sábado, 26 de agosto de 2017

ALICE


Aquel día de principios del otoño había amanecido frío, con el viento encajonándose con fuerza entre las estrechas calles para mostrar su ronquera en las plazas adoquinadas que guardaban las espaldas del Sacré-Cœur. Las primeras hojas comenzaban a caer de los árboles cercanos, para después ser arrastradas por las diferentes corrientes de ida y vuelta hasta los torrentes de agua que los trabajadores del ayuntamiento creaban cada mañana desde la parte alta de la ciudad. Son dos ríos que avanzan sin freno lavando las calles, arrastrando toda la inmundicia lanzada al suelo durante las veinticuatro horas anteriores. Las esterillas, desmadejadas por el uso y arrastre del agua, taponaban las estrechas aberturas en forma de alcantarilla que asomaban a cada tramo como balcones al interior de la ciudad. A pesar de todo, las terrazas de los cafés de la zona alta de la ciudad estaban abarrotadas.

Más allá de los siempre presentes turistas de la ciudad, la zona bullía con los vecinos que aprovechaban cualquier excusa para lanzarse a calle. Todo se repetía. Todo en el mismo lugar y momento que cuando nos vimos por primera y única vez.

Nuestra relación duró tan solo unos minutos, no llegamos a tocarnos, ni cruzamos una sola palabra. Tan solo en una ocasión nuestras miradas se mezclaron furtivas en el mismo momento. Fue cuando me incorporaba a la acera cercana al café donde minutos antes había desayunado. Sin embargo, Alice siempre viene a mi memoria cuando tengo que plantearme algún asunto relacionado con el amor. Invitándome a la reflexión.

Pero no adelantemos acontecimientos.

Supongo que tendría más o menos mi misma edad. Al menos lo aparentaba. Su rostro seco, pero con la tirantez que deja la salinidad de unas lágrimas derramadas de forma amplia, e intermitentemente, a lo largo de toda una noche se reflejaba en su cara. El leve viento que descendía desde el cercano jardín del Molino enrojecía levemente la piel bajo sus ojos. Vestía unos pantalones vaqueros, oscuros, y una camiseta verde que dejaba ver una piel aceituna que ya echaba de menos el recién perdido verano. En su mano agitaba de forma febril un bote de pintura en espray. No tenía pinta de grafitera, y la hora y el lugar no parecían los más idóneos para demostrar su talento con la pintura diluida, pero aun así el frenesí con el que movía el bote, haciendo sonar la bola metálica de su interior al chocar contra las paredes circulares, dejaba clara su intención de usarlo de un momento a otro.

La curiosidad que casi siempre mata al gato se puso de mi lado dándole una tregua a la aventura, como un demonio sarcástico. Expectante. Fue entonces cuando decidí seguirla a una prudente distancia. Zigzagueamos entre las terrazas de sillas de mimbre y los turistas despistados que toqueteaban imames de nevera con forma de cabaret rojo hasta llegar a una pequeña plaza, un lugar que hasta aquel momento había pasado inadvertido a mis paseos diarios.

Justo en frente, en la esquina contraria a donde se encontraba la chica se abría una frutería rebosante de mercancía. Apoyé mi hombro derecho sobre una delgada señal de tráfico esperando el final del asunto. La joven seguía con el crepitar de la bola metálica del interior del bote, hasta que en un momento dado apartó el tapón de plástico transparente que cubría el dispositivo, cerrándolo de forma hermética, y con una soltura digna de un especialista comenzó a pulverizar la pintura negra de su interior sobre la pared blanca. Prácticamente impoluta hasta entonces.

La mancha de pintura, como esparcida por un cirujano preciso y con tiento, no emborronó más que el pequeño grupo de palabras escritas con anterioridad, y que en un tono rojo llamaba la atención desde la lejanía. En ellas se leía, pude verlo casi en el último instante antes de la actuación de la joven: Alice Je t´aime.

Inmediatamente, y tras borrar todo atisbo de la declaración de amor la chica giró sobre sus talones, y mientras se entretenía en volver a colocar el rígido tapón de plástico al espray avanzaba hacia donde me encontraba. He de reconocer que un primer momento sentí miedo de que me hubiera descubierto, de que finalizara con una sonora bronca mi actividad voyeur. Pero mis temores se disiparon pronto, justo después de que ella pasara a mi lado, tocando ligeramente mi cuerpo con su brazo moreno. Lo hizo sin percatarse de mi presencia. Su rostro había enrojecido de ira, y ante mi estupor se dirigió al interior de la cercana frutería.

─¡Dile a tu hijo que es un cerdo! ─gritó al dependiente con toda la fuerza que le permitían sus pulmones.

─¿Pero qué te sucede Alice? ─interrogó el otro. Totalmente sorprendido por aquella furibunda actitud de la joven. A la que sin duda conocía desde hacía bastante tiempo.

─Que tu hijo es un cerdo. Que lleva todo el verano engañándome ─aclaró aún a gritos.

─Pero… ─la interrumpió el frutero con más dudas que determinación.

─¡Lleva todo el verano con otra! ¡Lleva todo el verano pegándomela con otra! ─gritaba fuera de sí, mientras lanzaba el bote de pintura sobre una caja de aguacates maduros─. No lo quiero volver a ver. Díselo.

─Pero…

Ya era tarde para explicaciones. Alice salió de la frutería como alma que llevaba el demonio. Al pasar junto a mí, de nuevo sin percatarse de mi presencia, pude observar como la tirantez de su rostro, seco por las lágrimas, volvía a humedecerse de nuevo. Una de las pocas clientas que estaban a esa hora en la tienda, rompió el silencio espeso que reinaba en la esquina: «Los amores de verano no siempre acaban como uno espera.»




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