jueves, 20 de octubre de 2016

SOBRE CHARLAS LITERARIAS Y ALCALDESAS MENSAJERAS


       Que a la mayoría de los políticos patrios se la trae al pairo la cultura ─y por extensión la educación─ no es ninguna noticia nueva para ustedes, supongo. Sólo hay que darse un paseo por el país, por sus calles, por sus periódicos, por sus escuelas y universidades para ver la ignominia congénita que la clase política profesa contra todo lo que huela a cultura e inteligencia. También, he de reconocer, hay honrosas excepciones ─las mínimas─, pero aún quedan justos en Sodoma.

            De uno de esos justos, o justas, no es precisamente de lo que vamos a hablar hoy desde luego. Pongámonos en situación: tras finalizar el acto que inauguraba ─no realmente, pues llevaba un día en marcha, sino políticamente─ el festival de novela policíaca de Madrid, que desde hace nueve años se realiza en Getafe, comenzó la charla entre dos académicos, uno argentino y otro español, y un periodista ─permítanme que me ahorre nombres que cualquiera puede encontrar con teclear unas palabras en cualquier buscador de Internet─. Hasta aquí todo normal, o casi, en la tarima se podía masticar la tensión que siempre aparece cuando se cruzan gente perteneciente al mundo cultural y al político. Reuniones necesarias pero difíciles por las formas de pensar y actuar de unos y otros, normalmente contrarias. Tras las fotos institucionales y la publicidad gratuita, comenzó el asunto y las políticas bajaron del entarimado cubierto de moqueta roja para dejar paso a la charla que la sala, abarrotada a esa hora, esperaba.

Minutos antes la gente de la organización había añadido una hilera completa de sillas ante la que era la primera fila, convirtiéndola ahora en segunda, lo digo no por tiquismiquis, sino porque como verán tiene importancia en el asunto que les traigo hoy. Esas sillas fueron colocadas para que los autores de la mesa redonda anterior pudieran asistir al acto ─ya les he comentado que el resto de las localidades estaban copadas desde minutos antes y las últimas personas que entraban a esas horas debían permanecer de pie al fondo y en los laterales─, también lo hicieron otros miembros del consistorio, identificados por la propia alcaldesa durante su discurso, barra arenga, de inauguración. Pues bien, terminadas las fotos institucionales, las buenas palabras, los elogios a los asistentes, a los académicos que comenzarían la charla de forma inmediata, al presentador de dicha charla y al comisario del festival ─escritor también de novela policial─, todos se retiraron hacía los primeros asientos reservados para que ellos pudieran disfrutar de primera mano del asunto.

Todos no, pues la alcaldesa y la concejala de cultura que tantas odas habían lanzado hacía los presentes permanecieron de pie, no por falta de asientos, sino por gusto, en un lateral, sin intención de ocupar una de las numerosas localidades vacías de la primera fila que después se irían copando por espectadores anónimos. No hace falta que les explique que no me lo han contado, que no lo he leído en ningún lugar sensacionalista, sino que estaba allí, a escasos diez metros del tema. La alcaldesa ─no sé si es necesario decirlo, pero lo diré: del pesoe─ sacó de su bolso un teléfono móvil de carcasa estridente y se puso a mandar mensajes sin levantar la cabeza del aparatito durante más de media hora, sin hacer ningún tipo de caso a la charla literaria que hacía unos minutos elogiaba y tildaba de importante y necesaria. Actuaba como si allí no hubiese nadie, ya no sólo en la tarima sino en la sala. Muchos dirán que sí, que estaba mandando o subiendo fotos del encuentro a las redes sociales, dándole publicidad. Cierto, lo hizo, yo mismo lo busqué al finalizar el acto. Subió una foto, justo en el momento que se bajó de la tarima, una sola foto y un solo comentario. Escusa bastante endeble para justificar su total falta de interés por lo que allí ocurría, todo esto a la vista de los invitados, del comisario del asunto y de todo el público asistente, entre ellos su concejala de cultura que permanecía de pie tras ella, ésta sí observado y escuchando interesada el acto, pero que tal vez, y digo tal vez, debería haber llamado la atención a su alcaldesa sobre, como mínimo, su falta de educación.


Media hora después del inicio del coloquio la alcaldesa guardó su teléfono móvil en el bolso para mirar a su alrededor, cuando parecía que por fin sí iba a mostrar algún tipo de interés hacía la charla que tanto había promocionado, recogió su chaqueta del respaldo de una silla cercana y abandonó la sala de actos acompañada por su concejala de cultura a modo de escudera. Así dejó claro, una vez más y al menos para mí, que la reacción de muchos políticos con la cultura no es más que un postureo para ganarse la palmadita en la espalda, o el respaldo de una parte del electorado que difícilmente sabe distinguir entre el culo y las témporas.

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