lunes, 13 de febrero de 2017

EL BOLSO DE CUERO NEGRO


El escándalo que se montó fue de órdago, sobre todo cuando la anciana, al verse interceptada por los dos fornidos hombres uniformados de la puerta del almacén, se lanzó al suelo enmoquetado de la entrada y comenzó a gritar. Los ojos se le tornaron opacos y la taquicardia se fue apoderando de su pecho. Un ataque de ansiedad de manual, confirmó el empleado de seguridad cuando avisó por el interfono a su superior.

            Las cámaras de seguridad del local habían registrados todos sus pasos desde que media hora antes entrara por la puerta. La pareja de guardias de seguridad que estaban en su primera semana de trabajo no salía de su asombro, la mujer se movía por el local con total libertad, cogiendo lo que le interesaba y guardándolo después con naturalidad en su bolso. Como si lo hubiera hecho decenas de veces.

Cuando la mujer acabó de recorrer todos los pasillos se dirigió hacia la puerta por la que había entrado, la misma en la que ahora se encontraban los dos guardias de seguridad que habían seguido toda su actuación por las cámaras de vigilancia repartidas por el enorme centro comercial. El arco antirrobo pitó estrepitosamente, todo el mundo se giró, clavando la mirada sobre la anciana y los enormes vigilantes que educadamente se acercaron a la mujer, pidiéndole, casi sintiendo vergüenza ajena, que por favor les enseñara el interior del enorme bolso de cuero negro.

            Ella los miró sorprendida, casi desconcertada. Cuando parecía haber asumido que no tenía escapatoria su rostro se volvió turbio y atormentado, después se dejó caer sobre el suelo, cortando el tránsito a los clientes que entraban y salían en ese momento, y dejando a los hombres de seguridad confusos, sin saber muy bien cómo actuar ante esa situación. Fue entonces cuando uno de ellos se levantó, lanzándose rápidamente sobre el interfono.

            El jefe de seguridad llegó en apenas unos segundos, la voz del hombre que le había narrado la situación no parecía dar a entender que la emergencia estuviera bajo control ni mucho menos. Cuando llegó a la entrada, un pequeño grupo de personas se arremolinaba ante la mujer y los dos empleados. Incluso alguno de los trabajadores del local habían dejado su puesto para observar desde cerca la escena.

            Cuando el jefe de seguridad consiguió abrirse camino entre la muchedumbre vio que la señora seguía sentada en el suelo enmoquetado, aunque pudo observar con satisfacción, y para su tranquilidad, que el griterío y el ataque de ansiedad se habían diluido por completo. A su lado estaban arrodillados los dos empleados, junto al bolso de cuero negro que, abierto, dejaba a la vista varios discos compactos de música precintados y un par de libros encuadernados en rústica. Al reconocer la cara de la señora el jefe de seguridad ordenó a sus subordinados que la ayudaran a levantarse y la dejaran marcharse de inmediato. Ante la incredulidad de los vigilantes, su jefe, recogió el bolso de la anciana y lo cerró con los objetos sustraídos dentro. Se lo ofreció a la mujer y acto seguido se disculpó acompañándola hasta la puerta de salida.

            Cuando el círculo de gente curiosa desapareció el jefe de seguridad se acercó a sus subordinados. Intentando pasar desapercibido les señaló a un hombre de avanzada edad, que había observado toda la escena desde lejos, y al cual se le había dibujado una mueca de descomposición en la cara tras observar la embarazosa situación que se había desplegado ante su mirada.

Mientras el jefe de seguridad lo señalaba cauteloso, para que sus empleados pudieran reconocerlo, el hombre se dirigía sin ningún producto en sus manos a una de las cajas. Sacó un par de billetes y pagó lo que la mujer se había llevado en el interior del bolso. El joven de la caja, cobraba sin inmutarse ante las caras de estupefacción de los jóvenes vigilantes que se estrenaban esos días en aquellos grandes almacenes. Cuando el cajero terminó su tarea se despidió cortésmente del hombre llamándolo por su nombre de pila. El anciano murmuro un gracias casi ineludible. Lleno de pesar.

 Siempre hace lo mismo, les comentó el jefe de seguridad, la sigue allá a donde va, y después abona en caja lo que la mujer se lleva sin pagar, pensando que nadie la ve, que nadie se entera. Lo hace por amor, sin decirla nada después, sin llamar su atención para no avergonzarla ante la multitud. Ella no puede evitarlo, el impulso de llevarse cualquier objeto, sea cual sea su valor, o importancia, es más fuerte que su propia existencia.

Está enferma confirma el anciano al pasar junto a los tres tipos que siguen en pie junto a la puerta del establecimiento. Es cleptómana, pero no tiene maldad, añade. Cuando se ve sorprendida se comporta como lo ha hecho hace un rato, se apodera de ella un fuerte ataque de nervios y se deprime. Por eso, desde que me jubilé, para evitarle disgustos y depresiones que la hunden en la mayor de las congojas la sigo siempre que sale de casa con su bolso de cuero negro. El de salir a la compra.