jueves, 29 de septiembre de 2016

EL ÚLTIMO PIRATA ESPAÑOL


        Pontevedrés, el séptimo hijo de catorce hermanos, analfabeto pero espabilado, cruel, sanguinario y arrogante. Fue un pirata en toda regla, sin romanticismos ni medias tintas. Su nombre, Benito Soto Aboal, el único pirata español que llegó a hacerse famoso en los mares bajo la bandera negra. Además es considerado como el último pirata a gran escala de la historia. Un buen pájaro, hablando en plata.

Ya de jovencito se dedicaba al contrabando en su tierra, pero con dieciocho años la costa gallega se le quedó pequeña y partió con destino a Cuba. Llegó finalmente al Caribe en 1823, con 23 años se embarcó en un navío corsario de bandera brasileña que trabajaba como barco negrero-un bergantín de diecisiete cañones y bautizado como El defensor de Pedro-. A pesar de navegar en los primeros tiempos bajo una patente de corso-ya saben, un papel firmado por el rey de turno, que permite saquear a todo barco con bandera de un país enemigo a cambio de un tanto por ciento para el rey firmante-, se dedicaba a rascarle las asaduras a los barcos de la República de Buenos Aires, mientras llevaba esclavos negros desde África a Brasil.

Pronto, las ganas de poder florecieron entre el gallego y sus seguidores de a bordo, fue entonces cuando el capitán del bergantín y sus hombres decidieron quedarse en puerto, temiendo un motín próximo a bordo encabezado por Soto Aboal. Así era, pues el motín estaba preparado, aunque finalmente no fue necesario llevarlo a cabo. Rápidamente el pirata español se hizo con la capitanía del bergantín El defensor de Pedro, que de inmediato fue rebautizado como La Burla Negra. No contento con esto, Benito Soto Aboal ordenó primero encarcelar y luego asesinar a su segundo de a bordo, compañero en el motín y a la vez enemigo. Fue así como comenzó a fraguarse la historia primero y más tarde la leyenda del último pirata.

Tras hacerse con el dominio completo del bergantín y de la tripulación, el aún corsario Soto decidió apartar de sí la patente de corso del gobierno brasileño y comenzar su labor de asalto como un pirata más. Su primera víctima tenía bandera inglesa, fue una fragata mercante llamada Morning-star, seguida por una fragata norteamericana de nombre Topacio donde se hizo con un buen botín. Saqueó, acuchilló a todos sus tripulantes, y hundió la fragata al abandonarlo. Demostró a todos sus seguidores su sadismo por vocación y dejó claro que no aceptaba ninguna traición, para ello mandó asesinar a algunos de sus tripulantes que no comulgaban con sus sangrientos abordajes. Siguió con su campaña de saqueo con otro bergantín inglés, El Britckbarca, entre Las Azores y Cabo Verde, y cerca de las Canarias pasó a cuchillo a toda la tripulación de la fragata -también inglesa- del Sumbury. Hizo lo mismo con todas las embarcaciones que se fueron cruzando en su camino hasta llegar a la costa de A Coruña, donde falsificó la documentación del bergantín y vendió a buen precio todo el botín conseguido en sus sangrientos abordajes.

Pero claro, toda historia tiene su aquel, y esta lo encontró en la costa gaditana. Pues el pirata Soto Aboal y su Burla Negra se dirigían a la costa de Berbería a vivir de las rentas y del temor infundido por su fama cuando, como si de un grumete se tratase, cometió un error de bulto, tanto que parecía nuevo en un barco. Al bordear la costa gaditana confundió el faro de la Isla de León con el de Tarifa, y acabó encallando a tiro de piedra de donde ya había abierto sus puertas el Ventorrillo del Chato. Allí, las autoridades de Marina hicieron la vista gorda en un primer momento, hasta que un marinero inglés que había sufrido en uno de sus violentos abordajes lo reconoció paseando por la ciudad de Cádiz, siendo finalmente detenido junto a alguno de sus hombres. Todos ellos fueron encarcelados salvo el capitán Soto Aboal que consiguió escapar de Cádiz y refugiarse en Gibraltar, donde sería detenido poco después.

La suerte que hasta entonces había sonreído al pontevedrés se le acabó en la colonia inglesa. Conociendo el historial del español, y su obsesión por atacar barcos ingleses, sus captores se frotaron las manos pensando en el futuro que le esperaba al español. Pasó diecinueve meses encarcelado en el Peñón, mientras sus antiguos compañeros eran ejecutados exponiéndose sus cabezas en Cádiz. Intentando así Fernando VII, hacer valer su entredicho poder ante los liberales de Cádiz, que habían cometido el error de crear la primera constitución española, mientras él regalaba el trono y el país a los hermanos Bonaparte.


La ejecución por ahorcamiento de Benito Soto Aboal no fue menos curiosa que su vida. Fue el 25 de enero de 1830, la lluvia que caía sobre Gibraltar empapaba al reo, al cura, al verdugo y a la gente que esperaba el ajusticiamiento junto al cadalso. El gallego vestido de blanco absoluto recorrió a pie la distancia desde la cárcel, situada en El Castillo del Moro, hasta su lugar de ejecución. Como buen gallego, rudo y sin aspavientos acogió su culpa y se acercó a la soga que el verdugo había colocado demasiado alta. Soto Aboal, ni corto ni perezoso, acercó el ataúd, su propio ataúd que ya lo esperaba, y subiéndose en él introdujo su cabeza en la horca, saltando después rápidamente para que la muerte llegara cuanto antes. Pero de nuevo el verdugo calculó mal, y el reo llegó con sus pies al suelo, teniendo que hacer el ejecutor un agujero en el suelo con una pala, entre las risas generalizas del personal que esperaba la muerte del preso. Las últimas palabras de Benito Soto Aboal, no fueron de reproche, ni de perdón, simplemente dijo “Adiós a todos, el espectáculo ha terminado”. Tal vez por aquel entonces, el poeta José de Espronceda, admirador y contemporáneo de Soto Aboal, ya hubiese comenzado a escribir su conocida obra La canción del Pirata, que le dedicó.

jueves, 22 de septiembre de 2016

LA EXPEDICIÓN MALASPINA


        Fue marinero, ilustrado e inteligente, mucho más de lo que se puede decir de los políticos y gobernantes de su época. Su nombre, Alejandro Malaspina, español de origen italiano, sobrino del virrey de Sicilia. Él, aprendió todos los rudimentos de navegación en la isla de Malta, viajero empedernido y luchador nato recorrió el globo varias veces, y pasó la mayor parte de su vida repartiendo estopa a todo británico que se le ponía a tiro, en esa época la lucha contra la Pérfida Albión era el caramelo más deseado en las manos de un mercenario español.

No tuvo una vida fácil, se puede decir que fue uno de los grandes perdedores de nuestra historia, un gran hombre que hizo mucho por su país y que fue relegado, olvidado y su honor pisoteado por sus gobernantes, cuatreros con valija diplomática. Incluso fue denunciado ante la Inquisición por hereje, por lo visto también tenía “buenos amigos”. En este asunto, Malaspina tuvo suerte y no fue juzgado, porque ese mismo año participó en el tercer asedio a Gibraltar, y no cabía duda por muy inquisidor que se fuera, un tipo como Alejandro Malaspina estaba mejor dando cañonazos a los protestantes en el Peñón, que ardiendo en una pira a afueras de Madrid por culpa de una posible acusación falsa- como la mayoría- de un compañero o vaya usted a saber de quién.

El caso es que un día del año 1788, él y su amigo José Bustamante y Guerra convencieron al rey Carlos III para llevar a cabo una expedición político-científica por la mayor parte de las posesiones españolas en el mundo. El rey, casi en su lecho de muerte aceptó, y ese mismo año zarparon dos corbetas -la Descubierta y la Atrevida- del puerto de Cádiz-allí una placa lo recuerda-. Embarcados en ellas, además de los dos intrépidos viajeros iban botánicos, geólogos, astrónomos, cartógrafos y dibujantes. Durante más de seis años recorrieron América y Asia, desde el río de La Plata a Vancouver y desde California a Manila, portando a la vuelta una cantidad ingente de información, colecciones de botánica y minerales, así como más de setenta nuevas cartas náuticas de América. Más información de la que recogería ningún otro marinero o estudioso en toda la historia de España. Con  esta carta de presentación sería lógico pensar que a su vuelta, Alejandro Malaspina y José Bustamante y Guerra fueran recibidos con todos los honores, se les levantara una estatua y fueran recordados como unas de las personas más importantes de la historia del país. Pero no, nada más lejos de la realidad, en vez de recibir un homenaje, les apalearon, así se portó la sociedad de la época con ellos, una sociedad desagradecida, corrompida y oportunista. No se sorprendan, en tres siglos tampoco ha cambiado tanto.

A su vuelta en el año 1794 ya no gobernaba Carlos III, partidario de la contribución al enriquecimiento de la cultura, sino su hijo Carlos IV. El rey, pidió que le presentaran el informe del viaje a su primer ministro, Manuel Godoy. Éste, por  entonces ya tenía en sus manos los designios de España, y al recoger el importante informe del viaje dio una palmadita en la espalda a Malaspina, lo nombró brigadier para quitárselo de encima y le dijo, “ya te llamaremos”. Lo que no le dijo era que su gobierno no pensaba publicar ninguno de los nuevos datos conseguidos tras la expedición, que el asunto estaba muy mal con eso de la guerra del Rosellón, y que tenían a los franceses en la frontera esperando el mínimo fallo de él y de sus muchachos para saltar encima de la corona hispana. En fin, que no estaba el aceite para buñuelos, ni las arcas del estado para gastar dinero en cultura y descubrimientos.

Si todo esto hizo caer en el desconcierto y  el desengaño al soldado Malaspina, la resolución  tomada por Godoy después de leer el informe del viaje acabó de abrir los ojos del marinero. En el informe político y confidencial se hablaba de forma favorable de la idea de ampliar la autonomía de las colonias, lo que fue tomado por Godoy como un acto de traición contra el reino y la corona. Alejandro Malaspina viéndose sentenciado por los acontecimientos decidió morir matando, y participó en la conspiración de 1795 para derribar al primer ministro del rey Carlos IV. La revolución fracasó, y tras un dudoso juicio Malaspina fue a dar con sus huesos a la cárcel del castillo de La Coruña. Cierto es, que aunque este movimiento no fructifico dejó sentenciado el poder de Godoy, fraguándose años más tarde su caída definitiva durante el motín de Aranjuez en el año 1808.

Finalmente al defenestrado Malaspina lo salvó Napoleón Bonaparte, deportándolo a Italia donde formó parte de la nueva idea de gobierno napoleónico en esa península. Por supuesto, no volvió a pisar tierra española en el resto de su vida.


Por otro lado, su trabajo de  investigación estuvo amontonado e inutilizado durante noventa años, cuando Pedro de Novo decidió hacerlo público pero de forma parcial, ya que una gran parte de los estudios se perdieron para siempre. Hoy en día, su labor aún no ha sido reconocida, su figura junto a la de José Bustamente sigue a la sombra de otros viajeros, como Cook, La Pérousse o Bougainville. El nombre y la obra de Alejandro Malaspina no figura en la memoria colectiva, ni en los libros de historia, tampoco sus retratos cuelgan de las paredes de las grandes galerías de los museos, salvo en la del museo naval de Madrid. Como otros muchos grandes personajes valedores de nuestra cultura y nuestra historia, Malaspina y Bustamante han sido olvidados y despreciados por el paso de los años y de la historia patria. Esperemos que pronto sean reconocidos como se debe.