jueves, 9 de junio de 2016

EL MAUSOLEO DEL PRIMER PRESIDENTE ARGENTINO


Cuando los restos mortales de Bernardino Rivadavia, a la sazón primer presidente de Argentina-en realidad presidente de las Provincias Unidas del Río de la Plata-, fueron repatriados desde Cádiz a Buenos Aires, se le recibió con honores de capitán general. Con anterioridad el expresidente Bartolomé Mitre lo describió como “el más grande hombre civil de la tierra de los argentinos”, a pesar de que Rivadavia había dejado en su testamento dada la orden de que su cuerpo no fuera enterrado en la ciudad de Buenos Aires, y mucho menos en Montevideo.

Rivadavia fue un tipo complicado, duro, que aún hoy tiene muchos partidarios y detractores en el país-eso entre los que lo conocen a él y su obra, por supuesto-. Tuvo importancia en la lucha para frenar primero, y expulsar después a los ingleses tras ambas invasiones, lo que hizo que se convirtiera en una personalidad destacada tras la caída del virrey Cisneros. Ocupó cargos como ministro y diplomático antes de ocupar la jefatura de gobierno durante los años1826 y 1827, siendo el primer presidente de todo el futuro territorio argentino. Finalmente renunció al cargo, sobre todo por dos aptitudes que no gustaron a sus coetáneos; primero su gusto por la centralidad de Buenos Aires sobre el resto del territorio, lo que levantó el recelo de los políticos del resto del país, y segundo, por el empréstito que firmó con el banco británico Barinng Brothers. Este segundo punto ayudó a crear algo más típico en Argentina que el dulce de leche y el tango juntos, la deuda exterior. Por supuesto también hizo cosas bien durante su labor como diplomático, para conseguir que los grandes países europeos apoyaran la independencia del país, de ahí sus amores y odios entre los argentinos.


            En 1829 viajó a España, pues su labor diplomática no la abandonó nunca, y a su vuelta al país en 1834, las autoridades del momento no le permitieron desembarcar, por lo que tuvo que radicarse primero en Uruguay-Mercedes y Colonia-, y después en Brasil. Para finalmente abandonar américa para siempre e instalarse en la ciudad de Cádiz, donde moriría en 1845. Fue entonces cuando expresó su deseo de no volver a Argentina ni muerto. Pero como suele pasar con todos los próceres de esa época, a los que no se reconoció su labor en vida, tampoco se respetó sus decisiones en muerte, y en 1857 su última voluntad se saltó por encima y sus cenizas llegaron a Buenos Aires.

          En el año 1932, se decidió levantar un monumento en honor al primer presidente en el centro de Buenos Aires. Se eligió la plaza de Miserere, en el corazón del barrio de Balvanera, aunque entonces ya era conocida por todos los bonaerenses como plaza de Once. La plaza recibe el nombre de plaza de Miserere en honor a un vecino de la zona del siglo XVIII, era el dueño de esas tierras y tenía fama de misericordioso con los más necesitados. El lugar tuvo mucha importancia histórica desde 1807, cuando Santiago de Liniers con sus tropas frenó allí por primera vez en avance de las tropas inglesas, en lo que por aquel entonces se conocía como Hueco de Miserere o Corrales de Miserere. La zona albergaba una especie de estacionamiento de carros que llegaban a la ciudad desde el oeste, y más tarde albergaría el importante mercado de 11 de septiembre de 1852-denominado así en honor al día de la revolución contra el general Urquiza que gobernaba el país tras la batalla de Caseros. Esta revolución mantuvo a la provincia bonaerense independiente del país durante diez años-, de ahí que hoy se denomine la plaza y la zona como barrio de Once, a pesar de pertenecer al barrio de Balvanera. Hoy Once es recordado por las dos mayores tragedias acaecidas en el país durante la última década; el accidente ferroviario de Once, y la tragedia dentro del boliche República de Cromañón.

            El mausoleo de Rivadavia es el único de un prócer argentino colocado en una plaza pública de la ciudad, aunque mucha gente no lo sabe, y cree que el monumento que se levanta en el centro de la plaza, rodeado de árboles y de basura no es más que eso, una escultura. Pero en su interior, a cuatro metros bajo tierra, se encuentran las cenizas del primer presidente patrio, dentro de una urna realizada en cianita negra, un cristal de roca al que se le atribuyen propiedades energéticas.

El resto del mausoleo creado por Rogelio Yrutia- uno de los escultores argentinos más importante de la época y al que se le compara con el francés Auguste Rodín. Si observamos su obra Canto al trabajo, vemos su gran parecido compositivo y plástico con Los Burgueses de Calais creada por el francés-, lo forman mil seiscientos bloques de piedra traídos desde Alemania, y que crean una construcción de quince metros de ancho, veinticuatro de largo y hasta nueve de alto, rematado por las figuras de la alegoría de la república y del propio Bernardino Rivadavia, acompañados por la representación de un hombre joven-símbolo de energía y vitalidad-, y una imagen de Moisés- ejemplo de sabiduría-.

Hoy en día el mausoleo se encuentra abandonado por gobernantes y vecinos, apartado de la zona más noble de la ciudad, fuera de todo recorrido turístico, rodeado a diario de colectivos que tienen una de sus principales paradas de la ciudad ante él,  cubierto de basura y polución, atestado de puestos ambulantes que ofrecen de todo a los viajeros que entran y salen de la estación ferroviaria de Once, y de punguistas-o carteristas- que intentan robar a cualquiera de los transeúntes de la zona. La base del mausoleo aparece totalmente cubierta de pintadas que no se borran, durante las noches se convierte en los baños públicos más usados de la zona, que alberga muchos bares y boliches. Los restos de uno de los procesar más importante del país, se encuentran abandonados, olvidados, vilipendiados, pisoteados y cubierto de pintadas y fluidos humanos. Que diferencia con el mausoleo de otro héroe patrio del antiguo Virreinato de La Plata, en este caso alzado en la plaza de la Independencia de Montevideo en honor a Artigas. Las comparaciones siempre son odiosas lo sé, pero éstas le dan de nuevo la razón a Rivadavia, cuando se negó a ser enterrado y homenajeado en su país. Como si supera con muchos años de antelación cuál iba a ser su final.

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