jueves, 7 de marzo de 2019

UN BOLSO DE CUERO NEGRO



El escándalo que se montó fue de órdago, sobre todo cuando la anciana, al verse interceptada por los dos fornidos hombres uniformados de la puerta del centro comercial, se lanzó al suelo enmoquetado de la entrada y comenzó a gritar. Los ojos se le volvieron opacos, y la taquicardia se fue apoderando de su pecho. Un ataque de ansiedad de manual, confirmó el empleado de seguridad cuando avisó por el interfono a su superior.

            Las cámaras de seguridad del local habían registrados todos sus pasos desde que media hora antes entrara por la puerta principal. La pareja de seguratas que estaban en su primera semana de trabajo no salían de su asombro; la mujer se movía por el local con total libertad, cogiendo lo que le interesaba y guardándolo después, con naturalidad, en su bolso de cuero negro, como si lo hubiera hecho decenas de veces. Los agentes de seguridad se miraban sorprendidos.

Cuando acabó de recorrer todos los pasillos se dirigió hacia la misma puerta por la que había entrado, la misma en la que se encontraban los dos vigilantes que habían seguido toda su actuación por las cámaras que monitoreaban toda la planta; repartidas por el enorme centro comercial. El arco antirrobo pitó estrepitosamente, no quedaba otra, y todo el mundo se giró, clavando sus penetrantes miradas sobre la anciana y los enormes vigilantes que educadamente se acercaron a la mujer pidiéndole, casi sintiendo vergüenza ajena, que por favor les enseñara el interior de aquel enorme bolso de cuero negro; al que la mujer se aferraba con una fuerza que nadie comprendía de dónde podría provenir.

            Ella les miró sorprendida, casi desconcertada. Cuando parecía haber asumido que no tenía escapatoria, su rostro se volvió turbio y atormentado. Después, se dejó caer sobre el suelo, cortando el tránsito a los clientes que entraban y salían en ese momento, y dejando a los hombres de seguridad confusos, sin saber muy bien cómo actuar ante aquella situación. Fue entonces cuando uno de ellos se levantó, lanzándose rápidamente sobre el interfono.

            El jefe de seguridad llegó en apenas unos segundos, la voz del hombre que le había narrado la situación no parecía dar a entender que la situación estuviera bajo control, ni mucho menos. Cuando llegó a la entrada, un pequeño grupo de gente se arremolinaba ante la mujer y los dos empleados, incluso alguno de los trabajadores del local había dejado su puesto entre las cajas para observar desde cerca la escena.

            Cuando el jefe de seguridad consiguió abrirse camino entre la muchedumbre, pudo observar, con satisfacción, que el griterío y el ataque de ansiedad de la señora se había diluido por completo. Ahora descansaba tranquila, sentada sobre el suelo enmoquetado. A su lado, estaban arrodillados sus dos empleados, junto al bolso de cuero que, completamente abierto, dejaba a la vista varios discos compactos de música precintados y un par de libros encuadernados en rústica. Al reconocer la cara de la señora, el jefe de seguridad ordenó a sus subordinados que la levantaran y la dejaran marcharse. Ninguno de los dos hombres reaccionaba, por lo que ante la incredulidad de los vigilantes su jefe recogió el bolso de la señora, y lo cerró con los objetos sustraídos dentro. Se lo ofreció a la mujer, y acto seguido se disculpó acompañándola hasta la salida más cercana del local.

            Cuando el círculo de gente desapareció, el jefe de seguridad se acercó a sus subordinados que seguían sin salir de su asombro. Intentando pasar desapercibido, les señaló a un hombre de avanzada edad que había observado toda la escena desde lejos, compungido, semi oculto tras una estantería de tazas con unicornios coloridos y falsos botes de medicamentos llenos de gominolas. En ese mismo momento, mientras los tres hombres colgaban su vista en su costoso caminar, ya se dirigía sin ningún producto entre sus manos a una de las cajas; sacó, costosamente de su billetera, un par de billetes y pagó lo que su mujer, cleptómana diagnosticada, se acababa de llevar.

            Siempre hacía lo mismo. Todos en la zona comercial del centro de la ciudad lo conocían, les comentó el jefe de seguridad. Aquel hombre, decrépito, se pasaba el día siguiéndola, sin descanso, pagando después todo lo que ella se llevaba en cualquier negocio, sin interrumpirla en su quehacer, sin llamarla la atención. En silencio, en segundo plano. Para no avergonzarla.