jueves, 27 de julio de 2017

SOBRE ÁRBITROS COMPRADOS Y TESTIGOS INOCUOS


              Les prometo que fue casualidad, asique no busquen en el asunto más maldad de la necesaria. Estaba trabajando en mi casa, documentándome para un trabajo que estoy escribiendo, y tenía la mesa llena de copias de periódicos y publicaciones de prensa de la primera parte del siglo XIX. Ya saben: invasión napoleónica, Guerra de Independencia, Cortes de Cádiz… canela en rama. Pocas horas antes, esa misma mañana, me había sentado con una novela de un buen amigo a disfrutar del café cargado de todos los días, cuando recordé que nuestro insigne Presidente del gobierno estaba convocado a declarar ante un juez por un asuntillo de nada llamado, igual ni les suena, caso Gürtel. El que es uno de los mayores casos de corrupción política de todos los tiempos, y que está emponzoñando la política patria, poniendo a prueba la paciencia de todos los ciudadanos y dejando en muy mal lugar a una gran parte de la judicatura de este país. Fanática y partidista a manos llenas (lo del fiscal de anticorrupción corrupto es de película italoamericana de los años cincuenta).

            El caso, es que ese asuntillo “de nada” que envuelve al partido del gobierno me robó la atención de la novela que tenía entre mis manos durante el resto de la mañana. Quiso la casualidad que esa tarde, tras abandonar la actualidad política antes de que saltara la válvula, cayeran en mis manos unas de las publicaciones de las que hablaba arriba. El periódico en cuestión con el que trabajaba se titulaba El Duende Político o Tertulia Resucitada, fue una breve publicación que se editó en la ciudad de Cádiz durante algunos meses del año 1811. El artífice de que esa publicación saliera a la luz fue un clérigo llamado Miguel Cabral de Noroña, de corte bastante radical y poco dado a las medias tintas, lo que se demostró en la publicación del número once de su periódico, donde apareció un duro artículo contra el gobierno en el que se expresaba en los siguientes términos: «la inmoralidad, la corrupción y el desorden jamás tocaron al extremo espantoso y deplorable en que se hallan ahora (…), parece que una mano oculta, empeñada en el sacrificio de la patria, sostiene aún en el mando y en todos los destinos importantes a las personas más imbéciles y viciadas.» El artículo no es parco en descalificaciones y opiniones que más que dejar en mal lugar al gobierno de la época, lo despeñaba por completo, para terminar solicitando un cambio radical de la dirección que tomaba el país: «es preciso que hablemos claro: el gobierno que tenemos no puede salvarnos: que las Cortes le remuevan y pongan dignos patriotas a la frente de los negocios, o somos perdidos irremediablemente

            Como era lógico en la época ─y eso que aún no existía la Ley Mordaza que te puede sentar en la Audiencia Nacional a la mínima─, el fiscal Cano Manuel, que ya había tenido sus más y sus menos con Cabral de Noroña, vio su oportunidad para quitárselo de en medio y lanzó una acción judicial contra él, lo que propició no solo que el periódico en sí desapareciera del espacio público, sino que además obligó al clérigo Cabral a coger las de Villadiego y largarse a Filadelfia por si las moscas.

Pero a lo que iba, que me pierdo en pormenores de la historia. Como ven, lo de España como nido de corruptos, e inútiles con valija diplomática no viene de ahora ni mucho menos. Esto hace mucho que es un páramo para trepas y caraduras, pero hay épocas en las que se incrementa, o que al menos se nota más. A ver si me explico, cuando todos teníamos dinero para vacaciones y coches nuevos no parecía importarnos tanto que nuestros políticos se lo llevaran a manos llenas, pero cuando viene una crisis ─ya sea la actual o la que apareció durante la invasión napoleónica y la guerra de Independencia─ parece que ya no nos gusta tanto el asunto, y hasta nos lanzamos a la calle para algo más que celebrar un mundial de fútbol. Lo que sucede, creo fervientemente, es que no estamos aprendiendo nada, y cuando las cosas se arreglen y volvamos a tener dinero para vacaciones caribeñas y coches alemanes de última generación, olvidaremos toda la mili que llevamos a cuestas y estos cabrones ─u otros similares─ con balcones a la calle nos volverán a dejar las arcas huecas.

            Escribo esto no porque me haya levantado con el día cruzado, ni porque sea de un negativo que te rilas. Lo digo porque ya lo estamos haciendo. Porque el otro día se produjo una de las escenas más vergonzosa que se han producido en este país en los últimos años, con lo que eso significa en un país que arrastra vergüenzas de todos los colores, y es que un Presidente de gobierno haya tenido que ser llamado a declarar como testigo ─de momento─ en un caso de corrupción que emponzoña a toda la cúpula política de su partido, y a él como parte del mismo, desde hace más de veinte años, y parece que a todos nos da igual. Nos importa un testículo de palmípedo que nos roben y además se rían en nuestra cara, nos importa una leche que el juez y el fiscal que deben defender los intereses de todos los españoles se pasen este juicio ─y todos los demás de la causa aún abierta─ defendiendo los intereses de un partido político y de todos los particulares que lo forman. Porque hemos asimilado la corrupción y el mamoneo como algo normal. Lo hemos aceptado así porque ellos llevan queriendo que lo asimilemos de esa manera desde hace más de doscientos años. Y lo peor es que lo están consiguiendo: es algo normal que todos haríamos he llegado a escuchar en la barra de algún bar, y sé que lo piensan de veras.

El juicio de la Gürtel me recuerda, salvando las distancias oportunas, a las pachangas balompédicas ─o de algo parecido, a lo que denominábamos fútbol sin serlo─ que jugábamos en los recreos del colegio con los compañeros de clase, y con algún espontaneo de cursos superiores o inferiores ─siempre que éste fuera bueno con la pelota o accediera a ponerse de portero, puesto detestado por todos─, cada día del curso. Lloviera o hiciese un calor asfixiante. En esos partidos sin reglas fijas, pero férreas ─curiosidad de la anarquía futbolera de patio de colegio─, donde no había otro arbitro que el que dirigía el balón en cada jugada. Éste, el que dirigía el balón, podía gritar en cualquier momento y lugar del campo de juego ─pocas veces rectangular, y nunca simétrico─, que la entrada o roce que le había hecho el contrario era merecedora del máximo de los castigos, y aunque la refriega se hubiese llevado a cabo en mitad del campo, el chaval, agarrando el balón con las manos y quitándose de encima contrincantes, se ponía sobre el punto de penalti imaginario ─siempre demasiado cerca de la también imaginaria portería─ para cobrarse la pena que él demandaba como justa entre el abucheo de los contrarios, y el férreo apoyo de los suyos. Por el contrario, cuando ocurría a la inversa, y era el contrario el que recibía la falta, el golpe o la patada ─fuera simulada o le hubiesen partido en dos la tibia─ a un metro de la portería contraria, se las veía y se las deseaba para cobrarse el justo penalti, mientras que los compañeros ─casuales─ del equipo infractor gritaban a todo lo que les daba la voz eso de: «¡Árbitro comprado. Partido regalado!»


Es curioso como ya desde la más tierna infancia entendíamos a la perfección como iban a funcionar los asuntos políticos en este país. 

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