martes, 1 de noviembre de 2016

LA GUARIDA DEL SÚCUBO


           El sillón estaba colgado del techo, boca abajo, eso fue lo primero que llamó la atención a los tipos que entraron en aquella casa abandonada, cerrada desde hacía lustros. El olor a humedad concentrada, a moho resentido por el paso de los años les golpeó en las fosas nasales. Las potentes linternas enfocaban el interior de la sala que, más allá del sillón frailero minuciosamente labrado que colgada del techo, no ofrecía nada extraño. El viento exterior golpeaba los postigos de un edifico cercano, su fuerte ulular se colaba entre las diminutas grietas de los cristales esmerilados hasta susurrar en sus nucas. Les había tocado un día de perros para acudir a un aviso tan extraño, pensaron. Después ocurrió todo aquello.

            La prensa del día siguiente contaba una versión descafeinada de lo sucedido en aquella casa: «Miedo en el Casco Viejo», titulaba el periódico local, para después seguir desgranado en su interior el suceso, tratándolo de una manera despectiva, casi humorística. Algunos periodistas habían tenido acceso al informe que la policía había redactado de madrugada, cuando todo había quedado relativamente aclarado. Ninguna de las personas que aquella noche presenciaron el hecho concedieron entrevista alguna, nadie volvió a hablar en público de lo sucedido. Nunca.

Pero hace unos días el teléfono volvió a sonar en el parque móvil del centro. Esa tarde contestó a la llamada el teniente Ferrer. Cuando colgó el aparato, y antes de hacer sonar la alarma de emergencia, un escalofrío recorrió su cuerpo de punta a punta. Esa dirección, pensó mientras se ponía de pie con dificultad, era la de la casa del sillón colgado del techo. Cuando el operativo entró en el viejo edificio, que seguía totalmente abandonado, pudieron observar que las llamas lo habían devorado casi por completo. Sin embargo, aquella humedad penetrante, aquel olor a moho no se había difuminado ni un ápice. El teniente Ferrer no pudo evitar pensar en los dos compañeros que, junto a él, entraron veinte años atrás en aquel mismo lugar.

            « ¡En el sótano!», gritaba uno de los bomberos. «Del sótano viene el grito de un niño», volvió a decir el mismo hombre. El teniente Ferrer no podía dar crédito a lo que estaba escuchando. Aquello no podía estar ocurriendo otra vez. No a él.

            Las llamas habían arrasado con todo lo que había en la habitación, todo estaba teñido de un negro absoluto. Los pocos muebles desvencijados que quedaban en su interior habían sido reducidos a cenizas. Todos, menos un antiguo sillón frailero de madera y cuero que permanecía en perfecto estado en mitad de la sala. El fuego lo había respetado, como si se encontrara dentro de una campana invisible e ignífuga. El teniente Ferrer gritaba que nadie se acercara al sillón, que a nadie se le ocurriera tocarlo. Estaba fuera de sí.

            El niño, el dueño de aquella voz, que supuestamente estaba atrapado entre las llamas no aparecía por ningún lado. Un par de bomberos se afanaron en la búsqueda, inspeccionando cada palmo de terreno, por si en el interior de aquella sala hubiera alguna puerta que conectara el lugar con otro sitio. Un resquicio, un espacio, que por pequeño que fuera hubiera permitido al niño escapar de aquel infierno de humo y llamas. Nada.

            La Unidad decidió salir de allí, dejar el caso en manos de la policía que ya esperaba fuera después de confirmar que allí no había nadie. Ninguno de aquellos jóvenes entendía nada de lo que había ocurrido, pero el teniente Ferrer parecía intranquilo. Esperó a que salieran todos sus hombres para abandonar el sótano en último lugar. Al irse miró hacia atrás, buscando de nuevo aquel sillón maldito; entonces los vio. El niño, vestido con ropajes antiguos, de principios del siglo, le miraba clavándole sus ojos acuosos, amenazantes. Junto a él, sentada en el sillón frailero reposaba ella sonriente, desnuda y seductora, como siempre, desde hacía siglos. En su regazo descansaban dos cabezas degolladas que pertenecían a dos hombres jóvenes. El teniente Ferrer no tuvo que mirarlas para saber que eran las de sus dos compañeros desaparecidos. Los dos bomberos que entraron junto a él aquella noche en busca de un niño perdido. El niño que le miraba ahora con ojos acusadores, el mismo que una vecina, según rezaba el atestado, vio entrar en aquella casa abandonada, y el cual minutos después imploraba auxilio a través de las rejas de aquel sótano ahora arrasado casi por completo por el fuego.

El teniente Ferrer cerró la puerta que comunicaba el sótano con el resto del edificio y apoyó en ella su cabeza canosa. Dedicó un último recuerdo a sus compañeros, y cerró la puerta con una desmedida cadena enlazada a un candado enorme, cuya única llave destruiría con una cizalla en cuanto llegara al parque móvil.

Aquella noche apenas durmió, no paraban de correr por su mente las imágenes de sus compañeros descolgando del techo aquel sillón frailero durante su primera visita al sótano. Los recuerdos se superponían en su cabeza como fotogramas cinematográficos, primero uno, después el otro. Ambos jóvenes bomberos acudieron a esa casa a escondidas, sin contárselo a nadie, como si algo les indujera de forma enfermiza a volver a aquel sótano, a aquel sillón. Después, entre la nebulosa que producía la duermevela, el teniente Ferrer pudo ver a aquella bella mujer desnuda que les llamaba, que utilizaba al niño para atraer a su guarida a hombres jóvenes a los que convencía con artimañas ancestrales para que tomaran su cuerpo sobre aquel sillón.

Estaba amaneciendo cuando un pesado olor de almizcle y humedad invadió la habitación del teniente Ferrer secándole la garganta, haciendo que su tos sonara agrietada y rotunda, hasta que finalmente se quedó profundamente dormido. Desde aquella noche el teniente Ferrer nunca más volvería a tener pesadillas con aquel niño perdido.


No hay comentarios:

Publicar un comentario