viernes, 3 de mayo de 2019

EL ENANO DE TRAFALGAR.


         Gabacho, del Marennes. Marino, científico, cuarentón y medio metro ─o menos─. Así se podría describir por encima a Jean Jacques Lucas, un marinero tan valiente como peligroso, en lo de la honradez no entraremos, pues en el momento y la situación en donde ocurre todo ser honrado era prácticamente sinónimo de ser idiota, y aquel 21 de octubre de 1805 bastante tenía con sobrevivir lo suficiente para sacarle las tripas a otro inglés más antes de que le picaran el billete.
         Unos días antes, Villeneuve, aquel infame vicealmirante, había ordenado a la escuadra franco-española abandonar el seguro puerto de Cádiz para enfrentarse en mar abierto contra las naves de la Pérfida Albión. El choque inminente sería un poco más al sur, donde hoy hay un faro perdido en mitad de una zona de veraneo: cabo Trafalgar.
      Napoleón Bonaparte ya andaba detrás de revolverles las asaduras a los ingleses. Lo había intentado anteriormente un par de veces con desiguales resultados: en Algeciras salió bien parado, pero en Finisterre al Corso le salió el marrano mal capado y vociferó a los cuatro vientos que como estratega en tierra firme era un filigrana, pero que habiendo agua de por medio fallaba más que una escopeta de feria. Ahora de nuevo en el mar y con Villeneuve al mando la cosa pintaba mal. El enano Lucas se olía el percal, conocía de sobra las naves inglesas y sabía que a base de zurriagazos lejanos, que es lo que se pretendía, no se conseguiría nada. Según Lucas la única forma de salir más o menos bien parados del enfrentamiento sería mediante el cuerpo a cuerpo tras un abordaje.
      El enano Lucas llegó a Trafalgar como capitán del Redoutable, navío de línea de segunda clase, bandera francesa, dos cubiertas y setenta y cuatro cañones, que poco antes de salir se reconvertirían en setenta y ocho. Una perita en dulce para cualquier marinero experimentado, y el enano lo era. Más de veinticinco años de mili en el mar, y vivo. No se podía decir lo mismo de la mezcolanza de hombres que completaban su tripulación: pordioseros, borrachos y mendigos que habían sido alistados a la fuerza en las calles de Cádiz. Pintaban bastos.
      Ya en batalla los buques franco-españoles formaban en línea, mientras que por su lado el almirante inglés Horatio Nelson, mandó formar en dos columnas paralelas, para así romper la línea enemiga por el centro. Él y su Victory encabezarían una de ellas, la Royal Sovereign la otra. A pesar de comer pólvora y balazos por un tubo Nelson consiguió colarse entre las naves de la escuadra franco-española, aunque se desvió bastante y en vez de meter la popa entre el Santísima Trinidad ─joya de la armada española─ y el Bucenture francés, acabó entre este último y el Redoutable del tal Lucas, el cual había observado junto con su tripulación cómo se producía la maniobra, pensando que ya era mala leche que con todos los barcos que había les hubiera tocado a ellos el gordo.
         Aún no había comenzado la fiesta especial de pólvora y sangre, cuando el enano Lucas vio por el rabillo del ojo que el almirante Villeneuve estaba más perdido que Fernando VII en una biblioteca, mientras que el Formidable seguía navegando hacía el norte, pasando de todo y sin soltar un mísero cañonazo. El compartimiento cobarde de su capitán, Dumanoir, no se le pasaría por alto a la historia ni tampoco al enano Lucas, que entre dientes y mientras ordenaba a sus hombres que dieran marcha a los cañones con cureña y aparejos, maldecía a sus cobardes y estúpidos superiores.
     Poco antes de que Nelson metiera su proa entre los dos barcos franceses, rompiendo definitivamente la línea, los chicos de Jean Jacques Lucas dispararon un cañonazo que tumbó el palo de mesana del Victory. Esto enfadó mucho ─con razón─ al almirante inglés, que enseguida respondió con una andanada de zurriagazos que dejó a la nave del enano Lucas lista de papeles, escupiendo un humo negro y espeso que cubrió inmediatamente toda la zona. A pesar del desastre las cosas se habían puesto donde el francés quería; cortada finalmente la línea Lucas se jugó el todo por el todo y ordenó a sus hombres que en cuanto las bordas de ambos navíos se tocasen saltaran al interior del Victory y atacaran sin piedad. No quería prisioneros. Descargaron toda la fusilería antes de abordar el barco inglés, incluidas doscientas granadas. Nelson, ofuscado y furioso, tuvo que ver como un grupo de pordioseros y un enano estaban haciendo chacina a sus hombres. Tras la acción, la cubierta se había llenado de cadáveres, el olor a sangre fresca era insoportable y la pólvora vertida al aire arañaba los ojos de los supervivientes.
          Pero la pesadilla no había terminado para los ingleses, pues cuando la nube de pólvora y humo negro se disiparon se percataron de que el almirante Nelson, el mayor héroe de la historia de la marina inglesa, se deshacía como un azucarillo en una taza de té a las cinco de la tarde. Un tirador francés, a cargo de Lucas, le había descerrajado un certero disparo que le había destrozado la columna vertebral. La alegría duró poco, pues en seguida el Temeraire ─un buque de tres puentes─ acudió en ayuda de Nelson lanzando toda la fuerza de sus cañones sobre el Redoutable. El resultado; casi seiscientos muertos, el palo y la cofa mayor incrustada en el barco inglés, medio barco ardiendo y el otro medio acribillado a cañonazos. Lucas decidió entonces rendirse, cabeceando hacia ambos lados y ciscándose en los hijos de la Gran Bretaña. Le habían dejado el barco hecho unos zorros.

EL CARGUERO SAN GABRIEL


           Los ciento cincuenta metros de eslora no parecían nada del otro mundo junto a la vieja estación de ferrocarril, pero aun así lo reconocí en el primer momento que lo vi. No me hizo falta acercarme mucho para disipar las dudas, aquel casco pintado en azul oscuro y la blancura de la superestructura donde se encontraba el puente de mando no podía ser de otro buque. De todos modos, evité no lanzar las campanas al vuelo hasta que pude leer el nombre pintado en letras blancas sobre el lado izquierdo del castillo de proa. Fue entonces cuando respiré aliviado. Sí, era él.

           El San Gabriel era un carguero con bandera caboverdiana, cosas de la vida, que hasta unos cuantos años atrás había llevado escrito otro nombre en la popa de espejo: Praia Doce. Aunque poco importaba ya a esas alturas.

            Hacía años que no paseaba por el puerto de Lisboa, entre las docas y las grúas amarillentas tiznadas de óxido que pronto acabaría con ellas. A pesar de ser un puerto de río, aquel lugar no tenía nada que envidiarle a ninguno de sus símiles marítimos, pues a esas alturas el río ya estaba a punto de convertirse en mar. La zona olía a salitre añejo y el agua era más salada que dulce. Por lo demás, aquel puerto contaba con todos los complementos necesarios para serlo: almacenes que apenas almacenan nada, redes secándose al sol, vertederos hediondos de miserias y restos de pescado podrido, cuerdas de amarras ásperas y desgastadas por el duro trabajo que reposan enrolladas al borde del agua como si fueran serpientes venenosas, marineros desempleados que rondaban por las fondas y oficinas buscando embarcarse en algún buque para llevar algún sustento a casa... Al anochecer frecuentaban el lugar putas que sin duda habían conocido tiempos mejores, pero que nunca se volvían a casa con los bolsillos vacíos. Además, en el de Lisboa había que sumar a una chusma poco frecuente en los demás puertos de la zona: los trileros, que aprovechan la cercanía con la vieja estación de Santa Apolonia para hacer el agosto con los turistas ingenuos, y sobre todo con los despistados, que comienzan sus vacaciones en la parte baja de Alfama.

            Hice varias preguntas por la zona, después de recibir miradas y respuestas cortas, pero suficientes, de los marineros que por allí me crucé, encaminé mis pasos hacia la parte más alejada del dique, sobrepasé la salida principal de la estación ferroviaria dejando a mi izquierda el monumento que algún gobierno, seguramente culpable de ello, había levantado a los emigrantes portugueses ─cada cual limpia su conciencia como buenamente puede, o le dejan─, y crucé la rúa Caminhos de ferro para entrar en O Farol.

El lugar era una tasca de mala muerte con apenas luz. En el interior había tan solo media docena de parroquianos que bebían vino y aquel pringoso licor de ginja mientras charlaban sobre fútbol. Todos se giraron al verme entrar, pero enseguida perdí su atención y siguieron a lo suyo. Me acodé al principio de la barra, una de esas de metal, mate de recibir el roce de tantos codos, y pedí al camarero una botella de cerveza. La más fría que tuviera. El tipo que colocó ante mí una botella de Sagres ─siempre odié esa marca─ era un viejo conocido, aunque él no pareció reconocerme. Nuno, un cincuentón de poco más de un metro sesenta de altura, con prominente panza y un bigote negro que parecía pintado con un brochazo de brea. Siempre quiso ser banderillero, pero a lo máximo que llegó fue a ser el torilero suplente de la plaza de Campo Pequeno. Después, cosas de la vida, tuvo que ponerse al frente del negocio familiar cuando a su padre lo jubiló anticipadamente una angina de pecho que se lo llevó al cementerio de Prazeres.

            Tras darle un largo trago a la cerveza, directamente desde la botella, giré noventa grados hacia la izquierda, enfrentando mi cuerpo al del único cliente que estaba situado en la barra. El único también, que no había realizado el más mínimo movimiento, ni tan siquiera había separado la mirada de su copa de ginebra azul, cuando minutos antes entré en el bar. Cuando me acercaba a él, masticaba con parsimonia un pastel de bacalao que parecía que jamás había estado recién hecho.

            ─Póngale otra copa al capitán ─ordené a Nuno que aún seguía sin reconocerme.

            ─No necesito que nadie me invite a un trago ─sentenció seco el viejo.

            ─¿Ni siquiera yo?─ lo interrogué, obligándole a girarse para mirarme a la cara.

            Su expresión de desidia mudó de repente. Él sí que me reconoció al instante. Se volvió blanco. Transparente.

            ─¿Pero tú…? ─no era capaz de articular palabra─. Tú estabas…

            ─¿Muerto? ─le pregunté.

            Apenas fue capaz de acabar de masticar el pastel que acababa de llevarse a la boca cuando me miró, porque yo ya había sacado el cuchillo que escondía en el interior de la chaqueta, colocándoselo en el pecho. Tan solo había trascurrido un segundo, pero todos los parroquianos habían abandonado el bar a toda prisa al ver la faca. Los gritos de dolor y tragedia quedaron silenciados por el paso de uno de los camiones que entraba o salía del puerto. Me giré hacia Nuno, le di las gracias por el chivatazo. Él, aunque no había nadie en el local seguía haciendo como que no me conocía. Al fin y al cabo, había sido mi compañero de celda durante mucho tiempo y no quería más líos de los necesarios. Le había contado mi historia mil veces: como perdí mi trabajo de capitán en el Praia Doce años atrás por culpa de aquel viejo envidioso que me acusó de tráfico de drogas. Después vino la cárcel, mi caída en desgracia, y el supuesto suicidio en la costa de la cercana Sesimbra que el viejo observó con chulería desde el recién rebautizado San Gabriel.


Pero a veces, el mar devuelve a los muertos para una última conversación.