jueves, 5 de julio de 2018

ZORRILLA 1982.



«¿Pero dónde coño va ese tío?». El alboroto en el estadio recién inaugurado para los campeonatos mundiales de ese mismo año es generalizado. César mira asombrado a la grada de dónde segundos antes ha salido el sonido de un silbato que quería sustituir al del árbitro, un ruso calvo y con camiseta de solapas, que a pesar de ver como la defensa de Kuwait se frena en seco, tras pensar que había pitado fuera de juego de Giresse, sigue la jugada. Por su parte, el pequeño centrocampista francés se hace el sordo y coloca el tercero para Francia.
            ―Esto está visto para sentencia ―había dicho César mientras los franceses celebraban el gol y Andrés lanzaba un puñado de cáscaras de pipas a sus pies.
            Sin embargo, el juego no volvía a reanudarse porque un tipo vestido con túnica y turbante estaba montando un espectáculo en el palco, haciendo gestos a los jugadores kuwaitíes para que se retirasen del campo mientras él, bajaba por las esclareas principales del estadio con dirección al césped abarrotado de policías vestidos de marrón.
            ―Ya verás ―dice Andrés con sorna, éste duerme esta noche en el calabozo.
Sin embargo para su sorpresa, y la de todo el estadio, periodistas gabachos incluidos que retransmiten voz en grito sin saber que leches está pasando, la policía no solo no detiene al emir y a su sequito, sino que se abren y le hacen un pasillo como si éstos acabaran de ganar la liga.
―¡Hay que joderse! ―escucha decir César a su alrededor.
El revuelo en el campo, junto a la banda, es monumental. El tipo del turbante al que muchos desde la grada creen identificar como el emir de Kuwait y otros como su hermano, presidente de la Federación de Fútbol del país árabe, está rodeado de una masa de jugadores vestidos de rojo y blanco, a juego con su turbante, mientras el video marcador del campo ya ha sumado el tanto francés.
El árbitro ruso vuelve en sí y se acerca al hombre del turbante que grita desaforado, mientras los jugadores franceses rodean a los kuwaitíes que a su vez rodean al árbitro y al supuesto jeque, como si aquello quisiera ser una colorida y desconcertada cebolla. En las gradas la gente está comenzando a gritar y a silbar improperios a todos los que por allí se movían, haciendo de aquello un verdadero espectáculo antifútbol. Otros, los que no silban, intentan enterarse por medio de la radio que llevan a todos los partidos que coño está ocurriendo allí abajo, para ello permanecen sentados, casi en cuclillas, con las manos haciendo de campana antiruido sobre sus orejas para así escuchar mejor al locutor de turno. Estos declaran: que aquel hombre que ha bajado de la grada, asegura que el gol no puede subir al marcador porque alguien ha silbado y ha confundido a sus jugadores.
―El jeque se acerca al árbitro ―relata el locutor desaforado en antena, a la vez César retrasmite a los que están sentados junto a él en la porción de grada que les ha tocado―, le dice algo en voz baja que no llegamos a entender.
Andrés está alucinado con lo que están viendo sus ojos. Es la primera vez que va al fútbol, y no solo se ha estrenado con un partido de Mundial en su ciudad, sino que además siente que desde el primer momento está viviendo un hecho único, pues al entrar en el campo había visto un camello pastando en la zona trasera de la portería del fondo norte, otra excentricidad más de los directivos de la selección de Kuwait, quiénes han decidido llevar a estos animales, a modo de mascota amuleto, por todos lo campos que les tocará visitar durante su participación en el mundial. Un prolegómeno gracioso y anecdótico, si lo comparamos con la sorprendente tangana de la que está siendo testigo en esos mismos instantes, y que pasará a la posteridad como uno de los momentos más surrealistas de la historia de los mundiales.
―Menos mal que ya tenemos tele en casa ―dice Andrés eufórico, mientras César sigue narrando lo que el locutor de la emisora está retrasmitiendo―, sino cuando cuente esto nadie me iba a creer.
            En el césped la cosa parece calmarse durante unos segundos, los mismos que aprovecha el árbitro soviético, un tal Miroslav Stupar que no volverá a pitar ningún partido en su vida, para anular el último gol francés.
La explosión, no se hizo esperar ni en el terreno de juego ni en las ondas radiofónicas. Mientras los periodistas mostraban su incredulidad ante un hecho que todos catalogaban como un vergonzoso ejemplo de corrupción arbitral, Michael Hidalgo, seleccionar francés, se comía al colegiado que corría como un pollo sin cabeza a la espera de la intervención de la policía que, esta vez sí, agarran al hombre que ha entrado en el rectángulo de juego y lo sacan de allí de manera inmediata, como si acabaran de detener a un delincuente.
―Esto solo puede pasar en España ―decía César, repitiendo el sentimiento del locutor de su emisora preferida.
En la grada ya había aficionados que aseguraban que el árbitro estaba a punto de anular todos los goles anteriores de Francia, por lo que Kuwait vencería por la mínima a punto de terminar el partido. Sin embargo, aquel maletín de cuero marrón que portaba el jeque, y que sin ningún reparo había mostrado al árbitro mientras le hablaba al oído antes de que éste anulara el gol francés, no consiguió que el colegiado consintiera lo que los espectadores ya barruntaban, dejando el escándalo mundial en un primer peldaño, que el ruso no ascendería por miedo o por vergüenza.
―Ves lo que te digo ―había asegurado César a su hermano pequeño, quién seguía alucinando por lo vivido―, el fútbol empieza a tener un tufo a podrido que te quita las ganas de todo.
―Y lo que nos quedará por ver ―había contestado un viejo sentado tras ellos.
           

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