jueves, 5 de enero de 2017

AL FINAL SE ARMÓ EL BELÉN


La calle Belén es un lugar tranquilo, una de esas localizaciones simplonas en mitad de un barrio obrero. Sus alrededores bullían los días anteriores a la llegada de la Navidad, el mercado ofrecía sus mejores galas, y el pescado blanco y el cordero barato volaban de los puestos. Los percebes y las langostas no llegaban hasta esas recónditas calles. Tampoco nadie los esperaba.

En el número veinticinco de la calle Belén hacía un par de años que vivía una pareja joven. José, al que todos conocían como Jota el ebanista, y la Mari, una joven de menor edad que él,que los fines de semana trabajaba de dependienta en el Estrafalarius del barrio. Desde hacía unos meses los problemas se le acumulaban a la joven pareja, Jota había tenido menos cuidado del recomendable, y a la Mari le crecía el vientre a la misma velocidad que lo hacían sus deudas. Además, el trabajo en la ebanistería se había terminado después de que una multinacional sueca abriera una sucursal a las afueras del barrio, junto a la autovía del sur.

El asunto se había puesto feo, él sin trabajo y su chica a punto de perderlo, porque su jefe, que creía que la empatía era una enfermedad venérea, le había dicho que su bombo no incitaba al consumo de la juventud. Por lo que a final de mes le dio la paga y la patada. Noviembre se puso cuesta arriba, pero con los ahorros que tenían pagaron las deudas que les vencían en ese mes. Diciembre sería otro cantar. Así se lo hicieron saber a su casero, prometiéndole que en cuanto encontraran trabajo le pagarían los atrasos. El hombre, sencillo y cercano, les dijo que se tranquilizaran, que él se hacía cargo de la situación.

Como prometió se hizo cargo, y nada más salir del portal telefoneó a su cuñado, concejal de urbanismo del ayuntamiento y el que lo metió en lo de los fondos buitre. Otro tipo íntegro y comprometido, con sus acusaciones por prevaricación y tráfico de influencias como Dios manda. El casero parecía realmente preocupado por la situación de sus inquilinos. «Al paso que va la justicia en este país no los echo de aquí hasta que el niño sea doctor honoris causa», le dijo. Y éste, compungido, también se hizo cargo de la situación.

La mañana del día veinticuatro amaneció con todas las fuerzas del orden rodeando la casa del cuñado del concejal para desalojar a la joven pareja. Los vecinos, alborotados por el jaleo de un día medio festivo como aquel,se lanzaron a la calle para saber lo que ocurría. Al enterarse, comenzaron a increpar a los antidisturbios que llegaban, asegurando que Jota y la Mari eran buena gente que estaban pasando un bache económico. Los policías apretaban, y ellos los acusaban de querer montar el belén en un día señalado para tapar los decretos que el ayuntamiento estaba firmando a escondidas. «¡Sois unos vendidos!», gritaban. Los agentes echaban la culpa de aquello a Martín Herodes, el alcalde, que estaba cabreadísimo porque su concejal de urbanismo no hacía más que llamar preguntándole una y otra vez«¿Qué hay de lo mío? ¿Y de lo de mi cuñado?», y que así no había quién se concentrara en sus labores y no hacía más que perder dinero al póker.

Jota, que había salido a ver si alguien lo contrataba para la campaña de navidad, y de paso maquillaba las cifras del paro de cara a fin de año, se encontró a su vuelta con todo el revuelo. Al ver a la Mari asomada al balcón, mentándoles los muertos a los del casco y las porras, se puso delante del que parecía dar las órdenes para decirle que no tenía corazón, que él estaba para defender a la población y no para perseguirla. A lo que el agente contestó «No te pases de listo, que una cosa es una cosa, y otra muy distinta es andar sin necesidad tocándome los aparejos». Pero Jota se los siguió tocando, y minutos después estaba dentro de un furgón policial camino de la comisaría del distrito, donde un inspector con nietos le invitaría a café y le diría que de todo se sale.

Mientras tanto la Mari había sido sacada de la casa, y cargada con las cuatro cosas que tenía la pareja, se tambaleaba por la calle, soportando el dolor de las cada vez más frecuentes contracciones. Allí, sin avisar ni rellenar ningún formulario administrativo, la Mari rompió aguas. Los vecinos la metieron en un portal cercano, donde minutos después había alumbrado a su hijo Susi.

Al final del día todo parecía haberse tranquilizado y vuelto a su orden. En la calle Belén apenas quedaban transeúntes, pero lejos de allí, en el CIE del puerto, tres inmigrantes con ropa rara y cargados con unos cofres con olores fuertes, que les fueron requisados por si eran opiáceos o drogas blandas, intentaban convencer al tipo de la garita de que ellos no tenían que estar allí, sino en un portal llevando a cabo el trabajo por el que les habían hecho cruzar medio mundo. En vez de ser escuchados, aquella misma tarde fueron embarcados en un vuelo directo a Senegal, a pesar de que uno de ellos no dejaba de repetir que él era de Angola. En su lugar, el que apareció aquella tarde en la habitación del hospital donde la Mari achuchaba a su pequeño, fue un paje del alcalde que portaba una factura con todos los gastos ocasionados por el violento desalojo.

Pero como todas las historias de navidad acaban bien, ésta también lo hizo, al menos hasta que comience la cuesta de enero, y todos acabaron pasando la fría noche bajo techo. La madre y el niño en el hospital, el padre en la comisaría jugando al mus con el inspector, los tres subsaharianos en un avión de fabricación rusa, y el casero y su cuñado el concejal de urbanismo en uno de los reservados del puticlub Lolitas.

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