jueves, 5 de noviembre de 2015

PREMIOS HADES: BENITO SOTO ABOAL. EL ÚLTIMO PIRATA ESPAÑOL.

          El pasado día uno de este mes se publicó en la revista Hades mi artículo titulado BENITO SOTO ABOAL, EL ÚLTIMO PIRATA ESPAÑOL. Que recibió el accésit en el concurso del año 2015 promovido por la propia revista y Cemabasa para su número 13.






En breve, cuando esté disponible la versión digital la colgaré aquí.

BENITO SOTO ABOAL. EL ÚLTIMO PIRATA ESPAÑOL.

Pontevedrés, el séptimo hijo de catorce hermanos, analfabeto pero espabilado, cruel, sanguinario y arrogante. Fue un pirata en toda regla, sin romanticismos ni medias tintas. Su nombre, Benito Soto Aboal, el único pirata español que llegó a hacerse famoso en los mares bajo la bandera negra. Y además, considerado como el último pirata a gran escala de la historia. Un buen pájaro, hablando en plata.
Ya de jovencito se dedicaba al contrabando en su tierra, pero con dieciocho años la costa gallega se le quedó pequeña, y partió con destino a Cuba. Llegó finalmente a El Caribe en 1823. Con 23 años se embarcó en un navío corsario de bandera brasileña que trabajaba como barco negrero-un bergantín de diecisiete cañones y bautizado como El defensor de Pedro-. A pesar de navegar en los primeros tiempos bajo una patente de corso-ya saben, un papel firmado por el rey de turno, que permite saquear a todo barco con bandera de un país enemigo a cambio de un tanto por ciento para el rey firmante-, con la cual se dedicaba a rascarle las asaduras a los barcos de la República de Buenos Aires, mientras llevaba esclavos negros desde África a Brasil.
Pronto, las ganas de poder florecieron entre el gallego y sus seguidores de a bordo. Fue entonces, cuando el capitán del bergantín y sus hombres decidieron quedarse en puerto, temiendo un motín próximo a bordo encabezado por Soto Aboal. Así era, pues el motín estaba preparado, aunque finalmente no fue necesario llevarlo a cabo. Rápidamente, el pirata español se hizo con la capitanía del bergantín El defensor de Pedro, que de inmediato fue rebautizado como La Burla Negra. No contento con esto, Benito Soto Aboal ordenó primero encarcelar y luego asesinar a su segundo de a bordo, compañero en el motín y a la vez enemigo. Fue así como comenzó a fraguarse la historia primero y más tarde la leyenda del último pirata.
Tras hacerse con el dominio completo del bergantín y de la tripulación, el aún corsario Soto decidió apartar de sí la patente de corso del gobierno brasileño, y comenzar su labor de asalto como un pirata más. Su primera víctima, tenía bandera inglesa, fue una fragata mercante llamada Morning-star, seguida por una fragata norteamericana de nombre Topacio, donde se hizo con un buen botín. Saqueó, acuchilló a todos sus tripulantes, y hundió la fragata al abandonarlo. Demostró a todos sus seguidores su sadismo por vocación y dejó claro que no aceptaba ninguna traición, para ello mandó asesinar a algunos de sus tripulantes que no comulgaban con sus sangrientos abordajes. Siguió con su campaña de saqueo con otro bergantín inglés El Britckbarca, entre Las Azores y Cabo Verde, y cerca de las Canarias pasó a cuchillo la fragata y a toda la tripulación -también inglesa- del Sumbury. Hizo lo mismo con todas las embarcaciones que se fueron cruzando en su camino, hasta llegar a la costa de A Coruña, donde falsificó la documentación del bergantín y vendió a buen precio todo el botín conseguido en sus sangrientos abordajes.
Pero claro, toda historia tiene su aquel, y esta lo encontró en la costa gaditana. Pues el pirata Soto Aboal y su Burla Negra, se dirigían a la costa de Berbería a vivir de las rentas y del temor infundido por su fama, cuando como si de un grumete se tratase, cometió un error de bulto, tanto que parecía nuevo en un barco. Pues al bordear la costa gaditana, confundió el faro de la Isla de León con el de Tarifa, y acabó encallando a tiro de piedra de donde ya había abierto sus puertas el Ventorrillo del Chato. Allí, las autoridades de Marina hicieron la vista gorda en un primer momento, hasta que un marinero inglés que había sufrido en uno de sus violentos abordajes lo reconoció paseando por la ciudad de Cádiz, siendo finalmente detenido junto a alguno de sus hombres. Todos ellos fueron encarcelados salvo el capitán Soto Aboal, que consiguió escapar de Cádiz y refugiarse en Gibraltar, donde sería detenido poco después.
La suerte que hasta entonces había sonreído al pontevedrés, se le acabó en la colonia inglesa. Pues conociendo el historial del español, y su obsesión por atacar barcos ingleses, sus captores se frotaron las manos pensando en el futuro que le esperaba al español. Pasó diecinueve meses encarcelado en el Peñón, mientras sus antiguos compañeros eran ejecutados, exponiendo sus cabezas en Cádiz. Intentando así Fernando VII, hacer valer su entredicho poder ante los liberales de Cádiz, que habían cometido el error de crear la primera constitución española, mientras él regalaba el trono y el país a los hermanos Bonaparte.
La ejecución por ahorcamiento de Benito Soto Aboal, no fue menos curiosa que su vida. Fue el 25 de enero de 1830, la lluvia que caía sobre Gibraltar empapaba al reo, al cura, al verdugo y a la gente que esperaba el ajusticiamiento junto al cadalso. El gallego vestido de blanco absoluto, recorrió a pie la distancia desde la cárcel, situada en El Castillo del Moro, hasta su lugar de ejecución. Como buen gallego, rudo y sin aspavientos acogió su culpa, y se acercó a la soga que el verdugo había colocado demasiado alta. Soto Aboal, ni corto ni perezoso, acercó el ataúd, su propio ataúd que ya lo esperaba, y subiéndose en él introdujo su cabeza en la horca, saltando después rápidamente para que la muerte llegara cuanto antes. Pero de nuevo el verdugo calculó mal, y el reo llegó con sus pies al suelo, teniendo que hacer el ejecutor un agujero en el suelo con una pala, entre las risas generalizas del personal que esperaba la muerte del preso. Las últimas palabras de Benito Soto Aboal, no fueron de reproche, ni de perdón, simplemente dijo “Adiós a todos, el espectáculo ha terminado”. Tal vez por aquel entonces, el poeta José de Espronceda, admirador y contemporáneo de Soto Aboal, ya hubiese comenzado a escribir su conocida obra La canción del Pirata, que le dedicó.

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