lunes, 22 de mayo de 2017

DOMINGO DE PIÑATA.


           Hace unos días me enteré, casi por casualidad, que el julio pasado resulté finalista del Concurso Internacional de Relatos Policíacos de la Semana Negra de Gijón. 

           A pesar del tiempo transcurrido desde el fallo del jurado y la publicación del relato en A Quemarropa -periódico oficial del festival-, ahora lo comparto en esta página sintiéndome muy contento por la noticia a pesar del tiempo transcurrido desde que se celebrara el último festival.

           Se titula Domingo de piñata y transcurre en la ciudad de Cádiz. Lo podéis leer en la página cinco del enlace de abajo, o directamente en esta página, al final de esta entrada


http://www.semananegra.org/2016/aquemarropa-2016-pdfs/AQ8-2016.pdf






DOMINGO DE PIÑATA


El sábado de carnaval siempre es una jornada con alta carga de trabajo en Cádiz. Muchos avisos, cuantiosas peleas, intoxicaciones etílicas y alguna que otra actuación al límite, entre el mar y el malecón del paseo, por culpa de las drogas y la inconsciencia. Lo que a todas vistas es una ciudad reducida, tranquila y apacible comienza a convertirse en una olla a presión la tarde del sábado, cuando centenares de autobuses y trenes abren sus puertas para descargar a miles de jóvenes disfrazados, cargados con bolsas repletas de botellas de alcohol y otras sustancias más psicotrópicas. Vienen decididos a vivir una intensa noche rodeada de alcohol y desenfreno, escudándose en celebrar uno de los carnavales más importantes del país. De eso verán poco, debido a sus excesos los vecinos y carnavaleros hace años que prefirieron retrasar el desfile callejero hasta el mediodía del domingo, cuando los jóvenes que revientan la plaza de la catedral, y alrededores, untándola de orín y botellas rotas deciden irse a dormir la borrachera, o abarrotan las estaciones buscando volver a sus casas.

La comisaría central, situada en una amplia avenida de la parte nueva de la ciudad, bullía de agentes llegados de algunas localidades cercanas para servir de apoyo durante el primer fin de semana de fiestas. Algunos ya veteranos actúan como cicerones con los que debutaban, algo perdidos en el dispositivo. Mientras, los jefes emitían órdenes estrictas y organizaban los grupos de actuación para las próximas veinticuatro horas. En mitad de todo el jaleo se abrieron paso un grupo de policías con caras serias, acababan de salir del despacho del comisario Soto y se dirigían hacía las escaleras que daban a la puerta principal, sobre la avenida.

Segundos después, tres furgones de la Unidad de Intervención Policial con las prioritarias encendidas se lanzaban por la avenida, casi paralizándola y llamando la atención de los viandantes que por ella se movían a esa hora. A nadie le sorprendería ver ese dispositivo camino del pregón que daba comienzo a las fiestas, y que sería seguido por un macro botellón, pero si lo hacía que se dirigiesen hacia el sur. La comitiva la cerraba un coche oscuro tocado con un estridente y llamativo rotativo azul. En su interior tres hombres y una mujer, todos ellos de paisano.

            La caravana policial cruzó abruptamente la avenida haciendo frenar de repente a los múltiples coches y autobuses que en ese momento se dirigían al centro, para después saltarse varios semáforos y tomar algunas calles en dirección contraria, esquivando coches que, viendo la envergadura de los furgones, frenaban y se apartaban de su trayectoria facilitándoles las maniobras. Pronto enfrentaron la larga avenida Lacave en dirección al Cerro del Moro. El barrio, había mejorado en los últimos años tras el soterramiento del tren y su incorporación a la ciudad, aunque sigue teniendo ese ambiente marginal, que sin ser peligroso no deja de ser inquietante a según qué horas. Tal vez por los recuerdos de los viejos tiempos, cuando el lugar era prácticamente inexpugnable para la policía, sirviendo como escondite para los mayores camellos de la ciudad, e incluso como guarida para varios miembros del GRAPO durante los años del plomo.

            El grupo de tres furgones del UIP se paró esperando a que un compañero apartara la cinta de balizamiento que cortaba el tráfico. Algunos jóvenes del barrio, sentados en los destartalados bancos de la plaza, observaban desde hacía rato el enorme despliegue policial. Mientras tanto, abrían unas litronas y liaban los primeros canutos de la tarde. Los vecinos comenzaban a dejarse ver entre las sombras de balcones y ventanas, respondiendo con movimientos retráctiles a las miradas de la policía.  El coche que cerraba la escena no entró en la zona señalizada, deteniéndose justo ante la cinta que marcaba la línea de seguridad. De su interior descendió el inspector Bustos, un tipo cincuentón, bien vestido, pelo blanco y cuerpo espigado.

Miró a su alrededor mientras avanzaba, dándose cuenta de que el barrio seguía sin despegar. A su izquierda, seguía el enorme descampado lleno de vegetación y escombros donde estaba programado levantar el nuevo hospital de la ciudad. Un hospital que seguramente nunca se llegará a construir, y que si finalmente se erigiera ya sería viejo y pequeño para las necesidades de la zona. A su derecha, junto al centro de la escena, un bloque de pisos pintados de blanco sin ningún atractivo, se mostraba con todas las ventanas y puertas tapiadas con ladrillos de cara vista. Cuando Bustos se encontraba a escasos pasos del cierre metálico a medio abrir de un ultramarinos, escuchó el tabletear del helicóptero de la policía que vigilaba la zona después del aviso, moviendo el aire cercano y llevando hasta él un golpe de viento espeso y dulzón. Tras Bustos caminaban el resto de ocupantes del coche, tres policías de paisano que comenzaban a colocarse el chaleco negro y amarillo, sobre el que podía leerse en letras azules el nombre del cuerpo de seguridad del estado al que pertenecen. Dos de ellos se acercarán hasta diferentes puntos de la calle donde había otros compañeros. La tercera, una mujer joven, morena, de rasgos árabes, se acerca a la puerta del negocio, donde un compañero ya está informando a su jefe de cómo se encontraba la situación.

            ─Acaban de detener al Martinete. Le comentó el inspector Bustos cuando la chica llegó a su altura.

            Ella sonrió ampliamente como toda respuesta. Mientras tanto el compañero siguió explicándose ya para los dos policías. El Martinete era un tipo peligroso, que a pesar de haber sido sorprendido en su casa después del soplo de un vecino había presentado mucha resistencia. Cuando le detuvieron tenía en su poder varias escopetas de caza y un revolver Astra 250, que no había dudado en usar hasta descargarle las cinco balas del 38 especial. A pesar de ser un arma poco peligrosa desde larga distancia, había herido a un compañero. De ahí el revuelo montado y la necesidad de avisar a todas las unidades disponibles a esas horas. El Martinete era un viejo conocido del inspector Bustos, detenido en varias ocasiones por narcotráfico, trata de blancas, proxenetismo y extorsión. Un tipo detestable que sin embargo nunca pasaba más de un par de días entre rejas, siempre había alguien que le debía un favor, y el Martinete se bautizaba con padrinos de primera.

También venía de antiguo el odio que sobre él procesaba la agente que ahora estaba junto a Bustos. Djamila, Tangerina de nacimiento, fue secuestrada cuando volvía del colegio. Esa misma noche fue sacada ilegalmente de su país para ser explotada sexualmente en un club de Chiclana. Tenía quince años. Un mes después del secuestro y tras ser brutalmente golpeada, fue llevada al club de carretera por dos matones, allí le esperaba el dueño del club, un tipo con la cara marcada por pústulas y una cicatriz en el pómulo derecho. Cuando los dejaron a solas lo primero que notó Djamila fue un fuerte olor a sudor y whisky, después el fuerte manotazo que la tiró al suelo, y la salvaje violación que solo sería la primera de muchas más, siempre llevadas a cabo por el mismo tipo. Intentaba escarmentarla, imponerle una dura corrección cuando ella se negaba a hacer caso a lo que los matones del antro le ordenaban, o cuando intentaba irse de la lengua con algún cliente. El jefe del club, el más conocido de la comarca, no era otro que el Martinete.

Por ello cuando la semana anterior en una pedanía del Campo de Gibraltar, un tipo con la cara llena de pústulas y una enorme cicatriz había violado, e intentado secuestrar, a una niña marroquí habían saltado todas las alarmas. Inmediatamente sonó el teléfono de la comisaria de Cádiz. Ellos habían sido los últimos en detener varios años atrás al Martinete, del cual no se había vuelto a saber nada. Mientras el comisario le hablaba, el inspector Bustos mudaba el gesto, recordaba perfectamente aquel día. Hacía meses que seguían a los matones del Martinete por haber dado varias palizas a empresarios de la noche gaditana. Todos suponían que era debido a un asunto de drogas, pero cuando consiguieron la orden del juez y asaltaron el club de Chiclana donde suponían guardaban la mercancía, se encontraron con un negocio muy diferente. Así fue como la brigada encabezada por Bustos liberó del cautiverio sexual a Djamila y a otras chicas que habían corrido su misma suerte.

Djamila pasó a los servicios sociales y después de muchos trámites burocráticos y con el apoyo de varias organizaciones no gubernamentales consiguió salir adelante. Fue creciendo y siguió con su formación en Cádiz. A menudo viajaba a Tánger para visitar a su madre, que no quiso que después de lo sucedido su hija volviera a instalarse allí. Al terminar sus estudios decidió que sería policía, e ingresó en la academia. Durante el tiempo trascurrido desde su liberaron de las garras de la red de trata, hasta que finalizó su instrucción en la academia, Djamila estuvo muy apoyada por todos los miembros de la comisaría de Cádiz, sobre todo por el inspector Bustos que nunca había tenido hijos y la consideraba como su ahijada. Al menos así la trataba cuando ella acudía a su llamada para realizar labores de traducción con inmigrantes asustados, o menores rifeños cazados con hachís en la costa de Barbate.

Con estos antecedentes no fue difícil que tras unas llamadas telefónicas y el cobro de unos viejos favores, el comisario Soto consiguiera que la joven fuera destinada a la comisaria de Cádiz, donde formaría parte de la brigada del Inspector Bustos. Fue entonces cuando la joven decidió instalarse en la ciudad y traerse a su madre desde Tánger. Djamila, había aprendido todo lo que sabía sobre el cuerpo gracias a Bustos, y al igual que él, ella tampoco tenía una fe ciega en la justicia. Se negaba a que en la mayor parte de los casos los delincuentes estuvieran más protegido que las víctimas, que éstas tuvieran que vivir con la carga de lo vivido de por vida, mientras ellos después de cumplir unas penas escasas volvían a la calle.

─Los padres de la niña están aquí ─dijo Djamila apuntando con el mentón hacia un lateral de la calle─. No sé cómo se han enterado tan rápido.

─La madre que me… ─el inspector ahogó una maldición.

 Sabía que desde hace unos días los padres de la niña estaban en Cádiz en casa de unos familiares, y que el padre había jurado vengarse. Pero el inspector no esperaba verlos allí tan pronto.

─Hay otra cosa más ─añadió Djamila casi con miedo a la reacción de su jefe─. Los hermanos del padre están viniendo desde Algeciras. Frecuentan una carnicería Halal y según tengo entendido son unas auténticas fieras desollando corderos.

El resoplido de ira del inspector se escuchó en toda la zona. Djamila decidió tranquilizarlo. Le prometió que hablaría con ellos, y que no volvería a comisaría hasta que no hubiera convencido al padre, y al resto de la familia, de que dejaran trabajar a la brigada.

La semana pasó tranquila. Ningún abogado preguntó por el Martinete, nadie llegó hecho una fiera pidiendo su inmediata liberación. Era como si todos sus antiguos padrinos se hubieran cansado de salvarle el culo una y otra vez. Entre tanto el Martinete pasaba las horas a la sombra, defendido por un joven abogado de oficio y sin abrir la boca en los interrogatorios.

El viernes siguiente fue llevado a la Audiencia Provincial, pasó varias horas en su interior y a su salida los policías que lo custodiaban fueron duramente asaltados por un par de tipos encapuchados. Lograron aturdirlos lo suficiente para liberar al preso de sus manos, y meterlo a empujones en un coche de alta cilindrada. Los agentes ya repuestos tiraron de arma reglamentaria, pero ante la imposibilidad de acertar a un blanco que se difuminaba en el horizonte, y viendo que la calle estaba altamente concurrida decidieron no abrir fuego. «Al menos eso lo han hecho bien», gritó el comisario al enterarse de lo sucedido.

El segundo sábado de carnaval volvía a ser un fin de semana movido en la ciudad, la asistencia de personas era mucho menor que la del fin de semana anterior, pero de todas maneras el flujo de gente poco o nada conocida para los habituales era alto. También lo era el de avisos por peleas, sobre todo en torno a la carpa-discoteca que el ayuntamiento solía colocar en el puerto. En la comisaría todos estaban deseando que pasaran las últimas veinticuatro horas, que con el Domingo de Piñata se cerraran las fiestas hasta el año siguiente. La mañana del domingo el comisario estaba agotado, no había pegado ojo en toda la noche por culpa de las chirigotas callejeras que cantaban bajo su ventana. Frente a él el inspector Bustos y Djamila charlaban de la extraña y fulminante desaparición del Martinete. La agente sacó de sus vaqueros un paquete de American Legend y se colocó un cigarro en los labios, pero ante la mirada inquisitiva del comisario decidió dejarlo ahí, sin encender. Aún mantenía éste la mirada de reproche sobre su agente cuando sonó el teléfono que tenía a su derecha. Al otro lado del hilo telefónico, los del Centro Operativo de Servicios de la comandancia de la Guardia Civil le aseguraban haber dado con el Martinete.

─Tenéis trabajo ─dijo al colgar el teléfono─. Ese cabrón ha aparecido.

En cuanto salieron del despacho Djamila encendió el cigarro gibraltareño. Nadie pronunció palabra hasta media hora después, cuando el coche se detuvo en medio de una zona de caños salineros conocida como los Polvorines de Fadricas. Una antigua zona abandonada junto a Punta Cantera, en San Fernando. Allí les esperaba un cabo de la Guardia Civil que les llevó hasta el lugar donde ya trabajaban los de la científica. Del edificio, que algún día hizo las veces de Santa Bárbara, salió un tipo con barba canosa y mirada turbia que se identificó como el forense.

─El cuerpo, o lo que quedaba de él ─les dijo a modo de saludo─, está totalmente descuartizado. La cabeza embarrada, aunque con la cicatriz del pómulo bien visible. Presenta grandes moratones en las sienes, y unos cuajarones de sangre seca le taponan los orificios de la nariz y la boca.

A la pregunta del inspector Bustos sobre la posible hora de la muerte, el viejo forense le confesó que él creía que podía llevar muerto unas cuarenta y ocho horas. Pero según estaba el cuerpo cualquiera sabía.
─Un par de horas después de la fuga ─calculó Bustos.

─Sí, un par de horas después ─sostuvo el forense─, aunque visto lo visto más que una fuga parece un trampa. Lo han despedazado como a un ternero. Sólo les ha faltado empaquetarlo.

─Sí, una trampa. Puede que fuera eso ─sopesa Bustos.

Lo dice pensativo, como con la cabeza en otro lugar, mirando a Djamila. Mientras ésta, apoyada en el marco de la puerta enciende otro cigarrillo de contrabando. 

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