jueves, 2 de noviembre de 2017

VUELO 1029


El avión de Delta Air Lines comenzaba a levantar el morro del suelo de forma delicada. El despegue fue tan sutil que los cuerpos casi no apreciaron el cambio de presión que los clavaba en los asientos. Cuando el tren de aterrizaje se replegó por completo, escondiéndose en las entrañas del aparato, Steve miró su reloj. Casi en ese mismo instante un tenue pitido avisaba a los pasajeros de que ya eran libres para desabrochar sus cinturones de seguridad.

El vuelo había salido a su hora del aeropuerto internacional Benito Juárez, al menos una buena noticia pensó el piloto Steve Dupart, mientras se desabrochaba el cinturón y se ponía en pie encaminándose hacia la parte trasera del aparato. Allí, dos azafatas norteamericanas comenzaban a preparar los carros metálicos para ofrecer a los pasajeros las primeras bebidas del vuelo.

            ─¿Cómo por aquí Steve?─ preguntó la más cercana a la puerta─, te hacía en el de efe hasta mañana por la noche.

            ─Ese era el plan original ─contestó el hombre mientras sacaba un zumo de naranja de un pequeño refrigerador─. Pero Ted está enfermo, y me han pedido que haga su vuelo de mañana al mediodía, por lo que me vuelvo con vosotras a Nueva York ─dijo sonriendo con picardía a las jóvenes azafatas.

            Steve odiaba los vuelos nocturnos para viajar como pasajero, su estatura le imposibilitaba encajar su cuerpo en los asientos y apenas descansaba. Normalmente la empresa le guardaba un sitio en primera clase, pero debido al aviso de última hora no había sido posible.

            ─Tienes cara de cansado Steve ─comentó la misma azafata─, ¿Por qué no te vas a descansar al crew rest?, hoy el vuelo está completo y no creo que tengamos tiempo para descansar ni un minuto.

Steve se lo pensó durante unos segundos, pero enseguida diluyó sus dudas y aceptó. Lo cierto era, que ocupar una de las camas preparadas para el descanso de la tripulación sería la única forma de dormir algo durante las cinco horas que duraba el vuelo. Tras dar las gracias, apuró el último sorbo del zumo, y se encaminó hacia allí.

No fue necesario que Steve encendiera ninguna luz del pequeño cubículo donde se encontraban las dos literas enfrentadas, la costumbre le había llevado a conocer cada rincón del aparato, y la tenue luz de seguridad era más que suficiente para moverse por él sin tener que molestar a los compañeros que pudieran estar descansando. Decidió colocarse en la cama superior de la litera que se encontraba más apartada de la puerta, así, si algún trabajador quisiera entrar a descansar podría usar las más cercanas a la salida.

Cuando Steve ya se había descalzado, y tras aflojar el nudo de su corbata, se percató de que había alguien más en el habitáculo. Junto a él, en la cama superior de la litera contigua, una pequeña niña se despabilaba tras haberlo escuchado. Steve, tras recuperarse de la sorpresa inicial, pudo observar que la pequeña no tenía más de cuatro o cinco años. Al verlo la chica le sonrió ampliamente, con ternura y mostrándole unos grandes ojos azules. Enseguida la pequeña se giró, volviéndose a sumir en sus ensoñaciones más profundas. Steve sonrió, y arropó totalmente a la pequeña. Estiró la fina manta hasta casi cubrir por completo su liso y brillante cabello rubio, deseándole buenas noches. Ella contestó algo casi ininteligible, dando a entender que el sueño había vuelto a apoderarse de su pequeño cuerpo.

            Apenas un par de horas después Steve se despertó, había dormido profundamente durante ese tiempo, se incorporó, y decidió volver al exterior. Tal vez sus compañeros necesitaran que alguien les echara una mano. Aún estaba algo aturdido por el sueño, pero no le sorprendió que la cama donde unas horas antes descasaba la niña estuviese ahora vacía, sin embargo si le resultó extraño que la cama estuviera perfectamente estirada, como si allí no se hubiese posado ni una mosca. Desde luego, la niña, o quien hubiera venido a recogerla, eran personas de lo más educado, pensó Steve mientras acababa de calzarse.

            Al volver a la zona pública del aparato, el joven piloto buscó con la vista a la niña rubia de ojos azules para saludarla, y disculparse por haberla despertado. No la vio, pero creyó encontrar a su madre, una mujer de mediana edad con el mismo cabello y unos ojos tan grandes y azules como los de la niña, pero cargados de angustia. La mujer permanecía abrazada a un hombre que dormitaba con cara compungida. El sentido común le impidió molestarlos, pero se dirigió hacia una azafata cercana. Sin duda, el matrimonio era familia de algún miembro de la tripulación, por eso la niña dormía en una de las camas reservadas a los trabajadores, y la azafata sabría indicarle donde encontrarla.

La azafata, sorprendida ante la extraña pregunta de su compañero, lo observó con extrañeza.

─No hay ningún niño en este vuelo Steve ─le aclaró mientras rellenaba con agua caliente un vaso de cartón─, creo que aún sigues un poco dormido.

Steve ladeó la cabeza, y tras sopesarlo un momento agarró a la mujer del brazo, dirigiéndola hasta el lugar donde descansaba la niña tan solo un par de horas antes.

─Pero, eso es imposible. ¿La has tocado? ─ preguntó la mujer sin salir de su incredulidad.

─La he arropado ─contestó Steve─. Incluso he hablado con ella.

La azafata se descompuso de inmediato. Su rostro se tornó blanquecino y tuvo que salir del pequeño habitáculo. Steve no asimilaba lo que ocurría, no entendía a que podía deberse la extraña reacción de su compañera.


─¿Ves a aquella pareja? ─le dijo, apuntando hacia donde se encontraba el matrimonio que Steve había confundido minutos antes con los padres de la niña─. Vuelven de pasar unos días en México, con la familia de él. Al poco de llegar sufrieron un accidente. Llevan el ataúd de su hija de cinco años entre el equipaje. Ella es la única niña que viaja en este vuelo.

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