viernes, 14 de abril de 2017

TIEMPO DE AÑORANZAS


La voz morocha de Julieta resonaba en la parte trasera de la casa, al sur de Caballito. El lugar, sin duda, había conocido tiempos mejores, como aquellos años ya lejanos cuando el tranvía del barrio pasaba cercano, haciendo chirriar sus ruedas metálicas sobre los raíles al tomar la curva entre Mitre y José Bonifacio. Tiempo de añoranzas, de los años en que el sodero entraba en casa y, sin llamar si quiera, se presentaba en la alacena de la cocina, o del cuartito cercano, para sustituir los sifones agotados por otros rebosantes de soda amarga y burbujeante. Incluso en aquellos momentos echaba de menos a aquel malhablado delivery de la confitería El Greco, que traía los sándwiches de miga y las medialunas de grasa para la merienda, sin que Julieta, ya renqueante de su vida dura y trabajada, tuviera que moverse demasiado de su lugar preferido de la casa.

Pero todo aquello se había diluido en un poso de soledad y de neblina espesa, que cubría por completo todos sus recuerdos felices. Por suerte, también los otros. La enfermedad había ganado terreno de forma severa e inflexible sobre su cuerpo en los últimos meses. Pero a pesar de todo, quedaba un recuerdo inamovible en la frágil memoria de Julieta.

Por aquel entonces, era una linda joven que rondaba la treintena y que había salido más tarde de la cuenta de su trabajo como moza en el café de La Manzana de las Luces, en pleno centro de la capital. La línea de subte que la llevaba desde la parte baja de la ciudad a su barrio de toda la vida, estaba rebosante de personas que solo hablaban de la tormenta que se avecinaba. Julieta, aunque gustosa siempre de escuchar las conversaciones que brotaban a su alrededor en los vagones, aquella tarde las dejó correr, ensimismada como estaba en la lectura del libro que portaba entre sus manos.

Al salir por las escaleras mecánicas que daban al exterior, frente al Mercado del Progreso, iba tan obsesionada en su lectura que casi cayó al suelo tras toparse con un perro abandonado. El chucho la había seguido hasta casa desde la parada del subte de Primera Junta y, viendo la tormenta que ya se marcaba sobre Nueva Pompeya, no tuvo más remedio que dejarlo pasar, para después ponerle sobre un plato metálico de Gancia las sobras de los ñoquis con tuco de aquel mediodía. Esa misma noche le puso nombre.

Pero el perro se había ido hace muchos años, casi al mismo tiempo que su memoria se comenzó a escapar de su cabeza, diluyendo los recuerdos como si fueran un terrón de azúcar en mitad del café mañanero. Antes, mientras lo veía comer, siempre se preguntaba si a él le hubiese gustado ese perro, o si le hubiesen gustado los ñoquis con tuco que hacía cada día veintinueve de mes. De lo que no tenía dudas Julieta, era sobre el nombre del chucho. Si él hubiera estado junto a ella, sin duda lo hubiera llamado Cortázar. Y aquel pensamiento la preñaba de amor.

Aquel mediodía, poco después de haber comenzado su turno en el café de la Manzana de las Luces, el joven había acudido como en otras ocasiones a tomar café en su terraza, bajo las arcadas de ladrillo y a pocos metros de la entrada del histórico zanjón. Había colocado sobre la mesa cuadrada de madera una libreta negra, y un bolígrafo de plástico trasparente. Julieta se acercó a tomarle la comanda: un café cortado en jarrito. Como siempre. Al volver con la bebida, se percató de que el joven, de una edad similar a la suya, sostenía entre sus manos un libro de cuentos.

─¡Qué lindo! ─dijo Julieta, mientras colocaba la taza sobre la mesa─. Me encanta ese libro de Cortázar.

─¿Ah, sí? ─preguntó él, intentando ganar tiempo, tras haber sido sorprendido por el comentario de la joven muchacha.

─¡Claro, querido! ─confirmó ella sin apartar de su cara una sonrisa desconocida para él hasta el momento─. El cuento de la señorita Cora es mi favorito.

─Ese mismo relato es el que estoy releyendo yo ahora y…

─Yo tenía ese mismo libro, bueno uno similar que regalaron con Clarín ─lo cortó entusiasmada por aquella casualidad─. Pero no sé en qué momento lo extravié.

Después Julieta, sin tiempo para poder escuchar la respuesta poco ingeniosa por lo sorprendido del muchacho, tuvo que ir a atender a una mesa que acababa de acomodarse a la otra punta de la terraza. Aunque ambos intentaron volver a cruzar palabra, solo fueron capaces de hacerlo con sus miradas, pues el café se llenó como nunca a esa hora.

Aquella mañana y ya sin memoria, Julieta se sintió mal de repente. Aunque aún pudo sacar fuerzas para ir hasta el living, y tomar el libro que leía el día que se encontró al chucho Cortázar en la parada del subte. No tuvo que ojear nada, pues se sabía el cuento de memoria. Cuando Julieta dio su último suspiro sobre su sillón favorito, el único recuerdo que persistía en su mente la sorprendió de nuevo. Marchándose con una sonrisa similar a la que regaló al muchacho aquella tarde en el café.

Cuando Julieta fue a recoger la taza de la mesa del chico, que minutos antes se había despedido desde la lejanía, pudo comprobar que junto al platillo donde se encontraban los cinco pesos de propina, el muchacho había dejado el libro que estaba leyendo minutos antes. Julieta pensó que había sido un olvido fortuito pero, al echarle una inevitable ojeada, observó que en la primera página aquel joven había escrito unas palabras que la obsesionarían de por vida, al igual que lo haría el recuerdo de aquel muchacho al que nunca más volvería a ver.

Para la señorita Cora de la Manzana de las Luces, esperando que este ejemplar no se te extravíe, y te acompañe muchos años. Ojalá siempre que lo leas te acuerdes de mí, como yo lo haré de ti.