miércoles, 23 de diciembre de 2015

EL EJÉRCITO PAGANO DEL TERCER REICH (y II)

       
         La semana pasada lo dejamos cuando  Henrich Himmler, el número dos del partido nazi, comenzaba a dar muestras de que el poder y el esoterismo tradicional se habían adueñado de su cabeza, lo que había llevado a sus más cercanos a denominarlo como el “Mago Negro” de las SS.

            Himmler, como ya hemos dicho estaba fascinado y obsesionado por las leyendas medievales, y los heroicos caballeros que se unían en torno a órdenes de frailes soldados. Todo esto, unido a sus conocimientos de ocultismo acabó revirtiendo en las SS, a las cuales revistió de una parafernalia de simbologías y ceremonias medievales, que junto a su idea social y política le daban el tono tétrico que se pueden imaginar. Su idea, no por peregrina o loca, menos peligrosa para Europa, consistía en instaurar un nuevo orden social, ario y pagano. Para ello se basó e inspiró en los antiguos Deutsche Ritterorden, u Orden medieval de los Caballeros Teutónicos, fundada por Heinrich Von Bassenheim en el año 1198. Una orden de caballeros nacida para auxiliar a los cristianos que habían sido heridos en su peregrinaje a Tierra Santa. Pero sin duda lo que más fascinó a Himmler de esta orden, fue que solo admitía en su seno a hombres de origen germánico. El “Mago Negro” ya había encontrado el nexo de unión que necesitaba entre el mundo antiguo y su organización.

            En la ida de cabeza progresiva que sufrió Himmler, y en la fue cayendo desde el primer momento del nazismo, hasta que él y sus muchachos acabaron siendo acorralados y vencidos en 1945, tuvo mucho que ver además de sus obsesiones un misterioso tipo. Su nombre era Karl Maria Wiligut,  conocido con el sobrenombre de “El Rasputín nazi”, pues hizo creer a todo el mundo ─posiblemente hasta él llegó a creérselo─ que tenía un don, una capacidad única en el mundo; tenía una clarividente memoria ancestral, era capaz de ponerse en contacto directo con sus antepasados, todos ellos pertenecientes a los Uligotis de Asa-Uana-Sippe, una estirpe de guerreros prehistóricos. Según Wiligut, esta capacidad le venía dada porque él era el último eslabón de la saga. Una historia curiosa para telefilme de sobremesa, pero que Himmler se creyó de carrerilla, nombrando al tal Wiligut como su consejero personal. Además, entraría de inmediato a formar parte ─nada menos que de director─ del Departamento de Prehistoria e Historia Arcaica de las SS, con base en Munich. Su única tarea consistía en entregar informes de sus visiones a sus superiores para que estas fueran estudiadas, y estar siempre disponible para hablar con Himmler.

            La locura pudo quedarse ahí, pero no, Himmler aprovechando que tenía ante sí un ente capaz de ponerle en contacto con sociedades medievales desaparecidas, decidió aprovecharlo para la guerra que se avecinaba, y creo el Ahnenerbe Forschungs-und Lehrgemeinschaft o Sociedad para la investigación y enseñanza de la Herencia de los Ancestros, fundada en 1935. Un grupo creado para mandar a integrantes de las SS por todo el mundo, y cuya misión sería encontrar los vestigios de la raza aria ancestral. Desde ese momento esta tarea, junto a la búsqueda del Grial y del Martillo de Thor ─si, el del Dios nórdico que vive una segunda juventud gracias a Marwel y a Hollywood─ sería la tarea principal del grupo, y lo que le quitaría el sueño a Himmler. Además de llevarlo a recorrer medio mundo en diferentes expediciones.

            Dentro del Ahnenerbe había una enorme subdivisión de tareas, llegando a montarse hasta cuarenta y tres equipos diferentes, dedicados cada uno de ellos al estudio de los aspectos culturales, musicales, folkloristas, arqueológicos o antropológicos de las raíces germánicas y arias. Incluso Himmler, creó una especie de Vaticano pagano donde unirse con sus hombres; el castillo de Wewelsburg en Westfalia, y cuya leyenda contaba que había sido el último reducto germano durante la invasión de los Hunos. El castillo de forma triangular, fue totalmente restaurado bajo la excusa de ser la nueva escuela de mandos de las SS, pero en realidad escondía otra de las obsesiones de Himmler. El centro del castillo albergaba una mesa redonda donde se sentarían doce altos cargos de las SS, más Himmler ─al más puro estilo del rey Arturo y los caballero de la mesa redonda─. Además, el lugar contaba con trece habitaciones decoradas con una gran variedad de símbolos esotéricos. Bajo el comedor se habría la cripta, conocida como la Esfera del Muerto, en el centro de ella nacía una copa de piedra, donde se quemaban los escudos y las armas de los caballeros que morían en batalla. Después, sus cenizas serían depositadas en una serie de nichos adyacentes. Sin duda todo estaba basado en un tratado de hermética medieval, quien sabe si debido a su propia loca obsesión por los ritos medievales, o a la manipulación del Rasputín nazi.

Los estudios llevados a cabo en el Ahnenerbe, recorrerían mucho más ámbitos de la sociedad, pero sobre todos hay uno que llama la atención, por macabro e inhumano. Sería bajo al ámbito de la ciencia, dentro del Instituto de Investigaciones Científicas donde se escondieron los verdaderos asesinos, sádicos y gustosos del mal humano. En este Instituto usaron a los judíos, y demás prisioneros del campo de concentración de Dachau como cobayas humanas, para ver como resultaban en ellos los experimentos biológicos realizados por los nazis. Estas prácticas se hicieron desde el principio, pero habría que esperar mucho para conocer sus verdaderas actividades, concretamente hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial y la definitiva caída del Tercer Reich. Ejemplos de estas prácticas fueron la resistencia de los cuerpos a la altitud dentro de cámaras de gas, la despresurización, la resistencia a la congelación, y la inoculación de enfermedades como la ictericia, el tifus o la malaria entre los prisioneros.

Entre las investigaciones secretas y esotéricas, y las prácticas sádicas con los prisioneros, fue apareciendo un grupo que además gustaba de las prácticas del ocultismo y con extravagantes creencias, todos ellos señalados con diferentes distintivos de carácter rúnico y misterioso. Este grupo, será conocido como la Orden Negra, y de nuevo su director sería Henrich Himmler. La orden contaba con los mejores especialistas en técnicas paranormales y esotéricas, que espoleados por Himmler y Wiligut,  creían que si conseguían dar con todas las reliquias medievales que tanto ansiaba su jefe, se podría instaurar desde el centro de Germania ─el nuevo Berlín─, un nuevo orden mundial ario, algo que ansiaban desde las filas del partido nazi en general y desde las filas de las SS en particular. Por ello vino Himmler a Montserrat, y por eso viajó por lugares apartados de las grandes ciudades españolas, seguía el rastro de varias de estas reliquias, pero sobre todo la del Santo Grial, que alguno de sus colaboradores había creído localizar en la abadía catalana.


La locura llegaría mucho más lejos, viajaron a Escandinavia y al Tíbet buscando su ascendencia aria, e incluso montaron expediciones en busca de la lanza de Longinos y de las reliquias de la sangre. Desde luego nunca encontraron nada, o al menos nada de lo que esperaban. Pero toda esta parafernalia dio lugar a la ocultación de verdaderos atentados contra el ser humano, como los experimentos narrados dentro de los campos de contracción, así como la creación de una nueva religión de corte pagano, y que según la Orden Negra debería absorber y destruir al cristianismo, superponiendo sus nuevas festividades a las cristianas, y añadiendo otras nuevas; como el 20 de abril, día del nacimiento de Hitler, que debía celebrase como el del nacimiento de una divinidad. O el 9 de noviembre, día del Putsch de la cervecería de Munich. Pero eso es otra historia.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

EL EJÉRCITO PAGANO DEL TERCER REICH (I)


          Estuve viendo hace unos días un documental sobra las visitas realizadas por el comandante nazi Henrich Himmler a España. Según este documental, el capitoste nazi visitó las provincias de Madrid, Toledo y Segovia, pero sobre todo realizó una extraña y singular visita a la abadía catalana de Montserrat. Desde luego llama la atención la llegada de la comitiva germana a la estación del Norte de Madrid ─actual Príncipe Pio─, donde fueron recibidos por la Falange y las fuerzas más representativas de la España franquista, entre otros Ramón Serrano Suñer, cuñado del dictador Francisco Franco, Ministro de Asuntos Exteriores, y a la sazón, uno de los mayores germanófilos del gobierno del militar gallego. Pero sorprende mucho más el porqué de esas visitas.

            Esto ocurriría en el año 1940, pero me costaba entender ciertas cosas del documental, algunas afirmaciones quedaban cojas, o se sustentaban de forma muy peregrina. Aprovechando que estaba en casa, me acerqué hasta la sección de historia contemporánea de mi biblioteca,  también rescaté algún libro sobre esoterismo y reliquias que conservo. Con ellos y un café, pasé la tarde releyendo viejos libros que desde hace tiempo acumulo, después de buscar y rebuscar en las librerías de lance de media Europa. Entre los que elegí esa tarde se encontraba la obra de Richard Rhodes; Amos de la muerte. Las SS, instrumentos del terror de Hitler, de Gordon Williamson. La Orden Negra de Óscar Herradón. Las reliquias de Hitler de José Gregorio González, una biografía de Eichmann ─teniente coronel de las SS, y responsable directo de la “Solución Final”─, titulada Vida de Eichmann de Jean Posenthal, publicada en 1963 en Barcelona, y varios tratados de esoterismo nazi, runas y ariosofía ─algunos más novelescos que otra cosa─ que conseguí en mi última estancia en Buenos Aires ─no se debe obviar, que esa capital Latinoamericana recibió a muchos de los altos cargos nazis en su huida desesperada de Europa, tras finaliza la II Guerra Mundial. Entre otros al propio Eichmann, hasta que fue secuestrado por el Mossad y trasladado a Israel─. Así, después de mucho rato de lectura, un par de cafés y de alguna risotada, conseguí entender el cómo y porqué del viaje a España, y sobre todo de la visita a la abadía de Montserrat, realizada por la que fue una de las mentes más macabras de la historia contemporánea europea. Para ello hay que remontarse un poco atrás en el tiempo, concretamente hasta el año 1925, o más bien hasta 1923.

            Es en este año cuando Adolf Hitler comienza a desconfiar de las SA, su tropa de asalto, que a pesar de haber permanecido siempre leal a la causa, había crecido demasiado en número. Esta amplitud hacía que el futuro Fürher desconfiara de ellas y de sus pretensiones, no en vano las crónicas hablan de las intenciones y conspiraciones de éstas para escapar al poder del partido nazi. Es entonces cuando Hitler decide crear un nuevo cuerpo de seguridad personal, que denominará Stabswache, este cuerpo contaría con tan solo dos miembros fieles que acompañarían al pequeño Adolf en todos sus desplazamientos. Pero como comprenderán, y teniendo en cuenta la magnitud que tomó la idea y el aparato del partido nazi, esta escolta personal en seguida se quedó corta, y Hitler añadió a ella nuevos miembros, rebautizando al grupo como Stosstrupp Adolf Hitler, o lo que es lo mismo; Tropas de Asalto Adolf Hitler. Grupo que una vez remodelado, y estructurado a gusto del futuro dictador, pasaría a conocerse como las Schutzstaffel ─Escuadras de Defensa─ o SS. Posiblemente uno de los grupos más temido ─sino el que más─ de la historia del mundo reciente.

            Es aquí donde aparece el bueno ─entiéndanme la ironía─ de Henrich Himmler. Un chico de  familia católica y acomodada de Baviera, que pasaría a la historia como el instigador, y posiblemente máximo artífice de las matanzas metódicas y sistemáticas de judíos, polacos, católicos, gitano, homosexuales, comunistas, testigos de Jehová, enfermos mentales y en definitiva, de todos aquellos grupos no arios, y por lo tanto, considerados inferiores y prescindibles para el nuevo orden social y político que tenía pensado llevar a cabo.

             Himmler pasaría a formar parte de las SS en 1924, el número de soldado que le correspondería sería el 168. Su labor de reclutamiento y servicio al Fürher fue tan bueno, que éste le nombraría con tan solo veintiocho años Reichsführer ─líder de las Escuadras de Protección─. Era el año 1929, pero desde dos años antes, Himmler, ya era Diputado de las SS, y una de las personas que estaba a cargo de la propaganda del partido nazi. Será en 1933 cuando Hitler asuma la Cancillería alemana, Himmler le recibe con los cincuenta y dos mil hombres que ha reclutado para formar parte de las SS. Lo que en su momento nació como una pequeña guardia personal de Hitler, se había convertido ahora en un ejército ario, integrado en una estructura jerárquica que imitaba a la de los jesuitas, a pesar de su odio mortal hacía ellos. Además, el grupo estaba formado por jóvenes pertenecientes a las familias de clase media y alta de Alemania.

Himmler se encontraba en la cima del partido y del país, o casi. Solo Adolf Hitler lo superaba en poder. Hitler se había ganado el poder y el reconocimiento de las gentes por su oratoria, aprovechando la pésima situación socioeconómica del continente. Pero era Himmler el que le había garantizado la seguridad y la fuerza. Himmer era el que había vertebrado a la bestia, y todos eran conscientes de ello. Por eso mismo a nadie sorprendió cuando un año después, Himmler, se hubo convertido en el director de la Gestapo, de la R.S.H.A ─Oficina Central  de Seguridad del Reich─, y en Ministro de Interior.


Fue entonces, cuando borracho de poder y de reconocimiento, Himmler, dejó paso a su perfil más obsesivo. Buscó por todos los medios enlazar al partido nazi con las leyendas medievales germanas, y con el pasado mítico alemán. Nacía así el Mago Negro de las SS. [Continuará]

viernes, 11 de diciembre de 2015

SOBRE INFAMIAS REALES Y VINOS DULCES


              Parece ser que históricamente los veintitrés de febrero han sido días moviditos, al menos en cuanto a la Península Ibérica se refiere. De todos es conocido el circo tétrico montado por el general Armada, el teniente general Miláns del Bosch, y el teniente coronel de la Guardia Civil Tejero y sus chicos ─quién sabe si junto a ellos, hubo también alguien con más estrellas en las hombreras del traje y más operaciones en la cadera─, en el congreso de los diputados de Madrid, el mismo día en el que el hemiciclo votaba por segunda vez la embestidura del futuro presidente del gobierno, Calvo Sotelo. A la sazón 23 de febrero de 1981, y todos al suelo.

            Pero también el país vecino, el que comparte con nosotros ─y viceversa─, el sustantivo de ibérico, tuvo sus más y sus menos un veintitrés de febrero. Eso sí, de mucho tiempo antes─ también en estos asuntos nos sacan ventaja los vecinos “pobres”─. Corría el año 1757 y pintaban bastos en la ciudad del norte, Oporto ─más bien Porto─, veía temblar sus cimientos por culpa de la producción de su vino.

            Empecemos aclarando que como de costumbre ─en esa época y otras muchas─, estaban los ingleses de por medio, revolviendo el avispero. Ciertamente es difícil echarse a la faltriquera una historia de navajazos y traiciones en los últimos siete siglos, sin que estén los hijos de la Pérfida Albión presentes. En la mayor parte de las ocasiones lo estaban por intereses gubernamentales y económicos, y en las otras como en este caso, simplemente por aburrimiento. Y es que una cosa es una cosa, y otra muy distinta andar sin necesidad tocando los aparejos.

            Resulta que nuestros amigos anglosajones estaban en medio de una guerra ─para variar─, contra Francia, y los gabachos que de eso saben un rato y además son bastante puñeteros, pues le dieron donde más les jode a los vecinos del norte; En el alcohol. Subieron tanto las tasas y los impuestos sobre el vino de Burdeos, que los hijos de su majestad no podían permitirse importar ni un barril para todas las tabernas del centro de Londres. Y ya saben que si la vida en el siglo XVIII era perra, con el aparejo seco se hacía casi invivible. Fue entonces cuando su majestad de la Gran Bretaña, y sus secuaces tocados con pelucas empolvadas de talco miraron a su alrededor, decidiendo que ya era hora de aprovecharse de sus aliados portugueses, que ya estaba bien de llevar tres siglos arrimándoles el codo y de no sacar nada en claro. Y allí que se fueron.

          El caso es que las bodegas de vino de Oporto─ o de Porto─, se convirtieron en el almacén de Inglaterra, llegando a las Islas el mejor vino del país Luso. Pero como siempre, hubo un problema. Con los largos viajes y los cambios de temperatura el vino se estropeaba. Sería entonces cuando alguien decidió─ no sé si por acierto o por fortuna─, echar  una proporción de brandy en las barricas mientras el vino aún no había terminado de fermentar. El vino se conservaba en su estado durante mucho más tiempo, alcanzando además un mayor porcentaje de alcohol por barrica, así como el sabor dulce que hoy reconocemos al abrir cualquier botella de esta bebida. Esto se debe a que el vino cuenta con un gran remanente de azúcar que no se consume, pues al añadir el licor se frena en seco la fermentación del caldo. Así, con ese nuevo sabor y esa nueva robustez, el vino de Oporto ─o de Porto─, se hizo muy famoso y apreciado en las islas. Y con el tiempo, en el mundo entero.

            Hasta que como suele suceder con la gallina de los huevos de oro, el negociante se ciega y su avaricia hace que le salga el marrano mal capado. Los comerciantes lusos se percataron de que aunque la cosecha fuera mala, sus aliados ingleses les quitaban las existencias de las manos pagando por él lo que a ellos les saliera del cimbrel pedir. Por ello mismo un día tuvieron a bien adulterar el vino en cuestión, rebajándolo con agua y cobrándolo al mismo precio, y claro, los chicos del Imperio se lo tomaron a mal. El asunto no era nuevo desde luego, Quevedo ya tuvo sus más y sus menos con la justicia de Madrid durante el reinado de los Austrias, cuando regaló alguna que otra cuchillada y varios votos a tal al tabernero de turno, tras percatarse de que éste le había rebajado el Jumilla con más agua de lo habitual.

            Fue entonces cuando el rey de las Inglaterras y sus secuaces, dieron un tirón de orejas a las autoridades portuguesas. Éstos, como solícitos lameciruelos se pusieron manos a la obra para solucionarlo, y así fue como el futuro Marqués de Pombal, junto al Rey, crearon una cédula por la que se aprobaba la creación de la Compañía General de Agricultura de los Viñedos del Alto Duero. Empresa monopolista de los vinos de Porto. Esta compañía contaba con unos trabajadores a sueldo del rey, los cuales hacían inspecciones por las mejores bodegas, marcando éstas con unos grandes hitos de piedra que se podían ver desde el río, siendo ellas consideradas las mejores, y por tanto, las elegidas para exportar a Gran Bretaña. Dejando los restos, los vinos aguados, y los que no llegaban al nivel de la denominación de origen para el consumo local.

            Evidentemente la cosa no quedo así, conociendo el carácter ibérico imagínense la situación. Nos podrán matar de hambre, mandarnos a guerras que no son nuestras y molernos a palos, pero el vino, el vino, vive Dios ni tocarlo, y mucho menos para dárselo a esos estirados y arrogantes salmonetes ─así se denominará a las tropas inglesas durante los siguientes siglos, debido al color de sus uniformes─. Asique llegado el 23 de febrero de 1757, los taberneros, los productores no seleccionados por la denominación, y los bebedores del caldo de ínfima calidad se lanzaron a las calles de Porto con una consigna clara; Verdes las iban a segar.

            Se juntaron y fueron hacía la casa del juez del pueblo, donde arrasaron su casa. A él se lo llevaron con ellos para que fuera participe de la fiesta ─curiosamente al encontrarse indispuesto tuvieron que cargar con él en una silla─. Siguiendo el recorrido llegaron hasta la Rua do Châ, donde se encontraba la casa del regidor, al que amablemente se le exigió la suspensión de la compañía. En ese preciso momento, uno de los criados disparó contra los amotinados, y éstos, ciscándose en la familia más cercana del criado y del regidor, sacaron a pasear las navajas de dos palmos de sus fajas. De poco servían ahora las buenas palabras y el intento de templanza, sin vino y con plomo de por medio comenzó una fuerte revuelta en la zona, a lo que inmediatamente se unieron los saqueos de la casa del regidor y del secretario de la compañía.


            A pesar de todo la situación parecía controlada, y la calma se hizo presente en los días posteriores, pero cinco días después llegó un enviado real desde Lisboa, con orden de abrir una investigación sobre lo acontecido la jornada del motín. La llegada del chupatintas lisboeta hizo que de nuevo se caldearan los ánimos, y se produjera un segundo motín, que esta vez sí, fue sofocado violentamente por el ejército acuartelado en la ciudad. Se produjo la deteniendo a cuatrocientas sesenta y dos personas, siendo veintiséis de ellas condenadas a muerte pública, acusadas por crimen de infamia real. Los vistos como culpables por la justicia lusa fueron ajusticiados por ahorcamiento y decapitación, y sus cuerpos inertes fueron repartidos por las calles donde tuvo lugar el motín, a modo de escarnio para la población. Siguiendo en pie la Compañía ─lo que hoy es, la D.O vinho do Porto─, y los ingleses, por supuesto, siguieron recibiendo el mejor vino dulce del lugar, mientras que la población además de puta y apaleada puso la cama. Como de costumbre.