jueves, 13 de julio de 2017

RECUERDOS DE ITALPARK


En tardes como las de hoy paseaba por el parque Thays de Buenos Aires, y me imaginaba como pudo haber sido el asunto. El predio, realmente grande entre la avenida Libertador y las viejas vías oxidadas de la estación de Retiro, poco más allá, casi al alcance de las manos, las primeras construcciones amontonadas de Villa 31, construcciones estrechas de ladrillos mal colocados, unas paredes colocadas sobres las otras, una especie de subciudad dentro de la gran ciudad. Un Lagash, un Uruk o un Kish moderna. Un día caerá una de esas construcciones y se vendrá abajo toda la cuadra, o la mitad de la villa, un efecto dominó, vete a saber, y algunos de esos que hoy viven con la venda en los ojos se preguntarán cómo pudo haber sido. Pero nada es casual en las desgracias, ni en las construcciones de la Mesopotamia austral del siglo XXI, lo único que diferencia esta zona de las ciudades del Tigris y del Éufrates es que las autoridades no buscarán al arquitecto y tiraran abajo su casa por su error profesional como ocurría bajo las leyes mesopotámicas, aquí simplemente será una desgracia más, posiblemente tapada por el gobierno de turno. Seguramente olvidada días después.

Pero asuntos de venganzas y leyes históricas aparte, se me hace extraño pasear por el parque Thays sin imaginarme como habría sido ese predio treinta años atrás, cuando allí se levantaba el parque de atracciones ItalPark, uno de los puntos más visitados y deseados por los niños y jóvenes de la ciudad. Casi puedo escuchar los gritos ante las viejas atracciones, mientras huelo la mezcla de garrapiñadas, panchos o copos de nieve. Unos olores que según avanzo se van ensombreciendo, mezclándose con del humo del fuego que un día de agosto de 1989 destruyó la pista de autos Monza, y que pocos meses después se cebaría con el laberinto del terror. El humo se disipa de pronto, y es sustituido por el estridente sonido de las sirenas de emergencia, las que un 20 de julio de 1990 tuvieron que precipitarse por las avenidas cercanas en auxilio de dos jóvenes que salieron despediditas de una de las atracciones. Una falleció, y eso marcó el fin del mítico parque de atracciones porteño. Algunos decían que en el estado decrepito que ya se encontraba el parque, sin apenas mantenimiento, lo que había ocurrido era una tragedia anunciada. A alguien le tenía que tocar y les tocó a ellas. Una historia tan vieja que todos hemos escuchado alguna vez en algún lugar del mundo.

Muy lejos quedaban ya los años de esplendor del ItalPark, cuando en 1960 los hermanos Zanón abrieron un parque de atracciones mágico para la época, y que ocupaba el lugar donde estuvo el primigenio parque Japonés de la ciudad (antes de que éste se fuera a los bosques de Palermo donde sigue en la actualidad). El nombre extraño tal vez, no lo es tanto si se tiene en cuenta la cantidad de inmigración italiana en la capital de la Argentina ─los dueños lo eran─, además las máquinas, las atracciones, parece ser que eran traídas desde el país europeo. Las primeras dos décadas del parque fueron de un éxito rotundo, cada pocos años presentaban novedades que dejaban boquiabiertos a los jóvenes de la ciudad; primero toboganes y calesas, después llegaron las máquinas mecánicas, las pistas de autos de choque, o la montaña rusa.

Pero el accidente mortal no solo acabó con la vida de una chica de quince años, sino que también lo hizo con el parque. Los años noventa fueron los años de la hiperinflación, que una década después acabaría como acabó, y el mantenimiento del parque era una tarea casi imposible para los dueños y sus cuentas apresadas bajo el pesado Corralito. Las indemnizaciones sancionadas por la justicia tras el accidente mortal dieron la puntilla a ItalPark, que cerraría definidamente en noviembre de 1990.

El predio quedó abandonado durante un tiempo, en su interior las atracciones se cubrían de óxido y olvido, la vegetación avanzaba y recuperaba lo que un día fue de ella. Un buen día el gobierno local decidió que ese macabro recuerdo ─cuyas imágenes recordaban demasiado al parque de atracciones abandonado de Prípiat, después del desastre nuclear de Chernóbil─, fuera borrado del mapa porteño. Se pensó en abrir un nuevo lugar de recreo, aunque también asomó la afilada sonrisa de pelotazo urbanístico. Al final se decidió que el enorme solar lo ocupara un nuevo pulmón verde, un enorme parque. Inaugurado en 1998, sería bautizado con el nombre del arquitecto y paisajista francés Carlos Thays, el cual realizó la mayor parte de su trabajo en la capital porteña.