jueves, 19 de enero de 2017

MUERTOS POR LA INDIFERENCIA


       El tiempo pasa para todos, pero corre cuando se trata de olvidarnos de las barbaridades humanitarias que en algún momento de nuestra vida nos hizo rasgarnos las vestiduras y lanzar el grito al cielo de las redes sociales. Parece que fue hace un siglo, pero tan solo han pasado unos meses desde que nos despertásemos con la imagen del niño sirio ahogado en las aguas del mar Egeo. Pero pasó el verano, y el tiempo acabó mandando al saco de los lejanos recuerdos la indignación de aquellas imágenes trágicas, que representan como ninguna el devenir funesto de la hipócrita sociedad que hemos construido poco a poco y entre todos. Todos, sin excepción, ya sea por obra o por omisión como recitan las plegarias milenarias de la rancia retórica del cristianismo. Mejor perseguir al pecador que ayudar al necesitado.

            Nuestro liviano sentido de la moral que nos permite indignarnos al ver el cuerpo de un niño ahogado en las costas turcas, o la imagen de un pequeño que acaba de escapar de un bombardeo por los pelos, se vuelve desidia al ver a los refugiados adultos durmiendo a la intemperie en los campos de refugiados de Lesbos o en el interior de los destartalados almacenes de Belgrado, a punto de morir por congelación. La Unión Europea, como siempre, junta a sus representantes para discutir qué hacer, o cómo, con la situación que desde hace meses viven estas personas en territorio europeo, y siempre llegan a la misma conclusión, a la misma decisión. Ninguna. El gobierno de la Unión Europea no fuerza la máquina para solucionar la emergencia humanitaria, la amenaza de muerte inminente, real, y no lo hace porque los gobiernos de los países miembros no quieren forzarla. No se atreven por una simple razón, todos tienen miedo a que puedan dar un paso adelante, comprometerse con una u otra posición ante la crisis de los refugiados y que después los votantes se lo hagan pagar en las urnas. Por poder ─y dinero─ baila el perro. Eso es lo único que les importa a nuestros queridos políticos. La solución de los problemas ya se lo dejan a los demás, que ellos, parece ser, no fueron elegidos para eso.

Lo que ya se ha convertido en el mayor problema humanitario del siglo XXI y que nos retrata como lo que realmente somos, no es más que un anexo a las crisis humanitarias ocurridas en Europa durante el siglo anterior. Desde la guerra de España en el Rif hasta las últimas masacres de los Balcanes, pasando por dos guerras mundiales, los genocidios de judíos, armenios o la limpieza étnica de Srebrenica. Para poner coto y solución a todas estas barbaridades obra del ser humano ─no lo olvidemos nunca. La culpa siempre es nuestra─ nació la Organización de las Naciones Unidas, la mayor casa de putas de la historia hasta el momento. Que está ahí para observar y después no hacer nada. Y sino, vean la exitosa labor de Javier Solana durante la guerra de los Balcanes.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos explica claramente que si alguien omite el deber de socorro está cometiendo, además de una inmoralidad, un delito. Nuestros gobiernos llegan tarde a todos los sitios y en todas las épocas. Las decenas de miles de refugiados llegaron en verano, parece mentira que no se hayan tomado medidas antes. Es como si los encargados de poner freno a la desidia, al sufrimiento de estas personas que huyen de una guerra que los mismos gobiernos han fomentado, no supieran que después del verano llega el otoño y después el invierno. Gélido y desapacible.

Estamos asistiendo a la consecuencia de la pésima gestión, no humanitaria, de la Unión Europea hacia las personas que huyen de una guerra para morir congelados en mitad de un territorio hostil que creyeron amigo. Insensibilizados ante el dolor de los demás, sobre todo cuando los demás son pobres. Una actuación muy merecedora de aquel premio Nobel de la Paz de 2012, con el que reconocieron la labor humanitaria de este grupo de tipejos y tipejas que manejan a su antojo los designios de todos los que caemos bajo su sombra.


Viéndolos ahí, huyendo de la guerra para morir congelados, solo puedo pensar en la playa de Argelès-sur-Mer, al sur de Francia, donde en febrero de 1939 fueron recluidos miles de refugiados españoles. Muchos murieron a causa del frío, de la falta de comida y de la neumonía en mitad de un invierno no tan duro en lo climatológico como el que estamos viviendo este año. Entre ellos se encontraba un tal Vicente Ferrer, que a la larga haría más por la humanidad que cualquier gobierno Europeo de antes y de ahora. Quien sabe qué figura irremplazable para mejorar el mundo puede estar ahora mismo ahí, malviviendo entre la nieve, sin ropa, sin comida y sin futuro. 

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