jueves, 23 de junio de 2016

¡SON LO SALARIOS, IDIOTAS!


          Por fin termina la campaña electoral, la segunda en menos de un año, y con ella se van las promesas electorales que no se cumplirán cuando alguien forme gobierno, si es que nuestros políticos son capaces de llegar a un acuerdo más allá del de no estar de acuerdo en nada. Cosa que dudo.

            Sólo hay una cosa más tediosa y que más pereza me produzca que una campaña electoral: dos campañas electorales. Sobre todo cuando son consecutivas y fruto de la inutilidad de parlamento y de capacidad de negociación de los políticos que se supone representan a los ciudadanos. Una segunda campaña vacía de contenido, pues ya todo se dijo en la anterior de hace unos meses. Lo de ahora es solo un refrito, unas repeticiones insustanciales y lánguidas de los mismos miedos, de las mismas amenazadas, de las mismas frases inocuas que no convencen a nadie que no tuviera convencidos ya.

Una campaña cara y pesada, tan sólo animada por los pies fuera del tiesto sacados por algún político menor, al que su fanatismo y su falta de conocimiento de la capacidad acogotadora del Gólgota digital que son las redes sociales, le han llevado a hacer el ridículo y a rectificar después del pescozón recibido por sus superiores. Las redes sociales son capaces de devorar a cualquier estúpido que intente utilizarlas para manipular, para atacar a base de frases y trendingstopics absurdos, o para publicitar aplausos a sus políticos favoritos detrás de perfiles falsos. Esos a los que su estómago debe agradecer ser alguien en el partido. Ese sueño tan español, tan perentorio y tan demostrativo de lo que es la sociedad hispana: el ser alguien, lo que sea, que mi vecino me envidie por ser alguien que él no es. Que me tema por mi posición. Que me odie como yo le odiaría a él si estuviera en mi misma oposición. Algo tan español que duele.

Allí, en las redes digo, en ese mundo digital en el que muchos viven, también hay radicales, estúpidos, botarates y engendros que se esconden en la red para decir, o ser capaz de expresar algo que no se atrevería a hacerlo en el mundo real, en la sociedad en la que vive, por cobarde o simplemente porque sus ideas, amenazas o bravuconadas son delictivas. Ojo, también hay gente lúcida, que vive en el mundo real, entendiéndolo, comprendiéndolo e interpretándolo, que se deja caer por la red para opinar conscientemente de lo que ve y de lo que se les viene encima, y que son masacrados por estos entes de estómagos agradecidos, fanáticos, estúpidos y delincuentes digitales en potencia. Ahí, como en la vida real, la que se toca, la que huele y duele, hay que saber diferenciar entre el grano y la paja, entre la inteligencia y la estupidez. Entre la BBC y Telecinco.

Con la campaña electoral todos estos factores, estos actores, se lanzan a la crítica fácil, al insulto convulso y a la desinformación cognitiva. Los árboles no les dejan ver el bosque. Lo mismo ocurre con muchos ciudadanos de a pie, que cuando escuchan al político de turno ─el presidente en funciones ese del que usted me habla─ decir que la solución a todos nuestros males será bajar los impuestos, aplauden y montan la algarabía sin pensar más, sin pensar en lo que hay detrás de la promesa que con toda seguridad no cumplirá. Sin pensar que bajar los impuestos no soluciona nada, no soluciona la falta de dinero en muchas casas donde aún entra un sueldo. Mínimo pero un sueldo.


Que el gobierno de turno baje los impuestos no sólo no beneficia a que los más pobres tengan más competitividad económica, más capacidad de abastecimiento. Sino que en caso de hacerlo de verdad, tendrán que pagar una mínima parte menos de lo que ya hacían, mientras el gobierno sube los precios de los productos básicos y congela o recorta más los sueldos. Siendo de nuevo, la bajada de los impuestos ya bajos de por si la pescadilla que se muerde la cola. Esa mágica bajada de impuestos, como todo, solo beneficia a los salarios más altos, a los que más cobran y a los que más dinero llevan ganando a lo largo de la crisis. Los burócratas que no han visto nunca los dientes al lobo, esos tipos trajeados con cuentas en el extranjero y silla perenne en un programa de televisión, donde dan lecciones de moral y ética después de salir de la cárcel por robo y evasión de capitales. Ellos son los dueños de las hambres de todos los ciudadanos.  Por ello, la solución al problema no es bajar los impuestos, es subir los salarios que son ridículos. Como lo son las políticas de trabajo presentadas por nuestros políticos en los últimos treinta años. 

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