jueves, 2 de noviembre de 2017

VUELO 1029


El avión de Delta Air Lines comenzaba a levantar el morro del suelo de forma delicada. El despegue fue tan sutil que los cuerpos casi no apreciaron el cambio de presión que los clavaba en los asientos. Cuando el tren de aterrizaje se replegó por completo, escondiéndose en las entrañas del aparato, Steve miró su reloj. Casi en ese mismo instante un tenue pitido avisaba a los pasajeros de que ya eran libres para desabrochar sus cinturones de seguridad.

El vuelo había salido a su hora del aeropuerto internacional Benito Juárez, al menos una buena noticia pensó el piloto Steve Dupart, mientras se desabrochaba el cinturón y se ponía en pie encaminándose hacia la parte trasera del aparato. Allí, dos azafatas norteamericanas comenzaban a preparar los carros metálicos para ofrecer a los pasajeros las primeras bebidas del vuelo.

            ─¿Cómo por aquí Steve?─ preguntó la más cercana a la puerta─, te hacía en el de efe hasta mañana por la noche.

            ─Ese era el plan original ─contestó el hombre mientras sacaba un zumo de naranja de un pequeño refrigerador─. Pero Ted está enfermo, y me han pedido que haga su vuelo de mañana al mediodía, por lo que me vuelvo con vosotras a Nueva York ─dijo sonriendo con picardía a las jóvenes azafatas.

            Steve odiaba los vuelos nocturnos para viajar como pasajero, su estatura le imposibilitaba encajar su cuerpo en los asientos y apenas descansaba. Normalmente la empresa le guardaba un sitio en primera clase, pero debido al aviso de última hora no había sido posible.

            ─Tienes cara de cansado Steve ─comentó la misma azafata─, ¿Por qué no te vas a descansar al crew rest?, hoy el vuelo está completo y no creo que tengamos tiempo para descansar ni un minuto.

Steve se lo pensó durante unos segundos, pero enseguida diluyó sus dudas y aceptó. Lo cierto era, que ocupar una de las camas preparadas para el descanso de la tripulación sería la única forma de dormir algo durante las cinco horas que duraba el vuelo. Tras dar las gracias, apuró el último sorbo del zumo, y se encaminó hacia allí.

No fue necesario que Steve encendiera ninguna luz del pequeño cubículo donde se encontraban las dos literas enfrentadas, la costumbre le había llevado a conocer cada rincón del aparato, y la tenue luz de seguridad era más que suficiente para moverse por él sin tener que molestar a los compañeros que pudieran estar descansando. Decidió colocarse en la cama superior de la litera que se encontraba más apartada de la puerta, así, si algún trabajador quisiera entrar a descansar podría usar las más cercanas a la salida.

Cuando Steve ya se había descalzado, y tras aflojar el nudo de su corbata, se percató de que había alguien más en el habitáculo. Junto a él, en la cama superior de la litera contigua, una pequeña niña se despabilaba tras haberlo escuchado. Steve, tras recuperarse de la sorpresa inicial, pudo observar que la pequeña no tenía más de cuatro o cinco años. Al verlo la chica le sonrió ampliamente, con ternura y mostrándole unos grandes ojos azules. Enseguida la pequeña se giró, volviéndose a sumir en sus ensoñaciones más profundas. Steve sonrió, y arropó totalmente a la pequeña. Estiró la fina manta hasta casi cubrir por completo su liso y brillante cabello rubio, deseándole buenas noches. Ella contestó algo casi ininteligible, dando a entender que el sueño había vuelto a apoderarse de su pequeño cuerpo.

            Apenas un par de horas después Steve se despertó, había dormido profundamente durante ese tiempo, se incorporó, y decidió volver al exterior. Tal vez sus compañeros necesitaran que alguien les echara una mano. Aún estaba algo aturdido por el sueño, pero no le sorprendió que la cama donde unas horas antes descasaba la niña estuviese ahora vacía, sin embargo si le resultó extraño que la cama estuviera perfectamente estirada, como si allí no se hubiese posado ni una mosca. Desde luego, la niña, o quien hubiera venido a recogerla, eran personas de lo más educado, pensó Steve mientras acababa de calzarse.

            Al volver a la zona pública del aparato, el joven piloto buscó con la vista a la niña rubia de ojos azules para saludarla, y disculparse por haberla despertado. No la vio, pero creyó encontrar a su madre, una mujer de mediana edad con el mismo cabello y unos ojos tan grandes y azules como los de la niña, pero cargados de angustia. La mujer permanecía abrazada a un hombre que dormitaba con cara compungida. El sentido común le impidió molestarlos, pero se dirigió hacia una azafata cercana. Sin duda, el matrimonio era familia de algún miembro de la tripulación, por eso la niña dormía en una de las camas reservadas a los trabajadores, y la azafata sabría indicarle donde encontrarla.

La azafata, sorprendida ante la extraña pregunta de su compañero, lo observó con extrañeza.

─No hay ningún niño en este vuelo Steve ─le aclaró mientras rellenaba con agua caliente un vaso de cartón─, creo que aún sigues un poco dormido.

Steve ladeó la cabeza, y tras sopesarlo un momento agarró a la mujer del brazo, dirigiéndola hasta el lugar donde descansaba la niña tan solo un par de horas antes.

─Pero, eso es imposible. ¿La has tocado? ─ preguntó la mujer sin salir de su incredulidad.

─La he arropado ─contestó Steve─. Incluso he hablado con ella.

La azafata se descompuso de inmediato. Su rostro se tornó blanquecino y tuvo que salir del pequeño habitáculo. Steve no asimilaba lo que ocurría, no entendía a que podía deberse la extraña reacción de su compañera.


─¿Ves a aquella pareja? ─le dijo, apuntando hacia donde se encontraba el matrimonio que Steve había confundido minutos antes con los padres de la niña─. Vuelven de pasar unos días en México, con la familia de él. Al poco de llegar sufrieron un accidente. Llevan el ataúd de su hija de cinco años entre el equipaje. Ella es la única niña que viaja en este vuelo.

sábado, 26 de agosto de 2017

ALICE


Aquel día de principios del otoño había amanecido frío, con el viento encajonándose con fuerza entre las estrechas calles para mostrar su ronquera en las plazas adoquinadas que guardaban las espaldas del Sacré-Cœur. Las primeras hojas comenzaban a caer de los árboles cercanos, para después ser arrastradas por las diferentes corrientes de ida y vuelta hasta los torrentes de agua que los trabajadores del ayuntamiento creaban cada mañana desde la parte alta de la ciudad. Son dos ríos que avanzan sin freno lavando las calles, arrastrando toda la inmundicia lanzada al suelo durante las veinticuatro horas anteriores. Las esterillas, desmadejadas por el uso y arrastre del agua, taponaban las estrechas aberturas en forma de alcantarilla que asomaban a cada tramo como balcones al interior de la ciudad. A pesar de todo, las terrazas de los cafés de la zona alta de la ciudad estaban abarrotadas.

Más allá de los siempre presentes turistas de la ciudad, la zona bullía con los vecinos que aprovechaban cualquier excusa para lanzarse a calle. Todo se repetía. Todo en el mismo lugar y momento que cuando nos vimos por primera y única vez.

Nuestra relación duró tan solo unos minutos, no llegamos a tocarnos, ni cruzamos una sola palabra. Tan solo en una ocasión nuestras miradas se mezclaron furtivas en el mismo momento. Fue cuando me incorporaba a la acera cercana al café donde minutos antes había desayunado. Sin embargo, Alice siempre viene a mi memoria cuando tengo que plantearme algún asunto relacionado con el amor. Invitándome a la reflexión.

Pero no adelantemos acontecimientos.

Supongo que tendría más o menos mi misma edad. Al menos lo aparentaba. Su rostro seco, pero con la tirantez que deja la salinidad de unas lágrimas derramadas de forma amplia, e intermitentemente, a lo largo de toda una noche se reflejaba en su cara. El leve viento que descendía desde el cercano jardín del Molino enrojecía levemente la piel bajo sus ojos. Vestía unos pantalones vaqueros, oscuros, y una camiseta verde que dejaba ver una piel aceituna que ya echaba de menos el recién perdido verano. En su mano agitaba de forma febril un bote de pintura en espray. No tenía pinta de grafitera, y la hora y el lugar no parecían los más idóneos para demostrar su talento con la pintura diluida, pero aun así el frenesí con el que movía el bote, haciendo sonar la bola metálica de su interior al chocar contra las paredes circulares, dejaba clara su intención de usarlo de un momento a otro.

La curiosidad que casi siempre mata al gato se puso de mi lado dándole una tregua a la aventura, como un demonio sarcástico. Expectante. Fue entonces cuando decidí seguirla a una prudente distancia. Zigzagueamos entre las terrazas de sillas de mimbre y los turistas despistados que toqueteaban imames de nevera con forma de cabaret rojo hasta llegar a una pequeña plaza, un lugar que hasta aquel momento había pasado inadvertido a mis paseos diarios.

Justo en frente, en la esquina contraria a donde se encontraba la chica se abría una frutería rebosante de mercancía. Apoyé mi hombro derecho sobre una delgada señal de tráfico esperando el final del asunto. La joven seguía con el crepitar de la bola metálica del interior del bote, hasta que en un momento dado apartó el tapón de plástico transparente que cubría el dispositivo, cerrándolo de forma hermética, y con una soltura digna de un especialista comenzó a pulverizar la pintura negra de su interior sobre la pared blanca. Prácticamente impoluta hasta entonces.

La mancha de pintura, como esparcida por un cirujano preciso y con tiento, no emborronó más que el pequeño grupo de palabras escritas con anterioridad, y que en un tono rojo llamaba la atención desde la lejanía. En ellas se leía, pude verlo casi en el último instante antes de la actuación de la joven: Alice Je t´aime.

Inmediatamente, y tras borrar todo atisbo de la declaración de amor la chica giró sobre sus talones, y mientras se entretenía en volver a colocar el rígido tapón de plástico al espray avanzaba hacia donde me encontraba. He de reconocer que un primer momento sentí miedo de que me hubiera descubierto, de que finalizara con una sonora bronca mi actividad voyeur. Pero mis temores se disiparon pronto, justo después de que ella pasara a mi lado, tocando ligeramente mi cuerpo con su brazo moreno. Lo hizo sin percatarse de mi presencia. Su rostro había enrojecido de ira, y ante mi estupor se dirigió al interior de la cercana frutería.

─¡Dile a tu hijo que es un cerdo! ─gritó al dependiente con toda la fuerza que le permitían sus pulmones.

─¿Pero qué te sucede Alice? ─interrogó el otro. Totalmente sorprendido por aquella furibunda actitud de la joven. A la que sin duda conocía desde hacía bastante tiempo.

─Que tu hijo es un cerdo. Que lleva todo el verano engañándome ─aclaró aún a gritos.

─Pero… ─la interrumpió el frutero con más dudas que determinación.

─¡Lleva todo el verano con otra! ¡Lleva todo el verano pegándomela con otra! ─gritaba fuera de sí, mientras lanzaba el bote de pintura sobre una caja de aguacates maduros─. No lo quiero volver a ver. Díselo.

─Pero…

Ya era tarde para explicaciones. Alice salió de la frutería como alma que llevaba el demonio. Al pasar junto a mí, de nuevo sin percatarse de mi presencia, pude observar como la tirantez de su rostro, seco por las lágrimas, volvía a humedecerse de nuevo. Una de las pocas clientas que estaban a esa hora en la tienda, rompió el silencio espeso que reinaba en la esquina: «Los amores de verano no siempre acaban como uno espera.»




lunes, 31 de julio de 2017

EL CARGUERO SAN GABRIEL


           Los ciento cincuenta metros de eslora no parecían nada del otro mundo junto a la vieja estación de ferrocarril, pero aun así lo reconocí en el primer momento que lo vi. No me hizo falta acercarme mucho para disipar las dudas, aquel casco pintado en azul oscuro y la blancura de la superestructura donde se encontraba el puente de mando no podía ser de otro buque. De todos modos, evité no lanzar las campanas al vuelo hasta que pude leer el nombre pintado en letras blancas sobre el lado izquierdo del castillo de proa. Fue entonces cuando respiré aliviado. Sí, era él.

           El San Gabriel era un carguero con bandera caboverdiana, cosas de la vida, que hasta unos cuantos años atrás había llevado escrito otro nombre en la popa de espejo: Praia Doce. Aunque poco importaba ya a esas alturas.

            Hacía años que no paseaba por el puerto de Lisboa, entre las docas y las grúas amarillentas tiznadas de óxido que pronto acabaría con ellas. A pesar de ser un puerto de río, aquel lugar no tenía nada que envidiarle a ninguno de sus símiles marítimos, pues a esas alturas el río ya estaba a punto de convertirse en mar. La zona olía a salitre añejo y el agua era más salada que dulce. Por lo demás, aquel puerto contaba con todos los complementos necesarios para serlo: almacenes que apenas almacenan nada, redes secándose al sol, vertederos hediondos de miserias y restos de pescado podrido, cuerdas de amarras ásperas y desgastadas por el duro trabajo que reposan enrolladas al borde del agua como si fueran serpientes venenosas, marineros desempleados que rondaban por las fondas y oficinas buscando embarcarse en algún buque para llevar algún sustento a casa... Al anochecer frecuentaban el lugar putas que sin duda habían conocido tiempos mejores, pero que nunca se volvían a casa con los bolsillos vacíos. Además, en el de Lisboa había que sumar a una chusma poco frecuente en los demás puertos de la zona: los trileros, que aprovechan la cercanía con la vieja estación de Santa Apolonia para hacer el agosto con los turistas ingenuos, y sobre todo con los despistados, que comienzan sus vacaciones en la parte baja de Alfama.

            Hice varias preguntas por la zona, después de recibir miradas y respuestas cortas, pero suficientes, de los marineros que por allí me crucé, encaminé mis pasos hacia la parte más alejada del dique, sobrepasé la salida principal de la estación ferroviaria dejando a mi izquierda el monumento que algún gobierno, seguramente culpable de ello, había levantado a los emigrantes portugueses ─cada cual limpia su conciencia como buenamente puede, o le dejan─, y crucé la rúa Caminhos de ferro para entrar en O Farol.

El lugar era una tasca de mala muerte con apenas luz. En el interior había apenas media docena de parroquianos que bebían vino y aquel pringoso licor de ginja mientras charlaban sobre fútbol. Todos se giraron al verme entrar, pero enseguida perdí su atención y siguieron a lo suyo. Me acodé al principio de la barra, una de esas de metal, mate de recibir el roce de tantos codos, y pedí al camarero una botella de cerveza. La más fría que tuviera. El tipo que colocó ante mí una botella de Sagres ─siempre odié esa marca─ era un viejo conocido, aunque él no pareció reconocerme. Nuno, un cincuentón de poco más de un metro sesenta de altura, con prominente panza y un bigote negro que parecía pintado con un brochazo de brea. Siempre quiso ser banderillero, pero a lo máximo que llegó fue a ser el torilero suplente de la plaza de Campo Pequeno. Después, cosas de la vida, tuvo que ponerse al frente del negocio familiar cuando a su padre lo jubiló anticipadamente una angina de pecho que se lo llevó al cementerio de Prazeres.

            Tras darle un largo trago a la cerveza, directamente desde la botella, giré noventa grados hacia la izquierda, enfrentando mi cuerpo al del único cliente que estaba situado en la barra. El único también, que no había realizado el más mínimo movimiento, ni tan siquiera había separado la mirada de su copa de ginebra azul, cuando minutos antes entré en el bar. Cuando me acercaba a él, masticaba con parsimonia un pastel de bacalao que parecía que jamás había estado recién hecho.

            ─Póngale otra copa al capitán ─ordené a Nuno que aún seguía sin reconocerme.

            ─No necesito que nadie me invite a un trago ─sentenció seco el viejo.

            ─¿Ni siquiera yo?─ lo interrogué, obligándole a girarse para mirarme a la cara.

            Su expresión de desidia mudó de repente. Él sí que me reconoció al instante. Se volvió blanco. Transparente.

            ─¿Pero tú…? ─no era capaz de articular palabra─. Tú estabas…

            ─¿Muerto? ─le pregunté.

            Apenas fue capaz de acabar de masticar el pastel que acababa de llevarse a la boca cuando me miró, porque yo ya había sacado el cuchillo que escondía en el interior de la chaqueta, colocándoselo en el pecho. Tan solo había trascurrido un segundo, pero todos los parroquianos habían abandonado el bar a toda prisa al ver la faca. Los gritos de dolor y tragedia quedaron silenciados por el paso de uno de los camiones que entraba o salía del puerto. Me giré hacia Nuno, le di las gracias por el chivatazo. Él, aunque no había nadie en el local seguía haciendo como que no me conocía, al fin y al cabo había sido mi compañero de celda durante mucho tiempo y no quería más líos de los necesarios. Le había contado mi historia mil veces: como perdí mi trabajo de capitán en el Praia Doce años atrás por culpa de aquel viejo envidioso que me acusó de tráfico de drogas. Después vino la cárcel, mi caída en desgracia, y el supuesto suicidio en la costa de la cercana Sesimbra que el viejo observó con chulería desde el recién rebautizado San Gabriel.


Pero a veces el mar devuelve a los muertos para una última conversación.

jueves, 27 de julio de 2017

SOBRE ÁRBITROS COMPRADOS Y TESTIGOS INOCUOS


              Les prometo que fue casualidad, asique no busquen en el asunto más maldad de la necesaria. Estaba trabajando en mi casa, documentándome para un trabajo que estoy escribiendo, y tenía la mesa llena de copias de periódicos y publicaciones de prensa de la primera parte del siglo XIX. Ya saben: invasión napoleónica, Guerra de Independencia, Cortes de Cádiz… canela en rama. Pocas horas antes, esa misma mañana, me había sentado con una novela de un buen amigo a disfrutar del café cargado de todos los días, cuando recordé que nuestro insigne Presidente del gobierno estaba convocado a declarar ante un juez por un asuntillo de nada llamado, igual ni les suena, caso Gürtel. El que es uno de los mayores casos de corrupción política de todos los tiempos, y que está emponzoñando la política patria, poniendo a prueba la paciencia de todos los ciudadanos y dejando en muy mal lugar a una gran parte de la judicatura de este país. Fanática y partidista a manos llenas (lo del fiscal de anticorrupción corrupto es de película italoamericana de los años cincuenta).

            El caso, es que ese asuntillo “de nada” que envuelve al partido del gobierno me robó la atención de la novela que tenía entre mis manos durante el resto de la mañana. Quiso la casualidad que esa tarde, tras abandonar la actualidad política antes de que saltara la válvula, cayeran en mis manos unas de las publicaciones de las que hablaba arriba. El periódico en cuestión con el que trabajaba se titulaba El Duende Político o Tertulia Resucitada, fue una breve publicación que se editó en la ciudad de Cádiz durante algunos meses del año 1811. El artífice de que esa publicación saliera a la luz fue un clérigo llamado Miguel Cabral de Noroña, de corte bastante radical y poco dado a las medias tintas, lo que se demostró en la publicación del número once de su periódico, donde apareció un duro artículo contra el gobierno en el que se expresaba en los siguientes términos: «la inmoralidad, la corrupción y el desorden jamás tocaron al extremo espantoso y deplorable en que se hallan ahora (…), parece que una mano oculta, empeñada en el sacrificio de la patria, sostiene aún en el mando y en todos los destinos importantes a las personas más imbéciles y viciadas.» El artículo no es parco en descalificaciones y opiniones que más que dejar en mal lugar al gobierno de la época, lo despeñaba por completo, para terminar solicitando un cambio radical de la dirección que tomaba el país: «es preciso que hablemos claro: el gobierno que tenemos no puede salvarnos: que las Cortes le remuevan y pongan dignos patriotas a la frente de los negocios, o somos perdidos irremediablemente

            Como era lógico en la época ─y eso que aún no existía la Ley Mordaza que te puede sentar en la Audiencia Nacional a la mínima─, el fiscal Cano Manuel, que ya había tenido sus más y sus menos con Cabral de Noroña, vio su oportunidad para quitárselo de en medio y lanzó una acción judicial contra él, lo que propició no solo que el periódico en sí desapareciera del espacio público, sino que además obligó al clérigo Cabral a coger las de Villadiego y largarse a Filadelfia por si las moscas.

Pero a lo que iba, que me pierdo en pormenores de la historia. Como ven, lo de España como nido de corruptos, e inútiles con valija diplomática no viene de ahora ni mucho menos. Esto hace mucho que es un páramo para trepas y caraduras, pero hay épocas en las que se incrementa, o que al menos se nota más. A ver si me explico, cuando todos teníamos dinero para vacaciones y coches nuevos no parecía importarnos tanto que nuestros políticos se lo llevaran a manos llenas, pero cuando viene una crisis ─ya sea la actual o la que apareció durante la invasión napoleónica y la guerra de Independencia─ parece que ya no nos gusta tanto el asunto, y hasta nos lanzamos a la calle para algo más que celebrar un mundial de fútbol. Lo que sucede, creo fervientemente, es que no estamos aprendiendo nada, y cuando las cosas se arreglen y volvamos a tener dinero para vacaciones caribeñas y coches alemanes de última generación, olvidaremos toda la mili que llevamos a cuestas y estos cabrones ─u otros similares─ con balcones a la calle nos volverán a dejar las arcas huecas.

            Escribo esto no porque me haya levantado con el día cruzado, ni porque sea de un negativo que te rilas. Lo digo porque ya lo estamos haciendo. Porque el otro día se produjo una de las escenas más vergonzosa que se han producido en este país en los últimos años, con lo que eso significa en un país que arrastra vergüenzas de todos los colores, y es que un Presidente de gobierno haya tenido que ser llamado a declarar como testigo ─de momento─ en un caso de corrupción que emponzoña a toda la cúpula política de su partido, y a él como parte del mismo, desde hace más de veinte años, y parece que a todos nos da igual. Nos importa un testículo de palmípedo que nos roben y además se rían en nuestra cara, nos importa una leche que el juez y el fiscal que deben defender los intereses de todos los españoles se pasen este juicio ─y todos los demás de la causa aún abierta─ defendiendo los intereses de un partido político y de todos los particulares que lo forman. Porque hemos asimilado la corrupción y el mamoneo como algo normal. Lo hemos aceptado así porque ellos llevan queriendo que lo asimilemos de esa manera desde hace más de doscientos años. Y lo peor es que lo están consiguiendo: es algo normal que todos haríamos he llegado a escuchar en la barra de algún bar, y sé que lo piensan de veras.

El juicio de la Gürtel me recuerda, salvando las distancias oportunas, a las pachangas balompédicas ─o de algo parecido, a lo que denominábamos fútbol sin serlo─ que jugábamos en los recreos del colegio con los compañeros de clase, y con algún espontaneo de cursos superiores o inferiores ─siempre que éste fuera bueno con la pelota o accediera a ponerse de portero, puesto detestado por todos─, cada día del curso. Lloviera o hiciese un calor asfixiante. En esos partidos sin reglas fijas, pero férreas ─curiosidad de la anarquía futbolera de patio de colegio─, donde no había otro arbitro que el que dirigía el balón en cada jugada. Éste, el que dirigía el balón, podía gritar en cualquier momento y lugar del campo de juego ─pocas veces rectangular, y nunca simétrico─, que la entrada o roce que le había hecho el contrario era merecedora del máximo de los castigos, y aunque la refriega se hubiese llevado a cabo en mitad del campo, el chaval, agarrando el balón con las manos y quitándose de encima contrincantes, se ponía sobre el punto de penalti imaginario ─siempre demasiado cerca de la también imaginaria portería─ para cobrarse la pena que él demandaba como justa entre el abucheo de los contrarios, y el férreo apoyo de los suyos. Por el contrario, cuando ocurría a la inversa, y era el contrario el que recibía la falta, el golpe o la patada ─fuera simulada o le hubiesen partido en dos la tibia─ a un metro de la portería contraria, se las veía y se las deseaba para cobrarse el justo penalti, mientras que los compañeros ─casuales─ del equipo infractor gritaban a todo lo que les daba la voz eso de: «¡Árbitro comprado. Partido regalado!»


Es curioso como ya desde la más tierna infancia entendíamos a la perfección como iban a funcionar los asuntos políticos en este país. 

jueves, 13 de julio de 2017

RECUERDOS DE ITALPARK


En tardes como las de hoy paseaba por el parque Thays de Buenos Aires, y me imaginaba como pudo haber sido el asunto. El predio, realmente grande entre la avenida Libertador y las viejas vías oxidadas de la estación de Retiro, poco más allá, casi al alcance de las manos, las primeras construcciones amontonadas de Villa 31, construcciones estrechas de ladrillos mal colocados, unas paredes colocadas sobres las otras, una especie de subciudad dentro de la gran ciudad. Un Lagash, un Uruk o un Kish moderna. Un día caerá una de esas construcciones y se vendrá abajo toda la cuadra, o la mitad de la villa, un efecto dominó, vete a saber, y algunos de esos que hoy viven con la venda en los ojos se preguntarán cómo pudo haber sido. Pero nada es casual en las desgracias, ni en las construcciones de la Mesopotamia austral del siglo XXI, lo único que diferencia esta zona de las ciudades del Tigris y del Éufrates es que las autoridades no buscarán al arquitecto y tiraran abajo su casa por su error profesional como ocurría bajo las leyes mesopotámicas, aquí simplemente será una desgracia más, posiblemente tapada por el gobierno de turno. Seguramente olvidada días después.

Pero asuntos de venganzas y leyes históricas aparte, se me hace extraño pasear por el parque Thays sin imaginarme como habría sido ese predio treinta años atrás, cuando allí se levantaba el parque de atracciones ItalPark, uno de los puntos más visitados y deseados por los niños y jóvenes de la ciudad. Casi puedo escuchar los gritos ante las viejas atracciones, mientras huelo la mezcla de garrapiñadas, panchos o copos de nieve. Unos olores que según avanzo se van ensombreciendo, mezclándose con del humo del fuego que un día de agosto de 1989 destruyó la pista de autos Monza, y que pocos meses después se cebaría con el laberinto del terror. El humo se disipa de pronto, y es sustituido por el estridente sonido de las sirenas de emergencia, las que un 20 de julio de 1990 tuvieron que precipitarse por las avenidas cercanas en auxilio de dos jóvenes que salieron despediditas de una de las atracciones. Una falleció, y eso marcó el fin del mítico parque de atracciones porteño. Algunos decían que en el estado decrepito que ya se encontraba el parque, sin apenas mantenimiento, lo que había ocurrido era una tragedia anunciada. A alguien le tenía que tocar y les tocó a ellas. Una historia tan vieja que todos hemos escuchado alguna vez en algún lugar del mundo.

Muy lejos quedaban ya los años de esplendor del ItalPark, cuando en 1960 los hermanos Zanón abrieron un parque de atracciones mágico para la época, y que ocupaba el lugar donde estuvo el primigenio parque Japonés de la ciudad (antes de que éste se fuera a los bosques de Palermo donde sigue en la actualidad). El nombre extraño tal vez, no lo es tanto si se tiene en cuenta la cantidad de inmigración italiana en la capital de la Argentina ─los dueños lo eran─, además las máquinas, las atracciones, parece ser que eran traídas desde el país europeo. Las primeras dos décadas del parque fueron de un éxito rotundo, cada pocos años presentaban novedades que dejaban boquiabiertos a los jóvenes de la ciudad; primero toboganes y calesas, después llegaron las máquinas mecánicas, las pistas de autos de choque, o la montaña rusa.

Pero el accidente mortal no solo acabó con la vida de una chica de quince años, sino que también lo hizo con el parque. Los años noventa fueron los años de la hiperinflación, que una década después acabaría como acabó, y el mantenimiento del parque era una tarea casi imposible para los dueños y sus cuentas apresadas bajo el pesado Corralito. Las indemnizaciones sancionadas por la justicia tras el accidente mortal dieron la puntilla a ItalPark, que cerraría definidamente en noviembre de 1990.

El predio quedó abandonado durante un tiempo, en su interior las atracciones se cubrían de óxido y olvido, la vegetación avanzaba y recuperaba lo que un día fue de ella. Un buen día el gobierno local decidió que ese macabro recuerdo ─cuyas imágenes recordaban demasiado al parque de atracciones abandonado de Prípiat, después del desastre nuclear de Chernóbil─, fuera borrado del mapa porteño. Se pensó en abrir un nuevo lugar de recreo, aunque también asomó la afilada sonrisa de pelotazo urbanístico. Al final se decidió que el enorme solar lo ocupara un nuevo pulmón verde, un enorme parque. Inaugurado en 1998, sería bautizado con el nombre del arquitecto y paisajista francés Carlos Thays, el cual realizó la mayor parte de su trabajo en la capital porteña.
                                                         


lunes, 22 de mayo de 2017

DOMINGO DE PIÑATA.


           Hace unos días me enteré, casi por casualidad, que el julio pasado resulté finalista del Concurso Internacional de Relatos Policíacos de la Semana Negra de Gijón. 

           A pesar del tiempo transcurrido desde el fallo del jurado y la publicación del relato en A Quemarropa -periódico oficial del festival-, ahora lo comparto en esta página sintiéndome muy contento por la noticia a pesar del tiempo transcurrido desde que se celebrara el último festival.

           Se titula Domingo de piñata y transcurre en la ciudad de Cádiz. Lo podéis leer en la página cinco del enlace de abajo, o directamente en esta página, al final de esta entrada


http://www.semananegra.org/2016/aquemarropa-2016-pdfs/AQ8-2016.pdf






DOMINGO DE PIÑATA


El sábado de carnaval siempre es una jornada con alta carga de trabajo en Cádiz. Muchos avisos, cuantiosas peleas, intoxicaciones etílicas y alguna que otra actuación al límite, entre el mar y el malecón del paseo, por culpa de las drogas y la inconsciencia. Lo que a todas vistas es una ciudad reducida, tranquila y apacible comienza a convertirse en una olla a presión la tarde del sábado, cuando centenares de autobuses y trenes abren sus puertas para descargar a miles de jóvenes disfrazados, cargados con bolsas repletas de botellas de alcohol y otras sustancias más psicotrópicas. Vienen decididos a vivir una intensa noche rodeada de alcohol y desenfreno, escudándose en celebrar uno de los carnavales más importantes del país. De eso verán poco, debido a sus excesos los vecinos y carnavaleros hace años que prefirieron retrasar el desfile callejero hasta el mediodía del domingo, cuando los jóvenes que revientan la plaza de la catedral, y alrededores, untándola de orín y botellas rotas deciden irse a dormir la borrachera, o abarrotan las estaciones buscando volver a sus casas.

La comisaría central, situada en una amplia avenida de la parte nueva de la ciudad, bullía de agentes llegados de algunas localidades cercanas para servir de apoyo durante el primer fin de semana de fiestas. Algunos ya veteranos actúan como cicerones con los que debutaban, algo perdidos en el dispositivo. Mientras, los jefes emitían órdenes estrictas y organizaban los grupos de actuación para las próximas veinticuatro horas. En mitad de todo el jaleo se abrieron paso un grupo de policías con caras serias, acababan de salir del despacho del comisario Soto y se dirigían hacía las escaleras que daban a la puerta principal, sobre la avenida.

Segundos después, tres furgones de la Unidad de Intervención Policial con las prioritarias encendidas se lanzaban por la avenida, casi paralizándola y llamando la atención de los viandantes que por ella se movían a esa hora. A nadie le sorprendería ver ese dispositivo camino del pregón que daba comienzo a las fiestas, y que sería seguido por un macro botellón, pero si lo hacía que se dirigiesen hacia el sur. La comitiva la cerraba un coche oscuro tocado con un estridente y llamativo rotativo azul. En su interior tres hombres y una mujer, todos ellos de paisano.

            La caravana policial cruzó abruptamente la avenida haciendo frenar de repente a los múltiples coches y autobuses que en ese momento se dirigían al centro, para después saltarse varios semáforos y tomar algunas calles en dirección contraria, esquivando coches que, viendo la envergadura de los furgones, frenaban y se apartaban de su trayectoria facilitándoles las maniobras. Pronto enfrentaron la larga avenida Lacave en dirección al Cerro del Moro. El barrio, había mejorado en los últimos años tras el soterramiento del tren y su incorporación a la ciudad, aunque sigue teniendo ese ambiente marginal, que sin ser peligroso no deja de ser inquietante a según qué horas. Tal vez por los recuerdos de los viejos tiempos, cuando el lugar era prácticamente inexpugnable para la policía, sirviendo como escondite para los mayores camellos de la ciudad, e incluso como guarida para varios miembros del GRAPO durante los años del plomo.

            El grupo de tres furgones del UIP se paró esperando a que un compañero apartara la cinta de balizamiento que cortaba el tráfico. Algunos jóvenes del barrio, sentados en los destartalados bancos de la plaza, observaban desde hacía rato el enorme despliegue policial. Mientras tanto, abrían unas litronas y liaban los primeros canutos de la tarde. Los vecinos comenzaban a dejarse ver entre las sombras de balcones y ventanas, respondiendo con movimientos retráctiles a las miradas de la policía.  El coche que cerraba la escena no entró en la zona señalizada, deteniéndose justo ante la cinta que marcaba la línea de seguridad. De su interior descendió el inspector Bustos, un tipo cincuentón, bien vestido, pelo blanco y cuerpo espigado.

Miró a su alrededor mientras avanzaba, dándose cuenta de que el barrio seguía sin despegar. A su izquierda, seguía el enorme descampado lleno de vegetación y escombros donde estaba programado levantar el nuevo hospital de la ciudad. Un hospital que seguramente nunca se llegará a construir, y que si finalmente se erigiera ya sería viejo y pequeño para las necesidades de la zona. A su derecha, junto al centro de la escena, un bloque de pisos pintados de blanco sin ningún atractivo, se mostraba con todas las ventanas y puertas tapiadas con ladrillos de cara vista. Cuando Bustos se encontraba a escasos pasos del cierre metálico a medio abrir de un ultramarinos, escuchó el tabletear del helicóptero de la policía que vigilaba la zona después del aviso, moviendo el aire cercano y llevando hasta él un golpe de viento espeso y dulzón. Tras Bustos caminaban el resto de ocupantes del coche, tres policías de paisano que comenzaban a colocarse el chaleco negro y amarillo, sobre el que podía leerse en letras azules el nombre del cuerpo de seguridad del estado al que pertenecen. Dos de ellos se acercarán hasta diferentes puntos de la calle donde había otros compañeros. La tercera, una mujer joven, morena, de rasgos árabes, se acerca a la puerta del negocio, donde un compañero ya está informando a su jefe de cómo se encontraba la situación.

            ─Acaban de detener al Martinete. Le comentó el inspector Bustos cuando la chica llegó a su altura.

            Ella sonrió ampliamente como toda respuesta. Mientras tanto el compañero siguió explicándose ya para los dos policías. El Martinete era un tipo peligroso, que a pesar de haber sido sorprendido en su casa después del soplo de un vecino había presentado mucha resistencia. Cuando le detuvieron tenía en su poder varias escopetas de caza y un revolver Astra 250, que no había dudado en usar hasta descargarle las cinco balas del 38 especial. A pesar de ser un arma poco peligrosa desde larga distancia, había herido a un compañero. De ahí el revuelo montado y la necesidad de avisar a todas las unidades disponibles a esas horas. El Martinete era un viejo conocido del inspector Bustos, detenido en varias ocasiones por narcotráfico, trata de blancas, proxenetismo y extorsión. Un tipo detestable que sin embargo nunca pasaba más de un par de días entre rejas, siempre había alguien que le debía un favor, y el Martinete se bautizaba con padrinos de primera.

También venía de antiguo el odio que sobre él procesaba la agente que ahora estaba junto a Bustos. Djamila, Tangerina de nacimiento, fue secuestrada cuando volvía del colegio. Esa misma noche fue sacada ilegalmente de su país para ser explotada sexualmente en un club de Chiclana. Tenía quince años. Un mes después del secuestro y tras ser brutalmente golpeada, fue llevada al club de carretera por dos matones, allí le esperaba el dueño del club, un tipo con la cara marcada por pústulas y una cicatriz en el pómulo derecho. Cuando los dejaron a solas lo primero que notó Djamila fue un fuerte olor a sudor y whisky, después el fuerte manotazo que la tiró al suelo, y la salvaje violación que solo sería la primera de muchas más, siempre llevadas a cabo por el mismo tipo. Intentaba escarmentarla, imponerle una dura corrección cuando ella se negaba a hacer caso a lo que los matones del antro le ordenaban, o cuando intentaba irse de la lengua con algún cliente. El jefe del club, el más conocido de la comarca, no era otro que el Martinete.

Por ello cuando la semana anterior en una pedanía del Campo de Gibraltar, un tipo con la cara llena de pústulas y una enorme cicatriz había violado, e intentado secuestrar, a una niña marroquí habían saltado todas las alarmas. Inmediatamente sonó el teléfono de la comisaria de Cádiz. Ellos habían sido los últimos en detener varios años atrás al Martinete, del cual no se había vuelto a saber nada. Mientras el comisario le hablaba, el inspector Bustos mudaba el gesto, recordaba perfectamente aquel día. Hacía meses que seguían a los matones del Martinete por haber dado varias palizas a empresarios de la noche gaditana. Todos suponían que era debido a un asunto de drogas, pero cuando consiguieron la orden del juez y asaltaron el club de Chiclana donde suponían guardaban la mercancía, se encontraron con un negocio muy diferente. Así fue como la brigada encabezada por Bustos liberó del cautiverio sexual a Djamila y a otras chicas que habían corrido su misma suerte.

Djamila pasó a los servicios sociales y después de muchos trámites burocráticos y con el apoyo de varias organizaciones no gubernamentales consiguió salir adelante. Fue creciendo y siguió con su formación en Cádiz. A menudo viajaba a Tánger para visitar a su madre, que no quiso que después de lo sucedido su hija volviera a instalarse allí. Al terminar sus estudios decidió que sería policía, e ingresó en la academia. Durante el tiempo trascurrido desde su liberaron de las garras de la red de trata, hasta que finalizó su instrucción en la academia, Djamila estuvo muy apoyada por todos los miembros de la comisaría de Cádiz, sobre todo por el inspector Bustos que nunca había tenido hijos y la consideraba como su ahijada. Al menos así la trataba cuando ella acudía a su llamada para realizar labores de traducción con inmigrantes asustados, o menores rifeños cazados con hachís en la costa de Barbate.

Con estos antecedentes no fue difícil que tras unas llamadas telefónicas y el cobro de unos viejos favores, el comisario Soto consiguiera que la joven fuera destinada a la comisaria de Cádiz, donde formaría parte de la brigada del Inspector Bustos. Fue entonces cuando la joven decidió instalarse en la ciudad y traerse a su madre desde Tánger. Djamila, había aprendido todo lo que sabía sobre el cuerpo gracias a Bustos, y al igual que él, ella tampoco tenía una fe ciega en la justicia. Se negaba a que en la mayor parte de los casos los delincuentes estuvieran más protegido que las víctimas, que éstas tuvieran que vivir con la carga de lo vivido de por vida, mientras ellos después de cumplir unas penas escasas volvían a la calle.

─Los padres de la niña están aquí ─dijo Djamila apuntando con el mentón hacia un lateral de la calle─. No sé cómo se han enterado tan rápido.

─La madre que me… ─el inspector ahogó una maldición.

 Sabía que desde hace unos días los padres de la niña estaban en Cádiz en casa de unos familiares, y que el padre había jurado vengarse. Pero el inspector no esperaba verlos allí tan pronto.

─Hay otra cosa más ─añadió Djamila casi con miedo a la reacción de su jefe─. Los hermanos del padre están viniendo desde Algeciras. Frecuentan una carnicería Halal y según tengo entendido son unas auténticas fieras desollando corderos.

El resoplido de ira del inspector se escuchó en toda la zona. Djamila decidió tranquilizarlo. Le prometió que hablaría con ellos, y que no volvería a comisaría hasta que no hubiera convencido al padre, y al resto de la familia, de que dejaran trabajar a la brigada.

La semana pasó tranquila. Ningún abogado preguntó por el Martinete, nadie llegó hecho una fiera pidiendo su inmediata liberación. Era como si todos sus antiguos padrinos se hubieran cansado de salvarle el culo una y otra vez. Entre tanto el Martinete pasaba las horas a la sombra, defendido por un joven abogado de oficio y sin abrir la boca en los interrogatorios.

El viernes siguiente fue llevado a la Audiencia Provincial, pasó varias horas en su interior y a su salida los policías que lo custodiaban fueron duramente asaltados por un par de tipos encapuchados. Lograron aturdirlos lo suficiente para liberar al preso de sus manos, y meterlo a empujones en un coche de alta cilindrada. Los agentes ya repuestos tiraron de arma reglamentaria, pero ante la imposibilidad de acertar a un blanco que se difuminaba en el horizonte, y viendo que la calle estaba altamente concurrida decidieron no abrir fuego. «Al menos eso lo han hecho bien», gritó el comisario al enterarse de lo sucedido.

El segundo sábado de carnaval volvía a ser un fin de semana movido en la ciudad, la asistencia de personas era mucho menor que la del fin de semana anterior, pero de todas maneras el flujo de gente poco o nada conocida para los habituales era alto. También lo era el de avisos por peleas, sobre todo en torno a la carpa-discoteca que el ayuntamiento solía colocar en el puerto. En la comisaría todos estaban deseando que pasaran las últimas veinticuatro horas, que con el Domingo de Piñata se cerraran las fiestas hasta el año siguiente. La mañana del domingo el comisario estaba agotado, no había pegado ojo en toda la noche por culpa de las chirigotas callejeras que cantaban bajo su ventana. Frente a él el inspector Bustos y Djamila charlaban de la extraña y fulminante desaparición del Martinete. La agente sacó de sus vaqueros un paquete de American Legend y se colocó un cigarro en los labios, pero ante la mirada inquisitiva del comisario decidió dejarlo ahí, sin encender. Aún mantenía éste la mirada de reproche sobre su agente cuando sonó el teléfono que tenía a su derecha. Al otro lado del hilo telefónico, los del Centro Operativo de Servicios de la comandancia de la Guardia Civil le aseguraban haber dado con el Martinete.

─Tenéis trabajo ─dijo al colgar el teléfono─. Ese cabrón ha aparecido.

En cuanto salieron del despacho Djamila encendió el cigarro gibraltareño. Nadie pronunció palabra hasta media hora después, cuando el coche se detuvo en medio de una zona de caños salineros conocida como los Polvorines de Fadricas. Una antigua zona abandonada junto a Punta Cantera, en San Fernando. Allí les esperaba un cabo de la Guardia Civil que les llevó hasta el lugar donde ya trabajaban los de la científica. Del edificio, que algún día hizo las veces de Santa Bárbara, salió un tipo con barba canosa y mirada turbia que se identificó como el forense.

─El cuerpo, o lo que quedaba de él ─les dijo a modo de saludo─, está totalmente descuartizado. La cabeza embarrada, aunque con la cicatriz del pómulo bien visible. Presenta grandes moratones en las sienes, y unos cuajarones de sangre seca le taponan los orificios de la nariz y la boca.

A la pregunta del inspector Bustos sobre la posible hora de la muerte, el viejo forense le confesó que él creía que podía llevar muerto unas cuarenta y ocho horas. Pero según estaba el cuerpo cualquiera sabía.
─Un par de horas después de la fuga ─calculó Bustos.

─Sí, un par de horas después ─sostuvo el forense─, aunque visto lo visto más que una fuga parece un trampa. Lo han despedazado como a un ternero. Sólo les ha faltado empaquetarlo.

─Sí, una trampa. Puede que fuera eso ─sopesa Bustos.

Lo dice pensativo, como con la cabeza en otro lugar, mirando a Djamila. Mientras ésta, apoyada en el marco de la puerta enciende otro cigarrillo de contrabando. 

lunes, 13 de febrero de 2017

EL BOLSO DE CUERO NEGRO


El escándalo que se montó fue de órdago, sobre todo cuando la anciana, al verse interceptada por los dos fornidos hombres uniformados de la puerta del almacén, se lanzó al suelo enmoquetado de la entrada y comenzó a gritar. Los ojos se le tornaron opacos y la taquicardia se fue apoderando de su pecho. Un ataque de ansiedad de manual, confirmó el empleado de seguridad cuando avisó por el interfono a su superior.

            Las cámaras de seguridad del local habían registrados todos sus pasos desde que media hora antes entrara por la puerta. La pareja de guardias de seguridad que estaban en su primera semana de trabajo no salía de su asombro, la mujer se movía por el local con total libertad, cogiendo lo que le interesaba y guardándolo después con naturalidad en su bolso. Como si lo hubiera hecho decenas de veces.

Cuando la mujer acabó de recorrer todos los pasillos se dirigió hacia la puerta por la que había entrado, la misma en la que ahora se encontraban los dos guardias de seguridad que habían seguido toda su actuación por las cámaras de vigilancia repartidas por el enorme centro comercial. El arco antirrobo pitó estrepitosamente, todo el mundo se giró, clavando la mirada sobre la anciana y los enormes vigilantes que educadamente se acercaron a la mujer, pidiéndole, casi sintiendo vergüenza ajena, que por favor les enseñara el interior del enorme bolso de cuero negro.

            Ella los miró sorprendida, casi desconcertada. Cuando parecía haber asumido que no tenía escapatoria su rostro se volvió turbio y atormentado, después se dejó caer sobre el suelo, cortando el tránsito a los clientes que entraban y salían en ese momento, y dejando a los hombres de seguridad confusos, sin saber muy bien cómo actuar ante esa situación. Fue entonces cuando uno de ellos se levantó, lanzándose rápidamente sobre el interfono.

            El jefe de seguridad llegó en apenas unos segundos, la voz del hombre que le había narrado la situación no parecía dar a entender que la emergencia estuviera bajo control ni mucho menos. Cuando llegó a la entrada, un pequeño grupo de personas se arremolinaba ante la mujer y los dos empleados. Incluso alguno de los trabajadores del local habían dejado su puesto para observar desde cerca la escena.

            Cuando el jefe de seguridad consiguió abrirse camino entre la muchedumbre vio que la señora seguía sentada en el suelo enmoquetado, aunque pudo observar con satisfacción, y para su tranquilidad, que el griterío y el ataque de ansiedad se habían diluido por completo. A su lado estaban arrodillados los dos empleados, junto al bolso de cuero negro que, abierto, dejaba a la vista varios discos compactos de música precintados y un par de libros encuadernados en rústica. Al reconocer la cara de la señora el jefe de seguridad ordenó a sus subordinados que la ayudaran a levantarse y la dejaran marcharse de inmediato. Ante la incredulidad de los vigilantes, su jefe, recogió el bolso de la anciana y lo cerró con los objetos sustraídos dentro. Se lo ofreció a la mujer y acto seguido se disculpó acompañándola hasta la puerta de salida.

            Cuando el círculo de gente curiosa desapareció el jefe de seguridad se acercó a sus subordinados. Intentando pasar desapercibido les señaló a un hombre de avanzada edad, que había observado toda la escena desde lejos, y al cual se le había dibujado una mueca de descomposición en la cara tras observar la embarazosa situación que se había desplegado ante su mirada.

Mientras el jefe de seguridad lo señalaba cauteloso, para que sus empleados pudieran reconocerlo, el hombre se dirigía sin ningún producto en sus manos a una de las cajas. Sacó un par de billetes y pagó lo que la mujer se había llevado en el interior del bolso. El joven de la caja, cobraba sin inmutarse ante las caras de estupefacción de los jóvenes vigilantes que se estrenaban esos días en aquellos grandes almacenes. Cuando el cajero terminó su tarea se despidió cortésmente del hombre llamándolo por su nombre de pila. El anciano murmuro un gracias casi ineludible. Lleno de pesar.

 Siempre hace lo mismo, les comentó el jefe de seguridad, la sigue allá a donde va, y después abona en caja lo que la mujer se lleva sin pagar, pensando que nadie la ve, que nadie se entera. Lo hace por amor, sin decirla nada después, sin llamar su atención para no avergonzarla ante la multitud. Ella no puede evitarlo, el impulso de llevarse cualquier objeto, sea cual sea su valor, o importancia, es más fuerte que su propia existencia.

Está enferma confirma el anciano al pasar junto a los tres tipos que siguen en pie junto a la puerta del establecimiento. Es cleptómana, pero no tiene maldad, añade. Cuando se ve sorprendida se comporta como lo ha hecho hace un rato, se apodera de ella un fuerte ataque de nervios y se deprime. Por eso, desde que me jubilé, para evitarle disgustos y depresiones que la hunden en la mayor de las congojas la sigo siempre que sale de casa con su bolso de cuero negro. El de salir a la compra.