jueves, 27 de octubre de 2016

SOBRE SERRANÍAS, TRINITARIOS Y BANDOLEROS


Corría el año 1769 cuando Juan Tamayo Palomino, abogado de los Reales Consejos y diputado común de la ciudad de Jerez de la Frontera en la corte, fue enviado por el Consejo de Castilla para investigar la sucesión de delitos que se estaban llevando a cabo alrededor de las instituciones eclesiásticas de Jerez de la Frontera. Lo que el abogado se encontró nada más llegar a la ciudad gaditana fue lo más parecido al inicio clásico de una novela de género negro: Fray Manuel de Isasi, fraile del convento de la Merced, apareció ahogado en un aljibe del patio central del monasterio.
La cosa parecía fácil de resolver a simple vista, pues en el convento de clausura no podía haber entrado nadie del exterior, por lo que el asesino tenía que haber sido un hermano de los allí presentes. Pero el asunto comenzó a torcerse para el investigador del Consejo de Castilla cuando llevó a cabo los primeros interrogatorios a los miembros de la orden: muchos antes de contestar a sus preguntas sobre los porqués de aquel asesinato prefirieron abandonar la clausura. Es entonces cuando desde el Consejo de Castilla oliéndose el percal, obligan a su enviado a llevar a cabo averiguaciones exhaustivas sobre el asunto, prohibiéndole volver a la corte sino era con una explicación y un culpable. Verdes las iban a segar.
Palomino recorrió uno por uno todos los monasterios sitos en Jerez y sus pedanías, uno tras otro y sin apenas ayuda, y lo que se fue encontrando no daba para redactar un informe nada halagüeño para la iglesia ni para el consejo castellano: una gran multitud de maleantes, bandidos y forajidos que tomaban los hábitos después de llevar a cabo sus fechorías para así librarse del yugo de la justicia. Pero sobre todo uno: Fray Diego Martel, al que en la zona se le conocía popularmente como el fraile bandolero. Según parece el bueno de Fray Diego un buen día se cansó de los hábitos ─quién sabe si los tomó por obligación viendo cerca el cadalso por sus excesos─, y se saltó la clausura para hacer de su capa un sayo ─nunca mejor dicho─ y se tiró a la sierra en busca de una vida licenciosa nada propia de un hombre de Dios. Las primeras noticas sobre el monje bandolero las tuvo Palomino cuando investigaba el asesinato del fraile mercenario de Jerez, las primeras deserciones que le sorprendieron, comenzaron a parecerle menos extrañas cuando un confidente le narró las andanzas de Martel. El fraile trinitario controlaba desde hace años la zona y sus monasterios, y se había ganado el respeto, o más bien el miedo, de todos los eclesiásticos que ocupaban edificios en la zona por la que él se movía, siempre cargado con sus pistolas y varias navajas de siete puntos. Así lo atestiguaban las numerosas cartas que el investigador mandó al Consejo de Castilla durante la segunda mitad del siglo XVIII.
La historia de Fray Diego Martel podría pasar como la vida de otro bandolero más de la serranía gaditana, pero a Martel le perseguía un aura de misticismo, quizá debido a que jamás abandonó los hábitos de trinitario, usándolos tanto en su vida diaria como para llevar a cabo sus asaltos. Bien sabía Martel que el hábito de trinitario le servía para ganarse la confianza de los incautos que se encontraba en su camino, a los que robaba y en ocasiones llegaba a asesinar. Este carácter violento le volvió un hombre conocido y temido por las gentes de la zona de la sierra. Cuando Fray Diego decidía bajar a algún pueblo nadie que valorara lo más mínimo su pellejo hacía nada para intentar contenerle en sus excesos.
A pesar de la ley del silencio que se estableció en los lugares marcados por el paso del trinitario bandolero el cerco de sus perseguidores, encabezado por el abogado Tamayo Palomino, se iba estrechando sobre su figura. Este huyó por los pelos en varias ocasiones hasta que decidió abandonar su zona y llevar a cabo sus actos delictivos en la campiña gaditana y las cercanías de la ciudad. Así fue hasta que llegó el día 1 de abril del año 1770. Ese día el fraile bandolero fue apresado por los chicos del corregidor de Jerez que le seguían las huellas desde hacía unos meses. Encarcelado de forma inmediata bajo la más estricta vigilancia esperó su juicio. Se abrió contra él una cauda larga y compleja por el gran número de delitos de los que se le acusaba, incluido el intento de asesinato sobre su propio prelado, a lo que se sumó una acusación por el contrabando que supuestamente venía realizando durante todos estos años. El Consejo de Castilla se presentó como acusación particular debido al comportamiento escandaloso y sanguinario del trinitario, lo cual había sembrado el terror entre la ciudadanía.
Pero la acusación del Consejo de Castilla no se paraba solo en la figura del trinitario Fray Diego, sino que llegaron a señalar al arzobispo de Sevilla, del cual dependía el convento de los Trinitarios de Jerez de la Frontera. El Consejo acusaba al arzobispo de no haber hecho todo lo que estaba en su mano para atrapar y juzgar a Fray Diego Martel, a lo que el eclesiástico repuso con vaguedad que sí lo habían hecho, pero que tal vez ahora debería expulsarle definitivamente de la orden.

Tras un largo y costoso juicio, el trinitario bandolero, fue condenado a pasar el resto de su vida en una destartalada celda, a expensas de lo que propusiera la Santa Inquisición. Pero quiso el destino que cinco años después el rey Carlos III promulgara un indulto general, una amnistía que lanzó a Fray Diego de nuevo a la calle para su regocijo y el escarnio de los habitantes de la provincia de Cádiz. Volvería así a la sierra, donde no dejaría sus asaltos, robos y asesinatos hasta el día de su muerte. Hasta ese día tampoco abandonó la orden ni dejó de vestir el hábito de los Trinitarios.

jueves, 20 de octubre de 2016

SOBRE CHARLAS LITERARIAS Y ALCALDESAS MENSAJERAS


       Que a la mayoría de los políticos patrios se la trae al pairo la cultura ─y por extensión la educación─ no es ninguna noticia nueva para ustedes, supongo. Sólo hay que darse un paseo por el país, por sus calles, por sus periódicos, por sus escuelas y universidades para ver la ignominia congénita que la clase política profesa contra todo lo que huela a cultura e inteligencia. También, he de reconocer, hay honrosas excepciones ─las mínimas─, pero aún quedan justos en Sodoma.

            De uno de esos justos, o justas, no es precisamente de lo que vamos a hablar hoy desde luego. Pongámonos en situación: tras finalizar el acto que inauguraba ─no realmente, pues llevaba un día en marcha, sino políticamente─ el festival de novela policíaca de Madrid, que desde hace nueve años se realiza en Getafe, comenzó la charla entre dos académicos, uno argentino y otro español, y un periodista ─permítanme que me ahorre nombres que cualquiera puede encontrar con teclear unas palabras en cualquier buscador de Internet─. Hasta aquí todo normal, o casi, en la tarima se podía masticar la tensión que siempre aparece cuando se cruzan gente perteneciente al mundo cultural y al político. Reuniones necesarias pero difíciles por las formas de pensar y actuar de unos y otros, normalmente contrarias. Tras las fotos institucionales y la publicidad gratuita, comenzó el asunto y las políticas bajaron del entarimado cubierto de moqueta roja para dejar paso a la charla que la sala, abarrotada a esa hora, esperaba.

Minutos antes la gente de la organización había añadido una hilera completa de sillas ante la que era la primera fila, convirtiéndola ahora en segunda, lo digo no por tiquismiquis, sino porque como verán tiene importancia en el asunto que les traigo hoy. Esas sillas fueron colocadas para que los autores de la mesa redonda anterior pudieran asistir al acto ─ya les he comentado que el resto de las localidades estaban copadas desde minutos antes y las últimas personas que entraban a esas horas debían permanecer de pie al fondo y en los laterales─, también lo hicieron otros miembros del consistorio, identificados por la propia alcaldesa durante su discurso, barra arenga, de inauguración. Pues bien, terminadas las fotos institucionales, las buenas palabras, los elogios a los asistentes, a los académicos que comenzarían la charla de forma inmediata, al presentador de dicha charla y al comisario del festival ─escritor también de novela policial─, todos se retiraron hacía los primeros asientos reservados para que ellos pudieran disfrutar de primera mano del asunto.

Todos no, pues la alcaldesa y la concejala de cultura que tantas odas habían lanzado hacía los presentes permanecieron de pie, no por falta de asientos, sino por gusto, en un lateral, sin intención de ocupar una de las numerosas localidades vacías de la primera fila que después se irían copando por espectadores anónimos. No hace falta que les explique que no me lo han contado, que no lo he leído en ningún lugar sensacionalista, sino que estaba allí, a escasos diez metros del tema. La alcaldesa ─no sé si es necesario decirlo, pero lo diré: del pesoe─ sacó de su bolso un teléfono móvil de carcasa estridente y se puso a mandar mensajes sin levantar la cabeza del aparatito durante más de media hora, sin hacer ningún tipo de caso a la charla literaria que hacía unos minutos elogiaba y tildaba de importante y necesaria. Actuaba como si allí no hubiese nadie, ya no sólo en la tarima sino en la sala. Muchos dirán que sí, que estaba mandando o subiendo fotos del encuentro a las redes sociales, dándole publicidad. Cierto, lo hizo, yo mismo lo busqué al finalizar el acto. Subió una foto, justo en el momento que se bajó de la tarima, una sola foto y un solo comentario. Escusa bastante endeble para justificar su total falta de interés por lo que allí ocurría, todo esto a la vista de los invitados, del comisario del asunto y de todo el público asistente, entre ellos su concejala de cultura que permanecía de pie tras ella, ésta sí observado y escuchando interesada el acto, pero que tal vez, y digo tal vez, debería haber llamado la atención a su alcaldesa sobre, como mínimo, su falta de educación.


Media hora después del inicio del coloquio la alcaldesa guardó su teléfono móvil en el bolso para mirar a su alrededor, cuando parecía que por fin sí iba a mostrar algún tipo de interés hacía la charla que tanto había promocionado, recogió su chaqueta del respaldo de una silla cercana y abandonó la sala de actos acompañada por su concejala de cultura a modo de escudera. Así dejó claro, una vez más y al menos para mí, que la reacción de muchos políticos con la cultura no es más que un postureo para ganarse la palmadita en la espalda, o el respaldo de una parte del electorado que difícilmente sabe distinguir entre el culo y las témporas.

jueves, 6 de octubre de 2016

SENDER EN LA ALDEA DEL CRIMEN


A Casas Viejas nunca había llegado el rey, ni el presidente de la república. Allí daba igual corona que gorro frigio. El problema, sin importar el gobierno era siempre el mismo: el hambre. Algunos vieron en la insurrección anarquista de enero de 1933 la oportunidad de traer al pueblo el comunismo libertario. Pero ése tampoco se pasó ni a saludar. Al igual que Dios, que había hecho caso omiso a ese trozo de tierra estéril. El que si llegó hasta allí fue el diablo disfrazado de Guardia de Asalto, y con una orden del Ministro de Gobernación, Casares Quiroga, bajo el brazo. «Doy a las fuerzas media hora para que sofoquen el movimiento». Era la madrugada que ataba en corto el décimo día de enero de 1933 con el undécimo. Pero vayamos por partes.

            Francisco Cruz, al que todos llamaban Curro Seisdedos, era uno de los jefes del sindicato de jornaleros del pueblo, adscrito a la CNT. Cuando se planeó la insurrección anarquista de enero 1933, con mucho ruido y pocas nueces, muchos de estos campesinos vieron la oportunidad de la incautación de las tierras improductivas: las que los burgueses de la plaza, los dueños de las hambres, dejaban sin sembrar. La insurrección anarquista fue un fracaso rotundo en el país, pero las noticias no llegaron al campo gaditano hasta que ya se hubo derramado la sangre, cuando el ejército civil formado por campesinos esqueléticos, de piel gruesa y hueso marcado, ya estaba sentenciado.

            El tren no circulaba, eso era una buena noticia, pensaron que la revolución había triunfado en Cádiz y Jerez. Seisdedos mandó a uno de sus hijos a cortar el hilo telefónico, y de paso levantar un tramo de calzada, para complicar, en caso de ser necesario, la llegada de las fuerzas del orden.

            Entre tanto, se mezclaban en la plaza el blanco de las casas de los propietarios y el rojo de las conciencias de los jornaleros. El Seisdedos, creyente del triunfo del comunismo libertario leía periódicos que hablaban de tierra, de derechos y de libertad. Esas eran las únicas publicaciones que entraban en el pueblo, a excepción de los periódicos que leían los propietarios: publicaciones monárquicas, añorantes del fascismo y que clamaban por la Restauración. El Seisdedos disertaba contra el fin de la limosna que a cada tanto recogían en la iglesia. No querían más caridad. Lo tenían claro, el comunismo libertario había llegado al pueblo e iban a tomar la tierra y a trabajarla. Se habían cansado de formar parte de ese banquete de mendigos que era el campo andaluz. Era el fin del rancio feudalismo agrícola.

            Pero nada resultó. Lo primero fue crear una comisión para que el alcalde y los del cuartel de la Guardia Civil acataran el nuevo régimen. El alcalde ─el único republicano del pueblo─ aceptó, pero el sargento de la Guardia Civil se negó, encerrándose con sus hombres en el cuartel. Los jornaleros armados vigilaban la plaza, sin intención de asaltar ni el cuartel ni las casas de los propietarios, obedeciendo las órdenes del Seisdedos de no disparar hasta el amanecer. Pero todo se embarulló cuando los agentes lanzaron los primeros disparos. Comenzó el tiroteo de ida y vuelta. Poco después el Seisdedos acertaba de lleno al sargento y a un guardia que morirían horas más tarde. No habría perdón.

Ya amanecido, el retén que iba a arreglar el hilo telefónico acompañado de la Guardia Civil fue atacado por uno de los hijos del Seisdedos y sus acompañantes. Al poco, tras el aviso, siete guardias civiles con un sargento, y una compañía de la Guardia de Asalto llegaban al pueblo para frenar la revuelta. Los jornaleros despejaron la plaza, algunos se tiraron al monte por miedo a lo que pudiera a ocurrir, otros se escondieron en sus casas.

Las fuerzas del orden llegaron hasta la choza del Seisdedos ─al que apuntaban como principal cabecilla─, y que junto a su familia respondió con disparos. La refriega duró hasta el amanecer del siguiente día, cuando llegaron los refuerzos cargados con metralletas y granadas. Aun así la choza aguantó y el Seisdedos siguió defendiéndose. Poco después, y desde una tapia cercana, un guardia lanzó sobre la choza un par de paquetes de algodón empapados en gasolina. Tras ellos una granada. La choza ardió por completo, con todos dentro. De la choza del Seisdedos solo quedó el esqueleto quemado y retorcido del somier.

Después vino la razzia. El escarmiento contra la población ─culpable o inocente─ sin juicio. Dejaron veintiséis muertos arrancados de sus casas, y llevados hasta la choza en llamas del Seisdedos donde serían asesinados. Así, en caso de venir mal dadas, podrían argumentar que todos los muertos lo fueron en la casa del Seisdedos. Que todos se habían refugiado allí, y que todos habían atacado a las fuerzas del orden. Los jornaleros se levantaron contra el hambre, y para alimentar esos estómagos el gobierno no escatimaría en balas.

            La república acababa de perder la virginidad a manos de un verdugo vicioso y enfermo. Un gobierno sifilítico que queriendo ser robusto y respetable, se había convertido en siniestro e incapaz habiendo gestado un monstruo. Una mancha oscura en la cara aún joven, tersa y lozana, de una república herida de muerte nada más ser expulsada del útero del pueblo. El escándalo fue mayúsculo, sobre todo tras el trabajo periodístico de Ramón J. Sender, el cual hizo que se abriera una comisión de investigación sobre lo sucedido. Una comisión que no investigó nada y que acusó a los periodistas de falsificar datos y pruebas no se sorprendan tanto, lo de matar al mensajero ya funcionaba entonces tan bien como ahora. Una comisión que el propio Sender calificó como un pleito entre verdugos.