lunes, 1 de enero de 2018

NADA COMO LAS TRADICIONES


            Si, ya sé que a nosotros la navidad nos pilla a contramano, pero creo que no sería mucho pedir que la comida del día veinticinco fuera más acorde con el verano. No sé, podrían ahorrarse al menos el puchero criollo. Digo yo. Nada, la abuela hace como que no existo, como que encuadrado en el marco que separa la cocina del resto de la casa no hubiera nadie. Ella saca una quilométrica tira de asado de la heladera y la extiende sobre la mesa. Está haciendo cálculos mentales, algo no le cuadra. Agarra el teléfono y marca el número de la carnicería de la esquina. Encarga otra tira de asado y una docena de bifes de chorizo. Mi bufido se escucha desde la esquina.

Salgo de la casa, busco en el jardín a mi madre, ella podrá pararle los pies y evitar que toda la familia muera de indigestión. Observo pero no la veo, al que si veo es a mi padre vaciando la pileta.

─A cuarenta grados y vos vaciando la pileta ─le interrogo.

─Ya sabés como son las navidades en esta casa ─dice por toda respuesta, sin acritud.

Vivo con una comuna de locos. Mi madre se asoma ante mi tercer bufido, está en el cuarto del jardín que han acondicionado como segunda cocina. Cuando voy a mostrarle mis quejas sobre todo lo que rodea a la grasienta y cargante comida de navidad la veo cocinado una olla de locro.

─¡Locro! ─grito como un loco.

─Bien calentito y espeso ─dice ella sonriendo, feliz de ver como su olla comienza a hervir inundando la estancia de un olor pesado.

Justo antes de salir de allí escucho que me grita un encargo de última hora: media hora antes de la comida tengo que pasarme por El Cuartito a recoger las pizzas de muzza para los primos. ¡La Pucha!

En la cocina la abuela se pega con las mazorcas de choclo, las ensarta a presión en el fierro de asar. Una docena. Miro el reloj del living, las doce del mediodía. Cuarenta y dos grados y el porcentaje de humedad desbordado. Decido subir a cambiarme de nuevo la remera, llevo dos hoy, pero la transpiración me ahoga y me empapa tanto que parece que voy a salpicar a cualquiera que se me cruce. Suena el timbre de la puerta. La tía. Abro. Entra en escena con una tarta pascualina y dos tortas de pasta frola.

─Calentitas ─grita─, recién las saqué del horno.

»Después ─me dice─, viene tu tío con las empanadas de carne dulce. La receta salteña de la prima Enriqueta, con huevo y aceitunas.

Cuarenta y tres grados.

El sol de pleno verano en el Cono Sur se muestra bravo, quemando y derritiendo todo lo que se pone a su paso. La vecina de en frente, en corpiño y bombachas, se refresca bajo la manguera que tienen en su jardín. Los perros de otros vecinos están despatarrados, con la lengua fuera bajo la sombra de los gomeros de la vereda. Una estampa perfecta para la época hasta que oigo a mi abuela telefonear de nuevo al carnicero de la esquina. Le pide el favor de que antes de irse con su familia le traiga un quilo de matahambre.

─¡No! ─grito fuera de mí, casi arrancándole el tubo del teléfono de la mano─. Ya está bien, nada más de carne para hoy. Por favor.

─Y bueno ─se indigna ella, si luego se quedan con hambre no me culpen a mí.

─¿Con hambre?

 Aún estoy intentando controlar las náuseas que me producen el calor y el olor a toda la comida pesada que se está acumulando en la casa cuando suena de nuevo el teléfono. Es el abuelo, se retrasará un poco, tiene que pasar a recoger unos dulces artesanos que encargó en una pastelería del conurbano. Rellenos de dulce de leche, apuntilla ufano. Pufff, resoplo y suspiro.

Cuando vuelvo al patio mi padre ha terminado de vaciar la pileta.

─le pregunto extenuado─, ¿Por qué todos los años el mismo rito? ¿Por qué todos los años el mismo sufrimiento?

Se encoge de hombros, es Navidad dice de nuevo como si acabara de descifrarme el mayor de los secretos de la humanidad. Después sigue su camino con la caja de herramientas quejumbrosa, azul, oxidada en las esquinas. Me siento en el pasto recién segado, tengo ganas de llorar. Mi madre lleva la olla de locro al interior de la casa.

─Usen la parrilla de brasa ─suplico─, la del exterior.

¿Estás loco? ─contestan madre e hija al unísono desde la ventana de la cocina─. ¿La parrilla de brasa? ¿En el exterior? ¿En plena Navidad?

Lo dejo por imposible.

Vuelvo de buscar las pizzas. Mi padre está comenzando a cerrar todas las ventanas y puertas a cal y canto, entre tanto charla con el tío que ya llegó con las empanadas. Sobre la mesa y en cada rincón ya están situadas las grotescas decoraciones navideñas. Suena el timbre. El abuelo. Las dos y diez. Cuarenta y cuatro grados. El verano más caluroso del último siglo. Estamos todos, comienzan a servir el puchero humeante, mientras, la abuela saca del viejo baúl los jerséis de lana hechos a mano con estampados de muñecos y copos de nieve. Nos los vamos colocando, el calor es insoportable y aún falta por pasar la tortura de toda la comida de navidad, caliente y pesada, como si siguiéramos en Europa.


Ese es el drama, como si siguiéramos en Europa. Veinte años después de la mudanza la navidad es como allá, como en la estepa castellana, helada, fría y desagradable, pero en mitad de Cono Sur. Las tradiciones dicen los abuelos, nada como las tradiciones castellanas. Nada como el respeto a las raíces, a los desarraigados. Al otro lado de la ventana, la vecina sigue bajo la manguera, al fondo su familia la espera con una ensalada y unos sándwiches. La visión liviana agudiza el calor del interior.  Odio la navidad, sobre todo cuando es a contramano.

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