jueves, 1 de diciembre de 2016

UNA CASA PORTUGUESA


           Cuando salí de la librería Bertrand la rúa Garrett estaba atestada de gente. Al llegar a la altura de la joyería Alianza, resbalé aparatosamente entre los húmedos adoquines blancos y negros que marcaban la cara de la ciudad como un taqueado jaqués descomunal y único de cuestas y plazas. Apenas pude controlar mi cuerpo para no dar con él en el suelo. Me alegré de haber dejado para otra ocasión la visita a la bodega de la Ribera junto al mercado de Cais do Sodré. A aquellas horas, y después de varios resbalones, ya habría destrozado la botella de vino dulce que tenía en mente para la sobremesa de la comida del domingo.
            El almuerzo de ese domingo estaba en la cabeza de la mayor parte de las personas que a esas horas andaban por las calles húmedas y resbaladizas de Lisboa. La celebración del aniversario de la Revolución que expulsaría a la exigua, pero hija de otra larga y tortuosa, dictadura de Marcelo Caetano, se seguía celebrando en muchas de las casas del país. En mi caso, con amigos que nos juntábamos cada año para brindar por la libertad después de asistir al desfile anual por la avenida de la Libertad. Siempre con un puñado de claveles rojos en las manos.
A pesar de la posibilidad de que las nubes volvieran a descargar decidí volver a casa caminando, acababa de anochecer pero sin embargo la temperatura invitaba al paseo. El bullicioso trasiego de personas que entraban y salían a esa hora del metro acabó de convencerme para seguir camino por la empinada rúa do Carmo. Desde la esquina podía ver una de las postales más típicas del centro, la más fotografiada por los visitantes, el antiquísimo automóvil aparcado en la puerta de Richards, donde sonaban piezas de música y folkore tradicional portugués. A su alrededor, revoloteaba el perenne círculo de curiosos que sobaban los libros y los discos compactos sin intención de comprar nada.
Lo cierto es que el paseo transcurría rápido, ensimismado en mis pensamientos como estaba, e intentando no volver a resbalar dejé atrás las calles del Chiado para desembocar en la amplia plaza de Pedro IV. Rossio, como localmente se conoce el lugar, ya estaba comenzando a ser preparada para acoger las próximas celebraciones. Los casi desaparecidos quioscos de flores se reproducían en esas fechas para ofrecer miles de claveles. Pero no todo eran celebraciones en la ciudad, lo supe en cuando la vi.
El arco monumental, que se forma en la desembocadura de la sombría y húmeda rúa dos Sapateiros, le servía de refugio ante los chubascos intermitentes que acogía la ciudad durante aquel mes de abril. La mujer, bastante gruesa, casi obesa, de más de sesenta años estaba sentada a la luz del escaparate de una tienda centenaria de ropa. Sus piernas, cansadas por el paso de los años y de las vicisitudes de la vida mísera, no podían sostenerla en pie durante mucho tiempo. De su escaso cuello colgaba una hucha rectangular negra, con los bordes y las esquinas reforzadas en un metal brillante. La parte de arriba consistía en una pequeña chapa rectangular de color negro que contaba con una pequeña abertura, lo suficiente para que por ella entrara con dificultad una moneda. La señora sujetaba la hucha de una forma recia, con las dos manos, como si tuviese miedo a que se la arrebatasen. Como si ya lo hubieran hecho alguna vez. Tan solo, cada cierto tiempo, soltaba una de sus manos para frotarse los ojos, unos ojos totalmente blancos, opacos, casi solidificados de los cuales brotaban abundantes lágrimas.
No pude evitar pensar en otro ciego que conocía del barrio. Una mañana mientras desayunaba en un bar de Anjos entró Rui, con un palo de escoba a modo de bastón y unas enormes gafas de sol que le tapaban las marcas dejadas por unas quemaduras en las cuencas de los ojos. Él, cada mañana recorría todos los locales del barrio pidiendo unas monedas para echarse algo a la boca. Lo invité a desayunar. Él me contó su historia con toda clase de detalles. Aquellas quemaduras que ocultaba bajo las gafas, se las hicieron los esbirros de Salazar durante una de las numerosas detenciones que se produjeron en los primeros años de la dictadura. Para que hablara, para que confesara lo que querían escuchar le quemaron los ojos con ácido. Pero él no tenía nada que contar, a nadie que delatar. Desde aquel día, contaba mientras masticaba un bollo de arroz, busca seguir adelante, enfrentarse a sus miedos para olvidar el día que le robaron la vista.
La voz de la mujer sustituyó la imagen de Rui en mi cabeza. Había comenzado a cantar mientras sus inservibles ojos secos miraban al cielo, un cielo negro donde comenzaban a aparecer estrellas claras y brillantes que se atrevían a desafiar a las nubes reinantes. Me acerqué a un banco cercano donde dejé la bolsa cargada de libros y petiscos. Levanté la vista hacia el mismo cielo que miraba la mujer, una extraña atracción invisible que nos unía. Con los ojos clavados en el cielo sus cuerdas vocales se tensaron para interpretar una preciosa canción, amable y alegre. Un fado que hizo famoso la Rodrigues, pero que de su boca brotaba nostálgico y afligido. La voz me conquistó de inmediato, al igual que a todos los que andábamos por allí en ese momento.
Cuando la mujer terminó su repertorio me levanté con lágrimas en los ojos, me acerqué a ella para felicitarla por su voz, pero sobre todo por su forma de enfrentarse a una vida injusta desde la belleza de un talento único. Introduje como buenamente pude un par de billetes por la estrecha ranura de la hucha que colgaba de su cuello. Ella me lanzó una mirada con sus ojos blancos, como si realmente pudiera verme, y sonrió. Cuando me alejaba comenzaba a llover de nuevo, ella cantaba y yo ya no pensaba en no caerme, sino en levantarme siempre.


jueves, 24 de noviembre de 2016

SOBRE INVESTIGACIONES DOCTORALES Y BRINDIS AL SOL


           Hace un par de días asistía a unas jornadas doctorales ofrecidas por la universidad pública en la que curso mi trabajo de investigación doctoral. Es el segundo año en que se realizan y cubren la mayor parte de los días de una semana de noviembre o diciembre. Sus temas versan en torno a la vida de investigación universitaria. Este año concretamente lo hacían sobre un importante tema a tener en cuenta por todos los que nos encontramos en un momento decisivo para nuestra vida profesional: la transferencia de la investigación a la empresa. Un tema llamativo, interesante, al menos en un primer momento. Las presentaciones, jabonosas y cercanas al tedio como se acostumbra en estos actos, se alargaron durante más de media hora para después dejar paso a las primeras conferencias de la mañana, dos en concreto. En éstas se lanzaban peroratas sobre cómo dar el salto de la investigación universitaria al mundo laboral, y como suelen en su discurso mostraron por las humanidades el mismo interés que acostumbran: ninguno.

El grueso de las conferencias impartidas en ese día, como en las de los demás, se centraron en mostrar las herramientas y los programas proyectados por la universidad para, una vez terminada la tesis, poder encontrar un puesto laboral dentro del ámbito científico y tecnológico. Las horas fueron pasando, al igual que las disertaciones, sin que en ningún momento se hablara, ni de refilón, sobre la aplicación de estos maravillosos programas para hacer desembocar a los investigadores y estudiantes de artes y humanidades en las luminosas, y supuestamente perfectas, empresas con las que la universidad tiene convenios. Convenios hipotéticamente maravillosos para los jóvenes, pero que en realidad son contratos de prácticas abusivos donde el sueldo apenas llega ni para pagar una habitación en un piso de alquiler, pero que si sirven para llenar la casilla de experiencia del currículum para después dar el salto a una empresa que te ofrezca un contrato de los de verdad. Un camino de espinas, cierto, pero al menos un camino que a los demás, a los que estudiamos artes y humanidades no nos ofrecen.

Al menos en este caso ni se lo plantearon, pues como les digo ni una sola mención, ni un solo guiño hacía los estudiantes e investigadores del ámbito de las humanidades que ocupábamos la sala mayoritariamente. Las jornadas doctorales, creo que es importante aclararlo, son de asistencia obligatoria para todos los grupos de investigadores, sea cual sea tú tema de trabajo. Vayan o no a comentar algo que pueda incumbirte para tú futuro, ya sea educacional o laboral.

Cuando las jornadas andaban por la mitad de sus sesiones muchos ya habíamos asumido que nuestro papel en aquel asunto era meramente el de figurante. Una bonita, y móvil, decoración que ayudaba a que la sala no estuviera tan desangelada como estaría de haber acudido solamente los que verdaderamente habían recibido información y ofertas durante esos días. A pesar de todo aún había justos en Sodoma, o ilusos cada cual que piense lo que crea conveniente, y al finalizar una de las conferencias un chico levantó la mano para hacer una pregunta a los miembros de la mesa redonda. Su cuestión hacía referencia a lo que todos los investigadores en arte y humanidades presentes pensábamos, que no era otra que saber por qué se nos ignoraba cuando se hablaba de salidas profesionales de los futuros doctores. Incluso, el joven llegó a interrogarles sobre las posibilidades de encontrar programas o colaboraciones con empresas del sector, similares a las ya preparadas para la gente de ciencia y tecnología. Tras la pregunta el silencio se apoderó del recinto durante unos interminables segundos, para después tornarse en un lejano titubeo que se escapaba de la boca del encargado de la última conferencia y director del ámbito del que trataba el tema de los programas laborales. Su respuesta fue, tras el titubeo, encogerse de hombros mientras decía «Pues ahora mismo no sé, pásate por el despacho a ver si encontramos algo».

Buscarse la vida en el ámbito de la cultura y las humanidades a diferencia de lo que muchos creen es muy difícil, demasiadas horas de trabajo sobre los hombros por muy poco sueldo, o por ninguno. Muchas mili a las espaldas para aguantar según qué respuestas de parte de los encargados institucionales, los mismos que deberían ser los encargados de que tantas y tantas horas de trabajo reviertan en un puesto laboral digno. Desde luego ninguno de los que estábamos allí buscamos, ni queremos al menos por mi parte, que nadie nos solucione la vida, que nadie nos busque trabajo. Más aun sabiendo cómo funcionan esos brillantes contratos de becarios de los que hablábamos antes. Pero sin duda ayudaría, para seguir adelante en la investigación, que nuestras propias universidades no nos trataran como un grupo de investigadores de segunda. Algo que no solo es descorazonador, sino que también es denigrante.


De qué sirve que cuando el gobierno ─nacional o autonómico, eso es lo de menos─ ataque a las carreras de letras y humanidades se formen asambleas en los claustros y la gente se encierre, o manifieste, con el consentimiento y apoyo del rectorado y los diferentes estamentos universitarios. Que éstos firmen manifiestos criticando lo que ellos creen un comportamiento inquisitivo del poder ante la cultura, si cuando realmente tienen que defender las humanidades, en la lucha diaria, nos ignoran casi por completo. ¿Cómo queremos pretender que las humanidades tengan futuro dentro de la sociedad si incluso dentro del mundo universitario nos arrinconan en la esquina más oscura y alejada?

martes, 1 de noviembre de 2016

LA GUARIDA DEL SÚCUBO


           El sillón estaba colgado del techo, boca abajo, eso fue lo primero que llamó la atención a los tipos que entraron en aquella casa abandonada, cerrada desde hacía lustros. El olor a humedad concentrada, a moho resentido por el paso de los años les golpeó en las fosas nasales. Las potentes linternas enfocaban el interior de la sala que, más allá del sillón frailero minuciosamente labrado que colgada del techo, no ofrecía nada extraño. El viento exterior golpeaba los postigos de un edifico cercano, su fuerte ulular se colaba entre las diminutas grietas de los cristales esmerilados hasta susurrar en sus nucas. Les había tocado un día de perros para acudir a un aviso tan extraño, pensaron. Después ocurrió todo aquello.

            La prensa del día siguiente contaba una versión descafeinada de lo sucedido en aquella casa: «Miedo en el Casco Viejo», titulaba el periódico local, para después seguir desgranado en su interior el suceso, tratándolo de una manera despectiva, casi humorística. Algunos periodistas habían tenido acceso al informe que la policía había redactado de madrugada, cuando todo había quedado relativamente aclarado. Ninguna de las personas que aquella noche presenciaron el hecho concedieron entrevista alguna, nadie volvió a hablar en público de lo sucedido. Nunca.

Pero hace unos días el teléfono volvió a sonar en el parque móvil del centro. Esa tarde contestó a la llamada el teniente Ferrer. Cuando colgó el aparato, y antes de hacer sonar la alarma de emergencia, un escalofrío recorrió su cuerpo de punta a punta. Esa dirección, pensó mientras se ponía de pie con dificultad, era la de la casa del sillón colgado del techo. Cuando el operativo entró en el viejo edificio, que seguía totalmente abandonado, pudieron observar que las llamas lo habían devorado casi por completo. Sin embargo, aquella humedad penetrante, aquel olor a moho no se había difuminado ni un ápice. El teniente Ferrer no pudo evitar pensar en los dos compañeros que, junto a él, entraron veinte años atrás en aquel mismo lugar.

            « ¡En el sótano!», gritaba uno de los bomberos. «Del sótano viene el grito de un niño», volvió a decir el mismo hombre. El teniente Ferrer no podía dar crédito a lo que estaba escuchando. Aquello no podía estar ocurriendo otra vez. No a él.

            Las llamas habían arrasado con todo lo que había en la habitación, todo estaba teñido de un negro absoluto. Los pocos muebles desvencijados que quedaban en su interior habían sido reducidos a cenizas. Todos, menos un antiguo sillón frailero de madera y cuero que permanecía en perfecto estado en mitad de la sala. El fuego lo había respetado, como si se encontrara dentro de una campana invisible e ignífuga. El teniente Ferrer gritaba que nadie se acercara al sillón, que a nadie se le ocurriera tocarlo. Estaba fuera de sí.

            El niño, el dueño de aquella voz, que supuestamente estaba atrapado entre las llamas no aparecía por ningún lado. Un par de bomberos se afanaron en la búsqueda, inspeccionando cada palmo de terreno, por si en el interior de aquella sala hubiera alguna puerta que conectara el lugar con otro sitio. Un resquicio, un espacio, que por pequeño que fuera hubiera permitido al niño escapar de aquel infierno de humo y llamas. Nada.

            La Unidad decidió salir de allí, dejar el caso en manos de la policía que ya esperaba fuera después de confirmar que allí no había nadie. Ninguno de aquellos jóvenes entendía nada de lo que había ocurrido, pero el teniente Ferrer parecía intranquilo. Esperó a que salieran todos sus hombres para abandonar el sótano en último lugar. Al irse miró hacia atrás, buscando de nuevo aquel sillón maldito; entonces los vio. El niño, vestido con ropajes antiguos, de principios del siglo, le miraba clavándole sus ojos acuosos, amenazantes. Junto a él, sentada en el sillón frailero reposaba ella sonriente, desnuda y seductora, como siempre, desde hacía siglos. En su regazo descansaban dos cabezas degolladas que pertenecían a dos hombres jóvenes. El teniente Ferrer no tuvo que mirarlas para saber que eran las de sus dos compañeros desaparecidos. Los dos bomberos que entraron junto a él aquella noche en busca de un niño perdido. El niño que le miraba ahora con ojos acusadores, el mismo que una vecina, según rezaba el atestado, vio entrar en aquella casa abandonada, y el cual minutos después imploraba auxilio a través de las rejas de aquel sótano ahora arrasado casi por completo por el fuego.

El teniente Ferrer cerró la puerta que comunicaba el sótano con el resto del edificio y apoyó en ella su cabeza canosa. Dedicó un último recuerdo a sus compañeros, y cerró la puerta con una desmedida cadena enlazada a un candado enorme, cuya única llave destruiría con una cizalla en cuanto llegara al parque móvil.

Aquella noche apenas durmió, no paraban de correr por su mente las imágenes de sus compañeros descolgando del techo aquel sillón frailero durante su primera visita al sótano. Los recuerdos se superponían en su cabeza como fotogramas cinematográficos, primero uno, después el otro. Ambos jóvenes bomberos acudieron a esa casa a escondidas, sin contárselo a nadie, como si algo les indujera de forma enfermiza a volver a aquel sótano, a aquel sillón. Después, entre la nebulosa que producía la duermevela, el teniente Ferrer pudo ver a aquella bella mujer desnuda que les llamaba, que utilizaba al niño para atraer a su guarida a hombres jóvenes a los que convencía con artimañas ancestrales para que tomaran su cuerpo sobre aquel sillón.

Estaba amaneciendo cuando un pesado olor de almizcle y humedad invadió la habitación del teniente Ferrer secándole la garganta, haciendo que su tos sonara agrietada y rotunda, hasta que finalmente se quedó profundamente dormido. Desde aquella noche el teniente Ferrer nunca más volvería a tener pesadillas con aquel niño perdido.


jueves, 27 de octubre de 2016

SOBRE SERRANÍAS, TRINITARIOS Y BANDOLEROS


Corría el año 1769 cuando Juan Tamayo Palomino, abogado de los Reales Consejos y diputado común de la ciudad de Jerez de la Frontera en la corte, fue enviado por el Consejo de Castilla para investigar la sucesión de delitos que se estaban llevando a cabo alrededor de las instituciones eclesiásticas de Jerez de la Frontera. Lo que el abogado se encontró nada más llegar a la ciudad gaditana fue lo más parecido al inicio clásico de una novela de género negro: Fray Manuel de Isasi, fraile del convento de la Merced, apareció ahogado en un aljibe del patio central del monasterio.
La cosa parecía fácil de resolver a simple vista, pues en el convento de clausura no podía haber entrado nadie del exterior, por lo que el asesino tenía que haber sido un hermano de los allí presentes. Pero el asunto comenzó a torcerse para el investigador del Consejo de Castilla cuando llevó a cabo los primeros interrogatorios a los miembros de la orden: muchos antes de contestar a sus preguntas sobre los porqués de aquel asesinato prefirieron abandonar la clausura. Es entonces cuando desde el Consejo de Castilla oliéndose el percal, obligan a su enviado a llevar a cabo averiguaciones exhaustivas sobre el asunto, prohibiéndole volver a la corte sino era con una explicación y un culpable. Verdes las iban a segar.
Palomino recorrió uno por uno todos los monasterios sitos en Jerez y sus pedanías, uno tras otro y sin apenas ayuda, y lo que se fue encontrando no daba para redactar un informe nada halagüeño para la iglesia ni para el consejo castellano: una gran multitud de maleantes, bandidos y forajidos que tomaban los hábitos después de llevar a cabo sus fechorías para así librarse del yugo de la justicia. Pero sobre todo uno: Fray Diego Martel, al que en la zona se le conocía popularmente como el fraile bandolero. Según parece el bueno de Fray Diego un buen día se cansó de los hábitos ─quién sabe si los tomó por obligación viendo cerca el cadalso por sus excesos─, y se saltó la clausura para hacer de su capa un sayo ─nunca mejor dicho─ y se tiró a la sierra en busca de una vida licenciosa nada propia de un hombre de Dios. Las primeras noticas sobre el monje bandolero las tuvo Palomino cuando investigaba el asesinato del fraile mercenario de Jerez, las primeras deserciones que le sorprendieron, comenzaron a parecerle menos extrañas cuando un confidente le narró las andanzas de Martel. El fraile trinitario controlaba desde hace años la zona y sus monasterios, y se había ganado el respeto, o más bien el miedo, de todos los eclesiásticos que ocupaban edificios en la zona por la que él se movía, siempre cargado con sus pistolas y varias navajas de siete puntos. Así lo atestiguaban las numerosas cartas que el investigador mandó al Consejo de Castilla durante la segunda mitad del siglo XVIII.
La historia de Fray Diego Martel podría pasar como la vida de otro bandolero más de la serranía gaditana, pero a Martel le perseguía un aura de misticismo, quizá debido a que jamás abandonó los hábitos de trinitario, usándolos tanto en su vida diaria como para llevar a cabo sus asaltos. Bien sabía Martel que el hábito de trinitario le servía para ganarse la confianza de los incautos que se encontraba en su camino, a los que robaba y en ocasiones llegaba a asesinar. Este carácter violento le volvió un hombre conocido y temido por las gentes de la zona de la sierra. Cuando Fray Diego decidía bajar a algún pueblo nadie que valorara lo más mínimo su pellejo hacía nada para intentar contenerle en sus excesos.
A pesar de la ley del silencio que se estableció en los lugares marcados por el paso del trinitario bandolero el cerco de sus perseguidores, encabezado por el abogado Tamayo Palomino, se iba estrechando sobre su figura. Este huyó por los pelos en varias ocasiones hasta que decidió abandonar su zona y llevar a cabo sus actos delictivos en la campiña gaditana y las cercanías de la ciudad. Así fue hasta que llegó el día 1 de abril del año 1770. Ese día el fraile bandolero fue apresado por los chicos del corregidor de Jerez que le seguían las huellas desde hacía unos meses. Encarcelado de forma inmediata bajo la más estricta vigilancia esperó su juicio. Se abrió contra él una cauda larga y compleja por el gran número de delitos de los que se le acusaba, incluido el intento de asesinato sobre su propio prelado, a lo que se sumó una acusación por el contrabando que supuestamente venía realizando durante todos estos años. El Consejo de Castilla se presentó como acusación particular debido al comportamiento escandaloso y sanguinario del trinitario, lo cual había sembrado el terror entre la ciudadanía.
Pero la acusación del Consejo de Castilla no se paraba solo en la figura del trinitario Fray Diego, sino que llegaron a señalar al arzobispo de Sevilla, del cual dependía el convento de los Trinitarios de Jerez de la Frontera. El Consejo acusaba al arzobispo de no haber hecho todo lo que estaba en su mano para atrapar y juzgar a Fray Diego Martel, a lo que el eclesiástico repuso con vaguedad que sí lo habían hecho, pero que tal vez ahora debería expulsarle definitivamente de la orden.

Tras un largo y costoso juicio, el trinitario bandolero, fue condenado a pasar el resto de su vida en una destartalada celda, a expensas de lo que propusiera la Santa Inquisición. Pero quiso el destino que cinco años después el rey Carlos III promulgara un indulto general, una amnistía que lanzó a Fray Diego de nuevo a la calle para su regocijo y el escarnio de los habitantes de la provincia de Cádiz. Volvería así a la sierra, donde no dejaría sus asaltos, robos y asesinatos hasta el día de su muerte. Hasta ese día tampoco abandonó la orden ni dejó de vestir el hábito de los Trinitarios.

jueves, 20 de octubre de 2016

SOBRE CHARLAS LITERARIAS Y ALCALDESAS MENSAJERAS


       Que a la mayoría de los políticos patrios se la trae al pairo la cultura ─y por extensión la educación─ no es ninguna noticia nueva para ustedes, supongo. Sólo hay que darse un paseo por el país, por sus calles, por sus periódicos, por sus escuelas y universidades para ver la ignominia congénita que la clase política profesa contra todo lo que huela a cultura e inteligencia. También, he de reconocer, hay honrosas excepciones ─las mínimas─, pero aún quedan justos en Sodoma.

            De uno de esos justos, o justas, no es precisamente de lo que vamos a hablar hoy desde luego. Pongámonos en situación: tras finalizar el acto que inauguraba ─no realmente, pues llevaba un día en marcha, sino políticamente─ el festival de novela policíaca de Madrid, que desde hace nueve años se realiza en Getafe, comenzó la charla entre dos académicos, uno argentino y otro español, y un periodista ─permítanme que me ahorre nombres que cualquiera puede encontrar con teclear unas palabras en cualquier buscador de Internet─. Hasta aquí todo normal, o casi, en la tarima se podía masticar la tensión que siempre aparece cuando se cruzan gente perteneciente al mundo cultural y al político. Reuniones necesarias pero difíciles por las formas de pensar y actuar de unos y otros, normalmente contrarias. Tras las fotos institucionales y la publicidad gratuita, comenzó el asunto y las políticas bajaron del entarimado cubierto de moqueta roja para dejar paso a la charla que la sala, abarrotada a esa hora, esperaba.

Minutos antes la gente de la organización había añadido una hilera completa de sillas ante la que era la primera fila, convirtiéndola ahora en segunda, lo digo no por tiquismiquis, sino porque como verán tiene importancia en el asunto que les traigo hoy. Esas sillas fueron colocadas para que los autores de la mesa redonda anterior pudieran asistir al acto ─ya les he comentado que el resto de las localidades estaban copadas desde minutos antes y las últimas personas que entraban a esas horas debían permanecer de pie al fondo y en los laterales─, también lo hicieron otros miembros del consistorio, identificados por la propia alcaldesa durante su discurso, barra arenga, de inauguración. Pues bien, terminadas las fotos institucionales, las buenas palabras, los elogios a los asistentes, a los académicos que comenzarían la charla de forma inmediata, al presentador de dicha charla y al comisario del festival ─escritor también de novela policial─, todos se retiraron hacía los primeros asientos reservados para que ellos pudieran disfrutar de primera mano del asunto.

Todos no, pues la alcaldesa y la concejala de cultura que tantas odas habían lanzado hacía los presentes permanecieron de pie, no por falta de asientos, sino por gusto, en un lateral, sin intención de ocupar una de las numerosas localidades vacías de la primera fila que después se irían copando por espectadores anónimos. No hace falta que les explique que no me lo han contado, que no lo he leído en ningún lugar sensacionalista, sino que estaba allí, a escasos diez metros del tema. La alcaldesa ─no sé si es necesario decirlo, pero lo diré: del pesoe─ sacó de su bolso un teléfono móvil de carcasa estridente y se puso a mandar mensajes sin levantar la cabeza del aparatito durante más de media hora, sin hacer ningún tipo de caso a la charla literaria que hacía unos minutos elogiaba y tildaba de importante y necesaria. Actuaba como si allí no hubiese nadie, ya no sólo en la tarima sino en la sala. Muchos dirán que sí, que estaba mandando o subiendo fotos del encuentro a las redes sociales, dándole publicidad. Cierto, lo hizo, yo mismo lo busqué al finalizar el acto. Subió una foto, justo en el momento que se bajó de la tarima, una sola foto y un solo comentario. Escusa bastante endeble para justificar su total falta de interés por lo que allí ocurría, todo esto a la vista de los invitados, del comisario del asunto y de todo el público asistente, entre ellos su concejala de cultura que permanecía de pie tras ella, ésta sí observado y escuchando interesada el acto, pero que tal vez, y digo tal vez, debería haber llamado la atención a su alcaldesa sobre, como mínimo, su falta de educación.


Media hora después del inicio del coloquio la alcaldesa guardó su teléfono móvil en el bolso para mirar a su alrededor, cuando parecía que por fin sí iba a mostrar algún tipo de interés hacía la charla que tanto había promocionado, recogió su chaqueta del respaldo de una silla cercana y abandonó la sala de actos acompañada por su concejala de cultura a modo de escudera. Así dejó claro, una vez más y al menos para mí, que la reacción de muchos políticos con la cultura no es más que un postureo para ganarse la palmadita en la espalda, o el respaldo de una parte del electorado que difícilmente sabe distinguir entre el culo y las témporas.

jueves, 6 de octubre de 2016

SENDER EN LA ALDEA DEL CRIMEN


A Casas Viejas nunca había llegado el rey, ni el presidente de la república. Allí daba igual corona que gorro frigio. El problema, sin importar el gobierno era siempre el mismo: el hambre. Algunos vieron en la insurrección anarquista de enero de 1933 la oportunidad de traer al pueblo el comunismo libertario. Pero ése tampoco se pasó ni a saludar. Al igual que Dios, que había hecho caso omiso a ese trozo de tierra estéril. El que si llegó hasta allí fue el diablo disfrazado de Guardia de Asalto, y con una orden del Ministro de Gobernación, Casares Quiroga, bajo el brazo. «Doy a las fuerzas media hora para que sofoquen el movimiento». Era la madrugada que ataba en corto el décimo día de enero de 1933 con el undécimo. Pero vayamos por partes.

            Francisco Cruz, al que todos llamaban Curro Seisdedos, era uno de los jefes del sindicato de jornaleros del pueblo, adscrito a la CNT. Cuando se planeó la insurrección anarquista de enero 1933, con mucho ruido y pocas nueces, muchos de estos campesinos vieron la oportunidad de la incautación de las tierras improductivas: las que los burgueses de la plaza, los dueños de las hambres, dejaban sin sembrar. La insurrección anarquista fue un fracaso rotundo en el país, pero las noticias no llegaron al campo gaditano hasta que ya se hubo derramado la sangre, cuando el ejército civil formado por campesinos esqueléticos, de piel gruesa y hueso marcado, ya estaba sentenciado.

            El tren no circulaba, eso era una buena noticia, pensaron que la revolución había triunfado en Cádiz y Jerez. Seisdedos mandó a uno de sus hijos a cortar el hilo telefónico, y de paso levantar un tramo de calzada, para complicar, en caso de ser necesario, la llegada de las fuerzas del orden.

            Entre tanto, se mezclaban en la plaza el blanco de las casas de los propietarios y el rojo de las conciencias de los jornaleros. El Seisdedos, creyente del triunfo del comunismo libertario leía periódicos que hablaban de tierra, de derechos y de libertad. Esas eran las únicas publicaciones que entraban en el pueblo, a excepción de los periódicos que leían los propietarios: publicaciones monárquicas, añorantes del fascismo y que clamaban por la Restauración. El Seisdedos disertaba contra el fin de la limosna que a cada tanto recogían en la iglesia. No querían más caridad. Lo tenían claro, el comunismo libertario había llegado al pueblo e iban a tomar la tierra y a trabajarla. Se habían cansado de formar parte de ese banquete de mendigos que era el campo andaluz. Era el fin del rancio feudalismo agrícola.

            Pero nada resultó. Lo primero fue crear una comisión para que el alcalde y los del cuartel de la Guardia Civil acataran el nuevo régimen. El alcalde ─el único republicano del pueblo─ aceptó, pero el sargento de la Guardia Civil se negó, encerrándose con sus hombres en el cuartel. Los jornaleros armados vigilaban la plaza, sin intención de asaltar ni el cuartel ni las casas de los propietarios, obedeciendo las órdenes del Seisdedos de no disparar hasta el amanecer. Pero todo se embarulló cuando los agentes lanzaron los primeros disparos. Comenzó el tiroteo de ida y vuelta. Poco después el Seisdedos acertaba de lleno al sargento y a un guardia que morirían horas más tarde. No habría perdón.

Ya amanecido, el retén que iba a arreglar el hilo telefónico acompañado de la Guardia Civil fue atacado por uno de los hijos del Seisdedos y sus acompañantes. Al poco, tras el aviso, siete guardias civiles con un sargento, y una compañía de la Guardia de Asalto llegaban al pueblo para frenar la revuelta. Los jornaleros despejaron la plaza, algunos se tiraron al monte por miedo a lo que pudiera a ocurrir, otros se escondieron en sus casas.

Las fuerzas del orden llegaron hasta la choza del Seisdedos ─al que apuntaban como principal cabecilla─, y que junto a su familia respondió con disparos. La refriega duró hasta el amanecer del siguiente día, cuando llegaron los refuerzos cargados con metralletas y granadas. Aun así la choza aguantó y el Seisdedos siguió defendiéndose. Poco después, y desde una tapia cercana, un guardia lanzó sobre la choza un par de paquetes de algodón empapados en gasolina. Tras ellos una granada. La choza ardió por completo, con todos dentro. De la choza del Seisdedos solo quedó el esqueleto quemado y retorcido del somier.

Después vino la razzia. El escarmiento contra la población ─culpable o inocente─ sin juicio. Dejaron veintiséis muertos arrancados de sus casas, y llevados hasta la choza en llamas del Seisdedos donde serían asesinados. Así, en caso de venir mal dadas, podrían argumentar que todos los muertos lo fueron en la casa del Seisdedos. Que todos se habían refugiado allí, y que todos habían atacado a las fuerzas del orden. Los jornaleros se levantaron contra el hambre, y para alimentar esos estómagos el gobierno no escatimaría en balas.

            La república acababa de perder la virginidad a manos de un verdugo vicioso y enfermo. Un gobierno sifilítico que queriendo ser robusto y respetable, se había convertido en siniestro e incapaz habiendo gestado un monstruo. Una mancha oscura en la cara aún joven, tersa y lozana, de una república herida de muerte nada más ser expulsada del útero del pueblo. El escándalo fue mayúsculo, sobre todo tras el trabajo periodístico de Ramón J. Sender, el cual hizo que se abriera una comisión de investigación sobre lo sucedido. Una comisión que no investigó nada y que acusó a los periodistas de falsificar datos y pruebas no se sorprendan tanto, lo de matar al mensajero ya funcionaba entonces tan bien como ahora. Una comisión que el propio Sender calificó como un pleito entre verdugos.


jueves, 29 de septiembre de 2016

EL ÚLTIMO PIRATA ESPAÑOL


        Pontevedrés, el séptimo hijo de catorce hermanos, analfabeto pero espabilado, cruel, sanguinario y arrogante. Fue un pirata en toda regla, sin romanticismos ni medias tintas. Su nombre, Benito Soto Aboal, el único pirata español que llegó a hacerse famoso en los mares bajo la bandera negra. Además es considerado como el último pirata a gran escala de la historia. Un buen pájaro, hablando en plata.

Ya de jovencito se dedicaba al contrabando en su tierra, pero con dieciocho años la costa gallega se le quedó pequeña y partió con destino a Cuba. Llegó finalmente al Caribe en 1823, con 23 años se embarcó en un navío corsario de bandera brasileña que trabajaba como barco negrero-un bergantín de diecisiete cañones y bautizado como El defensor de Pedro-. A pesar de navegar en los primeros tiempos bajo una patente de corso-ya saben, un papel firmado por el rey de turno, que permite saquear a todo barco con bandera de un país enemigo a cambio de un tanto por ciento para el rey firmante-, se dedicaba a rascarle las asaduras a los barcos de la República de Buenos Aires, mientras llevaba esclavos negros desde África a Brasil.

Pronto, las ganas de poder florecieron entre el gallego y sus seguidores de a bordo, fue entonces cuando el capitán del bergantín y sus hombres decidieron quedarse en puerto, temiendo un motín próximo a bordo encabezado por Soto Aboal. Así era, pues el motín estaba preparado, aunque finalmente no fue necesario llevarlo a cabo. Rápidamente el pirata español se hizo con la capitanía del bergantín El defensor de Pedro, que de inmediato fue rebautizado como La Burla Negra. No contento con esto, Benito Soto Aboal ordenó primero encarcelar y luego asesinar a su segundo de a bordo, compañero en el motín y a la vez enemigo. Fue así como comenzó a fraguarse la historia primero y más tarde la leyenda del último pirata.

Tras hacerse con el dominio completo del bergantín y de la tripulación, el aún corsario Soto decidió apartar de sí la patente de corso del gobierno brasileño y comenzar su labor de asalto como un pirata más. Su primera víctima tenía bandera inglesa, fue una fragata mercante llamada Morning-star, seguida por una fragata norteamericana de nombre Topacio donde se hizo con un buen botín. Saqueó, acuchilló a todos sus tripulantes, y hundió la fragata al abandonarlo. Demostró a todos sus seguidores su sadismo por vocación y dejó claro que no aceptaba ninguna traición, para ello mandó asesinar a algunos de sus tripulantes que no comulgaban con sus sangrientos abordajes. Siguió con su campaña de saqueo con otro bergantín inglés, El Britckbarca, entre Las Azores y Cabo Verde, y cerca de las Canarias pasó a cuchillo a toda la tripulación de la fragata -también inglesa- del Sumbury. Hizo lo mismo con todas las embarcaciones que se fueron cruzando en su camino hasta llegar a la costa de A Coruña, donde falsificó la documentación del bergantín y vendió a buen precio todo el botín conseguido en sus sangrientos abordajes.

Pero claro, toda historia tiene su aquel, y esta lo encontró en la costa gaditana. Pues el pirata Soto Aboal y su Burla Negra se dirigían a la costa de Berbería a vivir de las rentas y del temor infundido por su fama cuando, como si de un grumete se tratase, cometió un error de bulto, tanto que parecía nuevo en un barco. Al bordear la costa gaditana confundió el faro de la Isla de León con el de Tarifa, y acabó encallando a tiro de piedra de donde ya había abierto sus puertas el Ventorrillo del Chato. Allí, las autoridades de Marina hicieron la vista gorda en un primer momento, hasta que un marinero inglés que había sufrido en uno de sus violentos abordajes lo reconoció paseando por la ciudad de Cádiz, siendo finalmente detenido junto a alguno de sus hombres. Todos ellos fueron encarcelados salvo el capitán Soto Aboal que consiguió escapar de Cádiz y refugiarse en Gibraltar, donde sería detenido poco después.

La suerte que hasta entonces había sonreído al pontevedrés se le acabó en la colonia inglesa. Conociendo el historial del español, y su obsesión por atacar barcos ingleses, sus captores se frotaron las manos pensando en el futuro que le esperaba al español. Pasó diecinueve meses encarcelado en el Peñón, mientras sus antiguos compañeros eran ejecutados exponiéndose sus cabezas en Cádiz. Intentando así Fernando VII, hacer valer su entredicho poder ante los liberales de Cádiz, que habían cometido el error de crear la primera constitución española, mientras él regalaba el trono y el país a los hermanos Bonaparte.


La ejecución por ahorcamiento de Benito Soto Aboal no fue menos curiosa que su vida. Fue el 25 de enero de 1830, la lluvia que caía sobre Gibraltar empapaba al reo, al cura, al verdugo y a la gente que esperaba el ajusticiamiento junto al cadalso. El gallego vestido de blanco absoluto recorrió a pie la distancia desde la cárcel, situada en El Castillo del Moro, hasta su lugar de ejecución. Como buen gallego, rudo y sin aspavientos acogió su culpa y se acercó a la soga que el verdugo había colocado demasiado alta. Soto Aboal, ni corto ni perezoso, acercó el ataúd, su propio ataúd que ya lo esperaba, y subiéndose en él introdujo su cabeza en la horca, saltando después rápidamente para que la muerte llegara cuanto antes. Pero de nuevo el verdugo calculó mal, y el reo llegó con sus pies al suelo, teniendo que hacer el ejecutor un agujero en el suelo con una pala, entre las risas generalizas del personal que esperaba la muerte del preso. Las últimas palabras de Benito Soto Aboal, no fueron de reproche, ni de perdón, simplemente dijo “Adiós a todos, el espectáculo ha terminado”. Tal vez por aquel entonces, el poeta José de Espronceda, admirador y contemporáneo de Soto Aboal, ya hubiese comenzado a escribir su conocida obra La canción del Pirata, que le dedicó.

jueves, 22 de septiembre de 2016

LA EXPEDICIÓN MALASPINA


        Fue marinero, ilustrado e inteligente, mucho más de lo que se puede decir de los políticos y gobernantes de su época. Su nombre, Alejandro Malaspina, español de origen italiano, sobrino del virrey de Sicilia. Él, aprendió todos los rudimentos de navegación en la isla de Malta, viajero empedernido y luchador nato recorrió el globo varias veces, y pasó la mayor parte de su vida repartiendo estopa a todo británico que se le ponía a tiro, en esa época la lucha contra la Pérfida Albión era el caramelo más deseado en las manos de un mercenario español.

No tuvo una vida fácil, se puede decir que fue uno de los grandes perdedores de nuestra historia, un gran hombre que hizo mucho por su país y que fue relegado, olvidado y su honor pisoteado por sus gobernantes, cuatreros con valija diplomática. Incluso fue denunciado ante la Inquisición por hereje, por lo visto también tenía “buenos amigos”. En este asunto, Malaspina tuvo suerte y no fue juzgado, porque ese mismo año participó en el tercer asedio a Gibraltar, y no cabía duda por muy inquisidor que se fuera, un tipo como Alejandro Malaspina estaba mejor dando cañonazos a los protestantes en el Peñón, que ardiendo en una pira a afueras de Madrid por culpa de una posible acusación falsa- como la mayoría- de un compañero o vaya usted a saber de quién.

El caso es que un día del año 1788, él y su amigo José Bustamante y Guerra convencieron al rey Carlos III para llevar a cabo una expedición político-científica por la mayor parte de las posesiones españolas en el mundo. El rey, casi en su lecho de muerte aceptó, y ese mismo año zarparon dos corbetas -la Descubierta y la Atrevida- del puerto de Cádiz-allí una placa lo recuerda-. Embarcados en ellas, además de los dos intrépidos viajeros iban botánicos, geólogos, astrónomos, cartógrafos y dibujantes. Durante más de seis años recorrieron América y Asia, desde el río de La Plata a Vancouver y desde California a Manila, portando a la vuelta una cantidad ingente de información, colecciones de botánica y minerales, así como más de setenta nuevas cartas náuticas de América. Más información de la que recogería ningún otro marinero o estudioso en toda la historia de España. Con  esta carta de presentación sería lógico pensar que a su vuelta, Alejandro Malaspina y José Bustamante y Guerra fueran recibidos con todos los honores, se les levantara una estatua y fueran recordados como unas de las personas más importantes de la historia del país. Pero no, nada más lejos de la realidad, en vez de recibir un homenaje, les apalearon, así se portó la sociedad de la época con ellos, una sociedad desagradecida, corrompida y oportunista. No se sorprendan, en tres siglos tampoco ha cambiado tanto.

A su vuelta en el año 1794 ya no gobernaba Carlos III, partidario de la contribución al enriquecimiento de la cultura, sino su hijo Carlos IV. El rey, pidió que le presentaran el informe del viaje a su primer ministro, Manuel Godoy. Éste, por  entonces ya tenía en sus manos los designios de España, y al recoger el importante informe del viaje dio una palmadita en la espalda a Malaspina, lo nombró brigadier para quitárselo de encima y le dijo, “ya te llamaremos”. Lo que no le dijo era que su gobierno no pensaba publicar ninguno de los nuevos datos conseguidos tras la expedición, que el asunto estaba muy mal con eso de la guerra del Rosellón, y que tenían a los franceses en la frontera esperando el mínimo fallo de él y de sus muchachos para saltar encima de la corona hispana. En fin, que no estaba el aceite para buñuelos, ni las arcas del estado para gastar dinero en cultura y descubrimientos.

Si todo esto hizo caer en el desconcierto y  el desengaño al soldado Malaspina, la resolución  tomada por Godoy después de leer el informe del viaje acabó de abrir los ojos del marinero. En el informe político y confidencial se hablaba de forma favorable de la idea de ampliar la autonomía de las colonias, lo que fue tomado por Godoy como un acto de traición contra el reino y la corona. Alejandro Malaspina viéndose sentenciado por los acontecimientos decidió morir matando, y participó en la conspiración de 1795 para derribar al primer ministro del rey Carlos IV. La revolución fracasó, y tras un dudoso juicio Malaspina fue a dar con sus huesos a la cárcel del castillo de La Coruña. Cierto es, que aunque este movimiento no fructifico dejó sentenciado el poder de Godoy, fraguándose años más tarde su caída definitiva durante el motín de Aranjuez en el año 1808.

Finalmente al defenestrado Malaspina lo salvó Napoleón Bonaparte, deportándolo a Italia donde formó parte de la nueva idea de gobierno napoleónico en esa península. Por supuesto, no volvió a pisar tierra española en el resto de su vida.


Por otro lado, su trabajo de  investigación estuvo amontonado e inutilizado durante noventa años, cuando Pedro de Novo decidió hacerlo público pero de forma parcial, ya que una gran parte de los estudios se perdieron para siempre. Hoy en día, su labor aún no ha sido reconocida, su figura junto a la de José Bustamente sigue a la sombra de otros viajeros, como Cook, La Pérousse o Bougainville. El nombre y la obra de Alejandro Malaspina no figura en la memoria colectiva, ni en los libros de historia, tampoco sus retratos cuelgan de las paredes de las grandes galerías de los museos, salvo en la del museo naval de Madrid. Como otros muchos grandes personajes valedores de nuestra cultura y nuestra historia, Malaspina y Bustamante han sido olvidados y despreciados por el paso de los años y de la historia patria. Esperemos que pronto sean reconocidos como se debe.




jueves, 7 de julio de 2016

MARE MORTUM


                Hay pocas oenegés que merezcan tanto mi admiración y respeto como Médicos sin Fronteras. No ya por su oficio, importante y necesario sin duda, sino por su actitud. En un mundo repleto de salvapatrias trafulleros, de cínicos con moral laxa y verdaderas aberraciones humanitarias con valija diplomática, la actitud de los miembros de Médicos sin Fronteras es un ejemplo de integridad. Una bofetada de sentido común contra la aberrante estulticia emanante de las instituciones gubernamentales, y de los países miembros de esa casa de putas a la que muchos siguen denominando Unión Europea. Su lucha ten con ten contra la política anti refugiados de la Unión es, como mínimo, un analgésico contra tanto mal nacido.

            Tras el bochornoso pacto entre la Unión Europea y Turquía para que estos últimos se quedaran con todos los refugiados a cambio de seis mil millones de euros, los de Médicos sin Fronteras han comenzado a hacer la guerra por su cuenta: y la van ganando. Su último puñetazo sobre la mesa, pero que los políticos de la Unión ─de tener alma─ habrán recibido sobre sus caras, ha sido rechazar cualquier fondo de la Unión Europea y de sus países miembros por su degradante, insidiosa e inútil política migratoria. Mientras hacen esto, por otro lado han lanzado su barco ─el Dignity I─ al Mediterráneo, para salvar a todos los refugiados que les sea posible de los tres puntos más peligros que les acechan en cuanto deciden salir de sus países devastados: los grupos terroristas, morir ahogados, o caer en manos de los guardacostas sin corazón, que les apalean justo cuando están a punto de morir de cansancio y deshidratación.

Así, esta oenegé hace frente a la tragedia de los refugiados sirios, drama por sí sólo, que se ha enquistado con la venta de personas en pleno siglo XXI. Todo después ─no lo olviden─ de que los próceres de todo a cien que nos gobiernan ─cuando hay un idiota en el poder es porque los que lo eligieron están bien representados─ revolvieran con cerillas y gasolina el avispero de Oriente Medio. Después de que el trío de la Azores montara su particular orgía de sangre, odio y petróleo ─armas de destrucción masiva inexistentes de por medio─ en Irak. Ese fue el inicio, la chispa que encendió la mecha, el culpable de que hoy el asunto en Oriente Medio pinte a dulce de leche con picatostes.

 Recuerden la guerra de Irak, lo que nos decían y lo que ha resultado ser. Ahora que se sabe la verdad, ahora que se sabe que lo de las armas de destrucción masiva fue un cuento chino, ahora que los informes declaran que todo fue una mentira para conseguir el petróleo, ahora que se ha demostrado que el país y la zona es más insegura y peligrosa que antes de la actuación del trío salvapatrias y sus palmeros de gabinete. Pues bien, ahora va nuestro Pinocho patrio Federico Trillo, gran estratega y mejor persona, y dice que España no participó y que por eso a nosotros lo de los refugiados ya tal... Con dos cojones. Pero dejemos esto para otro día, que ya noto como me cae la salivilla por el colmillo y no es lo que buscaba.

 A lo que iba. Después de meter la pata hasta el corvejón, pasándose por la calandria a Sadam ─que era un sátrapa y un cabrón con balcones a la calle, pero que tenía controlados a todos los demás cabroncetes de la zona─, el trío de las Azores se largó dejando el país hecho unos zorros, y con toda una panda de descerebrados buscando ocupar el espacio de poder dejado por Sadam y sus muchachos a base de bombazos, inmolaciones y sacar lustre al Kalashnikov entre las vísceras del primero que se ponga a tiro. Un espacio, que tras una invasión no sé si ilegal, pero si inmoral y chapucera que te rilas, la triple Alianza de las Azores no quiso, o no supo, controlar porque no contaban con un plan B ─visto lo visto,  dudo que tuvieran ni tan siquiera un plan A─. Su idea, los imagino planeándolo todo sobre un mapa dibujado por Bush junior, era: llegamos, ganamos a los malos y nos vamos en dos días con las alforjas llenas de petrodólares, para que después nuestros respectivos conciudadanos ─aquí podemos poner súbditos─ nos reciban en una cabalgata de confetis y aplausos al más puro estilo Yankee.

Pero claro, como suele ocurrir en estos casos, el marrano les salió mal capado y ahora tenemos decenas de guerras civiles, centenares de grupos armados que controlan los múltiples Reinos de Taifas que son los países en conflicto, y millones de personas que tienen que huir de sus países de origen, no porque no haya trabajo o porque el gobierno sea corrupto y les robe el futuro como pasa en España, sino porque esos tipos del fusil de asalto y las bombas en los chalecos los están masacrando solo por existir. Familias enteras, no solo pobres y sin recursos, sino acomodadas y con una vida trabajada y ganada a pulso como la suya querido lector, se ven lanzándose desesperadamente al mar Mediterráneo en busca de no ser masacrados en sus propias casas. Para después de todo, ver como la fragante y dicharachera Europa ─esa casa de putas, que les avivó el avispero donde ahora mueren a centenares─ se lava las manos, sin querer saber nada de ellos, malvendiéndoles como productos de segunda mano a Turquía.

Eso los que tienen suerte, porque otros no llegan, ampliando la lista de ahogados en el Mare Nostrum de los romanos, y que ahora nuestra civilización ─si es que a la Europa de hoy se la puede considerar civilizada─ deberían rebautizar como Mare Mortum, pues es la fosa común más grande y olvidada del mundo.

jueves, 23 de junio de 2016

¡SON LO SALARIOS, IDIOTAS!


          Por fin termina la campaña electoral, la segunda en menos de un año, y con ella se van las promesas electorales que no se cumplirán cuando alguien forme gobierno, si es que nuestros políticos son capaces de llegar a un acuerdo más allá del de no estar de acuerdo en nada. Cosa que dudo.

            Sólo hay una cosa más tediosa y que más pereza me produzca que una campaña electoral: dos campañas electorales. Sobre todo cuando son consecutivas y fruto de la inutilidad de parlamento y de capacidad de negociación de los políticos que se supone representan a los ciudadanos. Una segunda campaña vacía de contenido, pues ya todo se dijo en la anterior de hace unos meses. Lo de ahora es solo un refrito, unas repeticiones insustanciales y lánguidas de los mismos miedos, de las mismas amenazadas, de las mismas frases inocuas que no convencen a nadie que no tuviera convencidos ya.

Una campaña cara y pesada, tan sólo animada por los pies fuera del tiesto sacados por algún político menor, al que su fanatismo y su falta de conocimiento de la capacidad acogotadora del Gólgota digital que son las redes sociales, le han llevado a hacer el ridículo y a rectificar después del pescozón recibido por sus superiores. Las redes sociales son capaces de devorar a cualquier estúpido que intente utilizarlas para manipular, para atacar a base de frases y trendingstopics absurdos, o para publicitar aplausos a sus políticos favoritos detrás de perfiles falsos. Esos a los que su estómago debe agradecer ser alguien en el partido. Ese sueño tan español, tan perentorio y tan demostrativo de lo que es la sociedad hispana: el ser alguien, lo que sea, que mi vecino me envidie por ser alguien que él no es. Que me tema por mi posición. Que me odie como yo le odiaría a él si estuviera en mi misma oposición. Algo tan español que duele.

Allí, en las redes digo, en ese mundo digital en el que muchos viven, también hay radicales, estúpidos, botarates y engendros que se esconden en la red para decir, o ser capaz de expresar algo que no se atrevería a hacerlo en el mundo real, en la sociedad en la que vive, por cobarde o simplemente porque sus ideas, amenazas o bravuconadas son delictivas. Ojo, también hay gente lúcida, que vive en el mundo real, entendiéndolo, comprendiéndolo e interpretándolo, que se deja caer por la red para opinar conscientemente de lo que ve y de lo que se les viene encima, y que son masacrados por estos entes de estómagos agradecidos, fanáticos, estúpidos y delincuentes digitales en potencia. Ahí, como en la vida real, la que se toca, la que huele y duele, hay que saber diferenciar entre el grano y la paja, entre la inteligencia y la estupidez. Entre la BBC y Telecinco.

Con la campaña electoral todos estos factores, estos actores, se lanzan a la crítica fácil, al insulto convulso y a la desinformación cognitiva. Los árboles no les dejan ver el bosque. Lo mismo ocurre con muchos ciudadanos de a pie, que cuando escuchan al político de turno ─el presidente en funciones ese del que usted me habla─ decir que la solución a todos nuestros males será bajar los impuestos, aplauden y montan la algarabía sin pensar más, sin pensar en lo que hay detrás de la promesa que con toda seguridad no cumplirá. Sin pensar que bajar los impuestos no soluciona nada, no soluciona la falta de dinero en muchas casas donde aún entra un sueldo. Mínimo pero un sueldo.


Que el gobierno de turno baje los impuestos no sólo no beneficia a que los más pobres tengan más competitividad económica, más capacidad de abastecimiento. Sino que en caso de hacerlo de verdad, tendrán que pagar una mínima parte menos de lo que ya hacían, mientras el gobierno sube los precios de los productos básicos y congela o recorta más los sueldos. Siendo de nuevo, la bajada de los impuestos ya bajos de por si la pescadilla que se muerde la cola. Esa mágica bajada de impuestos, como todo, solo beneficia a los salarios más altos, a los que más cobran y a los que más dinero llevan ganando a lo largo de la crisis. Los burócratas que no han visto nunca los dientes al lobo, esos tipos trajeados con cuentas en el extranjero y silla perenne en un programa de televisión, donde dan lecciones de moral y ética después de salir de la cárcel por robo y evasión de capitales. Ellos son los dueños de las hambres de todos los ciudadanos.  Por ello, la solución al problema no es bajar los impuestos, es subir los salarios que son ridículos. Como lo son las políticas de trabajo presentadas por nuestros políticos en los últimos treinta años. 

jueves, 9 de junio de 2016

EL MAUSOLEO DEL PRIMER PRESIDENTE ARGENTINO


Cuando los restos mortales de Bernardino Rivadavia, a la sazón primer presidente de Argentina-en realidad presidente de las Provincias Unidas del Río de la Plata-, fueron repatriados desde Cádiz a Buenos Aires, se le recibió con honores de capitán general. Con anterioridad el expresidente Bartolomé Mitre lo describió como “el más grande hombre civil de la tierra de los argentinos”, a pesar de que Rivadavia había dejado en su testamento dada la orden de que su cuerpo no fuera enterrado en la ciudad de Buenos Aires, y mucho menos en Montevideo.

Rivadavia fue un tipo complicado, duro, que aún hoy tiene muchos partidarios y detractores en el país-eso entre los que lo conocen a él y su obra, por supuesto-. Tuvo importancia en la lucha para frenar primero, y expulsar después a los ingleses tras ambas invasiones, lo que hizo que se convirtiera en una personalidad destacada tras la caída del virrey Cisneros. Ocupó cargos como ministro y diplomático antes de ocupar la jefatura de gobierno durante los años1826 y 1827, siendo el primer presidente de todo el futuro territorio argentino. Finalmente renunció al cargo, sobre todo por dos aptitudes que no gustaron a sus coetáneos; primero su gusto por la centralidad de Buenos Aires sobre el resto del territorio, lo que levantó el recelo de los políticos del resto del país, y segundo, por el empréstito que firmó con el banco británico Barinng Brothers. Este segundo punto ayudó a crear algo más típico en Argentina que el dulce de leche y el tango juntos, la deuda exterior. Por supuesto también hizo cosas bien durante su labor como diplomático, para conseguir que los grandes países europeos apoyaran la independencia del país, de ahí sus amores y odios entre los argentinos.


            En 1829 viajó a España, pues su labor diplomática no la abandonó nunca, y a su vuelta al país en 1834, las autoridades del momento no le permitieron desembarcar, por lo que tuvo que radicarse primero en Uruguay-Mercedes y Colonia-, y después en Brasil. Para finalmente abandonar américa para siempre e instalarse en la ciudad de Cádiz, donde moriría en 1845. Fue entonces cuando expresó su deseo de no volver a Argentina ni muerto. Pero como suele pasar con todos los próceres de esa época, a los que no se reconoció su labor en vida, tampoco se respetó sus decisiones en muerte, y en 1857 su última voluntad se saltó por encima y sus cenizas llegaron a Buenos Aires.

          En el año 1932, se decidió levantar un monumento en honor al primer presidente en el centro de Buenos Aires. Se eligió la plaza de Miserere, en el corazón del barrio de Balvanera, aunque entonces ya era conocida por todos los bonaerenses como plaza de Once. La plaza recibe el nombre de plaza de Miserere en honor a un vecino de la zona del siglo XVIII, era el dueño de esas tierras y tenía fama de misericordioso con los más necesitados. El lugar tuvo mucha importancia histórica desde 1807, cuando Santiago de Liniers con sus tropas frenó allí por primera vez en avance de las tropas inglesas, en lo que por aquel entonces se conocía como Hueco de Miserere o Corrales de Miserere. La zona albergaba una especie de estacionamiento de carros que llegaban a la ciudad desde el oeste, y más tarde albergaría el importante mercado de 11 de septiembre de 1852-denominado así en honor al día de la revolución contra el general Urquiza que gobernaba el país tras la batalla de Caseros. Esta revolución mantuvo a la provincia bonaerense independiente del país durante diez años-, de ahí que hoy se denomine la plaza y la zona como barrio de Once, a pesar de pertenecer al barrio de Balvanera. Hoy Once es recordado por las dos mayores tragedias acaecidas en el país durante la última década; el accidente ferroviario de Once, y la tragedia dentro del boliche República de Cromañón.

            El mausoleo de Rivadavia es el único de un prócer argentino colocado en una plaza pública de la ciudad, aunque mucha gente no lo sabe, y cree que el monumento que se levanta en el centro de la plaza, rodeado de árboles y de basura no es más que eso, una escultura. Pero en su interior, a cuatro metros bajo tierra, se encuentran las cenizas del primer presidente patrio, dentro de una urna realizada en cianita negra, un cristal de roca al que se le atribuyen propiedades energéticas.

El resto del mausoleo creado por Rogelio Yrutia- uno de los escultores argentinos más importante de la época y al que se le compara con el francés Auguste Rodín. Si observamos su obra Canto al trabajo, vemos su gran parecido compositivo y plástico con Los Burgueses de Calais creada por el francés-, lo forman mil seiscientos bloques de piedra traídos desde Alemania, y que crean una construcción de quince metros de ancho, veinticuatro de largo y hasta nueve de alto, rematado por las figuras de la alegoría de la república y del propio Bernardino Rivadavia, acompañados por la representación de un hombre joven-símbolo de energía y vitalidad-, y una imagen de Moisés- ejemplo de sabiduría-.

Hoy en día el mausoleo se encuentra abandonado por gobernantes y vecinos, apartado de la zona más noble de la ciudad, fuera de todo recorrido turístico, rodeado a diario de colectivos que tienen una de sus principales paradas de la ciudad ante él,  cubierto de basura y polución, atestado de puestos ambulantes que ofrecen de todo a los viajeros que entran y salen de la estación ferroviaria de Once, y de punguistas-o carteristas- que intentan robar a cualquiera de los transeúntes de la zona. La base del mausoleo aparece totalmente cubierta de pintadas que no se borran, durante las noches se convierte en los baños públicos más usados de la zona, que alberga muchos bares y boliches. Los restos de uno de los procesar más importante del país, se encuentran abandonados, olvidados, vilipendiados, pisoteados y cubierto de pintadas y fluidos humanos. Que diferencia con el mausoleo de otro héroe patrio del antiguo Virreinato de La Plata, en este caso alzado en la plaza de la Independencia de Montevideo en honor a Artigas. Las comparaciones siempre son odiosas lo sé, pero éstas le dan de nuevo la razón a Rivadavia, cuando se negó a ser enterrado y homenajeado en su país. Como si supera con muchos años de antelación cuál iba a ser su final.

jueves, 14 de abril de 2016

LA MUJER QUE DIJO CONVERTIRSE EN CALABAZA

          
           «A las doce de la noche me convierto en calabaza.» Esa fue la última frase pronunciada por la expresidenta de Argentina, Cristina Fernández, antes de abandonar el poder del país latinoamericano. Después se retiró a su lujosa mansión construida en El Calafate ─Patagonia argentina─ que mantiene con un dinero que ahora parece que puede traerle dolores de cabeza ─todos los dolores de cabeza que le puede acarrear a un político una acusación de corrupción, que me temo son pocos─.

La acusación por compraventa de dólares ─por la que también han declarado el exministro de economía y el exdirector del Banco Nacional─ no la asusta, se vio ayer en los tribunales porteños de Comodoro Py, cuando fue ovacionada por una marea de militantes y simpatizantes organizados por La Cámpora. Desde el primer minuto éstos ocuparon la avenida, permitiendo o no el paso a los que ellos querían, agrediendo incluso a periodistas contrarios a su líder, lanzando gritos, insultos y amenazas al juez Bonadio que le tomaba declaración en su interior. Hace un par de días la hija del magistrado aseguró, a través de una red social, que ni su padre ni nadie de su familia tenían intención de suicidarse, en clara referencia al caso del fiscal Nisman, aún por resolver.

La salida de los juzgados de Fernández de Kirshner fue sin duda una puesta de largo, un acto inaugural, un pistoletazo de salida en el plan de la posible nueva candidata para las elecciones del 2019 por el partido peronista Frente por la Victoria. Un mitin en toda regla, una jugada maestra de Fernández de Kirchner, convirtiendo su acusación por corrupción ─ le sobrevuela otra por concesión ilegal de obras públicas y lavado de dinero. El constructor cercano a ella y a su partido, Lázaro Báez, ya ha sido detenido y puesto a disposición judicial─ en un acto político, quizá el primero de la próxima campaña electoral. Allí decidió escudarse detrás de una supuesta persecución política, escondiendo la verdadera razón por la que se le juzga a ella y parte de su plantel: la corrupción y el robo de fondos públicos. Ha buscado, para sus seguidores lo ha conseguido, igualar esa citación judicial a la persecución, expulsión y escarnio público que recibieron Hipólito Irigoyen en 1930 y Juan Domingo Perón en 1955.

Mal futuro le espera a un país en el que la supuesta izquierda se comporta como la derecha ─Perón, su líder histórico, ya se refugió en la España franquista cuando fue derrocado. Tal vez por ello, la expresidenta busque reflejarse en la figura mucho más social de Evita, y ni siquiera quiera recordar a Isabelita─, y donde la derecha se comporta como se esperaba de ella: ajustes, tarifazo, subida de precios, despidos y recortes. Donde el cabeza del nuevo gobierno de la derecha, Mauricio Macri del Pro, aparece tras poco más de cien días de gobierno en los papeles de un paraíso fiscal de Panamá. Una derecha que a pesar de intentarlo, no ha disipado ─quizás no lo consiga nunca─ los fantasmas de la dictadura, de los milicos y de los desaparecidos. Que ha subido los impuestos y los precios del trasporte de la capital ─aunque eso tiene truco, pues las demás provincias pagaban ya muchos más impuestos para que en la capital y su provincia los gastos de luz, agua y trasporte salieran casi gratis a sus habitantes─. Con un jefe de legislatura en la capital, Horacio Larreta, que prácticamente le puso la pistola en la mano y la bala en el corazón de René Favarolo, una de las mentes más brillantes del país, que se suicidó ahogado por las deudas derivadas de las facturas no pagadas por la organización que el ahora “alcalde” de la capital dirigía en aquel momento.


Un país que en vez de respuestas, ante el más que posible fraude fiscal del presidente de la nación, se encuentra con la posición de barras bravas llevada a la política nacional por la oposición. Con su heroína acusada de corrupción, y que usa cualquier motivo para darse un baño de masas. Capaz de movilizar a una gran parte de la sociedad que la apoya hasta en sus desbarres, en sus sucios tejemanejes que la hicieron mucho más rica a la vez que hacían a los argentinos muchos más pobres. Una actuación mucho más cercana a la del líder de una secta que a la de un partido político, que ya moviliza a sus militantes para tumbar el gobierno elegido en las urnas, como ya hicieron antes con  Ricardo Alfonsín o el de Fernando de la Rúa. Pero de eso ya parece no acordarse nadie. Tal vez ese sea el problema, la desmemoria que ayuda a que los gobiernos se comporten como se comportan: paternalistas y corruptos, sea cual sea su ideología, si es que aún saben que es eso. Al fin y al cabo, y de eso sabemos mucho en España, la corrupción la siguen amparando muchos ciudadanos en las urnas, para después salir a las calles a jalear a sus líderes, en vez de esconderse y maldecirlos por haberles utilizado.