jueves, 3 de marzo de 2016

TONTOS DE INFANTERÍA


              Leí hace unos días un artículo en la sección de cultura de un periódico de tirada nacional ─sí, aún existe esa sección en la prensa, aunque bastante camuflada─  un titular que me hizo esbozar una sonrisa ladeada, irónica, un tanto peligrosa ─supongo─, pues la pareja que estaba sentada en la mesa continua a la mía pagó su cuenta, e ipso facto salió a la calle como alma que lleva el diablo al ver mi mueca.

            El artículo hablaba de la última iniciativa del Rijksmuseum de Amsterdam, el museo que acoge la mayor colección de pintura del Siglo de oro holandés, y uno de los más importantes ─y visitados─ de Europa. Su titular: La corrección política entra en el museo. Lo cierto, es que cuando vi en la misma frase las palabras museo y política eche a temblar, y un escalofrío recorrió mi espalda. Siempre me ha llamado la atención el interés que tiene la sociedad actual en que la corrección política se expanda por todos sus ámbitos; la universidad, las reales academias, los museos, la tasca de la esquina… Pero sin embargo, nadie se plantea en obligar con la ley y el Código penal en la mano que los políticos sean correctos. O al menos que sean legales y decentes ─tampoco le quiero pedir peras al olmo─ y dejen de saltarse todas las leyes para su propio interés y el de sus amiguetes y cuñados.

            El caso, que me voy por las ramas, es que el museo quiere eliminar vocablos de más de trescientas obras de arte ─entre dibujos, grabados y lienzos─, que consideran despectivos. Tales como negro, indio, cafre, enano, esquimal o moro. Y que en un futuro inmediato serán renombrados con apelativos más precisos que, según los miembros del museo, serán más representativos de su etnia o población, y no se expresarán en su forma genérica como hasta ahora. Todo esto siempre según Martine Gosselink, responsable del departamento de historia del Rijksmuseum y con el apoyo de Win Pijbes, director del mismo, el que por cierto ─supongo que no tendrá nada que ver─ acaba de anunciar que deja el Rijksmuseum para pasar a dirigir una opulenta, y aún en construcción, sala de arte privada situada en el Wassenaar, el barrio más exclusivo de La Haya.

            Se basan en la afirmación de que en esos cuadros hay expresiones que ya no se usan ─supongo que se refiere al apelativo negro o moro, que como bien sabe usted querido lector nadie pronuncia desde hace años─,  y en que en el uso del vocabulario diario deberíamos evitar utilizar ciertas palabras hirientes ─aquí supongo que se refiere a lo de esquimal─. Prometiendo además, que se hará un estudio pormenorizado antes del cambio de apelativo, para identificar la rama concreta del poblado o del grupo étnico al que pertenecen. Imagínense, por ejemplo, el nuevo título del cuadro Esquimales en el río Clijde (1822), que podría pasar a ser: Supuestos inuits, o yupiks, quien sabe si tal vez naucanos o aluutiqs en el río Clijde (1822). Y así con el resto de las trescientas obras.

Posiblemente la explicación a estos cambios de apelativos sea mucho más sencilla de entender, sobre todo si nos fijamos en que la intención del museo es sólo cambiar las obras que hacen referencia, o derivan de la época colonial holandesa. Es decir, el cambio se lleva a cabo por limpieza histórica, para abrillantar las conciencias de los actuales moradores y dirigentes del país, que ven en la vieja actuación de sus antepasados una forma esclavista y poco humanitaria.

Es así como de nuevo vuelve a la palestra lo políticamente correcto, que no lo fonética o históricamente correcto, pues eso sería reconocer que los cambios se hacen en aras de limpiar la imagen de los antiguos colonialistas holandeses, e intentar subsanar todas sus actuaciones esclavistas y absolutistas en el continente africano. Sin embargo, se amparan en la estúpida explicación de que los títulos no fueron puestos por los autores de las obras, sino por historiadores o conservadores posteriores. Supongo entonces, que la conservadora y el director de la pinacoteca holandesa, estarán de acuerdo en eliminar el termino Barroco de la historia del arte, pues el apelativo apareció por primera vez un siglo después del movimiento artístico, y también de la mano de conservadores o críticos ilustrados, que veían ese arte como algo extravagante y desprestigiado. De ahí su nombre, que es tomado de la palabra portuguesa barocco, término que  hacía referencia a una perla irregular con deformaciones. Elegido para ello, por supuesto, por su tono despectivo.

            No pude evitar recordar una frase de una catedrática en lingüística ─antigua profesora y actual amiga─ que siempre, cuando alguien daba rodeos para no pronunciar tal o cual palabra, soltaba una lapidaria frase: la palabra perro no muerde señores míos. No sean pazguatos y hablen con propiedad, que el diccionario de la lengua recoge esos términos, no porque los académicos se empeñen en conservarlos a capa y espada, sino porque la gente los sigue utilizando en el día a día.

Al final del artículo, hablaba también Guido Gryseels, belga y director de la Sala del Real Museo para África Central, que tiene el discutido honor de ser la única institución colonial de esa clase en el mundo. Él también se muestra a favor de los cambios, y cree además que debería extenderse dicha práctica a todos los museos europeos. Lo dice justo después de declarar: que los descendientes de los esclavos representados en esas pinturas se niegan a que se produzcan dichos cambios, pues cuando sus antepasados fueron esclavizados y llevados por la fuerza a América nadie se preocupó de saber a qué étnica pertenecían. Y supongo que después se quedaría tan ancho y se iría a tomar una cerveza.


 Desde luego no sé de qué me asombro, la idiotez es congénita y contagiosa, y cuando la política entra en algo que tenga que ver con la cultura o la educación, la cultura y la educación salen por la ventana y se esconde lo más lejos posible. Por si acaso, evitando las posibles represalias. 

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