jueves, 6 de octubre de 2016

SENDER EN LA ALDEA DEL CRIMEN


A Casas Viejas nunca había llegado el rey, ni el presidente de la república. Allí daba igual corona que gorro frigio. El problema, sin importar el gobierno era siempre el mismo: el hambre. Algunos vieron en la insurrección anarquista de enero de 1933 la oportunidad de traer al pueblo el comunismo libertario. Pero ése tampoco se pasó ni a saludar. Al igual que Dios, que había hecho caso omiso a ese trozo de tierra estéril. El que si llegó hasta allí fue el diablo disfrazado de Guardia de Asalto, y con una orden del Ministro de Gobernación, Casares Quiroga, bajo el brazo. «Doy a las fuerzas media hora para que sofoquen el movimiento». Era la madrugada que ataba en corto el décimo día de enero de 1933 con el undécimo. Pero vayamos por partes.

            Francisco Cruz, al que todos llamaban Curro Seisdedos, era uno de los jefes del sindicato de jornaleros del pueblo, adscrito a la CNT. Cuando se planeó la insurrección anarquista de enero 1933, con mucho ruido y pocas nueces, muchos de estos campesinos vieron la oportunidad de la incautación de las tierras improductivas: las que los burgueses de la plaza, los dueños de las hambres, dejaban sin sembrar. La insurrección anarquista fue un fracaso rotundo en el país, pero las noticias no llegaron al campo gaditano hasta que ya se hubo derramado la sangre, cuando el ejército civil formado por campesinos esqueléticos, de piel gruesa y hueso marcado, ya estaba sentenciado.

            El tren no circulaba, eso era una buena noticia, pensaron que la revolución había triunfado en Cádiz y Jerez. Seisdedos mandó a uno de sus hijos a cortar el hilo telefónico, y de paso levantar un tramo de calzada, para complicar, en caso de ser necesario, la llegada de las fuerzas del orden.

            Entre tanto, se mezclaban en la plaza el blanco de las casas de los propietarios y el rojo de las conciencias de los jornaleros. El Seisdedos, creyente del triunfo del comunismo libertario leía periódicos que hablaban de tierra, de derechos y de libertad. Esas eran las únicas publicaciones que entraban en el pueblo, a excepción de los periódicos que leían los propietarios: publicaciones monárquicas, añorantes del fascismo y que clamaban por la Restauración. El Seisdedos disertaba contra el fin de la limosna que a cada tanto recogían en la iglesia. No querían más caridad. Lo tenían claro, el comunismo libertario había llegado al pueblo e iban a tomar la tierra y a trabajarla. Se habían cansado de formar parte de ese banquete de mendigos que era el campo andaluz. Era el fin del rancio feudalismo agrícola.

            Pero nada resultó. Lo primero fue crear una comisión para que el alcalde y los del cuartel de la Guardia Civil acataran el nuevo régimen. El alcalde ─el único republicano del pueblo─ aceptó, pero el sargento de la Guardia Civil se negó, encerrándose con sus hombres en el cuartel. Los jornaleros armados vigilaban la plaza, sin intención de asaltar ni el cuartel ni las casas de los propietarios, obedeciendo las órdenes del Seisdedos de no disparar hasta el amanecer. Pero todo se embarulló cuando los agentes lanzaron los primeros disparos. Comenzó el tiroteo de ida y vuelta. Poco después el Seisdedos acertaba de lleno al sargento y a un guardia que morirían horas más tarde. No habría perdón.

Ya amanecido, el retén que iba a arreglar el hilo telefónico acompañado de la Guardia Civil fue atacado por uno de los hijos del Seisdedos y sus acompañantes. Al poco, tras el aviso, siete guardias civiles con un sargento, y una compañía de la Guardia de Asalto llegaban al pueblo para frenar la revuelta. Los jornaleros despejaron la plaza, algunos se tiraron al monte por miedo a lo que pudiera a ocurrir, otros se escondieron en sus casas.

Las fuerzas del orden llegaron hasta la choza del Seisdedos ─al que apuntaban como principal cabecilla─, y que junto a su familia respondió con disparos. La refriega duró hasta el amanecer del siguiente día, cuando llegaron los refuerzos cargados con metralletas y granadas. Aun así la choza aguantó y el Seisdedos siguió defendiéndose. Poco después, y desde una tapia cercana, un guardia lanzó sobre la choza un par de paquetes de algodón empapados en gasolina. Tras ellos una granada. La choza ardió por completo, con todos dentro. De la choza del Seisdedos solo quedó el esqueleto quemado y retorcido del somier.

Después vino la razzia. El escarmiento contra la población ─culpable o inocente─ sin juicio. Dejaron veintiséis muertos arrancados de sus casas, y llevados hasta la choza en llamas del Seisdedos donde serían asesinados. Así, en caso de venir mal dadas, podrían argumentar que todos los muertos lo fueron en la casa del Seisdedos. Que todos se habían refugiado allí, y que todos habían atacado a las fuerzas del orden. Los jornaleros se levantaron contra el hambre, y para alimentar esos estómagos el gobierno no escatimaría en balas.

            La república acababa de perder la virginidad a manos de un verdugo vicioso y enfermo. Un gobierno sifilítico que queriendo ser robusto y respetable, se había convertido en siniestro e incapaz habiendo gestado un monstruo. Una mancha oscura en la cara aún joven, tersa y lozana, de una república herida de muerte nada más ser expulsada del útero del pueblo. El escándalo fue mayúsculo, sobre todo tras el trabajo periodístico de Ramón J. Sender, el cual hizo que se abriera una comisión de investigación sobre lo sucedido. Una comisión que no investigó nada y que acusó a los periodistas de falsificar datos y pruebas no se sorprendan tanto, lo de matar al mensajero ya funcionaba entonces tan bien como ahora. Una comisión que el propio Sender calificó como un pleito entre verdugos.


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