jueves, 24 de noviembre de 2016

SOBRE INVESTIGACIONES DOCTORALES Y BRINDIS AL SOL


           Hace un par de días asistía a unas jornadas doctorales ofrecidas por la universidad pública en la que curso mi trabajo de investigación doctoral. Es el segundo año en que se realizan y cubren la mayor parte de los días de una semana de noviembre o diciembre. Sus temas versan en torno a la vida de investigación universitaria. Este año concretamente lo hacían sobre un importante tema a tener en cuenta por todos los que nos encontramos en un momento decisivo para nuestra vida profesional: la transferencia de la investigación a la empresa. Un tema llamativo, interesante, al menos en un primer momento. Las presentaciones, jabonosas y cercanas al tedio como se acostumbra en estos actos, se alargaron durante más de media hora para después dejar paso a las primeras conferencias de la mañana, dos en concreto. En éstas se lanzaban peroratas sobre cómo dar el salto de la investigación universitaria al mundo laboral, y como suelen en su discurso mostraron por las humanidades el mismo interés que acostumbran: ninguno.

El grueso de las conferencias impartidas en ese día, como en las de los demás, se centraron en mostrar las herramientas y los programas proyectados por la universidad para, una vez terminada la tesis, poder encontrar un puesto laboral dentro del ámbito científico y tecnológico. Las horas fueron pasando, al igual que las disertaciones, sin que en ningún momento se hablara, ni de refilón, sobre la aplicación de estos maravillosos programas para hacer desembocar a los investigadores y estudiantes de artes y humanidades en las luminosas, y supuestamente perfectas, empresas con las que la universidad tiene convenios. Convenios hipotéticamente maravillosos para los jóvenes, pero que en realidad son contratos de prácticas abusivos donde el sueldo apenas llega ni para pagar una habitación en un piso de alquiler, pero que si sirven para llenar la casilla de experiencia del currículum para después dar el salto a una empresa que te ofrezca un contrato de los de verdad. Un camino de espinas, cierto, pero al menos un camino que a los demás, a los que estudiamos artes y humanidades no nos ofrecen.

Al menos en este caso ni se lo plantearon, pues como les digo ni una sola mención, ni un solo guiño hacía los estudiantes e investigadores del ámbito de las humanidades que ocupábamos la sala mayoritariamente. Las jornadas doctorales, creo que es importante aclararlo, son de asistencia obligatoria para todos los grupos de investigadores, sea cual sea tú tema de trabajo. Vayan o no a comentar algo que pueda incumbirte para tú futuro, ya sea educacional o laboral.

Cuando las jornadas andaban por la mitad de sus sesiones muchos ya habíamos asumido que nuestro papel en aquel asunto era meramente el de figurante. Una bonita, y móvil, decoración que ayudaba a que la sala no estuviera tan desangelada como estaría de haber acudido solamente los que verdaderamente habían recibido información y ofertas durante esos días. A pesar de todo aún había justos en Sodoma, o ilusos cada cual que piense lo que crea conveniente, y al finalizar una de las conferencias un chico levantó la mano para hacer una pregunta a los miembros de la mesa redonda. Su cuestión hacía referencia a lo que todos los investigadores en arte y humanidades presentes pensábamos, que no era otra que saber por qué se nos ignoraba cuando se hablaba de salidas profesionales de los futuros doctores. Incluso, el joven llegó a interrogarles sobre las posibilidades de encontrar programas o colaboraciones con empresas del sector, similares a las ya preparadas para la gente de ciencia y tecnología. Tras la pregunta el silencio se apoderó del recinto durante unos interminables segundos, para después tornarse en un lejano titubeo que se escapaba de la boca del encargado de la última conferencia y director del ámbito del que trataba el tema de los programas laborales. Su respuesta fue, tras el titubeo, encogerse de hombros mientras decía «Pues ahora mismo no sé, pásate por el despacho a ver si encontramos algo».

Buscarse la vida en el ámbito de la cultura y las humanidades a diferencia de lo que muchos creen es muy difícil, demasiadas horas de trabajo sobre los hombros por muy poco sueldo, o por ninguno. Muchas mili a las espaldas para aguantar según qué respuestas de parte de los encargados institucionales, los mismos que deberían ser los encargados de que tantas y tantas horas de trabajo reviertan en un puesto laboral digno. Desde luego ninguno de los que estábamos allí buscamos, ni queremos al menos por mi parte, que nadie nos solucione la vida, que nadie nos busque trabajo. Más aun sabiendo cómo funcionan esos brillantes contratos de becarios de los que hablábamos antes. Pero sin duda ayudaría, para seguir adelante en la investigación, que nuestras propias universidades no nos trataran como un grupo de investigadores de segunda. Algo que no solo es descorazonador, sino que también es denigrante.


De qué sirve que cuando el gobierno ─nacional o autonómico, eso es lo de menos─ ataque a las carreras de letras y humanidades se formen asambleas en los claustros y la gente se encierre, o manifieste, con el consentimiento y apoyo del rectorado y los diferentes estamentos universitarios. Que éstos firmen manifiestos criticando lo que ellos creen un comportamiento inquisitivo del poder ante la cultura, si cuando realmente tienen que defender las humanidades, en la lucha diaria, nos ignoran casi por completo. ¿Cómo queremos pretender que las humanidades tengan futuro dentro de la sociedad si incluso dentro del mundo universitario nos arrinconan en la esquina más oscura y alejada?

martes, 1 de noviembre de 2016

LA GUARIDA DEL SÚCUBO


           El sillón estaba colgado del techo, boca abajo, eso fue lo primero que llamó la atención a los tipos que entraron en aquella casa abandonada, cerrada desde hacía lustros. El olor a humedad concentrada, a moho resentido por el paso de los años les golpeó en las fosas nasales. Las potentes linternas enfocaban el interior de la sala que, más allá del sillón frailero minuciosamente labrado que colgada del techo, no ofrecía nada extraño. El viento exterior golpeaba los postigos de un edifico cercano, su fuerte ulular se colaba entre las diminutas grietas de los cristales esmerilados hasta susurrar en sus nucas. Les había tocado un día de perros para acudir a un aviso tan extraño, pensaron. Después ocurrió todo aquello.

            La prensa del día siguiente contaba una versión descafeinada de lo sucedido en aquella casa: «Miedo en el Casco Viejo», titulaba el periódico local, para después seguir desgranado en su interior el suceso, tratándolo de una manera despectiva, casi humorística. Algunos periodistas habían tenido acceso al informe que la policía había redactado de madrugada, cuando todo había quedado relativamente aclarado. Ninguna de las personas que aquella noche presenciaron el hecho concedieron entrevista alguna, nadie volvió a hablar en público de lo sucedido. Nunca.

Pero hace unos días el teléfono volvió a sonar en el parque móvil del centro. Esa tarde contestó a la llamada el teniente Ferrer. Cuando colgó el aparato, y antes de hacer sonar la alarma de emergencia, un escalofrío recorrió su cuerpo de punta a punta. Esa dirección, pensó mientras se ponía de pie con dificultad, era la de la casa del sillón colgado del techo. Cuando el operativo entró en el viejo edificio, que seguía totalmente abandonado, pudieron observar que las llamas lo habían devorado casi por completo. Sin embargo, aquella humedad penetrante, aquel olor a moho no se había difuminado ni un ápice. El teniente Ferrer no pudo evitar pensar en los dos compañeros que, junto a él, entraron veinte años atrás en aquel mismo lugar.

            « ¡En el sótano!», gritaba uno de los bomberos. «Del sótano viene el grito de un niño», volvió a decir el mismo hombre. El teniente Ferrer no podía dar crédito a lo que estaba escuchando. Aquello no podía estar ocurriendo otra vez. No a él.

            Las llamas habían arrasado con todo lo que había en la habitación, todo estaba teñido de un negro absoluto. Los pocos muebles desvencijados que quedaban en su interior habían sido reducidos a cenizas. Todos, menos un antiguo sillón frailero de madera y cuero que permanecía en perfecto estado en mitad de la sala. El fuego lo había respetado, como si se encontrara dentro de una campana invisible e ignífuga. El teniente Ferrer gritaba que nadie se acercara al sillón, que a nadie se le ocurriera tocarlo. Estaba fuera de sí.

            El niño, el dueño de aquella voz, que supuestamente estaba atrapado entre las llamas no aparecía por ningún lado. Un par de bomberos se afanaron en la búsqueda, inspeccionando cada palmo de terreno, por si en el interior de aquella sala hubiera alguna puerta que conectara el lugar con otro sitio. Un resquicio, un espacio, que por pequeño que fuera hubiera permitido al niño escapar de aquel infierno de humo y llamas. Nada.

            La Unidad decidió salir de allí, dejar el caso en manos de la policía que ya esperaba fuera después de confirmar que allí no había nadie. Ninguno de aquellos jóvenes entendía nada de lo que había ocurrido, pero el teniente Ferrer parecía intranquilo. Esperó a que salieran todos sus hombres para abandonar el sótano en último lugar. Al irse miró hacia atrás, buscando de nuevo aquel sillón maldito; entonces los vio. El niño, vestido con ropajes antiguos, de principios del siglo, le miraba clavándole sus ojos acuosos, amenazantes. Junto a él, sentada en el sillón frailero reposaba ella sonriente, desnuda y seductora, como siempre, desde hacía siglos. En su regazo descansaban dos cabezas degolladas que pertenecían a dos hombres jóvenes. El teniente Ferrer no tuvo que mirarlas para saber que eran las de sus dos compañeros desaparecidos. Los dos bomberos que entraron junto a él aquella noche en busca de un niño perdido. El niño que le miraba ahora con ojos acusadores, el mismo que una vecina, según rezaba el atestado, vio entrar en aquella casa abandonada, y el cual minutos después imploraba auxilio a través de las rejas de aquel sótano ahora arrasado casi por completo por el fuego.

El teniente Ferrer cerró la puerta que comunicaba el sótano con el resto del edificio y apoyó en ella su cabeza canosa. Dedicó un último recuerdo a sus compañeros, y cerró la puerta con una desmedida cadena enlazada a un candado enorme, cuya única llave destruiría con una cizalla en cuanto llegara al parque móvil.

Aquella noche apenas durmió, no paraban de correr por su mente las imágenes de sus compañeros descolgando del techo aquel sillón frailero durante su primera visita al sótano. Los recuerdos se superponían en su cabeza como fotogramas cinematográficos, primero uno, después el otro. Ambos jóvenes bomberos acudieron a esa casa a escondidas, sin contárselo a nadie, como si algo les indujera de forma enfermiza a volver a aquel sótano, a aquel sillón. Después, entre la nebulosa que producía la duermevela, el teniente Ferrer pudo ver a aquella bella mujer desnuda que les llamaba, que utilizaba al niño para atraer a su guarida a hombres jóvenes a los que convencía con artimañas ancestrales para que tomaran su cuerpo sobre aquel sillón.

Estaba amaneciendo cuando un pesado olor de almizcle y humedad invadió la habitación del teniente Ferrer secándole la garganta, haciendo que su tos sonara agrietada y rotunda, hasta que finalmente se quedó profundamente dormido. Desde aquella noche el teniente Ferrer nunca más volvería a tener pesadillas con aquel niño perdido.