama, cuando como si de un grumete se tratase, cometió un error de bulto, tanto que parecía nuevo en un barco. Pues al bordear la costa gaditana, confundió el faro de la Isla de León con el de Tarifa, y acabó encallando a tiro de piedra de donde ya había abierto sus puertas el Ventorrillo del Chato. Allí, las autoridades de Marina hicieron la vista gorda en un primer momento, hasta que un marinero inglés que había sufrido en uno de sus violentos abordajes lo reconoció paseando por la ciudad de Cádiz, siendo finalmente detenido junto a alguno de sus hombres. Todos ellos fueron encarcelados salvo el capitán Soto Aboal, que consiguió escapar de Cádiz y refugiarse en Gibraltar, donde sería detenido poco después.
La suerte que hasta entonces había sonreído al pontevedrés, se le acabó en la colonia inglesa. Pues conociendo el historial del español, y su obsesión por atacar barcos ingleses, sus captores se frotaron las manos pensando en el futuro que le esperaba al español. Pasó diecinueve meses encarcelado en el Peñón, mientras sus antiguos compañeros eran ejecutados, exponiendo sus cabezas en Cádiz. Intentando así Fernando VII, hacer valer su entredicho poder ante los liberales de Cádiz, que habían cometido el error de crear la primera constitución española, mientras él regalaba el trono y el país a los hermanos Bonaparte.
La ejecución por ahorcamiento de Benito Soto Aboal, no fue menos curiosa que su vida. Fue el 25 de enero de 1830, la lluvia que caía sobre Gibraltar empapaba al reo, al cura, al verdugo y a la gente que esperaba el ajusticiamiento junto al cadalso. El gallego vestido de blanco absoluto, recorrió a pie la distancia desde la cárcel, situada en El Castillo del Moro, hasta su lugar de ejecución. Como buen gallego, rudo y sin aspavientos acogió su culpa, y se acercó a la soga que el verdugo había colocado demasiado alta. Soto Aboal, ni corto ni perezoso, acercó el ataúd, su propio ataúd que ya lo esperaba, y subiéndose en él introdujo su cabeza en la horca, saltando después rápidamente para que la muerte llegara cuanto antes. Pero de nuevo el verdugo calculó mal, y el reo llegó con sus pies al suelo, teniendo que hacer el ejecutor un agujero en el suelo con una pala, entre las risas generalizas del personal que esperaba la muerte del preso. Las últimas palabras de Benito Soto Aboal, no fueron de reproche, ni de perdón, simplemente dijo “Adiós a todos, el espectáculo ha terminado”. Tal vez por aquel entonces, el poeta José de Espronceda, admirador y contemporáneo de Soto Aboal, ya hubiese comenzado a escribir su conocida obra La canción del Pirata, que le dedicó.