jueves, 26 de enero de 2017

SOBRE TÉRMINOS A LA MODA E INFORMES COMPROMETEDORES


A lo largo de la historia ha habido palabras que han pasado del más oscuro de los desconocimientos a ser utilizadas por todos los miembros de la sociedad, desde las redacciones de los medios de comunicación hasta las barras de los bares, pasando por las conversaciones de las mesas donde se llevan a cabo las comidas familiares. Nadie queda fuera del rango de perturbación de la palabrita de turno. Entre otras cosas, porque los medios de comunicación las repiten hasta la saciedad como si acabasen de descubrir la madre de todas las palabras. El término de los términos.  

Seguro que les vienen a la cabeza muchas de ellas, la mayoría en idiomas extranjeros, que después de exprimirlas al máximo, como si de un pomelo se tratase, vuelven a caer en la más amplia de las ignorancias. Como si de tanto repetirlas hubieran dejado de tener sentido, o tal vez por eso mismo, y que son reemplazadas inmediatamente por otras nuevas que pronto dejarán de estar a la moda. La moda, la tecnología, la cultura y sobretodo el esnobismo son las víctimas más propicias para llevar a cabo este colonialismo en la terminología. Pero será el mundo de la política, aunque no lo parezca, el que más términos extranjeros trasladará a nuestro día a día. Además, estos serán los que más se internen en la vida cotidiana de los ciudadanos. Según parece, y a la vista de cómo avanzan las noticias que llegan desde los servicios secretos rusos y norteamericanos, se avecina la llegada sin remisión a nuestras vidas de una nueva y flamante palabra. Un término que pronto nos taladrará la cabeza y los oídos desde primera hora de la mañana hasta los últimos informativos del día.

Pongamos unos leves ejemplos de lo anteriormente mencionado. En España, durante las últimas e interminables campañas electorales saltó a la palestra el término sorpasso. Parece algo extraño, pero no era más que hablar de un adelantamiento en las encuestas o resultados electorales, eso sí, en italiano, que así parece que dice más y además hace ver que dominamos idiomas. Después, apareció en todos los programas de noticias y editoriales periodísticos el término impeachment, que a pesar de que suena a noqueo pugilístico no es más que un término del derecho anglosajón, mediante el cual se puede procesar a un alto cargo político, y que podría traducirse como un proceso de destrucción. Lo hemos tenido hasta en la sopa con el caso brasileño de Dilma Rousseff, la que tras ser ampliamente acusada de corrupción por la oposición tuvo que enfrentarse a una moción de confianza que perdió, finalizando ahí su carrera política. Sin embargo, es curioso, que los países que más abusamos con la repetición del término, a la hora de la verdad, a la hora de aplicarla a nuestros políticos, nos difuminamos en la más amplia de las desidias y desganas. Singularidades del lenguaje y de la hipocresía.

Más antiguo, y utilizado por la sociedad y los medios de comunicación en los últimos tiempos, es el término escrache o escrachar, que a pesar de proceder del occitano se hizo famoso en Argentina. Lo vimos, y utilizamos, en todo su esplendor durante los años 2001 y 2002 tras el estallido del Corralito económico argentino, cuando los ciudadanos argentinos persiguieron a políticos y banqueros allá por donde se movían para escracharlos con los múltiples cacerolazos ─otro interesante término que descubrimos por entonces─, y que ahora se aplica a cualquier protesta realizada con más o menos atino en la vía pública.

Los anteriores son solo unos ejemplos de la pesadez lingüística de los medios de comunicación que, como un perro hambriento, cuando dan con un hueso no paran hasta que lo convierten en polvo o hasta que se cansan de él. Lo que ocurra antes. Lo que si queda claro es que cuando sueltan y dejan ir al término, éste ha quedado totalmente desmitificado y resultará inservible para referirse a cualquier otro caso por parecido al original que éste sea.

Como les comentaba antes, según avanzan las últimas noticias en torno a la llegada del nuevo presidente y administración al gobierno de los Estados Unidos, comienza a escucharse el eco de una nueva palabrucha que, muchos ya suponen, muy pronto va a convertirse en el karma más repetido por todas las agencias de noticias del globo terráqueo. En este caso, el término procede del ruso y se podría traducir literalmente como un informe comprometedor: Kompromat en el original. La palabra de marras vendría a ser algo así, poniéndonos más quisquillosos con la acepción, como el término utilizado para describir los materiales comprometedores sobre un político o figura pública. Estos materiales pueden ser utilizados para crear sobre la persona señalada una publicidad negativa, un chantaje o para asegurarse su lealtad inquebrantable. Si el Kompromat existe, o es ficticio, es otro tema, pero sus efectos suelen ser los mismos. Como todo en esta vida ya lleva mucho tiempo inventado, no es obra de los nuevos poderes rusos ni mundiales, sino que era una táctica utilizada por todos los servicios secretos del pasado siglo. Particularmente útil para el KGB de la época soviética, que se servía de ella para apretarles las tuercas a ciertos personajes políticos o económicos que no querían plegarse a sus intenciones.

Muchos piensan que la supuesta amistad, impostada o no, entre Trump y Putin tiene mucho que ver con esto. Aunque históricamente los juegos de poder y dinero hacen extraños compañeros de cama, estos dos chirrían demasiado hasta para muchos de los propios compromisarios que le han dado el poder a Donald Trump. La pasada semana varios medios de información estadounidense confirmaban la existencia de un dosier compuesto por más de treinta páginas donde, parece ser, se detallan diferentes informaciones presentadas como comprometedoras para el nuevo presidente de los Estados Unidos, y que figuran en poder de los servicios secretos del Kremlin y de su líder jamesboniano Vladimir Putin. Entre ellas, según las informaciones que corren por despachos y agencias norteamericanas, se habla de la existencia de un video de carácter sexual filmado clandestinamente por los servicios rusos durante una visita de Trump a Moscú en el año 2013. Parece que los próximos años pueden ponerse cuesta arriba para el presidente Trump si esto es cierto, pues los servicios secretos rusos cuentan con una buena pieza que querrán cobrarse, en cuanto su víctima se salga de su carril de confianza, o en el momento en que la amistad con Moscú pierda la fuerza y confianza con la que cuenta ahora mismo.


Solo el tiempo dirá si el término Kompromat pasará a la historia siendo tan conocido para la sociedad como lo es a día de hoy el Watergate del presidente Richard Nixon.

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