jueves, 21 de enero de 2016

EL PUENTE DE LOS ALEMANES


            La noche del quince al dieciséis de diciembre de 1900 saltó el viento del sudoeste sobre la bahía de Málaga, según avanzaban las horas el mar pasó de la calma total a una mar gruesa. Casi amaneciendo, el temporal de Levante se desplegó con toda su voracidad. La Comandancia de Marina de la ciudad avisó a los barcos cercanos para que se refugiaran en puerto, todos hacen caso a la autoridad portuaria menos uno.

            Así comienza la trágica historia de la fragata de guerra alemana SMS Gneisenau, siendo la única nave que hizo caso omiso a la recomendación de la Comandancia, tal vez por no recibirla, por no entenderla o por vanidad ─el mayor enemigo de los que se internan en el mar creyéndose superior a él─, se quedó alejado del puerto. Tal vez su comandante, el alemán Kretschmann, pensó que su nave de dos mil ochocientas cuarenta y tres toneladas, con catorce cañones y cuatrocientos tripulantes a bordo, era lo suficientemente robusta como para hacer frente a un temporal en el mar Mediterráneo. Se equivocó.

            A las once y media de la mañana los anclas de la gran nave garreaban, incomprensiblemente, entre el fondo arenoso de la bahía, sin que nada pudiera frenar el avance del viento y las mareas. El caos se desató al soltarse el primer ancla, y se fraguó cuando se soltó el segundo, lanzando la fragata contra las piedras del dique del puerto. La nave alemana que se encontraba a la espera de recoger al embajador alemán de visita en Marruecos, no tuvo tiempo a reaccionar contra lo que se les venía encima, a lo que hubo que sumar la pérdida de su comandante en los primeros minutos de la tragedia. Un golpe de mar se lo llevó por la borda cuando comenzaba a organizar el desalojo de la nave.

        Ya sin el comandante Kretschmann a bordo, sus hombres deciden buscarse la vida como buenamente pudieron y comenzaron a lanzar los botes salvavidas al agua. Un nuevo error, pues debido al fuerte oleaje, tan pronto como se llenaban las barcazas éstas se hundían en el mar. Los que menos, fueron tragados por las mentirosas aguas del Mediterráneo, mansas hasta el aburriendo en ocasiones pero bravas y violentas ese día. Los que más, murieron al ser mecidos por las fuertes olas, cuya batiente los lanzó como muñecos de trapo contras las rocas del cercano espigón. Allí fue donde murieron la mayor parte de los tripulantes del SMS Gneisenau, y allí también perdieron la vida algunos malagueños, que observadores de la tragedia que se avecinaba desde el primer momento, se lanzaron al espigón y a sus propios botes para socorrer a las tripulantes de la fragata, la cual a esas alturas ya estaba prácticamente sepultada por las aguas, dejando solo a la vista la parte más alta de los tres mástiles y las drizas superiores, que se habían enrevesado como si de una telaraña se tratase al chocar el armazón contra las piedras.

            Las víctimas fueron cuantiosas, y la jornada quedaría grabada por muchos años en la memoria de los malagueños. También lo haría para la historia, pues tras la ayuda y valentía mostrada por los vecinos de la capital andaluza, la reina Regente ─María Cristina de Habsburgo─ en nombre del rey Alfonso XIII concedió a la ciudad el título de Muy Hospitalaria ciudad de Málaga. Frase que desde entonces rotula el escudo de la ciudad.

           Pero la relación entre Málaga y Alemania no acabaría ahí, sino que tan solo siete años después, en 1907, se volverían a encontrar. De nuevo una tragedia natural, de nuevo una oscura noche, donde el tranquilo tiempo se convirtió en drama. En el impasse nocturno de los días veintitrés y veinticuatro de septiembre de 1907, las grandes lluvias hicieron que el río Guadelmedina se desbordara salvajemente a su paso por la ciudad, llevándose por delante, además de veintiún vidas, la mayor parte de los puentes que sobre el río servían de unión entre ambos lados de la ciudad.

           En este caso sería el gobierno alemán el que acudiría en auxilio de los españoles. Cuando las noticias de la riada llegaron al país europeo, se realizó una gran colecta popular para ayudar a los malagueños a recuperarse de la tragedia. Una de estas ayudas sería la donación a la ciudad de un nuevo puente metálico, que se levantaría frente a la iglesia de Santo Domingo.


           Hoy sigue ahí, pintado de un verde grisáceo elegante, sobre un casi seco río Guadalmedina que guarda su cauce por si acaso. En el centro del tiro, colgado de un medio arco decorado con faroles, sigue apareciendo ─junto a otras placas que recuerdan las diferentes restauraciones y movimientos del puente─ la vieja leyenda de su fundación: Alemania donó a Málaga este puente agradecida al heroico auxilio que la ciudad prestó a los náufragos de la fragata de guerra “Gneiseau”. MCM. MCMIX.

No hay comentarios:

Publicar un comentario