miércoles, 29 de febrero de 2012

SOBRE INFAMIAS REALES Y VINOS DULCES


            Parece ser que históricamente los veintitrés de febrero han sido días moviditos, al menos en cuanto a la Península Ibérica se refiere. De todos es conocido el circo tétrico montado por el general Armada, el teniente general Miláns del Bosch, y el teniente coronel de la Guardia Civil Tejero y sus chicos ─quién sabe si junto a ellos, hubo también alguien con más estrellas en las hombreras del traje y más operaciones en la cadera─, en el congreso de los diputados de Madrid, el mismo día en el que el hemiciclo votaba por segunda vez la embestidura del futuro presidente del gobierno, Calvo Sotelo. A la sazón 23 de febrero de 1981, y todos al suelo.

            Pero también el país vecino, el que comparte con nosotros ─y viceversa─, el sustantivo de ibérico, tuvo sus más y sus menos un veintitrés de febrero. Eso sí, de mucho tiempo antes─ también en estos asuntos nos sacan ventaja los vecinos “pobres”─. Corría el año 1757 y pintaban bastos en la ciudad del norte, Oporto ─más bien Porto─, veía temblar sus cimientos por culpa de la producción de su vino.

            Empecemos aclarando que como de costumbre ─en esa época y otras muchas─, estaban los ingleses de por medio, revolviendo el avispero. Ciertamente es difícil echarse a la faltriquera una historia de navajazos y traiciones en los últimos siete siglos, sin que estén los hijos de la Pérfida Albión presentes. En la mayor parte de las ocasiones lo estaban por intereses gubernamentales y económicos, y en las otras como en este caso, simplemente por aburrimiento. Y es que una cosa es una cosa, y otra muy distinta andar sin necesidad tocando los aparejos.

            Resulta que nuestros amigos anglosajones estaban en medio de una guerra ─para variar─, contra Francia, y los gabachos que de eso saben un rato y además son bastante puñeteros, pues le dieron donde más les jode a los vecinos del norte; En el alcohol. Subieron tanto las tasas y los impuestos sobre el vino de Burdeos, que los hijos de su majestad no podían permitirse importar ni un barril para todas las tabernas del centro de Londres. Y ya saben que si la vida en el siglo XVIII era perra, con el aparejo seco se hacía casi invivible. Fue entonces cuando su majestad de la Gran Bretaña, y sus secuaces tocados con pelucas empolvadas de talco miraron a su alrededor, decidiendo que ya era hora de aprovecharse de sus aliados portugueses, que ya estaba bien de llevar tres siglos arrimándoles el codo y de no sacar nada en claro. Y allí que se fueron.

          El caso es que las bodegas de vino de Oporto─ o de Porto─, se convirtieron en el almacén de Inglaterra, llegando a las Islas el mejor vino del país Luso. Pero como siempre, hubo un problema. Con los largos viajes y los cambios de temperatura el vino se estropeaba. Sería entonces cuando alguien decidió─ no sé si por acierto o por fortuna─, echar  una proporción de brandy en las barricas mientras el vino aún no había terminado de fermentar. El vino se conservaba en su estado durante mucho más tiempo, alcanzando además un mayor porcentaje de alcohol por barrica, así como el sabor dulce que hoy reconocemos al abrir cualquier botella de esta bebida. Esto se debe a que el vino cuenta con un gran remanente de azúcar que no se consume, pues al añadir el licor se frena en seco la fermentación del caldo. Así, con ese nuevo sabor y esa nueva robustez, el vino de Oporto ─o de Porto─, se hizo muy famoso y apreciado en las islas. Y con el tiempo, en el mundo entero.

            Hasta que como suele suceder con la gallina de los huevos de oro, el negociante se ciega y su avaricia hace que le salga el marrano mal capado. Los comerciantes lusos se percataron de que aunque la cosecha fuera mala, sus aliados ingleses les quitaban las existencias de las manos pagando por él lo que a ellos les saliera del cimbrel pedir. Por ello mismo un día tuvieron a bien adulterar el vino en cuestión, rebajándolo con agua y cobrándolo al mismo precio, y claro, los chicos del Imperio se lo tomaron a mal. El asunto no era nuevo desde luego, Quevedo ya tuvo sus más y sus menos con la justicia de Madrid durante el reinado de los Austrias, cuando regaló alguna que otra cuchillada y varios votos a tal al tabernero de turno, tras percatarse de que éste le había rebajado el Jumilla con más agua de lo habitual.

            Fue entonces cuando el rey de las Inglaterras y sus secuaces, dieron un tirón de orejas a las autoridades portuguesas. Éstos, como solícitos lameciruelos se pusieron manos a la obra para solucionarlo, y así fue como el futuro Marqués de Pombal, junto al Rey, crearon una cédula por la que se aprobaba la creación de la Compañía General de Agricultura de los Viñedos del Alto Duero. Empresa monopolista de los vinos de Porto. Esta compañía contaba con unos trabajadores a sueldo del rey, los cuales hacían inspecciones por las mejores bodegas, marcando éstas con unos grandes hitos de piedra que se podían ver desde el río, siendo ellas consideradas las mejores, y por tanto, las elegidas para exportar a Gran Bretaña. Dejando los restos, los vinos aguados, y los que no llegaban al nivel de la denominación de origen para el consumo local.

            Evidentemente la cosa no quedo así, conociendo el carácter ibérico imagínense la situación. Nos podrán matar de hambre, mandarnos a guerras que no son nuestras y molernos a palos, pero el vino, el vino, vive Dios ni tocarlo, y mucho menos para dárselo a esos estirados y arrogantes salmonetes ─así se denominará a las tropas inglesas durante los siguientes siglos, debido al color de sus uniformes─. Asique llegado el 23 de febrero de 1757, los taberneros, los productores no seleccionados por la denominación, y los bebedores del caldo de ínfima calidad se lanzaron a las calles de Porto con una consigna clara; Verdes las iban a segar.

            Se juntaron y fueron hacía la casa del juez del pueblo, donde arrasaron su casa. A él se lo llevaron con ellos para que fuera participe de la fiesta ─curiosamente al encontrarse indispuesto tuvieron que cargar con él en una silla─. Siguiendo el recorrido llegaron hasta la Rua do Châ, donde se encontraba la casa del regidor, al que amablemente se le exigió la suspensión de la compañía. En ese preciso momento, uno de los criados disparó contra los amotinados, y éstos, ciscándose en la familia más cercana del criado y del regidor, sacaron a pasear las navajas de dos palmos de sus fajas. De poco servían ahora las buenas palabras y el intento de templanza, sin vino y con plomo de por medio comenzó una fuerte revuelta en la zona, a lo que inmediatamente se unieron los saqueos de la casa del regidor y del secretario de la compañía.


            A pesar de todo la situación parecía controlada, y la calma se hizo presente en los días posteriores, pero cinco días después llegó un enviado real desde Lisboa, con orden de abrir una investigación sobre lo acontecido la jornada del motín. La llegada del chupatintas lisboeta hizo que de nuevo se caldearan los ánimos, y se produjera un segundo motín, que esta vez sí, fue sofocado violentamente por el ejército acuartelado en la ciudad. Se produjo la deteniendo a cuatrocientas sesenta y dos personas, siendo veintiséis de ellas condenadas a muerte pública, acusadas por crimen de infamia real. Los vistos como culpables por la justicia lusa fueron ajusticiados por ahorcamiento y decapitación, y sus cuerpos inertes fueron repartidos por las calles donde tuvo lugar el motín, a modo de escarnio para la población. Siguiendo en pie la Compañía ─lo que hoy es, la D.O vinho do Porto─, y los ingleses, por supuesto, siguieron recibiendo el mejor vino dulce del lugar, mientras que la población además de puta y apaleada puso la cama. Como de costumbre. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario