jueves, 2 de noviembre de 2017

VUELO 1029


El avión de Delta Air Lines comenzaba a levantar el morro del suelo de forma delicada. El despegue fue tan sutil que los cuerpos casi no apreciaron el cambio de presión que los clavaba en los asientos. Cuando el tren de aterrizaje se replegó por completo, escondiéndose en las entrañas del aparato, Steve miró su reloj. Casi en ese mismo instante un tenue pitido avisaba a los pasajeros de que ya eran libres para desabrochar sus cinturones de seguridad.

El vuelo había salido a su hora del aeropuerto internacional Benito Juárez, al menos una buena noticia pensó el piloto Steve Dupart, mientras se desabrochaba el cinturón y se ponía en pie encaminándose hacia la parte trasera del aparato. Allí, dos azafatas norteamericanas comenzaban a preparar los carros metálicos para ofrecer a los pasajeros las primeras bebidas del vuelo.

            ─¿Cómo por aquí Steve?─ preguntó la más cercana a la puerta─, te hacía en el de efe hasta mañana por la noche.

            ─Ese era el plan original ─contestó el hombre mientras sacaba un zumo de naranja de un pequeño refrigerador─. Pero Ted está enfermo, y me han pedido que haga su vuelo de mañana al mediodía, por lo que me vuelvo con vosotras a Nueva York ─dijo sonriendo con picardía a las jóvenes azafatas.

            Steve odiaba los vuelos nocturnos para viajar como pasajero, su estatura le imposibilitaba encajar su cuerpo en los asientos y apenas descansaba. Normalmente la empresa le guardaba un sitio en primera clase, pero debido al aviso de última hora no había sido posible.

            ─Tienes cara de cansado Steve ─comentó la misma azafata─, ¿Por qué no te vas a descansar al crew rest?, hoy el vuelo está completo y no creo que tengamos tiempo para descansar ni un minuto.

Steve se lo pensó durante unos segundos, pero enseguida diluyó sus dudas y aceptó. Lo cierto era, que ocupar una de las camas preparadas para el descanso de la tripulación sería la única forma de dormir algo durante las cinco horas que duraba el vuelo. Tras dar las gracias, apuró el último sorbo del zumo, y se encaminó hacia allí.

No fue necesario que Steve encendiera ninguna luz del pequeño cubículo donde se encontraban las dos literas enfrentadas, la costumbre le había llevado a conocer cada rincón del aparato, y la tenue luz de seguridad era más que suficiente para moverse por él sin tener que molestar a los compañeros que pudieran estar descansando. Decidió colocarse en la cama superior de la litera que se encontraba más apartada de la puerta, así, si algún trabajador quisiera entrar a descansar podría usar las más cercanas a la salida.

Cuando Steve ya se había descalzado, y tras aflojar el nudo de su corbata, se percató de que había alguien más en el habitáculo. Junto a él, en la cama superior de la litera contigua, una pequeña niña se despabilaba tras haberlo escuchado. Steve, tras recuperarse de la sorpresa inicial, pudo observar que la pequeña no tenía más de cuatro o cinco años. Al verlo la chica le sonrió ampliamente, con ternura y mostrándole unos grandes ojos azules. Enseguida la pequeña se giró, volviéndose a sumir en sus ensoñaciones más profundas. Steve sonrió, y arropó totalmente a la pequeña. Estiró la fina manta hasta casi cubrir por completo su liso y brillante cabello rubio, deseándole buenas noches. Ella contestó algo casi ininteligible, dando a entender que el sueño había vuelto a apoderarse de su pequeño cuerpo.

            Apenas un par de horas después Steve se despertó, había dormido profundamente durante ese tiempo, se incorporó, y decidió volver al exterior. Tal vez sus compañeros necesitaran que alguien les echara una mano. Aún estaba algo aturdido por el sueño, pero no le sorprendió que la cama donde unas horas antes descasaba la niña estuviese ahora vacía, sin embargo si le resultó extraño que la cama estuviera perfectamente estirada, como si allí no se hubiese posado ni una mosca. Desde luego, la niña, o quien hubiera venido a recogerla, eran personas de lo más educado, pensó Steve mientras acababa de calzarse.

            Al volver a la zona pública del aparato, el joven piloto buscó con la vista a la niña rubia de ojos azules para saludarla, y disculparse por haberla despertado. No la vio, pero creyó encontrar a su madre, una mujer de mediana edad con el mismo cabello y unos ojos tan grandes y azules como los de la niña, pero cargados de angustia. La mujer permanecía abrazada a un hombre que dormitaba con cara compungida. El sentido común le impidió molestarlos, pero se dirigió hacia una azafata cercana. Sin duda, el matrimonio era familia de algún miembro de la tripulación, por eso la niña dormía en una de las camas reservadas a los trabajadores, y la azafata sabría indicarle donde encontrarla.

La azafata, sorprendida ante la extraña pregunta de su compañero, lo observó con extrañeza.

─No hay ningún niño en este vuelo Steve ─le aclaró mientras rellenaba con agua caliente un vaso de cartón─, creo que aún sigues un poco dormido.

Steve ladeó la cabeza, y tras sopesarlo un momento agarró a la mujer del brazo, dirigiéndola hasta el lugar donde descansaba la niña tan solo un par de horas antes.

─Pero, eso es imposible. ¿La has tocado? ─ preguntó la mujer sin salir de su incredulidad.

─La he arropado ─contestó Steve─. Incluso he hablado con ella.

La azafata se descompuso de inmediato. Su rostro se tornó blanquecino y tuvo que salir del pequeño habitáculo. Steve no asimilaba lo que ocurría, no entendía a que podía deberse la extraña reacción de su compañera.


─¿Ves a aquella pareja? ─le dijo, apuntando hacia donde se encontraba el matrimonio que Steve había confundido minutos antes con los padres de la niña─. Vuelven de pasar unos días en México, con la familia de él. Al poco de llegar sufrieron un accidente. Llevan el ataúd de su hija de cinco años entre el equipaje. Ella es la única niña que viaja en este vuelo.

sábado, 26 de agosto de 2017

ALICE


Aquel día de principios del otoño había amanecido frío, con el viento encajonándose con fuerza entre las estrechas calles para mostrar su ronquera en las plazas adoquinadas que guardaban las espaldas del Sacré-Cœur. Las primeras hojas comenzaban a caer de los árboles cercanos, para después ser arrastradas por las diferentes corrientes de ida y vuelta hasta los torrentes de agua que los trabajadores del ayuntamiento creaban cada mañana desde la parte alta de la ciudad. Son dos ríos que avanzan sin freno lavando las calles, arrastrando toda la inmundicia lanzada al suelo durante las veinticuatro horas anteriores. Las esterillas, desmadejadas por el uso y arrastre del agua, taponaban las estrechas aberturas en forma de alcantarilla que asomaban a cada tramo como balcones al interior de la ciudad. A pesar de todo, las terrazas de los cafés de la zona alta de la ciudad estaban abarrotadas.

Más allá de los siempre presentes turistas de la ciudad, la zona bullía con los vecinos que aprovechaban cualquier excusa para lanzarse a calle. Todo se repetía. Todo en el mismo lugar y momento que cuando nos vimos por primera y única vez.

Nuestra relación duró tan solo unos minutos, no llegamos a tocarnos, ni cruzamos una sola palabra. Tan solo en una ocasión nuestras miradas se mezclaron furtivas en el mismo momento. Fue cuando me incorporaba a la acera cercana al café donde minutos antes había desayunado. Sin embargo, Alice siempre viene a mi memoria cuando tengo que plantearme algún asunto relacionado con el amor. Invitándome a la reflexión.

Pero no adelantemos acontecimientos.

Supongo que tendría más o menos mi misma edad. Al menos lo aparentaba. Su rostro seco, pero con la tirantez que deja la salinidad de unas lágrimas derramadas de forma amplia, e intermitentemente, a lo largo de toda una noche se reflejaba en su cara. El leve viento que descendía desde el cercano jardín del Molino enrojecía levemente la piel bajo sus ojos. Vestía unos pantalones vaqueros, oscuros, y una camiseta verde que dejaba ver una piel aceituna que ya echaba de menos el recién perdido verano. En su mano agitaba de forma febril un bote de pintura en espray. No tenía pinta de grafitera, y la hora y el lugar no parecían los más idóneos para demostrar su talento con la pintura diluida, pero aun así el frenesí con el que movía el bote, haciendo sonar la bola metálica de su interior al chocar contra las paredes circulares, dejaba clara su intención de usarlo de un momento a otro.

La curiosidad que casi siempre mata al gato se puso de mi lado dándole una tregua a la aventura, como un demonio sarcástico. Expectante. Fue entonces cuando decidí seguirla a una prudente distancia. Zigzagueamos entre las terrazas de sillas de mimbre y los turistas despistados que toqueteaban imames de nevera con forma de cabaret rojo hasta llegar a una pequeña plaza, un lugar que hasta aquel momento había pasado inadvertido a mis paseos diarios.

Justo en frente, en la esquina contraria a donde se encontraba la chica se abría una frutería rebosante de mercancía. Apoyé mi hombro derecho sobre una delgada señal de tráfico esperando el final del asunto. La joven seguía con el crepitar de la bola metálica del interior del bote, hasta que en un momento dado apartó el tapón de plástico transparente que cubría el dispositivo, cerrándolo de forma hermética, y con una soltura digna de un especialista comenzó a pulverizar la pintura negra de su interior sobre la pared blanca. Prácticamente impoluta hasta entonces.

La mancha de pintura, como esparcida por un cirujano preciso y con tiento, no emborronó más que el pequeño grupo de palabras escritas con anterioridad, y que en un tono rojo llamaba la atención desde la lejanía. En ellas se leía, pude verlo casi en el último instante antes de la actuación de la joven: Alice Je t´aime.

Inmediatamente, y tras borrar todo atisbo de la declaración de amor la chica giró sobre sus talones, y mientras se entretenía en volver a colocar el rígido tapón de plástico al espray avanzaba hacia donde me encontraba. He de reconocer que un primer momento sentí miedo de que me hubiera descubierto, de que finalizara con una sonora bronca mi actividad voyeur. Pero mis temores se disiparon pronto, justo después de que ella pasara a mi lado, tocando ligeramente mi cuerpo con su brazo moreno. Lo hizo sin percatarse de mi presencia. Su rostro había enrojecido de ira, y ante mi estupor se dirigió al interior de la cercana frutería.

─¡Dile a tu hijo que es un cerdo! ─gritó al dependiente con toda la fuerza que le permitían sus pulmones.

─¿Pero qué te sucede Alice? ─interrogó el otro. Totalmente sorprendido por aquella furibunda actitud de la joven. A la que sin duda conocía desde hacía bastante tiempo.

─Que tu hijo es un cerdo. Que lleva todo el verano engañándome ─aclaró aún a gritos.

─Pero… ─la interrumpió el frutero con más dudas que determinación.

─¡Lleva todo el verano con otra! ¡Lleva todo el verano pegándomela con otra! ─gritaba fuera de sí, mientras lanzaba el bote de pintura sobre una caja de aguacates maduros─. No lo quiero volver a ver. Díselo.

─Pero…

Ya era tarde para explicaciones. Alice salió de la frutería como alma que llevaba el demonio. Al pasar junto a mí, de nuevo sin percatarse de mi presencia, pude observar como la tirantez de su rostro, seco por las lágrimas, volvía a humedecerse de nuevo. Una de las pocas clientas que estaban a esa hora en la tienda, rompió el silencio espeso que reinaba en la esquina: «Los amores de verano no siempre acaban como uno espera.»




jueves, 27 de julio de 2017

SOBRE ÁRBITROS COMPRADOS Y TESTIGOS INOCUOS


              Les prometo que fue casualidad, asique no busquen en el asunto más maldad de la necesaria. Estaba trabajando en mi casa, documentándome para un trabajo que estoy escribiendo, y tenía la mesa llena de copias de periódicos y publicaciones de prensa de la primera parte del siglo XIX. Ya saben: invasión napoleónica, Guerra de Independencia, Cortes de Cádiz… canela en rama. Pocas horas antes, esa misma mañana, me había sentado con una novela de un buen amigo a disfrutar del café cargado de todos los días, cuando recordé que nuestro insigne Presidente del gobierno estaba convocado a declarar ante un juez por un asuntillo de nada llamado, igual ni les suena, caso Gürtel. El que es uno de los mayores casos de corrupción política de todos los tiempos, y que está emponzoñando la política patria, poniendo a prueba la paciencia de todos los ciudadanos y dejando en muy mal lugar a una gran parte de la judicatura de este país. Fanática y partidista a manos llenas (lo del fiscal de anticorrupción corrupto es de película italoamericana de los años cincuenta).

            El caso, es que ese asuntillo “de nada” que envuelve al partido del gobierno me robó la atención de la novela que tenía entre mis manos durante el resto de la mañana. Quiso la casualidad que esa tarde, tras abandonar la actualidad política antes de que saltara la válvula, cayeran en mis manos unas de las publicaciones de las que hablaba arriba. El periódico en cuestión con el que trabajaba se titulaba El Duende Político o Tertulia Resucitada, fue una breve publicación que se editó en la ciudad de Cádiz durante algunos meses del año 1811. El artífice de que esa publicación saliera a la luz fue un clérigo llamado Miguel Cabral de Noroña, de corte bastante radical y poco dado a las medias tintas, lo que se demostró en la publicación del número once de su periódico, donde apareció un duro artículo contra el gobierno en el que se expresaba en los siguientes términos: «la inmoralidad, la corrupción y el desorden jamás tocaron al extremo espantoso y deplorable en que se hallan ahora (…), parece que una mano oculta, empeñada en el sacrificio de la patria, sostiene aún en el mando y en todos los destinos importantes a las personas más imbéciles y viciadas.» El artículo no es parco en descalificaciones y opiniones que más que dejar en mal lugar al gobierno de la época, lo despeñaba por completo, para terminar solicitando un cambio radical de la dirección que tomaba el país: «es preciso que hablemos claro: el gobierno que tenemos no puede salvarnos: que las Cortes le remuevan y pongan dignos patriotas a la frente de los negocios, o somos perdidos irremediablemente

            Como era lógico en la época ─y eso que aún no existía la Ley Mordaza que te puede sentar en la Audiencia Nacional a la mínima─, el fiscal Cano Manuel, que ya había tenido sus más y sus menos con Cabral de Noroña, vio su oportunidad para quitárselo de en medio y lanzó una acción judicial contra él, lo que propició no solo que el periódico en sí desapareciera del espacio público, sino que además obligó al clérigo Cabral a coger las de Villadiego y largarse a Filadelfia por si las moscas.

Pero a lo que iba, que me pierdo en pormenores de la historia. Como ven, lo de España como nido de corruptos, e inútiles con valija diplomática no viene de ahora ni mucho menos. Esto hace mucho que es un páramo para trepas y caraduras, pero hay épocas en las que se incrementa, o que al menos se nota más. A ver si me explico, cuando todos teníamos dinero para vacaciones y coches nuevos no parecía importarnos tanto que nuestros políticos se lo llevaran a manos llenas, pero cuando viene una crisis ─ya sea la actual o la que apareció durante la invasión napoleónica y la guerra de Independencia─ parece que ya no nos gusta tanto el asunto, y hasta nos lanzamos a la calle para algo más que celebrar un mundial de fútbol. Lo que sucede, creo fervientemente, es que no estamos aprendiendo nada, y cuando las cosas se arreglen y volvamos a tener dinero para vacaciones caribeñas y coches alemanes de última generación, olvidaremos toda la mili que llevamos a cuestas y estos cabrones ─u otros similares─ con balcones a la calle nos volverán a dejar las arcas huecas.

            Escribo esto no porque me haya levantado con el día cruzado, ni porque sea de un negativo que te rilas. Lo digo porque ya lo estamos haciendo. Porque el otro día se produjo una de las escenas más vergonzosa que se han producido en este país en los últimos años, con lo que eso significa en un país que arrastra vergüenzas de todos los colores, y es que un Presidente de gobierno haya tenido que ser llamado a declarar como testigo ─de momento─ en un caso de corrupción que emponzoña a toda la cúpula política de su partido, y a él como parte del mismo, desde hace más de veinte años, y parece que a todos nos da igual. Nos importa un testículo de palmípedo que nos roben y además se rían en nuestra cara, nos importa una leche que el juez y el fiscal que deben defender los intereses de todos los españoles se pasen este juicio ─y todos los demás de la causa aún abierta─ defendiendo los intereses de un partido político y de todos los particulares que lo forman. Porque hemos asimilado la corrupción y el mamoneo como algo normal. Lo hemos aceptado así porque ellos llevan queriendo que lo asimilemos de esa manera desde hace más de doscientos años. Y lo peor es que lo están consiguiendo: es algo normal que todos haríamos he llegado a escuchar en la barra de algún bar, y sé que lo piensan de veras.

El juicio de la Gürtel me recuerda, salvando las distancias oportunas, a las pachangas balompédicas ─o de algo parecido, a lo que denominábamos fútbol sin serlo─ que jugábamos en los recreos del colegio con los compañeros de clase, y con algún espontaneo de cursos superiores o inferiores ─siempre que éste fuera bueno con la pelota o accediera a ponerse de portero, puesto detestado por todos─, cada día del curso. Lloviera o hiciese un calor asfixiante. En esos partidos sin reglas fijas, pero férreas ─curiosidad de la anarquía futbolera de patio de colegio─, donde no había otro arbitro que el que dirigía el balón en cada jugada. Éste, el que dirigía el balón, podía gritar en cualquier momento y lugar del campo de juego ─pocas veces rectangular, y nunca simétrico─, que la entrada o roce que le había hecho el contrario era merecedora del máximo de los castigos, y aunque la refriega se hubiese llevado a cabo en mitad del campo, el chaval, agarrando el balón con las manos y quitándose de encima contrincantes, se ponía sobre el punto de penalti imaginario ─siempre demasiado cerca de la también imaginaria portería─ para cobrarse la pena que él demandaba como justa entre el abucheo de los contrarios, y el férreo apoyo de los suyos. Por el contrario, cuando ocurría a la inversa, y era el contrario el que recibía la falta, el golpe o la patada ─fuera simulada o le hubiesen partido en dos la tibia─ a un metro de la portería contraria, se las veía y se las deseaba para cobrarse el justo penalti, mientras que los compañeros ─casuales─ del equipo infractor gritaban a todo lo que les daba la voz eso de: «¡Árbitro comprado. Partido regalado!»


Es curioso como ya desde la más tierna infancia entendíamos a la perfección como iban a funcionar los asuntos políticos en este país. 

jueves, 13 de julio de 2017

RECUERDOS DE ITALPARK


En tardes como las de hoy paseaba por el parque Thays de Buenos Aires, y me imaginaba como pudo haber sido el asunto. El predio, realmente grande entre la avenida Libertador y las viejas vías oxidadas de la estación de Retiro, poco más allá, casi al alcance de las manos, las primeras construcciones amontonadas de Villa 31, construcciones estrechas de ladrillos mal colocados, unas paredes colocadas sobres las otras, una especie de subciudad dentro de la gran ciudad. Un Lagash, un Uruk o un Kish moderna. Un día caerá una de esas construcciones y se vendrá abajo toda la cuadra, o la mitad de la villa, un efecto dominó, vete a saber, y algunos de esos que hoy viven con la venda en los ojos se preguntarán cómo pudo haber sido. Pero nada es casual en las desgracias, ni en las construcciones de la Mesopotamia austral del siglo XXI, lo único que diferencia esta zona de las ciudades del Tigris y del Éufrates es que las autoridades no buscarán al arquitecto y tiraran abajo su casa por su error profesional como ocurría bajo las leyes mesopotámicas, aquí simplemente será una desgracia más, posiblemente tapada por el gobierno de turno. Seguramente olvidada días después.

Pero asuntos de venganzas y leyes históricas aparte, se me hace extraño pasear por el parque Thays sin imaginarme como habría sido ese predio treinta años atrás, cuando allí se levantaba el parque de atracciones ItalPark, uno de los puntos más visitados y deseados por los niños y jóvenes de la ciudad. Casi puedo escuchar los gritos ante las viejas atracciones, mientras huelo la mezcla de garrapiñadas, panchos o copos de nieve. Unos olores que según avanzo se van ensombreciendo, mezclándose con del humo del fuego que un día de agosto de 1989 destruyó la pista de autos Monza, y que pocos meses después se cebaría con el laberinto del terror. El humo se disipa de pronto, y es sustituido por el estridente sonido de las sirenas de emergencia, las que un 20 de julio de 1990 tuvieron que precipitarse por las avenidas cercanas en auxilio de dos jóvenes que salieron despediditas de una de las atracciones. Una falleció, y eso marcó el fin del mítico parque de atracciones porteño. Algunos decían que en el estado decrepito que ya se encontraba el parque, sin apenas mantenimiento, lo que había ocurrido era una tragedia anunciada. A alguien le tenía que tocar y les tocó a ellas. Una historia tan vieja que todos hemos escuchado alguna vez en algún lugar del mundo.

Muy lejos quedaban ya los años de esplendor del ItalPark, cuando en 1960 los hermanos Zanón abrieron un parque de atracciones mágico para la época, y que ocupaba el lugar donde estuvo el primigenio parque Japonés de la ciudad (antes de que éste se fuera a los bosques de Palermo donde sigue en la actualidad). El nombre extraño tal vez, no lo es tanto si se tiene en cuenta la cantidad de inmigración italiana en la capital de la Argentina ─los dueños lo eran─, además las máquinas, las atracciones, parece ser que eran traídas desde el país europeo. Las primeras dos décadas del parque fueron de un éxito rotundo, cada pocos años presentaban novedades que dejaban boquiabiertos a los jóvenes de la ciudad; primero toboganes y calesas, después llegaron las máquinas mecánicas, las pistas de autos de choque, o la montaña rusa.

Pero el accidente mortal no solo acabó con la vida de una chica de quince años, sino que también lo hizo con el parque. Los años noventa fueron los años de la hiperinflación, que una década después acabaría como acabó, y el mantenimiento del parque era una tarea casi imposible para los dueños y sus cuentas apresadas bajo el pesado Corralito. Las indemnizaciones sancionadas por la justicia tras el accidente mortal dieron la puntilla a ItalPark, que cerraría definidamente en noviembre de 1990.

El predio quedó abandonado durante un tiempo, en su interior las atracciones se cubrían de óxido y olvido, la vegetación avanzaba y recuperaba lo que un día fue de ella. Un buen día el gobierno local decidió que ese macabro recuerdo ─cuyas imágenes recordaban demasiado al parque de atracciones abandonado de Prípiat, después del desastre nuclear de Chernóbil─, fuera borrado del mapa porteño. Se pensó en abrir un nuevo lugar de recreo, aunque también asomó la afilada sonrisa de pelotazo urbanístico. Al final se decidió que el enorme solar lo ocupara un nuevo pulmón verde, un enorme parque. Inaugurado en 1998, sería bautizado con el nombre del arquitecto y paisajista francés Carlos Thays, el cual realizó la mayor parte de su trabajo en la capital porteña.
                                                         


jueves, 26 de enero de 2017

SOBRE TÉRMINOS A LA MODA E INFORMES COMPROMETEDORES


A lo largo de la historia ha habido palabras que han pasado del más oscuro de los desconocimientos a ser utilizadas por todos los miembros de la sociedad, desde las redacciones de los medios de comunicación hasta las barras de los bares, pasando por las conversaciones de las mesas donde se llevan a cabo las comidas familiares. Nadie queda fuera del rango de perturbación de la palabrita de turno. Entre otras cosas, porque los medios de comunicación las repiten hasta la saciedad como si acabasen de descubrir la madre de todas las palabras. El término de los términos.  

Seguro que les vienen a la cabeza muchas de ellas, la mayoría en idiomas extranjeros, que después de exprimirlas al máximo, como si de un pomelo se tratase, vuelven a caer en la más amplia de las ignorancias. Como si de tanto repetirlas hubieran dejado de tener sentido, o tal vez por eso mismo, y que son reemplazadas inmediatamente por otras nuevas que pronto dejarán de estar a la moda. La moda, la tecnología, la cultura y sobretodo el esnobismo son las víctimas más propicias para llevar a cabo este colonialismo en la terminología. Pero será el mundo de la política, aunque no lo parezca, el que más términos extranjeros trasladará a nuestro día a día. Además, estos serán los que más se internen en la vida cotidiana de los ciudadanos. Según parece, y a la vista de cómo avanzan las noticias que llegan desde los servicios secretos rusos y norteamericanos, se avecina la llegada sin remisión a nuestras vidas de una nueva y flamante palabra. Un término que pronto nos taladrará la cabeza y los oídos desde primera hora de la mañana hasta los últimos informativos del día.

Pongamos unos leves ejemplos de lo anteriormente mencionado. En España, durante las últimas e interminables campañas electorales saltó a la palestra el término sorpasso. Parece algo extraño, pero no era más que hablar de un adelantamiento en las encuestas o resultados electorales, eso sí, en italiano, que así parece que dice más y además hace ver que dominamos idiomas. Después, apareció en todos los programas de noticias y editoriales periodísticos el término impeachment, que a pesar de que suena a noqueo pugilístico no es más que un término del derecho anglosajón, mediante el cual se puede procesar a un alto cargo político, y que podría traducirse como un proceso de destrucción. Lo hemos tenido hasta en la sopa con el caso brasileño de Dilma Rousseff, la que tras ser ampliamente acusada de corrupción por la oposición tuvo que enfrentarse a una moción de confianza que perdió, finalizando ahí su carrera política. Sin embargo, es curioso, que los países que más abusamos con la repetición del término, a la hora de la verdad, a la hora de aplicarla a nuestros políticos, nos difuminamos en la más amplia de las desidias y desganas. Singularidades del lenguaje y de la hipocresía.

Más antiguo, y utilizado por la sociedad y los medios de comunicación en los últimos tiempos, es el término escrache o escrachar, que a pesar de proceder del occitano se hizo famoso en Argentina. Lo vimos, y utilizamos, en todo su esplendor durante los años 2001 y 2002 tras el estallido del Corralito económico argentino, cuando los ciudadanos argentinos persiguieron a políticos y banqueros allá por donde se movían para escracharlos con los múltiples cacerolazos ─otro interesante término que descubrimos por entonces─, y que ahora se aplica a cualquier protesta realizada con más o menos atino en la vía pública.

Los anteriores son solo unos ejemplos de la pesadez lingüística de los medios de comunicación que, como un perro hambriento, cuando dan con un hueso no paran hasta que lo convierten en polvo o hasta que se cansan de él. Lo que ocurra antes. Lo que si queda claro es que cuando sueltan y dejan ir al término, éste ha quedado totalmente desmitificado y resultará inservible para referirse a cualquier otro caso por parecido al original que éste sea.

Como les comentaba antes, según avanzan las últimas noticias en torno a la llegada del nuevo presidente y administración al gobierno de los Estados Unidos, comienza a escucharse el eco de una nueva palabrucha que, muchos ya suponen, muy pronto va a convertirse en el karma más repetido por todas las agencias de noticias del globo terráqueo. En este caso, el término procede del ruso y se podría traducir literalmente como un informe comprometedor: Kompromat en el original. La palabra de marras vendría a ser algo así, poniéndonos más quisquillosos con la acepción, como el término utilizado para describir los materiales comprometedores sobre un político o figura pública. Estos materiales pueden ser utilizados para crear sobre la persona señalada una publicidad negativa, un chantaje o para asegurarse su lealtad inquebrantable. Si el Kompromat existe, o es ficticio, es otro tema, pero sus efectos suelen ser los mismos. Como todo en esta vida ya lleva mucho tiempo inventado, no es obra de los nuevos poderes rusos ni mundiales, sino que era una táctica utilizada por todos los servicios secretos del pasado siglo. Particularmente útil para el KGB de la época soviética, que se servía de ella para apretarles las tuercas a ciertos personajes políticos o económicos que no querían plegarse a sus intenciones.

Muchos piensan que la supuesta amistad, impostada o no, entre Trump y Putin tiene mucho que ver con esto. Aunque históricamente los juegos de poder y dinero hacen extraños compañeros de cama, estos dos chirrían demasiado hasta para muchos de los propios compromisarios que le han dado el poder a Donald Trump. La pasada semana varios medios de información estadounidense confirmaban la existencia de un dosier compuesto por más de treinta páginas donde, parece ser, se detallan diferentes informaciones presentadas como comprometedoras para el nuevo presidente de los Estados Unidos, y que figuran en poder de los servicios secretos del Kremlin y de su líder jamesboniano Vladimir Putin. Entre ellas, según las informaciones que corren por despachos y agencias norteamericanas, se habla de la existencia de un video de carácter sexual filmado clandestinamente por los servicios rusos durante una visita de Trump a Moscú en el año 2013. Parece que los próximos años pueden ponerse cuesta arriba para el presidente Trump si esto es cierto, pues los servicios secretos rusos cuentan con una buena pieza que querrán cobrarse, en cuanto su víctima se salga de su carril de confianza, o en el momento en que la amistad con Moscú pierda la fuerza y confianza con la que cuenta ahora mismo.


Solo el tiempo dirá si el término Kompromat pasará a la historia siendo tan conocido para la sociedad como lo es a día de hoy el Watergate del presidente Richard Nixon.

jueves, 19 de enero de 2017

MUERTOS POR LA INDIFERENCIA


       El tiempo pasa para todos, pero corre cuando se trata de olvidarnos de las barbaridades humanitarias que en algún momento de nuestra vida nos hizo rasgarnos las vestiduras y lanzar el grito al cielo de las redes sociales. Parece que fue hace un siglo, pero tan solo han pasado unos meses desde que nos despertásemos con la imagen del niño sirio ahogado en las aguas del mar Egeo. Pero pasó el verano, y el tiempo acabó mandando al saco de los lejanos recuerdos la indignación de aquellas imágenes trágicas, que representan como ninguna el devenir funesto de la hipócrita sociedad que hemos construido poco a poco y entre todos. Todos, sin excepción, ya sea por obra o por omisión como recitan las plegarias milenarias de la rancia retórica del cristianismo. Mejor perseguir al pecador que ayudar al necesitado.

            Nuestro liviano sentido de la moral que nos permite indignarnos al ver el cuerpo de un niño ahogado en las costas turcas, o la imagen de un pequeño que acaba de escapar de un bombardeo por los pelos, se vuelve desidia al ver a los refugiados adultos durmiendo a la intemperie en los campos de refugiados de Lesbos o en el interior de los destartalados almacenes de Belgrado, a punto de morir por congelación. La Unión Europea, como siempre, junta a sus representantes para discutir qué hacer, o cómo, con la situación que desde hace meses viven estas personas en territorio europeo, y siempre llegan a la misma conclusión, a la misma decisión. Ninguna. El gobierno de la Unión Europea no fuerza la máquina para solucionar la emergencia humanitaria, la amenaza de muerte inminente, real, y no lo hace porque los gobiernos de los países miembros no quieren forzarla. No se atreven por una simple razón, todos tienen miedo a que puedan dar un paso adelante, comprometerse con una u otra posición ante la crisis de los refugiados y que después los votantes se lo hagan pagar en las urnas. Por poder ─y dinero─ baila el perro. Eso es lo único que les importa a nuestros queridos políticos. La solución de los problemas ya se lo dejan a los demás, que ellos, parece ser, no fueron elegidos para eso.

Lo que ya se ha convertido en el mayor problema humanitario del siglo XXI y que nos retrata como lo que realmente somos, no es más que un anexo a las crisis humanitarias ocurridas en Europa durante el siglo anterior. Desde la guerra de España en el Rif hasta las últimas masacres de los Balcanes, pasando por dos guerras mundiales, los genocidios de judíos, armenios o la limpieza étnica de Srebrenica. Para poner coto y solución a todas estas barbaridades obra del ser humano ─no lo olvidemos nunca. La culpa siempre es nuestra─ nació la Organización de las Naciones Unidas, la mayor casa de putas de la historia hasta el momento. Que está ahí para observar y después no hacer nada. Y sino, vean la exitosa labor de Javier Solana durante la guerra de los Balcanes.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos explica claramente que si alguien omite el deber de socorro está cometiendo, además de una inmoralidad, un delito. Nuestros gobiernos llegan tarde a todos los sitios y en todas las épocas. Las decenas de miles de refugiados llegaron en verano, parece mentira que no se hayan tomado medidas antes. Es como si los encargados de poner freno a la desidia, al sufrimiento de estas personas que huyen de una guerra que los mismos gobiernos han fomentado, no supieran que después del verano llega el otoño y después el invierno. Gélido y desapacible.

Estamos asistiendo a la consecuencia de la pésima gestión, no humanitaria, de la Unión Europea hacia las personas que huyen de una guerra para morir congelados en mitad de un territorio hostil que creyeron amigo. Insensibilizados ante el dolor de los demás, sobre todo cuando los demás son pobres. Una actuación muy merecedora de aquel premio Nobel de la Paz de 2012, con el que reconocieron la labor humanitaria de este grupo de tipejos y tipejas que manejan a su antojo los designios de todos los que caemos bajo su sombra.


Viéndolos ahí, huyendo de la guerra para morir congelados, solo puedo pensar en la playa de Argelès-sur-Mer, al sur de Francia, donde en febrero de 1939 fueron recluidos miles de refugiados españoles. Muchos murieron a causa del frío, de la falta de comida y de la neumonía en mitad de un invierno no tan duro en lo climatológico como el que estamos viviendo este año. Entre ellos se encontraba un tal Vicente Ferrer, que a la larga haría más por la humanidad que cualquier gobierno Europeo de antes y de ahora. Quien sabe qué figura irremplazable para mejorar el mundo puede estar ahora mismo ahí, malviviendo entre la nieve, sin ropa, sin comida y sin futuro.